LECTIO DIVINA – DOMINGO SEGUNDO DESPUÉS DE NAVIDAD

Lectura del libro del Eclesiástico 24, 1-2. 8-12

La sabiduría hace su propia alabanza, encuentra su honor en Dios y se gloría en medio de su pueblo.

En la asamblea del Altísimo abre su boca y se gloría ante el Poderoso.

«El Creador del universo me dio una orden, el que me había creado estableció mi morada y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel”.

Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y nunca jamás dejaré de existir.

Ejercí mi ministerio en la Tienda santa delante de él, y así me establecí en Sion.

En la ciudad amada encontré descanso, y en Jerusalén reside mi poder.

Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad».

Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20

R./ El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sion.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R./

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R./

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-6. 15-18

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.

Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.

Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.

Por eso, habiendo oído hablar de vuestra fe en Cristo y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.

Comienzo del santo Evangelio según san Juan 1, 1-18

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba en el principio junto a Dios.

Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.

No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.

En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.

Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.

Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.

Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo»

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.

Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

COMENTARIO

Este domingo no tiene ningún acento especial. Las lecturas nos acompañan a una nueva profundización del misterio central del tiempo de Navidad. Está bien que volvamos repetidamente al que nos da Vida, especialmente en este tiempo festivo, tan agitado y disperso. En las lecturas se pueden leer tres aspectos: la encarnación del Verbo de Dios, la misión salvadora del Hijo, y, nuestra fidelidad.

COMPRENDER EL TEXTO

EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS

Es el misterio central, la Encarnación salvadora del Hijo de Dios. Es el alma del fragmento evangélico de hoy, que domina toda la celebración. La primera lectura evoca el sublime pensamiento veterotestamentario sobre la Sabiduría. El evangelio de Juan orienta este pensamiento; la Sabiduría eterna de Dios es el Verbo, que es Vida y Luz de los hombres, por el que todo ha venido a la existencia. Éste es el primer acento, propio de la revelación cristiana. Y éste es el segundo: el Verbo se hizo carne; es Jesús de Nazaret, hijo de María.

Renovemos la contemplación admirada y sorprendida del mensaje evangélico. Por un lado, el misterio de Dios: «A Dios nadie lo ha visto jamás», es revelado por Jesús como plenitud de Vida, de Luz, de Amor (Jn 1, 4-7). Ya esto desborda nuestras ideas espontáneas sobre Dios: pocas veces las reflexiones y los diálogos normales sobre Dios evocan un contenido así. Por otro lado, la Encarnación de Jesús en Nazaret, muerto y resucitado. Jesús fue una persona singular, no una figura etérea e inconcreta. Aquí hay un punto fuerte del cristianismo: Dios se ha hecho hombre concreto en nuestra historia humana. Esto sorprende y asusta. Incluso puede escandalizar a personas nobles que respetan a todas las culturas y tradiciones religiosas de la humanidad. Pero no olvidemos lo que es también central en la fe cristiana. Jesús es la Encarnación del Verbo de Dios precisamente como Plenitud de verdad y de gracia (evangelio), hasta su entrega total al Padre y a los hombres en su muerte y resurrección. Él es uno de los nuestros, pero no es uno como nosotros. La Encarnación de Dios, que es Amor y Vida, se manifestó en el amor generoso y sencillo de Jesús, entregado hasta la muerte y resurrección. Así aparece como Verdad y Gracia. La Encarnación en un hombre que ama no es un empobrecimiento o una limitación de Dios, es la manera de ser verdaderamente Dios-con-nosotros, de manifestar su amor eficaz a los hombres, siempre reales y concretos.

NOS HA DESTINADO POR MEDIO DE JESUCRISTO A SER SUS HIJOS

Es nuestro misterio. El Evangelio habla de Jesucristo como del único, aquel en el cual reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (Col 2,9), de una vez para siempre (Hebreos). Pero no lo hace nunca en tono apologético, para alejar a Jesucristo de nosotros los hombres y situarlo a otro nivel, inasequible; lo hace para mostrar el plan de Dios sobre todos los hombres y mujeres de la historia: ser hijos en Jesucristo. Así como el Evangelio subraya la unicidad concreta de Jesucristo, subraya también: «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre». Este «todo hombre» forma parte de la entraña cristiana, indica los hombres reales, los millones de hijos de mujer que han ocupado la tierra. Cuando decimos «Jesucristo» tendríamos que evitar la sensación espontánea de hablar de nuestro grupo cristiano para evocar esta universalidad. Decir «Jesucristo» quiere decir: todos. «A cuantos lo recibieron» expresa un misterio que tendríamos que contemplar arrodillados.

«Recibir» a Jesús o «rechazarlo» no se juega en una confesión más o menos reflexionada; tiene lugar en el núcleo más profundo de todos y cada uno de los hombres. Recibir a Jesucristo es vivir la comunión íntima con la Verdad, la Gracia, el Amor, y así «ser hijos de Dios» (evangelio). «Ser hijo» de Dios no es sólo una palabra; es como una participación viva en aquel que es el Hijo único, una manera de ser y de vivir como él.

