LECTIO DIVINA – CICLO C – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO II

Lectura del libro de Isaías 62, 1-5

Por amor a Sion no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha.

Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor.

Serás corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios.

Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi predilecta», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo.

Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores.

Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo.

Salmo 95, 1-2a. 2b-3. 7-8a. 9-10a y c

R./ Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre. R./

Proclamad día tras día su victoria.
Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones. R./

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor;
aclamad la gloria del nombre del Señor. R./

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda.
Decid a los pueblos: «El Señor es rey:
él gobierna a los pueblos rectamente.» R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 4-11

Hermanos:

Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.

Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas.

El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 2, 1-11

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice:

«No tienen vino».

Jesús le dice:

«Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».

Su madre dice a los sirvientes:

«Haced lo que él os diga».

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dice:

«Llenad las tinajas de agua».

Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les dice:

«Sacad ahora y llevadlo al mayordomo».

Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice:

«Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».

Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

COMENTARIO

Las lecturas de este domingo nos dejan oír campanas de boda. El profeta Isaías nos presenta a Jerusalén, la novia con la que el Señor quiere contraer matrimonio. La ciudad que fue destruida por los babilonios ha dejado de ser “Abandonada” y “Devastada”, porque Dios quiere casarse con ella para llamarla “Mi predilecta” y “Desposada”. Esos desposorios, anunciados por los profetas se han hecho realidad en Jesús, que riega su banquete de bodas con el mejor de los vinos para celebrar así que la gloria de Dios habita en medio de este mundo.

COMPRENDER EL TEXTO

Con la fiesta del bautismo de Jesús se pone fin al ciclo de Navidad y se inaugura el Tiempo ordinario. Este domingo, de mano del evangelista Juan, nos situamos en el punto de partida de la actividad pública de Jesús. Con él ha aparecido una novedad absoluta que declara caducas todas las realidades antiguas.

En este episodio, Jesús realiza el primero de los siete signos que ocupa la primera parte del evangelio de Juan, llamada precisamente el “Libro de los signos” (Jn 2,1-12,50). Se trata de un pasaje rico en significado, cuya profundidad no se capta en una lectura superficial. En él podemos descubrir cuatro partes. La primera de ella (Jn 2,1-3) nos presenta los pormenores de la escena. En Caná se celebra una boda a la que está invitada la madre de Jesús, junto con el mismo Jesús y sus discípulos. Pero en medio del banquete se les termina el vino.

Desde que Jesús aparece en escena, al principio del evangelio (Jn 1,29), hasta que se celebra esta boda en Caná han pasado siete días (Jn 1,29-43). A semejanza de la primera semana del cosmos, en la que Dios creó el mundo, Jesús inaugura con su actividad un tiempo nuevo, una nueva creación. Y este tiempo se inicia con unas bodas, imagen que el Antiguo Testamento y la tradición judía relacionan con el Reino definitivo. De este modo, el evangelista subraya que con Jesús ha dado comienzo la etapa definitiva en las relaciones entre Dios y su pueblo, el cumplimiento de las aspiraciones del pueblo de Israel.

No es casual que, en la segunda parte (Jn 2,3-5), el evangelista cite a “la madre de Jesús”, primera invitada, dialogando con su hijo. En el lenguaje de los símbolos, que tanto le gusta al cuarto evangelista, María personifica al Israel que se desposa con Dios. Es ella la que percibe el problema y reconoce la situación desgraciada del pueblo de Israel al que representa y del que forma parte. La antigua alianza de Dios con su pueblo ha llegado a un callejón sin salida. Se parece a una boda sin vino, sin alegría. Por eso María quiere impulsar a su hijo a actuar.

María aparece dos veces en el evangelio de Juan: en las bodas de Caná y al pie de la cruz. Y en ambas ocasiones Jesús la llama “mujer” y no “madre”. Podría parecer una falta de respeto, pero no es así. La importancia que Juan concede a María se basa en el papel que desempeña en la historia de la salvación. Este modo de tratar a su madre indica que él es obediente a la voluntad del Padre y que los lazos con Dios son más fuertes que los de la sangre. Jesús, el único capaz de desencadenar estos desposorios entre Dios y su pueblo, no quiere actuar ante la petición de su madre, porque aún no ha llegado su hora, la hora de su muerte en la cruz, donde se realiza la plena glorificación de Jesús. Sólo en el momento de la cruz se desvelará el sentido pleno de este primer signo.

En la tercera parte (Jn 2,6-10), el evangelista, que no nos ha proporcionado el nombre de los novios, se detiene en aportar muchos detalles sobre las tinajas donde Jesús manda echar el agua: su número, el material del que están hechas, su utilización para el culto, su contenido…, con lo que queda más que claro su carácter simbólico. Simbolizan el culto israelita que ya no sirve para canalizar las relaciones entre Dios y la humanidad, como tampoco el agua es capaz de alegrar una fiesta de bodas. Hace falta que Jesús aporte el vino de la Nueva Alianza, que es ponderado por el mayordomo: “…has guardado el vino bueno hasta ahora”. Dios ha guardado el vino mejor para el final de la historia de la salvación. Su Hijo único es el encargado de ofrecerlo.

La conversión del agua en vino es el primer signo que realizó Jesús, y con él “manifestó su gloria”. Los signos del cuarto evangelio son como flechas indicadoras que apuntan hacia Jesús y ayudan a fortalecer la fe en él. Revelan el misterio que se esconde en su persona y la salvación que él trae: se trata de los últimos tiempos, los de las bodas de Dios con su pueblo, los de la salvación definitiva, los del vino de la alegría y de la máxima calidad, porque Jesús, que desencadena todo esto, es el Mesías (Jn 1,19-51). Esto debe conducir a que sus discípulos crean. Sólo la fe será capaz, también en nuestro caso, de reconocer hoy la gloria del Hijo.

ACTUALIZAMOS

Jesús desencadena con su presencia y su Palabra la alianza definitiva de Dios con su pueblo. A esas bodas estamos también nosotros invitados, y podemos saborear el vino de la alegría.

  1. María empuja a Jesús a revelarse, y su conducta repercute en el aumento de la fe de los discípulos:

¿Cómo me ayuda María, la madre de Jesús, en mi vida de fe?

