DOMINGO DE RAMOS
Iniciamos la Semana Santa con el Domingo de Ramos, recordando la entrada de Jesús en Jerusalén, “humilde y sentado en un asno” (Mt 21, 5). Como nos invitó a contemplar el papa León XIV: “Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra”. Escuchamos el relato de la Pasión según san Mateo.


JUEVES SANTO
Nos preparamos para vivir este día en una reunión en la mañana, ambientada oracionalmente con la canción “Amaos” y orientada desde la “ley de la conversión” (Hans Urs von Balthasar), que significa asimilar en nosotros las palabras que dijo Juan el Bautista: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30). Se trata de crear “lugar en mi para el Señor y con esto también para su tarea” (Adrienne von Speyr). Aprender a amar no con nuestro amor, sino con el de Dios, renunciando a la afirmación de nuestro “yo”.


En la tarde, la celebración de la Cena del Señor. En su homilía, el sacerdote comenzó por expresar su gratitud por el don del sacerdocio, un don para siempre, para ser ministro del pueblo de Dios. Y profundizó en el signo del lavatorio de los pies: el gesto de Jesús es humildad, pero no solo eso; es también el signo de su entrega, del amor hasta el extremo. A veces, nuestra reacción es la de Pedro: “¿Lavarme los pies tú a mí?”; pero Jesús insiste: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. Es el amor hasta el extremo, hasta dársenos en la eucaristía y derramar su sangre por nosotros.
Contemplamos el signo del lavatorio de los pies, recibido por doce miembros de la comunidad, jóvenes y mayores: primero los sacerdotes lavando los pies a los jóvenes, y luego ellos a los adultos y estos a los mayores, en un modo que reflejaba muy bien el encuentro de generaciones en la comunidad y, sobre todo, haciéndonos visible lo que Jesús quiere: “Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo unos con otros”.





La Hora Santa, ya en la noche, nos introdujo en la intimidad de Jesús desde la mirada del discípulo amado. Getsemaní, el tiempo de la agonía. Es el desconcierto, el no entender, y el sopor de los discípulos; pero también la mirada que, a distancia retiene la figura de un Jesús postrado, que tiembla, que lucha, que suda como gotas de sangre, que sufre; al adentrarse en el miedo y el dolor, no se aleja de su Padre, sino que reza, cada vez más intensamente. Su oración: “Padre, si quieres aleja de mí esta copa de amargura; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Jesús elige siempre, también en este momento decisivo, en esta hora, la voluntad de su Padre.


Colocamos nuestras pequeñas velas encendidas al pie del sagrario como signo de nuestro velar en oración, unidos a la oración de Jesús.

VIERNES SANTO

En el Viacrucis de la mañana, realizado alrededor de la Iglesia, participó mucha gente, llevando por turnos la cruz de Jesús y otras dos cruces desnudas. Seguimos el camino del calvario contemplando a Jesús y reconociendo su Pasión en el sufrimiento de nuestro mundo, donde la fuerza del mal, las injusticias y opresiones, parecen imponerse. Cada estación nos interrogaba sobre nuestro compromiso por los más desfavorecidos, sobre nuestra solidaridad con los que sufren, sobre nuestra ternura y amor.





En la tarde, la celebración de la Pasión del Señor: el relato según San Juan puso ante nosotros la dureza de las últimas horas de Jesús y la hondura de su entrega. ¿Por qué murió Jesús?, fue la pregunta de la homilía. Jesús padeció una muerte violenta, una ejecución, un asesinato. Su vida contradecía a los poderes políticos y religiosos de la época. Pero no fue un fracasado, sino que se entregó libremente. Su muerte nos cuestiona a sus seguidores: ¿estamos dispuestos a afrontar las dificultades que conlleva seguirle?


Como en cada Viernes Santo, la adoración de la cruz por parte del pueblo es impresionante.






De nuevo en la capilla, en la noche, nos reunimos para una adoración de la cruz más contemplativa. Comenzamos con María: el amor de la Madre al pie de la cruz. Y actualizamos las cruces de hoy, desde la multitud de guerras que asolan el mundo hasta la violencia en la sociedad y las familias, desde el dolor de las enfermedades graves hasta la pérdida de seres queridos. La oración nos ayudó a reconocer nuestras cruces más íntimas para escuchar la llamada de Jesús a introducirnos en sus llagas y en su costado.



El momento central fue el abrazo personal a la cruz: una gran cruz de madera desnuda, y un gesto de abrazo.


DEL SÁBADO SANTO A LA VIGILIA PASCUAL
En la mañana del sábado, día de silencio, nos reunimos de nuevo para compartir y situarnos ante la celebración de la noche.


¿Cómo podemos vivirlo? Conectándonos lo más posible con la hondura de nuestro ser, siendo conscientes de la pascua que cada uno está viviendo y ahí, en lo profundo, abriéndonos a Dios y a los demás. Los primeros cristianos tenían un criterio muy claro para saber si habían vivido la Pascua; nos lo dice San Juan: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos” (1Jn 3,14). Este es el criterio de la verdad de la Pascua tanto para el cristiano como para la comunidad cristiana. Todo el camino de esta noche consiste en vivir, a través de la liturgia, un movimiento que viene de Dios y que nos hace pasar de la oscuridad a la luz, de la intemperie a la mesa del banquete, del no-pueblo al pueblo de Dios, del individualismo a la fraternidad, de la distancia a la comunión.
Y llegó la VIGILIA PASCUAL.



Caminamos juntos tras el Cirio Pascual, con nuestras luces encendidas de él.


Escuchamos el Pregón Pascual y acogimos con escucha, cantos y oración, la liturgia de la Palabra.

En su homilía, el sacerdote nos ofreció cuatro respuestas a esta pregunta: ¿Qué es la Pascua?


- Es el paso de Dios: cuando Dios pasa, transforma; la historia humana se transforma en historia de salvación. Cuando Dios pasa, pasamos de la muerte a la vida, de la tristeza a la alegría.
- Es abrazar la vida: amar la vida y cuidarla, la nuestra y la de los demás.
- Es misión: llevar esta buena noticia a los que no la conocen; salir de nosotros mismos y llevarla a los demás; lo haremos.
- Es pasión por la justicia: no se puede seguir a Jesús sin apasionarse por la justicia, denunciar las injusticias, defender a los oprimidos, liberar.
En el Domingo de la resurrección la homilía nos ayudó a percibir que, con la resurrección de Jesús, resucita toda su vida. Si su muerte fue la consecuencia de su vida, porque molestaba a los poderes políticos y religiosos, con su resurrección estos mismos poderes ven que esa vida continúa en sus seguidores: su forma de amar, de servir, de liberar…. También así en nosotros, gracias a su Espíritu, que se nos ha dado en el bautismo.





