Querida comunidad.
“Amén”

Hoy ha sido el último día, el final de la oración del Padre Nuestro.
Y mejor no se puede decir..
Padre nuestro…
Ya no podemos decir «Padre» igual que hace unos días.
Porque aquí hemos descubierto que no caminamos solos. Que eres Padre de todos. Y así nosotros, hermanos de los que tenemos al lado.
Gracias por cada abrazo. Por cada risa. Por cada conversación. Por cada uno de los nombres que has puesto en nuestro camino.
Hoy queremos volver a decirte: Abba. Con la confianza de un hijo que sabe que está en casa.
Que estás en el cielo…
Y, sin embargo, has querido salir a nuestro encuentro.
Pensábamos que estabas lejos. Que el cielo era un sitio al que algún día llegaríamos.
Pero te hemos encontrado aquí. En una capilla. En una canción. En un amigo. En el silencio. En una mirada.
Has despertado deseos que ni siquiera sabíamos que teníamos.
El deseo de amar. El deseo de dejarnos amar. El deseo de volver a encontrarte cuando volvamos a casa.
No permitas que olvidemos que el cielo empieza cuando Tú estás presente.
Santificado sea tu Nombre…
Durante estos días nos has enseñado otra forma de vivir.
Una forma que no hace ruido.
La de quienes aprenden a descubrirte en lo pequeño.
En el amanecer. En una mesa compartida. En el cansancio. En las risas.
Haz que nuestra vida entera sea una acción de gracias.
Que cuando los demás nos miren, puedan descubrir un poco de Ti.
Que la mejor manera de pronunciar tu Nombre sea con nuestra forma de amar.
Venga a nosotros tu Reino…
Durante estos días hemos probado cómo sabe vivir en tu Reino.
Un Reino donde nadie sobra. Donde el primero sirve. Donde la alegría se comparte. Donde el perdón siempre tiene la última palabra.
El Reino empieza allí donde alguien decide amar como Tú amas.
Haznos constructores de ese Reino.
Empieza por nuestros corazones.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo…
Qué difícil es decirte que sí.
Porque no siempre entendemos tus planes.
Porque muchas veces preferiríamos controlar nuestra vida.
Pero hemos visto que cada vez que nos hemos fiado de Ti, nunca nos has dejado solos.
Como María.
Queremos aprender a responder también: »Hágase.»
Aunque no veamos el camino entero.
Aunque tengamos miedo.
Porque sabemos que tu voluntad nunca nos quita nada.
Siempre nos regala más de lo que nosotros habríamos imaginado.
Danos hoy nuestro pan de cada día…
Gracias por el Pan que has partido para nosotros.
Por el Pan del altar.
Y por el pan de cada gesto compartido.
Porque durante estos días también nos has alimentado con sonrisas, conversaciones, abrazos y personas que han sido respuesta a nuestras necesidades.
No permitas que vivamos buscando guardar.
Enséñanos a partir nuestra vida como Tú partes el pan.
Que quien nos encuentre pueda sentirse también alimentado por tu amor.
Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…
Cuánto pesa el corazón cuando no perdona.
Y cuánto descanso encontramos cuando dejamos de tener razón para empezar a amar.
Tú conoces nuestras heridas.
Las que hemos causado.
Y las que todavía siguen abiertas.
Hoy queremos dejar de cargar con ellas.
Perdónanos.
Y enséñanos también a perdonar.
Porque solo quien se sabe inmensamente amado puede aprender a amar así.
No nos dejes caer en la tentación…
Mañana volveremos a la rutina.
Volverán las prisas.
Las dudas.
No dejes que olvidemos de quienes somos cuando volvamos a casa.
Recuérdanos esta mirada.
Recuérdanos este fuego.
Cuando volvamos a escuchar otras voces, haz que sigamos reconociendo la tuya.
Y si alguna vez nos caemos…
vuelve a buscarnos.
Porque sabemos que nunca dejas de hacerlo.
Que este «Amén» no sea el final de estos días.
Que sea el comienzo de una vida nueva contigo
Amén.
Que así sea.