  1. Haced lo que él os diga”:

¿Cómo trato de llevar a la práctica esta consigna que María dio en Caná?

Aunque no lo entendamos, aunque no lo encontremos lógico, eso es la fe, fiarse ciegamente de Jesús, de lo que él nos dice y hace por nosotros.

  1. La alegría y la calidad del vino aumentan porque los últimos tiempos ya están presentes:

¿Con que actitudes y hechos podemos ayudar a recuperar la alegría cristiana en nuestro entorno?

LECTIO DIVINA – CICLO C – NAVIDAD – EL BAUTISMO DEL SEÑOR

Lectura del libro de Isaías 42, 1-4. 6-7

Esto dice el Señor:

«Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco.

He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones.

No gritará, no clamará, no voceará por las calles.

La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará.

Manifestará la justicia con verdad.

No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país.

En su ley esperan las islas.

Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan las tinieblas».

Salmo 28, 1b y 2. 3ac-4. 3b y 9c-10

R./ El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado. R./

La voz del Señor sobre las aguas,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica. R./

El Dios de la gloria ha tronado.
En su templo, un grito unánime: «¡Gloria!»
El Señor se sienta sobre las aguas del diluvio,
el Señor se sienta como rey eterno. R./

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34-38

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

«Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 3, 15-16. 21-22

En aquel tiempo, como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos:

«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego».

Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo:

«Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».

COMENTARIO

Jesús comparte la suerte de nosotros, los pecadores, desciende hacia nosotros: baja al río como en la historia herida de la humanidad, se sumerge en nuestras aguas para sanarlas y se sumerge con nosotros, entre nosotros. No se eleva por encima de nosotros con el alma desnuda, con los pies desnudos, como el pueblo. No va solo, ni con un grupo de elegidos privilegiados. No: va con el pueblo. Pertenece a aquel pueblo y va con el pueblo a hacerse bautizar con aquel pueblo humilde.

Detengámonos en un punto importante: en el momento en que Jesús recibe el Bautismo, el texto dice que “estaba orando” (Lc 3, 21). Nos hace bien contemplar esto: Jesús reza. ¿Pero cómo? Él, que es el Señor, el Hijo de Dios, ¿reza como nosotros? Sí, Jesús – lo repiten muchas veces los Evangelios – pasa mucho tiempo en oración: al inicio de cada día, a menudo de noche, antes de tomar decisiones importantes… Su oración es un diálogo, una relación con el Padre. Así, en el Evangelio de hoy podemos ver los “dos momentos” de la vida de Jesús: por una parte, desciende hacia nosotros en las aguas del Jordán; por otra, eleva su mirada y su corazón orando al Padre.

Es una gran enseñanza para nosotros: todos estamos inmersos en los problemas de la vida y en muchas situaciones intrincadas, llamados a afrontar momentos y elecciones difíciles que nos abaten. Pero, si no queremos permanecer aplastados, tenemos necesidad de elevar todo hacia lo alto. Y esto lo hace precisamente la oración, que no es una vía de escape, la oración no es un rito mágico ni una repetición de cantilenas aprendidas de memoria. No. Rezar es el modo de dejar que Dios actúe en nosotros, para captar lo que Él quiere comunicarnos incluso en las situaciones más difíciles, rezar es para tener la fuerza de ir adelante. Mucha gente que siente que no puede más y reza: “Señor, dame la fuerza para ir adelante”. También nosotros, muchas veces lo hemos hecho. La oración nos ayuda porque nos une a Dios, nos abre al encuentro con Él. Sí, la oración es la clave que abre el corazón al Señor. Es dialogar con Dios, es escuchar su Palabra, es adorar: estar en silencio encomendándole lo que vivimos. Y a veces también es gritar con Él como Job, otras veces es desahogarse con Él. Gritar como Job; Él es padre, Él nos comprende bien. Él jamás se enoja con nosotros. Y Jesús reza. (Papa Francisco, 09-01-2022)

COMPRENDER EL TEXTO

La liturgia de hoy da un salto en el tiempo –de la infancia a la edad adulta– y nos presenta el Bautismo de Jesús, un acontecimiento en el que llega a la plenitud la epifanía, o manifestación del Mesías: «vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”».

Esta fiesta puede resultar un poco extraña, ya que se supone que el bautismo tuvo lugar en edad adulta, mientras que el próximo 2 de febrero celebraremos la presentación de Jesús en el templo, cuarenta días después de haber nacido. Pero la liturgia no sigue siempre una sucesión cronológica de los hechos.

Hoy podemos hablar de la segunda epifanía: La primera fue el 6 de enero, y la tercera epifanía, en el sentido de manifestación inicial de Dios a los hombres, es el próximo domingo con la lectura evangélica del signo de la boda en Caná.

Con el bautismo en el Jordán se termina la vida oculta de Jesús y se inaugura su misión evangelizadora. Entre el bautismo de Jesús (3,15-16) y la teofanía que le sigue (3,21-22), Lucas introduce unos versículos sobre Jesús como juez (v. 17) y la reacción de Herodes ante la predicación del Bautista (vv. 18-20) que el leccionario omite. La primera parte del relato (vv. 15-16) está dominada por la voz del Precursor que, mediante una comparación, precisa la cualidad del bautismo cristiano respecto al rito de purificación que él practicaba. El bautismo de Cristo será «con Espíritu Santo y fuego». Se funden así dos aspectos esenciales del sacramento cristiano simbolizados también por el agua; fuego que purifica y espíritu que vivifica. El agua, de hecho, no es solo principio de purificación sino también fuente de fecundidad y vida. En la segunda parte (vv. 21-22), mientras Jesús oraba, es bautizado por Juan.

Cabe destacar que la actitud orante de Jesús solo aparece en el relato lucano. Se trata de una característica de Lucas, para quien Jesús es «el hombre de la oración» sobre todo en los momentos decisivos de su misión. El relato concluye con una visión interpretativa que revela la experiencia interior de Jesús mediante una teofanía: «se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma». Los cielos se abren como respuesta a la oración de Jesús y proclaman que él es Hijo de Dios: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco». En el leccionario se lee la variante «Tú eres mi hijo, el amado, el predilecto» (cf. Is 42) que parece una armonización con Mateo y Marcos. La cita del salmo confiere al texto una dimensión mesiánica: manifiesta la filiación divina de Jesús.