NUESTRA FIDELIDAD

El texto de la carta a los Efesios subraya dos aspectos de la obra de Dios en nosotros que se convierten en dos exhortaciones. El primero se refiere a toda nuestra vida: «Él nos eligió en Cristo… para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.». El amor de Dios nos lleva a una vida nueva en el sentido más real, a una manera nueva de amar, de ser generosos, de perdonar, de afrontar el sufrimiento y la muerte, de confiar en Dios.

El segundo aspecto se refiere a lo que podríamos llamar la «experiencia interior»: «El Padre de la gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo». Normalmente hablamos de fidelidad en nuestra manera de vivir. Pero será bueno, en estos días de Navidad, exhortarnos a la contemplación silenciosa para avanzar hacia una «sabiduría y revelación». En la figura de Jesús nacido en Belén se esconde y se manifiesta a la vez el gran misterio de la Vida para todos los hombres. Llegar a «conocer la verdad» es la manera de crecer espiritualmente, de pasar de la situación de quien siempre escucha a «sentir y saber» personalmente (Jn 4,42). Se trata de conocer de verdad quién es él, el Dios y Padre que en Jesús manifiesta su amor salvador; y conocer «la esperanza a la que os llama» en la comunión vivida con el Señor, verdadera plenitud de la vida humana.

ACTUALIZAMOS

  1. El prólogo del cuarto evangelio es un texto fundamental para la teología cristiana.

¿Qué aporta a tu vida de fe lo que en él se afirma sobre Dios y sobre Jesucristo?

  1. “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

¿Qué te sugiere el ejemplo del Verbo hecho carne, la Palabra encarnada, a la hora de entender y concretar tu compromiso cristiano?

  1. Acoger la Palabra supone recibir una promesa de plenitud y de gracia, la posibilidad de vivir en estrecha intimidad con Dios.

¿De qué modo te estimula esta promesa a vivir en esperanza?

NAVIDAD 2024

HORARIOS DE MISAS

MARTES 24 DE DICIEMBRE: 9:30
    MISA DEL GALLO: 12 DE LA NOCHE

MIÉRCOLES 25 DE DICIEMBRE: 12:30

DOMINGO 29 DE DICIEMBRE: 12:30 y 19:30

MARTES 31 DE DICIEMBRE:  9:30  Y
19:30 (MISA DE VÍSPERA DE AÑO NUEVO)

MIÉRCOLES 1 DE ENERO: 12:30

DOMINGO 5 DE ENERO: 12:30 Y
19:30 (MISA DE VÍSPERA DE LA EPIFANÍA)

LUNES 6 DE ENERO (Fiesta de la Epifanía del Señor): 12:30 y 19:30 h.

ORACIÓN PARA BENDECIR LA CENA DE NAVIDAD

Bendice, Señor, nuestra mesa en este día de Luz.
Quienes vamos a cenar celebrándote sabemos que la fiesta eres Tú,
que nos invitas a nacer siempre de nuevo.
Gracias por el pan y el trabajo, por la generosidad y la esperanza.
Llena nuestra mesa de fuerza y ternura para ser personas justas,
llena de paz nuestras vidas y que la amistad y la gratitud alimenten cada día del año.
Tú eres bendición para nosotros; por eso, en esta noche fraterna,
bendice la tierra toda, bendice nuestro país.
Bendice esta familia y esta mesa.
Bendícenos a cada uno de los que estamos aquí.
Amén.

HORARIOS INVIERNO 2024-2025

A partir del 6 de octubre:
EUCARISTÍAS:
De LUNES a SÁBADO: 9:30 h. y 19:30 h.
DOMINGOS Y FESTIVOS: 11 h, 12:30 h. y 19:30 h.
* Confesiones: media hora antes de la misa o cuando se solicite.
DESPACHO PARROQUIAL:
MIÉRCOLES de 18 h. a 19:30 h.
DESPACHO ACOGIDA DE CÁRITAS:
MIÉRCOLES de 18h a 20h solicitando cita previa en el siguiente correo: caritasnatividad@gmail.com
Si no dispone de correo electrónico, tramitaremos la cita previa en el siguiente teléfono: 91.439.02.15 atendiendo sólo los miércoles de 18h. a 20h.
* Importante: para solicitar cualquier tipo de ayuda se deben dirigir a su parroquia más cercana según la dirección del empadronamiento.
BAUTIZOS:
ACOGIDA: PRIMEROS DOMINGOS DE MES a las 12 h.
APERTURA DE LA CAPILLA:
LUNES A VIERNES (excepto festivos) de 9h a 13h y de 17h a 20h.
SÁBADOS de 9h a 13h.
EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO:
Todos los JUEVES a las 18:30 h.
ADORACIÓN preparada por JÓVENES:
LUNES a las 20:30h.
GRUPO LECTIO DIVINA:
PRIMER Y TERCER VIERNES DE MES a las 19h.
CURSO DE BIBLIA, Libro del Éxodo:
PRIMER Y TERCER MARTES DE MES de 18h a 19h.

LECTIO DIVINA – CICLO C – NAVIDAD – LA SAGRADA FAMILIA

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6. 12-14

El Señor honra más al padre que a los hijos y afirma el derecho de la madre sobre ellos.

Quien honra a su padre expía sus pecados, y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.

Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos y cuando rece, será escuchado.

Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien honra a su madre obedece al Señor.

Hijo, cuida de tu padre en su vejez y durante su vida no le causes tristeza.

Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.

Porque la compasión hacia el padre no será olvidada y te servirá para reparar tus pecados.

Salmo 127, 1bc-2. 3. 4-5

R./ Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R./

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R./

Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sion,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21

Hermanos:

Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.

Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro.

El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.

Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta.

Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.

Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.

Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.

Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.

Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan el ánimo.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 2, 41-52

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de Pascua.

Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.

Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.

Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.

Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:

«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».

Él les contestó:

«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».

Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.

Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.

Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

COMENTARIO

El libro del Eclesiástico y el salmo nos presentan el modelo de relaciones y los valores que prevalecían en la familia tradicional israelita. El evangelio nos recuerda que Jesús también se educó, creció y maduró en el seno de una familia humana, pero que no se encerró en sus condicionamientos, ni se limitó a sus lazos afectivos. Más allá de ellos, su misión sólo estuvo determinada por el deseo de cumplir la voluntad del Padre. Así inauguró una familia universal, no basada en los vínculos de la carne y la sangre, sino en los de la fe. La carta a los Colosenses propone cómo han de ser las relaciones en la nueva familia de Jesús, que es la Iglesia-Comunidad.

COMPRENDER EL TEXTO

En la fiesta de la Sagrada Familia, la liturgia nos presenta un nuevo relato de la infancia de Jesús. El niño es ya adolescente y acompaña a sus padres a Jerusalén para celebrar con ellos la fiesta de Pascua. Lucas aprovecha la ocasión para adelantarnos algunos de los rasgos que luego distinguirán su vida adulta y su ministerio público. 

Estos versículos tratan de tender un puente entre la niñez y la vida adulta de Jesús. La ley de Moisés prescribía que todo varón judío debía peregrinar al templo de Jerusalén tres veces al año: Pascua, fiesta de las Tiendas y Pentecostés, este precepto empezaba a regir a partir de los 13 años, paso a la edad adulta.

Este hecho de que la familia de Jesús peregrine unida, cuando éste tiene doce años, da a entender que se trata de una familia piadosa que actúa “según la costumbre” de su pueblo. Y es en este contexto de religiosidad tradicional donde Lucas nos presenta a Jesús niño actuando de un modo sorprendentemente libre y desconcertante.

El comportamiento de Jesús es impropio de un chico de su edad que debe estar sometido a la tutela de sus padres. Pero estos evangelios de la infancia no pretenden ser una biografía en sentido estricto, sino transmitir un contenido teológico y catequético. Por eso, más que ver aquí un episodio de rebeldía adolescente, se nos invita a profundizar en el misterio de la persona de Jesús que aparece insinuado en varios detalles del texto, como en la sorprendente inteligencia del niño, pero, sobre todo, en el diálogo que mantiene con su madre.

Estas palabras son las primeras que Jesús pronuncia en todo el evangelio de Lucas. Esta ocasión, cuando Jesús está a punto de entrar en la edad adulta, es propicia para dejar bien claro la orientación fundamental de toda su vida. Este desmarcarse de los suyos revela que su actuación futura no va a depender de las pautas marcadas por su entorno familiar, como era lo normal en la sociedad israelita; que su padre verdadero no era José, como dice María (Lc 2, 48), sino Dios, y que su misión consistirá en “ocuparse de sus cosas”, en hacer en todo la voluntad del Padre.

Sorprende que la respuesta de Jesús no sea comprendida por José y especialmente por María, a quien fue revelado en la Anunciación que su hijo también era el “Hijo de Dios” (Lc 1,31). Lo que Lucas quiere decirnos es que el misterio de la filiación de Jesús es humanamente insondable y requiere ser asumido desde la fe, lo que supone a veces un proceso largo y doloroso. A pesar de ello, el pasaje concluye con una clara afirmación de la humanidad de Jesús. Aunque sea el Hijo de Dios, no por eso quiere ahorrarse el itinerario de crecimiento y maduración que corresponde a cualquier persona. También eso forma parte de su misterio, tantas veces incomprendido.

ACTUALIZAMOS

La familia de Nazaret fue un espacio de crecimiento y maduración. En primer lugar, para el mismo Jesús, que “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. En segundo lugar, para María y José, que, sin comprenderlo todo, estaban en una situación de búsqueda e iban avanzando en su camino de fe, meditando interiormente el sentido de unos acontecimientos no siempre fáciles de interpretar. Todo esto plantea un reto a nuestras propias familias. 

  1. Fe: “¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”-

¿Qué nos enseña este pasaje sobre el misterio que encierra la persona de Jesús?

José y María “no comprendieron lo que les dijo”. ¿De qué modo puede ayudarnos la actitud de José y María a crecer en la fe personal y familiar?

  1. Caridad: Salvando distancias, la sagrada familia es modelo para nuestras familias:

¿En qué sentido nos puede ayudar para mejorar relaciones y conflictos familiares?

Jesús iba creciendo…”: ¿Qué condiciones deberían darse en nuestras familias para que sus miembros crezcamos en ellas como personas y creyentes?

  1. Esperanza: Hoy la familia está en crisis. También la familia de Jesús vivió momentos difíciles. A pesar de ello:

¿Qué signos de esperanza descubro en la realidad familiar de hoy en día?