ACTUALIZAMOS

La fiesta de hoy es también una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra condición de bautizados. Es una fiesta para agradecer a Dios el don y la gracia de la fe; para agradecer a nuestros padres que fuesen instrumentos de este don; y un día para pensar cómo vivimos hoy nosotros nuestro bautismo.

Nuestro bautismo fue el comienzo de una vida nueva. Y la Iglesia, pueblo de bautizados y bautizadas, con su acción y su compromiso, se pone al servicio de los más débiles, defiende la vida, denuncia la injusticia, y anuncia la buena nueva a los más pobres. Esta es la identidad de la Iglesia, porque esta es la misión y la identidad de todos los que formamos parte de ella.

  1. Él os bautizará con Espíritu Santo…

¿Cómo te ayuda este pasaje a entender mejor tu condición de bautizado?

¿Cómo influye en tu relación cotidiana con el Padre saber que eres su “hijo amado”?

  1. Hemos sido bautizados con el mismo Espíritu Santo que consagró a Jesús para la misión.

¿Eres consciente del compromiso que eso implica?

  1. En esta sociedad:

¿Cómo manifiestas en tu vida concreta que has recibido este sacramento?

LECTIO DIVINA – DOMINGO SEGUNDO DESPUÉS DE NAVIDAD

Lectura del libro del Eclesiástico 24, 1-2. 8-12

La sabiduría hace su propia alabanza, encuentra su honor en Dios y se gloría en medio de su pueblo.

En la asamblea del Altísimo abre su boca y se gloría ante el Poderoso.

«El Creador del universo me dio una orden, el que me había creado estableció mi morada y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel”.

Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y nunca jamás dejaré de existir.

Ejercí mi ministerio en la Tienda santa delante de él, y así me establecí en Sion.

En la ciudad amada encontré descanso, y en Jerusalén reside mi poder.

Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad».

Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20

R./ El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sion.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R./

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R./

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-6. 15-18

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.

Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.

Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.

Por eso, habiendo oído hablar de vuestra fe en Cristo y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.

Comienzo del santo Evangelio según san Juan 1, 1-18

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba en el principio junto a Dios.

Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.

No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.

En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.

Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.

Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.

Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo»

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.

Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

COMENTARIO

Este domingo no tiene ningún acento especial. Las lecturas nos acompañan a una nueva profundización del misterio central del tiempo de Navidad. Está bien que volvamos repetidamente al que nos da Vida, especialmente en este tiempo festivo, tan agitado y disperso. En las lecturas se pueden leer tres aspectos: la encarnación del Verbo de Dios, la misión salvadora del Hijo, y, nuestra fidelidad.

COMPRENDER EL TEXTO

EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS

Es el misterio central, la Encarnación salvadora del Hijo de Dios. Es el alma del fragmento evangélico de hoy, que domina toda la celebración. La primera lectura evoca el sublime pensamiento veterotestamentario sobre la Sabiduría. El evangelio de Juan orienta este pensamiento; la Sabiduría eterna de Dios es el Verbo, que es Vida y Luz de los hombres, por el que todo ha venido a la existencia. Éste es el primer acento, propio de la revelación cristiana. Y éste es el segundo: el Verbo se hizo carne; es Jesús de Nazaret, hijo de María.

Renovemos la contemplación admirada y sorprendida del mensaje evangélico. Por un lado, el misterio de Dios: «A Dios nadie lo ha visto jamás», es revelado por Jesús como plenitud de Vida, de Luz, de Amor (Jn 1, 4-7). Ya esto desborda nuestras ideas espontáneas sobre Dios: pocas veces las reflexiones y los diálogos normales sobre Dios evocan un contenido así. Por otro lado, la Encarnación de Jesús en Nazaret, muerto y resucitado. Jesús fue una persona singular, no una figura etérea e inconcreta. Aquí hay un punto fuerte del cristianismo: Dios se ha hecho hombre concreto en nuestra historia humana. Esto sorprende y asusta. Incluso puede escandalizar a personas nobles que respetan a todas las culturas y tradiciones religiosas de la humanidad. Pero no olvidemos lo que es también central en la fe cristiana. Jesús es la Encarnación del Verbo de Dios precisamente como Plenitud de verdad y de gracia (evangelio), hasta su entrega total al Padre y a los hombres en su muerte y resurrección. Él es uno de los nuestros, pero no es uno como nosotros. La Encarnación de Dios, que es Amor y Vida, se manifestó en el amor generoso y sencillo de Jesús, entregado hasta la muerte y resurrección. Así aparece como Verdad y Gracia. La Encarnación en un hombre que ama no es un empobrecimiento o una limitación de Dios, es la manera de ser verdaderamente Dios-con-nosotros, de manifestar su amor eficaz a los hombres, siempre reales y concretos.

NOS HA DESTINADO POR MEDIO DE JESUCRISTO A SER SUS HIJOS

Es nuestro misterio. El Evangelio habla de Jesucristo como del único, aquel en el cual reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (Col 2,9), de una vez para siempre (Hebreos). Pero no lo hace nunca en tono apologético, para alejar a Jesucristo de nosotros los hombres y situarlo a otro nivel, inasequible; lo hace para mostrar el plan de Dios sobre todos los hombres y mujeres de la historia: ser hijos en Jesucristo. Así como el Evangelio subraya la unicidad concreta de Jesucristo, subraya también: «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre». Este «todo hombre» forma parte de la entraña cristiana, indica los hombres reales, los millones de hijos de mujer que han ocupado la tierra. Cuando decimos «Jesucristo» tendríamos que evitar la sensación espontánea de hablar de nuestro grupo cristiano para evocar esta universalidad. Decir «Jesucristo» quiere decir: todos. «A cuantos lo recibieron» expresa un misterio que tendríamos que contemplar arrodillados.

«Recibir» a Jesús o «rechazarlo» no se juega en una confesión más o menos reflexionada; tiene lugar en el núcleo más profundo de todos y cada uno de los hombres. Recibir a Jesucristo es vivir la comunión íntima con la Verdad, la Gracia, el Amor, y así «ser hijos de Dios» (evangelio). «Ser hijo» de Dios no es sólo una palabra; es como una participación viva en aquel que es el Hijo único, una manera de ser y de vivir como él.