LECTIO DIVINA – CICLO C – ADVIENTO DOMINGO IV

Lectura de la profecía de Miqueas 5, 1-4a

Esto dice el Señor:

«Y tú, Belén Efratá,
pequeña entre los clanes de Judá,
de ti voy a sacar
al que ha de gobernar Israel;
sus orígenes son de antaño,
de tiempos inmemoriales.

Por eso, los entregará
hasta que dé a luz la que debe dar a luz,
el resto de sus hermanos volverá
junto con los hijos de Israel.

Se mantendrá firme, pastoreará
con la fuerza del Señor,
con el dominio del nombre del Señor, su Dios;
se instalarán, ya que el Señor
se hará grande hasta el confín de la tierra.

Él mismo será la paz».

Salmo 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19

R./ Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha;
tú que te sientas sobre querubines, resplandece;
despierta tu poder y ven a salvarnos. R./

Dios del universo, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó
y al hijo del hombre que tú has fortalecido. R./

Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R./

Lectura de la carta a los Hebreos 10, 5-10

Hermanos:

Al entrar Cristo en el mundo dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias.

Entonces yo dije: He aquí que vengo – pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí – para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad».

Primero dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la ley. Después añade: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad».

Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 1, 39-45

En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamo:

«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

 COMENTARIO

El cuarto domingo de Adviento tiene ya el sabor de la Navidad. Por eso las lecturas de hoy van situándonos en el escenario de los hechos, nos presentan a los personajes que protagonizarán y nos ayudan a descubrir el sentido profundo de lo que vamos a celebrar muy pronto. Todos parecen estar preparados: Belén de Judá, María la creyente… y sobre todo Jesús, que entra en este mundo dispuesto a hacer la voluntad del Padre para que su salvación nos visite y se quede para siempre con nosotros.

COMPRENDER EL TEXTO

Retrocediendo en el tiempo, volvemos a encontrarnos hoy con los mismos personajes del domingo pasado. Pero esta vez su presencia en escena no aparece en primer plano. Juan Bautista y Jesús son dos niños no nacidos que aún no pueden hablar, pero el encuentro entre sus madres nos proporcionará una nueva ocasión para comprender mejor el papel de cada uno en la historia de la salvación.

Este pasaje forma parte de los “evangelios de la infancia”, donde se relatan los primeros episodios de la vida de Jesús (Lc 1,5 – 2,52). El género literario de estos capítulos es más catequético que biográfico e incluye narraciones en las que la luz de la fe pascual se proyecta sobre la figura de Jesús niño. De este modo, el misterio que encierra su persona es presentado, ya desde su concepción, a tenor de lo que la comunidad cristiana creía de él gracias a la resurrección. El relato de la “visitación”, que leemos hoy, nos dará ocasión de comprobarlo.

Poco después de recibir la noticia de su maternidad, María decide visitar a su pariente Isabel, cuyo embarazo ha conocido por medio del ángel Gabriel. Se trata de un embarazo extraordinario, puesto que Isabel es anciana y estéril. No en vano este embarazo ha sido presentado a María como “señal” del poder divino, garantía de que también ella, María, será madre a pesar de su virginidad (Lc 1,36-37). La escena sucede en un lugar indeterminado de la montaña de Judea, que la tradición cristiana ha identificado después con Ain Karim, una aldea situada a 6 kilómetros al oeste de Jerusalén.

Lucas no explica los motivos de este viaje. En principio se puede entender como un acto de solidaridad familiar. Pero hay un gran valor simbólico en este acontecimiento que se descubre al fijarnos en ciertos detalles. Por ejemplo, el hecho de que María vaya “de prisa” a la montaña de Judá. Esta prontitud se parece a la de los pastores de Belén, que reaccionan de un modo parecido al enterarse del nacimiento de Jesús. Como ellos, también María ha recibido una “señal” que revela una intervención de Dios. La rapidez de su respuesta demuestra que está totalmente dispuesta a colaborar con sus planes. La que ha sido “visitada” por el Señor se apresura a trasmitir la buena noticia que ha recibido.

En un primer plano asistimos al encuentro entre las dos futuras madres. Sabiendo que para Lucas la alegría es el sentimiento que embarga a los que experimentan la salvación, la reacción que provoca el saludo de María nos indica que no es esta una visita de cortesía, sino la visita del mismo Dios encarnado en Jesús. Así lo confirman las palabras proféticas de Isabel, que, inspirada por el Espíritu, ve más allá de las apariencias y reconoce que la criatura que María lleva en su vientre es “el Señor”. Si la bendice y la felicita no es por servirle a ella, sino por ponerse al servicio de Dios, por una maternidad que es fruto de su fe, por una fe que permite que los planes del Todopoderoso puedan cumplirse.

Un segundo plano, más oculto, esconde el encuentro misterioso entre dos niños nonatos que son los verdaderos protagonistas de esta escena. De hecho, uno de los recursos literarios que Lucas utiliza para presentar la singularidad de Jesús en los “evangelios de la infancia” es el de compararlo con Juan Bautista, narrando en paralelo diversas escenas de la niñez de ambos. Recordemos que el episodio de la visitación está situado tras las dos anunciaciones de sus nacimientos y viene a confirmar lo que allí se dice sobre la identidad y la misión de cada uno. Los saltos de alegría del pequeño Juan suponen un reconocimiento prenatal de la condición mesiánica de Jesús y de su papel subordinado frente a él.

Otro detalle importante es ver cómo las madres anticipan la misión de sus respectivos hijos y la relación que ambos mantendrán durante su vida pública: María como portadora de la Buena Noticia de la salvación; Isabel proclamando la alegría por la llegada del Mesías y reconociéndose indigna de que «la madre de mi Señor» venga a visitarla.

ACTUALIZAMOS

María es figura imprescindible del Adviento. El evangelio de hoy nos la ha presentado como modelo de creyente, como portadora de buenas noticias, como mensajera de alegría. Gracias a ella Jesús realizó su primer viaje misionero. Gracias a ella nos ha visitado la salvación; que sepamos acogerla en nuestra vida y comunicarla a los demás.

  1. Isabel felicita a María porque “ha creído”:

Y tú, ¿te sientes feliz por ser creyente?

¿En qué aspectos la fe de María puede ser modelo para tu fe?

  1. “La criatura saltó de alegría en mi vientre”:

¿En qué momentos de tu vida has experimentado la alegría de sentirte visitado por el Señor?

  1. María fue una verdadera evangelizadora que supo transmitir la Buena Noticia:

¿Qué podemos hacer nosotros para que la salvación de Dios siga visitando y alegrando a quienes más lo necesitan?

  1. “Lo que le ha dicho el Señor se cumplirá”:

¿Vivo con la seguridad de que Dios cumple sus promesas?

¿Cuándo me ha costado más fiarme de él y mantener la esperanza?

LECTIO DIVINA – CICLO C – ADVIENTO DOMINGO III “GAUDETE”

Lectura de la profecía de Sofonías 3, 14-18a

Alégrate hija de Sion, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén.
El Señor ha revocado tu sentencia, ha expulsado a tu enemigo.

El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temas mal alguno.

Aquel día se dirá a Jerusalén:

«¡No temas! ¡Sion, no desfallezcas!»

El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en día de fiesta.

Salmo Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6

R./ Gritad jubilosos, porque es grande en medio de ti el Santo de Israel.

«Él es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación».
Y sacaréis aguas con gozo
de las fuentes de la salvación. R./

«Dad gracias al Señor,
invocad su nombre,
contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su nombre es excelso». R./

Tañed para el Señor, que hizo proezas,
anunciadlas a toda la tierra;
gritad jubilosos, habitantes de Sion,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4, 4-7

Hermanos:

Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos.

Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca.

Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.

Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 3, 10-18

En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan:

«Entonces, ¿qué debemos hacer?».

Él contestaba:

«El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:

«Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?».

Él les contestó:

«No exijáis más de lo establecido».

Unos soldados igualmente le preguntaban:

«Y nosotros, ¿qué debemos hacer?».

Él les contestó:

«No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».

Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos:

«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga».

Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.

COMENTARIO

La liturgia de este tercer domingo de Adviento rebosa de alegría, porque esa es la reacción típica de los que saben que la salvación de Dios está en marcha. En ello insiste el profeta Sofonías, el salmo tomado de Isaías, y las palabras de Pablo recogidas en la carta a los Filipenses. Anunciando la proximidad del Mesías, también Juan Bautista se hace portador de esa Buena Noticia, pero además las implicaciones éticas que supone acogerla en la propia vida.

COMPRENDER EL TEXTO

Recordando el hilo de la semana pasada, volvemos a encontrarnos con la figura de Juan el Bautista. El evangelio que leeremos en este tercer domingo de Adviento concreta aún más su llamada a la conversión y da pistas prácticas para poner manos a la obra en la tarea de preparar el camino al Señor, que se acerca.

Este evangelio es la continuación casi inmediata del que leímos la semana anterior. La figura del Bautista sigue ocupando el centro de la escena. Dos partes bien diferenciadas se distinguen. En la primera, Juan responde a una serie de preguntas que le hacen quienes han venido a ser bautizados por él. En la segunda, deja bien clara su identidad respecto a Jesús.

La primera parte (Lc 3,10-14) debe entenderse en relación al evangelio del pasado domingo. Juan ha sido presentado por Lucas como el ultimo profeta de Israel, el nuevo Elías cuya misión consiste en “preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1,17) mediante un bautismo de arrepentimiento. No es extraño que aquellos que han escuchado su urgente llamada a convertirse deseen concretar las implicaciones que ese mensaje tiene para ellos. Por eso le preguntan: “¿Qué debemos hacer?”

El arrepentimiento implica un cambio de vida. Juan Bautista lo deja bien claro en esos pocos versículos eliminados en la versión litúrgica que hoy proclamamos (Lc 3,7-9), donde exhorta a quienes le escucha a “dad el fruto que pide la conversión” (Lc 3,8). Pero no se trata de frutos específicamente religiosos, puesto que no se menciona la observancia de la ley ni las oraciones, sacrificios, votos o actos de piedad propios del judaísmo. La conversión se concreta en la realización fraterna con el prójimo, en la práctica de la justicia, en la renuncia a la violencia y en la ética profesional, que son dimensiones que implican a cualquier ser humano. De este modo se subraya que el camino de la salvación está abierto a todos (recordamos lo que se dice en Lc 3,6: “Y toda carne verá la salvación de Dios”), sin que nadie esté excluido de ella por su origen, condición o profesión. Ni siquiera los publicanos, que eran tenidos por pecadores sin posibilidad de perdón.