NUESTRA FIDELIDAD

El texto de la carta a los Efesios subraya dos aspectos de la obra de Dios en nosotros que se convierten en dos exhortaciones. El primero se refiere a toda nuestra vida: «Él nos eligió en Cristo… para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.». El amor de Dios nos lleva a una vida nueva en el sentido más real, a una manera nueva de amar, de ser generosos, de perdonar, de afrontar el sufrimiento y la muerte, de confiar en Dios.

El segundo aspecto se refiere a lo que podríamos llamar la «experiencia interior»: «El Padre de la gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo». Normalmente hablamos de fidelidad en nuestra manera de vivir. Pero será bueno, en estos días de Navidad, exhortarnos a la contemplación silenciosa para avanzar hacia una «sabiduría y revelación». En la figura de Jesús nacido en Belén se esconde y se manifiesta a la vez el gran misterio de la Vida para todos los hombres. Llegar a «conocer la verdad» es la manera de crecer espiritualmente, de pasar de la situación de quien siempre escucha a «sentir y saber» personalmente (Jn 4,42). Se trata de conocer de verdad quién es él, el Dios y Padre que en Jesús manifiesta su amor salvador; y conocer «la esperanza a la que os llama» en la comunión vivida con el Señor, verdadera plenitud de la vida humana.

ACTUALIZAMOS

  1. El prólogo del cuarto evangelio es un texto fundamental para la teología cristiana.

¿Qué aporta a tu vida de fe lo que en él se afirma sobre Dios y sobre Jesucristo?

  1. “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

¿Qué te sugiere el ejemplo del Verbo hecho carne, la Palabra encarnada, a la hora de entender y concretar tu compromiso cristiano?

  1. Acoger la Palabra supone recibir una promesa de plenitud y de gracia, la posibilidad de vivir en estrecha intimidad con Dios.

¿De qué modo te estimula esta promesa a vivir en esperanza?

NAVIDAD 2024

HORARIOS DE MISAS

MARTES 24 DE DICIEMBRE: 9:30
    MISA DEL GALLO: 12 DE LA NOCHE

MIÉRCOLES 25 DE DICIEMBRE: 12:30

DOMINGO 29 DE DICIEMBRE: 12:30 y 19:30

MARTES 31 DE DICIEMBRE:  9:30  Y
19:30 (MISA DE VÍSPERA DE AÑO NUEVO)

MIÉRCOLES 1 DE ENERO: 12:30

DOMINGO 5 DE ENERO: 12:30 Y
19:30 (MISA DE VÍSPERA DE LA EPIFANÍA)

LUNES 6 DE ENERO (Fiesta de la Epifanía del Señor): 12:30 y 19:30 h.

ORACIÓN PARA BENDECIR LA CENA DE NAVIDAD

Bendice, Señor, nuestra mesa en este día de Luz.
Quienes vamos a cenar celebrándote sabemos que la fiesta eres Tú,
que nos invitas a nacer siempre de nuevo.
Gracias por el pan y el trabajo, por la generosidad y la esperanza.
Llena nuestra mesa de fuerza y ternura para ser personas justas,
llena de paz nuestras vidas y que la amistad y la gratitud alimenten cada día del año.
Tú eres bendición para nosotros; por eso, en esta noche fraterna,
bendice la tierra toda, bendice nuestro país.
Bendice esta familia y esta mesa.
Bendícenos a cada uno de los que estamos aquí.
Amén.

HORARIOS INVIERNO 2024-2025

A partir del 6 de octubre:
EUCARISTÍAS:
De LUNES a SÁBADO: 9:30 h. y 19:30 h.
DOMINGOS Y FESTIVOS: 11 h, 12:30 h. y 19:30 h.
* Confesiones: media hora antes de la misa o cuando se solicite.
DESPACHO PARROQUIAL:
MIÉRCOLES de 18 h. a 19:30 h.
DESPACHO ACOGIDA DE CÁRITAS:
MIÉRCOLES de 18h a 20h solicitando cita previa en el siguiente correo: caritasnatividad@gmail.com
Si no dispone de correo electrónico, tramitaremos la cita previa en el siguiente teléfono: 91.439.02.15 atendiendo sólo los miércoles de 18h. a 20h.
* Importante: para solicitar cualquier tipo de ayuda se deben dirigir a su parroquia más cercana según la dirección del empadronamiento.
BAUTIZOS:
ACOGIDA: PRIMEROS DOMINGOS DE MES a las 12 h.
APERTURA DE LA CAPILLA:
LUNES A VIERNES (excepto festivos) de 9h a 13h y de 17h a 20h.
SÁBADOS de 9h a 13h.
EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO:
Todos los JUEVES a las 18:30 h.
ADORACIÓN preparada por JÓVENES:
LUNES a las 20:30h.
GRUPO LECTIO DIVINA:
PRIMER Y TERCER VIERNES DE MES a las 19h.
CURSO DE BIBLIA, Libro del Éxodo:
PRIMER Y TERCER MARTES DE MES de 18h a 19h.

LECTIO DIVINA – CICLO C – NAVIDAD – LA SAGRADA FAMILIA

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6. 12-14

El Señor honra más al padre que a los hijos y afirma el derecho de la madre sobre ellos.

Quien honra a su padre expía sus pecados, y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.

Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos y cuando rece, será escuchado.

Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien honra a su madre obedece al Señor.

Hijo, cuida de tu padre en su vejez y durante su vida no le causes tristeza.

Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.

Porque la compasión hacia el padre no será olvidada y te servirá para reparar tus pecados.

Salmo 127, 1bc-2. 3. 4-5

R./ Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R./

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R./

Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sion,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21

Hermanos:

Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.

Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro.

El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.

Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta.

Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.

Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.

Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.

Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.

Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan el ánimo.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 2, 41-52

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de Pascua.

Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.

Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.

Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.

Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:

«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».

Él les contestó:

«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».

Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.

Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.

Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

COMENTARIO

El libro del Eclesiástico y el salmo nos presentan el modelo de relaciones y los valores que prevalecían en la familia tradicional israelita. El evangelio nos recuerda que Jesús también se educó, creció y maduró en el seno de una familia humana, pero que no se encerró en sus condicionamientos, ni se limitó a sus lazos afectivos. Más allá de ellos, su misión sólo estuvo determinada por el deseo de cumplir la voluntad del Padre. Así inauguró una familia universal, no basada en los vínculos de la carne y la sangre, sino en los de la fe. La carta a los Colosenses propone cómo han de ser las relaciones en la nueva familia de Jesús, que es la Iglesia-Comunidad.

COMPRENDER EL TEXTO

En la fiesta de la Sagrada Familia, la liturgia nos presenta un nuevo relato de la infancia de Jesús. El niño es ya adolescente y acompaña a sus padres a Jerusalén para celebrar con ellos la fiesta de Pascua. Lucas aprovecha la ocasión para adelantarnos algunos de los rasgos que luego distinguirán su vida adulta y su ministerio público. 

Estos versículos tratan de tender un puente entre la niñez y la vida adulta de Jesús. La ley de Moisés prescribía que todo varón judío debía peregrinar al templo de Jerusalén tres veces al año: Pascua, fiesta de las Tiendas y Pentecostés, este precepto empezaba a regir a partir de los 13 años, paso a la edad adulta.

Este hecho de que la familia de Jesús peregrine unida, cuando éste tiene doce años, da a entender que se trata de una familia piadosa que actúa “según la costumbre” de su pueblo. Y es en este contexto de religiosidad tradicional donde Lucas nos presenta a Jesús niño actuando de un modo sorprendentemente libre y desconcertante.

El comportamiento de Jesús es impropio de un chico de su edad que debe estar sometido a la tutela de sus padres. Pero estos evangelios de la infancia no pretenden ser una biografía en sentido estricto, sino transmitir un contenido teológico y catequético. Por eso, más que ver aquí un episodio de rebeldía adolescente, se nos invita a profundizar en el misterio de la persona de Jesús que aparece insinuado en varios detalles del texto, como en la sorprendente inteligencia del niño, pero, sobre todo, en el diálogo que mantiene con su madre.

Estas palabras son las primeras que Jesús pronuncia en todo el evangelio de Lucas. Esta ocasión, cuando Jesús está a punto de entrar en la edad adulta, es propicia para dejar bien claro la orientación fundamental de toda su vida. Este desmarcarse de los suyos revela que su actuación futura no va a depender de las pautas marcadas por su entorno familiar, como era lo normal en la sociedad israelita; que su padre verdadero no era José, como dice María (Lc 2, 48), sino Dios, y que su misión consistirá en “ocuparse de sus cosas”, en hacer en todo la voluntad del Padre.

Sorprende que la respuesta de Jesús no sea comprendida por José y especialmente por María, a quien fue revelado en la Anunciación que su hijo también era el “Hijo de Dios” (Lc 1,31). Lo que Lucas quiere decirnos es que el misterio de la filiación de Jesús es humanamente insondable y requiere ser asumido desde la fe, lo que supone a veces un proceso largo y doloroso. A pesar de ello, el pasaje concluye con una clara afirmación de la humanidad de Jesús. Aunque sea el Hijo de Dios, no por eso quiere ahorrarse el itinerario de crecimiento y maduración que corresponde a cualquier persona. También eso forma parte de su misterio, tantas veces incomprendido.

ACTUALIZAMOS

La familia de Nazaret fue un espacio de crecimiento y maduración. En primer lugar, para el mismo Jesús, que “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. En segundo lugar, para María y José, que, sin comprenderlo todo, estaban en una situación de búsqueda e iban avanzando en su camino de fe, meditando interiormente el sentido de unos acontecimientos no siempre fáciles de interpretar. Todo esto plantea un reto a nuestras propias familias. 

  1. Fe: “¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”-

¿Qué nos enseña este pasaje sobre el misterio que encierra la persona de Jesús?

José y María “no comprendieron lo que les dijo”. ¿De qué modo puede ayudarnos la actitud de José y María a crecer en la fe personal y familiar?

  1. Caridad: Salvando distancias, la sagrada familia es modelo para nuestras familias:

¿En qué sentido nos puede ayudar para mejorar relaciones y conflictos familiares?

Jesús iba creciendo…”: ¿Qué condiciones deberían darse en nuestras familias para que sus miembros crezcamos en ellas como personas y creyentes?

  1. Esperanza: Hoy la familia está en crisis. También la familia de Jesús vivió momentos difíciles. A pesar de ello:

¿Qué signos de esperanza descubro en la realidad familiar de hoy en día?

LECTIO DIVINA – CICLO C – ADVIENTO DOMINGO IV

Lectura de la profecía de Miqueas 5, 1-4a

Esto dice el Señor:

«Y tú, Belén Efratá,
pequeña entre los clanes de Judá,
de ti voy a sacar
al que ha de gobernar Israel;
sus orígenes son de antaño,
de tiempos inmemoriales.

Por eso, los entregará
hasta que dé a luz la que debe dar a luz,
el resto de sus hermanos volverá
junto con los hijos de Israel.

Se mantendrá firme, pastoreará
con la fuerza del Señor,
con el dominio del nombre del Señor, su Dios;
se instalarán, ya que el Señor
se hará grande hasta el confín de la tierra.

Él mismo será la paz».

Salmo 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19

R./ Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha;
tú que te sientas sobre querubines, resplandece;
despierta tu poder y ven a salvarnos. R./

Dios del universo, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó
y al hijo del hombre que tú has fortalecido. R./

Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R./

Lectura de la carta a los Hebreos 10, 5-10

Hermanos:

Al entrar Cristo en el mundo dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias.

Entonces yo dije: He aquí que vengo – pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí – para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad».

Primero dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la ley. Después añade: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad».

Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 1, 39-45

En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamo:

«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

 COMENTARIO

El cuarto domingo de Adviento tiene ya el sabor de la Navidad. Por eso las lecturas de hoy van situándonos en el escenario de los hechos, nos presentan a los personajes que protagonizarán y nos ayudan a descubrir el sentido profundo de lo que vamos a celebrar muy pronto. Todos parecen estar preparados: Belén de Judá, María la creyente… y sobre todo Jesús, que entra en este mundo dispuesto a hacer la voluntad del Padre para que su salvación nos visite y se quede para siempre con nosotros.