Lo que está en juego en la segunda parte del pasaje (Lc 3,15-17) es la misma identidad del Bautista. Su predicación había despertado en el pueblo grandes expectativas y muchos se preguntaban si no sería el Mesías esperado. La contestación que Juan les da es claramente negativa, aunque no tan explícita como la que aparece en otros evangelios (Jn 1,20). Sus palabras nos ayudan a conocer mejor lo que él pensaba de Aquel cuya venida anunciaba.

Muchos especialistas opinan que los discípulos del Bautista pudieron considerarle como el Mesías y por eso los evangelistas quieren evitar malos entendidos desde el principio. Antes de que Jesús comience su ministerio, Juan declara humildemente su inferioridad respecto a él. Frente al que es “más fuerte”, se reconoce como indigno de ser su esclavo (que eran los que desataban las sandalias de sus señores). Frente al que podrá bautizar con “Espíritu Santo y fuego”, su bautismo “con agua” es totalmente provisional.

Juan imagina al Mesías como juez definitivo que vendrá a separar a los buenos de los malos –el trigo de la paja- para dar a cada uno su merecido. En cambio, el ministerio histórico de Jesús se caracterizó por la práctica liberadora de la misericordia y no por la amenaza de un juicio inminente. Parece incluso que el mismo Juan se sintió desorientado cuando vio defraudadas sus expectativas y hasta llegó a dudar sobre si Jesús sería el Mesías esperado (Lc 7,18-30). En todo caso, Lucas se esfuerza en presentar la cara más amable y positiva del Bautista. Por eso, y a pesar del carácter apocalíptico de algunas de sus palabras (Lc 3,7.9.17), concluye su presentación declarándolo pregonero de la Buena Noticia (Lc 3,18).

ACTUALIZAMOS

Si de verdad nos creemos que el Señor viene, no basta alegrarse. Es necesario prepararle el camino. Pero el deseo de conversión no puede quedarse en bonitas palabras o en sentimientos más o menos pasajeros. Tiene que aterrizar en la vida cotidiana. Por eso, la pregunta que debemos plantearnos, también nosotros, suena así de concreta: ¿Qué debemos hacer?

  1. La respuesta de Juan Bautista a quienes le preguntan es que la conversión debe concretarse en la solidaridad con el necesitado, en la práctica de la justicia y en la honestidad profesional:

¿Cuál de sus respuestas te interpela más en este momento de tu vida?

  1. “¿Qué debemos hacer?”:

¿Sobre qué aspectos de tu vida personal, familiar, religiosa, social o profesional te atreverías a plantearle al Bautista una pregunta así?

¿Cuál sería su respuesta?

  1. “El pueblo estaba expectante”:

¿Qué expectativas tienes en este momento de tu vida?

¿Te ayudan a vivir con esperanza cristiana o simplemente a seguir tirando?

Ciclo C

ADVIENTO

NAVIDAD

TIEMPO ORDINARIO

CUARESMA

SEMANA SANTA

PASCUA

TIEMPO ORDINARIO

LECTIO DIVINA – CICLO C – ADVIENTO DOMINGO I

Lectura del libro de Jeremías 33, 14-16

Ya llegan días -oráculo del Señor- en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá.

En aquellos días y en aquella hora, suscitaré a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra.

En aquellos días se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: “El Señor es nuestra justicia”.

Salmo 24, 4-5a. 8-9. 10 y 14

R./ A ti, Señor, levanto mi alma.

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R./

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R./

Las sendas del Señor son misericordia y lealtad
para los que guardan su alianza y sus mandatos.
El Señor se confía a los que lo temen,
y les da a conocer su alianza.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 3,12 – 4,2

Hermanos:

Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos a vosotros; y que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos.

Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús: ya habéis aprendido de nosotros cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguid adelante. Pues ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 21, 25-28. 34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas.

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».

COMENTARIO

Adviento es tiempo de esperanza.

Y la Palabra nos ayuda a ponernos en esa longitud de onda al asegurarnos que la salvación de Dios se abre paso en medio de los vaivenes de la vida. El Señor tiene un plan de liberación para su pueblo y lo lleva a cabo con fidelidad. Tanto la promesa de un rey justo (lectura de Jeremías) como el anuncio de la venida del Hijo del hombre (Evangelio de Lucas) reflejan esa certeza de modo diverso. Una certeza que compromete a los creyentes para que acojan adecuadamente la redención que se acerca.

COMPRENDER EL TEXTO

Al iniciar este nuevo ciclo litúrgico, abrimos el evangelio de Lucas. Pero no comenzamos a leerlo por el principio, sino por un pasaje acorde con el tiempo de Adviento que hoy estrenamos. Su lenguaje puede resultarnos extraño pero su mensaje sigue interpelándonos.

Se nos invita a renovar nuestra experiencia de fe, de encuentro con el Señor que vino, que viene y que vendrá. Él nos vuelve a decir: “Mirad que hago nuevas todas las cosas”.