COMPRENDER EL TEXTO

Retrocediendo en el tiempo, volvemos a encontrarnos hoy con los mismos personajes del domingo pasado. Pero esta vez su presencia en escena no aparece en primer plano. Juan Bautista y Jesús son dos niños no nacidos que aún no pueden hablar, pero el encuentro entre sus madres nos proporcionará una nueva ocasión para comprender mejor el papel de cada uno en la historia de la salvación.

Este pasaje forma parte de los “evangelios de la infancia”, donde se relatan los primeros episodios de la vida de Jesús (Lc 1,5 – 2,52). El género literario de estos capítulos es más catequético que biográfico e incluye narraciones en las que la luz de la fe pascual se proyecta sobre la figura de Jesús niño. De este modo, el misterio que encierra su persona es presentado, ya desde su concepción, a tenor de lo que la comunidad cristiana creía de él gracias a la resurrección. El relato de la “visitación”, que leemos hoy, nos dará ocasión de comprobarlo.

Poco después de recibir la noticia de su maternidad, María decide visitar a su pariente Isabel, cuyo embarazo ha conocido por medio del ángel Gabriel. Se trata de un embarazo extraordinario, puesto que Isabel es anciana y estéril. No en vano este embarazo ha sido presentado a María como “señal” del poder divino, garantía de que también ella, María, será madre a pesar de su virginidad (Lc 1,36-37). La escena sucede en un lugar indeterminado de la montaña de Judea, que la tradición cristiana ha identificado después con Ain Karim, una aldea situada a 6 kilómetros al oeste de Jerusalén.

Lucas no explica los motivos de este viaje. En principio se puede entender como un acto de solidaridad familiar. Pero hay un gran valor simbólico en este acontecimiento que se descubre al fijarnos en ciertos detalles. Por ejemplo, el hecho de que María vaya “de prisa” a la montaña de Judá. Esta prontitud se parece a la de los pastores de Belén, que reaccionan de un modo parecido al enterarse del nacimiento de Jesús. Como ellos, también María ha recibido una “señal” que revela una intervención de Dios. La rapidez de su respuesta demuestra que está totalmente dispuesta a colaborar con sus planes. La que ha sido “visitada” por el Señor se apresura a trasmitir la buena noticia que ha recibido.

En un primer plano asistimos al encuentro entre las dos futuras madres. Sabiendo que para Lucas la alegría es el sentimiento que embarga a los que experimentan la salvación, la reacción que provoca el saludo de María nos indica que no es esta una visita de cortesía, sino la visita del mismo Dios encarnado en Jesús. Así lo confirman las palabras proféticas de Isabel, que, inspirada por el Espíritu, ve más allá de las apariencias y reconoce que la criatura que María lleva en su vientre es “el Señor”. Si la bendice y la felicita no es por servirle a ella, sino por ponerse al servicio de Dios, por una maternidad que es fruto de su fe, por una fe que permite que los planes del Todopoderoso puedan cumplirse.

Un segundo plano, más oculto, esconde el encuentro misterioso entre dos niños nonatos que son los verdaderos protagonistas de esta escena. De hecho, uno de los recursos literarios que Lucas utiliza para presentar la singularidad de Jesús en los “evangelios de la infancia” es el de compararlo con Juan Bautista, narrando en paralelo diversas escenas de la niñez de ambos. Recordemos que el episodio de la visitación está situado tras las dos anunciaciones de sus nacimientos y viene a confirmar lo que allí se dice sobre la identidad y la misión de cada uno. Los saltos de alegría del pequeño Juan suponen un reconocimiento prenatal de la condición mesiánica de Jesús y de su papel subordinado frente a él.

Otro detalle importante es ver cómo las madres anticipan la misión de sus respectivos hijos y la relación que ambos mantendrán durante su vida pública: María como portadora de la Buena Noticia de la salvación; Isabel proclamando la alegría por la llegada del Mesías y reconociéndose indigna de que «la madre de mi Señor» venga a visitarla.

ACTUALIZAMOS

María es figura imprescindible del Adviento. El evangelio de hoy nos la ha presentado como modelo de creyente, como portadora de buenas noticias, como mensajera de alegría. Gracias a ella Jesús realizó su primer viaje misionero. Gracias a ella nos ha visitado la salvación; que sepamos acogerla en nuestra vida y comunicarla a los demás.

  1. Isabel felicita a María porque “ha creído”:

Y tú, ¿te sientes feliz por ser creyente?

¿En qué aspectos la fe de María puede ser modelo para tu fe?

  1. “La criatura saltó de alegría en mi vientre”:

¿En qué momentos de tu vida has experimentado la alegría de sentirte visitado por el Señor?

  1. María fue una verdadera evangelizadora que supo transmitir la Buena Noticia:

¿Qué podemos hacer nosotros para que la salvación de Dios siga visitando y alegrando a quienes más lo necesitan?

  1. “Lo que le ha dicho el Señor se cumplirá”:

¿Vivo con la seguridad de que Dios cumple sus promesas?

¿Cuándo me ha costado más fiarme de él y mantener la esperanza?

LECTIO DIVINA – CICLO C – ADVIENTO DOMINGO III “GAUDETE”

Lectura de la profecía de Sofonías 3, 14-18a

Alégrate hija de Sion, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén.
El Señor ha revocado tu sentencia, ha expulsado a tu enemigo.

El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temas mal alguno.

Aquel día se dirá a Jerusalén:

«¡No temas! ¡Sion, no desfallezcas!»

El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en día de fiesta.

Salmo Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6

R./ Gritad jubilosos, porque es grande en medio de ti el Santo de Israel.

«Él es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación».
Y sacaréis aguas con gozo
de las fuentes de la salvación. R./

«Dad gracias al Señor,
invocad su nombre,
contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su nombre es excelso». R./

Tañed para el Señor, que hizo proezas,
anunciadlas a toda la tierra;
gritad jubilosos, habitantes de Sion,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4, 4-7

Hermanos:

Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos.

Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca.

Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.

Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 3, 10-18

En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan:

«Entonces, ¿qué debemos hacer?».

Él contestaba:

«El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:

«Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?».

Él les contestó:

«No exijáis más de lo establecido».

Unos soldados igualmente le preguntaban:

«Y nosotros, ¿qué debemos hacer?».

Él les contestó:

«No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».

Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos:

«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga».

Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.

COMENTARIO

La liturgia de este tercer domingo de Adviento rebosa de alegría, porque esa es la reacción típica de los que saben que la salvación de Dios está en marcha. En ello insiste el profeta Sofonías, el salmo tomado de Isaías, y las palabras de Pablo recogidas en la carta a los Filipenses. Anunciando la proximidad del Mesías, también Juan Bautista se hace portador de esa Buena Noticia, pero además las implicaciones éticas que supone acogerla en la propia vida.

COMPRENDER EL TEXTO

Recordando el hilo de la semana pasada, volvemos a encontrarnos con la figura de Juan el Bautista. El evangelio que leeremos en este tercer domingo de Adviento concreta aún más su llamada a la conversión y da pistas prácticas para poner manos a la obra en la tarea de preparar el camino al Señor, que se acerca.

Este evangelio es la continuación casi inmediata del que leímos la semana anterior. La figura del Bautista sigue ocupando el centro de la escena. Dos partes bien diferenciadas se distinguen. En la primera, Juan responde a una serie de preguntas que le hacen quienes han venido a ser bautizados por él. En la segunda, deja bien clara su identidad respecto a Jesús.

La primera parte (Lc 3,10-14) debe entenderse en relación al evangelio del pasado domingo. Juan ha sido presentado por Lucas como el ultimo profeta de Israel, el nuevo Elías cuya misión consiste en “preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1,17) mediante un bautismo de arrepentimiento. No es extraño que aquellos que han escuchado su urgente llamada a convertirse deseen concretar las implicaciones que ese mensaje tiene para ellos. Por eso le preguntan: “¿Qué debemos hacer?”

El arrepentimiento implica un cambio de vida. Juan Bautista lo deja bien claro en esos pocos versículos eliminados en la versión litúrgica que hoy proclamamos (Lc 3,7-9), donde exhorta a quienes le escucha a “dad el fruto que pide la conversión” (Lc 3,8). Pero no se trata de frutos específicamente religiosos, puesto que no se menciona la observancia de la ley ni las oraciones, sacrificios, votos o actos de piedad propios del judaísmo. La conversión se concreta en la realización fraterna con el prójimo, en la práctica de la justicia, en la renuncia a la violencia y en la ética profesional, que son dimensiones que implican a cualquier ser humano. De este modo se subraya que el camino de la salvación está abierto a todos (recordamos lo que se dice en Lc 3,6: “Y toda carne verá la salvación de Dios”), sin que nadie esté excluido de ella por su origen, condición o profesión. Ni siquiera los publicanos, que eran tenidos por pecadores sin posibilidad de perdón.

Lo que está en juego en la segunda parte del pasaje (Lc 3,15-17) es la misma identidad del Bautista. Su predicación había despertado en el pueblo grandes expectativas y muchos se preguntaban si no sería el Mesías esperado. La contestación que Juan les da es claramente negativa, aunque no tan explícita como la que aparece en otros evangelios (Jn 1,20). Sus palabras nos ayudan a conocer mejor lo que él pensaba de Aquel cuya venida anunciaba.

Muchos especialistas opinan que los discípulos del Bautista pudieron considerarle como el Mesías y por eso los evangelistas quieren evitar malos entendidos desde el principio. Antes de que Jesús comience su ministerio, Juan declara humildemente su inferioridad respecto a él. Frente al que es “más fuerte”, se reconoce como indigno de ser su esclavo (que eran los que desataban las sandalias de sus señores). Frente al que podrá bautizar con “Espíritu Santo y fuego”, su bautismo “con agua” es totalmente provisional.

Juan imagina al Mesías como juez definitivo que vendrá a separar a los buenos de los malos –el trigo de la paja- para dar a cada uno su merecido. En cambio, el ministerio histórico de Jesús se caracterizó por la práctica liberadora de la misericordia y no por la amenaza de un juicio inminente. Parece incluso que el mismo Juan se sintió desorientado cuando vio defraudadas sus expectativas y hasta llegó a dudar sobre si Jesús sería el Mesías esperado (Lc 7,18-30). En todo caso, Lucas se esfuerza en presentar la cara más amable y positiva del Bautista. Por eso, y a pesar del carácter apocalíptico de algunas de sus palabras (Lc 3,7.9.17), concluye su presentación declarándolo pregonero de la Buena Noticia (Lc 3,18).

ACTUALIZAMOS

Si de verdad nos creemos que el Señor viene, no basta alegrarse. Es necesario prepararle el camino. Pero el deseo de conversión no puede quedarse en bonitas palabras o en sentimientos más o menos pasajeros. Tiene que aterrizar en la vida cotidiana. Por eso, la pregunta que debemos plantearnos, también nosotros, suena así de concreta: ¿Qué debemos hacer?

  1. La respuesta de Juan Bautista a quienes le preguntan es que la conversión debe concretarse en la solidaridad con el necesitado, en la práctica de la justicia y en la honestidad profesional:

¿Cuál de sus respuestas te interpela más en este momento de tu vida?

  1. “¿Qué debemos hacer?”:

¿Sobre qué aspectos de tu vida personal, familiar, religiosa, social o profesional te atreverías a plantearle al Bautista una pregunta así?

¿Cuál sería su respuesta?

  1. “El pueblo estaba expectante”:

¿Qué expectativas tienes en este momento de tu vida?

¿Te ayudan a vivir con esperanza cristiana o simplemente a seguir tirando?

Ciclo C

ADVIENTO

NAVIDAD

TIEMPO ORDINARIO

CUARESMA

SEMANA SANTA

PASCUA

TIEMPO ORDINARIO

LECTIO DIVINA – CICLO C – ADVIENTO DOMINGO I

Lectura del libro de Jeremías 33, 14-16

Ya llegan días -oráculo del Señor- en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá.

En aquellos días y en aquella hora, suscitaré a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra.

En aquellos días se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: “El Señor es nuestra justicia”.

Salmo 24, 4-5a. 8-9. 10 y 14

R./ A ti, Señor, levanto mi alma.