El pasaje de hoy tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera se anuncia la venida del Hijo del hombre (vv.25-28) y en la segunda hay una llamada a los discípulos a estar preparados para ella (vv.34-36). Hay que recordar que Jesús pronuncia estas palabras mientras se encuentra en Jerusalén, ya al final de su ministerio público. Enseñando en el templo, acaba de anunciar su destrucción y la de la Ciudad Santa. Todo ello forma parte del “discurso escatológico” (Lc 21,5-38), llamado así porque se refiere a los acontecimientos últimos que tendrán lugar al fin de los tiempos (en griego, “último” se dice ésjatos).

Tras describir de modo realista la destrucción de Jerusalén, Jesús cambia de registro y comienza a expresarse con un lenguaje diferente, lleno de imágenes inquietantes. Se trata del “lenguaje apocalíptico”, un género literario muy popular en aquella época, caracterizado, entre otras cosas, por utilizar un simbolismo con enigmas, cuyo significado no aparece a primera vista y debe ser interpretado.

Los “signos” de los que habla Jesús en el texto afectan a la totalidad de la creación (cielo, sol, luna, estrellas, tierra y mar). Este simbolismo cósmico es típico de la apocalíptica. Es el universo entero el que se convulsiona. Lo que sucede en el cielo tiene su reflejo en la tierra. La violenta sacudida de las potencias celestes hace presente el final de un orden social injusto, de un mundo “viejo” que se encamina a su destrucción. La reacción más lógica ante ello es el miedo. Sin embargo, el objetivo de la apocalíptica, aunque parezca lo contrario, no es provocar el terror, sino animar la esperanza en medio de la tribulación.

La venida del Hijo del hombre (en griego = parusía) es una imagen bien conocida en la apocalíptica judía. Este movimiento floreció entre los siglos II a.C. y II d.C. y arraigó con fuerza en muchos ambientes cristianos. Fue precisamente en ellos donde Jesús fue identificado con ese personaje misterioso que vendrá como juez al final de los tiempos. Inspirándose en la descripción de Dn 7,13-14, Lucas destaca su condición celeste, ya que lo muestra bajando “en una nube, con gran poder y gloria”.

Lucas presenta este acontecimiento como una buena noticia. El evangelista, que ve a Jesús como Salvador más que como Juez universal, insiste en que la parusía supondrá la liberación definitiva. Con ella se hará presente la plenitud del Reino de Dios (Lc 21,31). Por eso los “signos” que preceden a este acontecimiento no deben angustiar a los creyentes, sino infundir ánimo. Y ya que es imposible saber “cuándo”, lo importante es saber “cómo” hay que prepararse. Se impone, por tanto, vivir el momento presente en actitud de vigilancia activa. De lo contrario, caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra”, sobre aquellos que se han dejado adormecer por los vicios y las preocupaciones de una vida irresponsable y superficial.

Lucas, aunque conserva este lenguaje escatológico como Marcos y Mateo, lo adapta a su propia visión de la historia de la salvación. Así, corrige el entusiasmo “apocalíptico” de quienes pensaban que los días de este mundo estaban contados. La destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén (año 70 d.C.) hizo que muchos cristianos creyeran que el retorno de Cristo era inminente. En cambio, Lucas que escribe entre los años 80-90 d.C., sabe que esto no es así, que “el fin no vendrá inmediatamente” (Lc 21,9). La historia sigue su curso, según los designios de Dios. Antes de que llegue el “final de los tiempos”, los cristianos, impulsados por el Espíritu, debemos dar testimonio de Jesús en medio de este mundo. Es el tiempo de la Iglesia.

ACTUALIZAMOS

Esperar al Señor no es hacer calendarios sobre el fin del mundo, sino vivir el presente con la lucidez y la responsabilidad propias de los creyentes. Aunque nuestro mundo siga sacudido por acontecimientos que lo convulsionan, no hay que ser alarmistas. Tampoco conformistas. Lo nuestro es creer en un futuro de salvación y mantener viva la esperanza. Si alimentamos el miedo o nos sentimos satisfechos con lo que hay, sin esperar nada nuevo, no estamos preparando la venida liberadora del Hijo del hombre.

  1. Esperar la venida de Cristo nos compromete a vivir el presente liberándonos y liberando:

¿Cómo concretar ese compromiso en nuestra vida cotidiana?

  1. Si queremos estar preparados, no podemos vivir “adormilados” por el mundo que nos rodea:

¿Qué realidades nos embotan el corazón y nos impiden vivir el presente con esa actitud activa y atenta que Jesús nos pide?

  1. Estamos en Adviento. Por eso, y aunque el panorama es muchas veces sombrío…

¿Cómo te ayudan estas palabras del evangelio a mantenerte firme y vigilante?

  1. «Habrá signos …»

¿Qué signos de esperanza descubres en nuestro mundo?

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XXXIV «NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO»

Lectura de la profecía de Ezequiel 34, 11-12. 15-17

Esto dice el Señor Dios:

«Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré.

Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones.

Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar -oráculo del Señor Dios-.

Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia».

En cuanto a vosotros, mi rebaño, esto dice el Señor Dios:

«Yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío».