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R./

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R./

Las sendas del Señor son misericordia y lealtad
para los que guardan su alianza y sus mandatos.
El Señor se confía a los que lo temen,
y les da a conocer su alianza.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 3,12 – 4,2

Hermanos:

Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos a vosotros; y que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos.

Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús: ya habéis aprendido de nosotros cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguid adelante. Pues ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 21, 25-28. 34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas.

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».

COMENTARIO

Adviento es tiempo de esperanza.

Y la Palabra nos ayuda a ponernos en esa longitud de onda al asegurarnos que la salvación de Dios se abre paso en medio de los vaivenes de la vida. El Señor tiene un plan de liberación para su pueblo y lo lleva a cabo con fidelidad. Tanto la promesa de un rey justo (lectura de Jeremías) como el anuncio de la venida del Hijo del hombre (Evangelio de Lucas) reflejan esa certeza de modo diverso. Una certeza que compromete a los creyentes para que acojan adecuadamente la redención que se acerca.

COMPRENDER EL TEXTO

Al iniciar este nuevo ciclo litúrgico, abrimos el evangelio de Lucas. Pero no comenzamos a leerlo por el principio, sino por un pasaje acorde con el tiempo de Adviento que hoy estrenamos. Su lenguaje puede resultarnos extraño pero su mensaje sigue interpelándonos.

Se nos invita a renovar nuestra experiencia de fe, de encuentro con el Señor que vino, que viene y que vendrá. Él nos vuelve a decir: “Mirad que hago nuevas todas las cosas”.

El pasaje de hoy tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera se anuncia la venida del Hijo del hombre (vv.25-28) y en la segunda hay una llamada a los discípulos a estar preparados para ella (vv.34-36). Hay que recordar que Jesús pronuncia estas palabras mientras se encuentra en Jerusalén, ya al final de su ministerio público. Enseñando en el templo, acaba de anunciar su destrucción y la de la Ciudad Santa. Todo ello forma parte del “discurso escatológico” (Lc 21,5-38), llamado así porque se refiere a los acontecimientos últimos que tendrán lugar al fin de los tiempos (en griego, “último” se dice ésjatos).

Tras describir de modo realista la destrucción de Jerusalén, Jesús cambia de registro y comienza a expresarse con un lenguaje diferente, lleno de imágenes inquietantes. Se trata del “lenguaje apocalíptico”, un género literario muy popular en aquella época, caracterizado, entre otras cosas, por utilizar un simbolismo con enigmas, cuyo significado no aparece a primera vista y debe ser interpretado.

Los “signos” de los que habla Jesús en el texto afectan a la totalidad de la creación (cielo, sol, luna, estrellas, tierra y mar). Este simbolismo cósmico es típico de la apocalíptica. Es el universo entero el que se convulsiona. Lo que sucede en el cielo tiene su reflejo en la tierra. La violenta sacudida de las potencias celestes hace presente el final de un orden social injusto, de un mundo “viejo” que se encamina a su destrucción. La reacción más lógica ante ello es el miedo. Sin embargo, el objetivo de la apocalíptica, aunque parezca lo contrario, no es provocar el terror, sino animar la esperanza en medio de la tribulación.

La venida del Hijo del hombre (en griego = parusía) es una imagen bien conocida en la apocalíptica judía. Este movimiento floreció entre los siglos II a.C. y II d.C. y arraigó con fuerza en muchos ambientes cristianos. Fue precisamente en ellos donde Jesús fue identificado con ese personaje misterioso que vendrá como juez al final de los tiempos. Inspirándose en la descripción de Dn 7,13-14, Lucas destaca su condición celeste, ya que lo muestra bajando “en una nube, con gran poder y gloria”.

Lucas presenta este acontecimiento como una buena noticia. El evangelista, que ve a Jesús como Salvador más que como Juez universal, insiste en que la parusía supondrá la liberación definitiva. Con ella se hará presente la plenitud del Reino de Dios (Lc 21,31). Por eso los “signos” que preceden a este acontecimiento no deben angustiar a los creyentes, sino infundir ánimo. Y ya que es imposible saber “cuándo”, lo importante es saber “cómo” hay que prepararse. Se impone, por tanto, vivir el momento presente en actitud de vigilancia activa. De lo contrario, caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra”, sobre aquellos que se han dejado adormecer por los vicios y las preocupaciones de una vida irresponsable y superficial.

Lucas, aunque conserva este lenguaje escatológico como Marcos y Mateo, lo adapta a su propia visión de la historia de la salvación. Así, corrige el entusiasmo “apocalíptico” de quienes pensaban que los días de este mundo estaban contados. La destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén (año 70 d.C.) hizo que muchos cristianos creyeran que el retorno de Cristo era inminente. En cambio, Lucas que escribe entre los años 80-90 d.C., sabe que esto no es así, que “el fin no vendrá inmediatamente” (Lc 21,9). La historia sigue su curso, según los designios de Dios. Antes de que llegue el “final de los tiempos”, los cristianos, impulsados por el Espíritu, debemos dar testimonio de Jesús en medio de este mundo. Es el tiempo de la Iglesia.

ACTUALIZAMOS

Esperar al Señor no es hacer calendarios sobre el fin del mundo, sino vivir el presente con la lucidez y la responsabilidad propias de los creyentes. Aunque nuestro mundo siga sacudido por acontecimientos que lo convulsionan, no hay que ser alarmistas. Tampoco conformistas. Lo nuestro es creer en un futuro de salvación y mantener viva la esperanza. Si alimentamos el miedo o nos sentimos satisfechos con lo que hay, sin esperar nada nuevo, no estamos preparando la venida liberadora del Hijo del hombre.

  1. Esperar la venida de Cristo nos compromete a vivir el presente liberándonos y liberando:

¿Cómo concretar ese compromiso en nuestra vida cotidiana?

  1. Si queremos estar preparados, no podemos vivir “adormilados” por el mundo que nos rodea:

¿Qué realidades nos embotan el corazón y nos impiden vivir el presente con esa actitud activa y atenta que Jesús nos pide?

  1. Estamos en Adviento. Por eso, y aunque el panorama es muchas veces sombrío…

¿Cómo te ayudan estas palabras del evangelio a mantenerte firme y vigilante?

  1. «Habrá signos …»

¿Qué signos de esperanza descubres en nuestro mundo?