Salmo 22, 1b-2a. 2b-3. 5. 6

R./ El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar. R./

Me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre. R./

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R./

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 20-26. 28

Hermanos:

Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.

Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados.

Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida; después el final, cuando Cristo entregue el reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza.

Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte.

Y, cuando le haya sometido todo, entonces también el mismo Hijo se someterá al que se lo había sometido todo.

Así Dios será todo en todos.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 25, 31-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones.

Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.

Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha:

“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.

Entonces los justos le contestarán:

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.

Y el rey les dirá:

“En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

Entonces dirá a los de su izquierda:

“Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.

Entonces también estos contestarán:

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.

Él les replicará:

“En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”.

Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».

COMENTARIO

Con la fiesta de Cristo, Rey del Universo, llegamos al fin del ciclo litúrgico. Se nos presenta la figura de un rey-pastor que se desvive y muere por su rebaño para que tengan vida y que conoce a cada una de sus ovejas. Ezequiel pone de manifiesto que Dios es el pastor de su pueblo, al que cuida, alimenta y protege. En el evangelio, Jesús es rey y juez que, como el pastor que separa las ovejas de los cabritos, en su venida al final de los tiempos juzgará a todos según el amor que cada uno ha mostrado con los más pequeños. El destino de los benditos del Padre es la vida eterna, inaugurada por Cristo con su resurrección.

COMPRENDER EL TEXTO

La realeza de Cristo resucitado, presentado como el Hijo del hombre del libro de Daniel, sentado en el trono (Dn 7,14), lo hace juez, no sólo de los creyentes, sino de todos los pueblos (v. 32); esta universalidad hace que no se juzgue sobre las creencias, sino sobre el amor concreto al prójimo. Todos serán juzgados bajo los mismos criterios que Jesús mismo. La ayuda o el rechazo de la ayuda al necesitado es lo que decide el valor de la persona.

Jesús llama “hermanos” a los necesitados. No es que estos se puedan identificar con él, sino que es Jesús quien se identifica con ellos por su compasión. Desde esta perspectiva, cualquier persona cobra una dignidad divina, como hijo de Dios y hermano de Jesús.

Jesús no pide nada imposible, sólo la ayuda a los más necesitados, según nuestras fuerzas. Para compartir no hace falta mucha riqueza, sino sólo un corazón abierto y compasivo. Así lo tienen los hombres y mujeres que Jesús pone a su derecha: no ayudaron a los otros pensando en la recompensa, pensando en que lo hacían al mismo Jesús, sino sencillamente porque necesitaban su ayuda y la podían prestar. Los que han dado a los otros recibirán, en plenitud, de Dios: amor, comunión, vida y alegría.

Durante todo el año nos hemos adentrado en los misterios de la vida del Señor de la mano del evangelista Mateo y hoy como culmen de ese ciclo se nos presenta a Cristo, Señor del tiempo y de la historia, meta hacia la que camina la humanidad y la creación entera. Su reinado, comenzó ya con su nacimiento, tuvo su momento clave en la Pascua, cuando tras su resurrección fue exaltado a la derecha del Padre desde donde reina glorioso, y será al final de los tiempos cuando llegue a plenitud, cuando toda la creación se le someta y la muerte sea aniquilada (segunda lectura). Es importante tener en cuenta este carácter dinámico del reino: ser una realidad ya verificable pero que avanza progresivamente madurando hasta el final de los tiempos.

La primera lectura junto con el salmo asemeja a nuestro rey a un buen pastor. El rey, como el pastor, está al servicio de su pueblo, de su rebaño: se preocupa por sus súbditos, como el pastor por sus ovejas «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré», los defiende y salva del peligro «lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones», les alimenta «Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar», atiende a quien está enfermo «vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma».

El reino que Cristo nos ofrece no se rige por las categorías humanas. Los reyes y reinos que conocemos suelen buscar el poder, la riqueza, la ambición, el dominio, la fuerza… En cambio, el reino de Cristo es muy diferente: es un reino que siembra paz y unidad entre sus miembros; es el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.

El eje vertebrador del reino de Dios es el amor, el ejercicio de la caridad. Así lo afirma el mismo Jesús a través de la parábola que se nos proclama en el evangelio. Al final de nuestra existencia terrena seremos examinados del amor ejercido con el prójimo. Entraremos a formar parte del reino definitivo si hemos dado de comer al hambriento, si hemos dado de beber al sediento, si hemos hospedado al forastero, si hemos vestido a quien está desnudo, si hemos visitado a los enfermos y encarcelados…

Cualquier alumno soñaría con conocer las preguntas del examen final. Nosotros tenemos esa suerte: Cristo nos las ha revelado. Ahora bien, conocerlas no es suficiente. Hay que llevarlas a la práctica, hay que obedecer los mandatos de Cristo para poder vivir eternamente con él en el reino de los cielos.

ACTUALIZAMOS

Jesucristo se manifiesta como el rey universal que, rodeado de gloria, enfrenta a cada uno con las actitudes que conforman su vida. Jesucristo se manifiesta también encarnado en cada ser humano que sufre necesidad. Como a los cristianos a quienes el evangelista se dirige, la Palabra de Dios nos invita a salir de nuestros letargos mirando al futuro, en el horizonte del juicio, y viviendo el presente, comprometidos con los hermanos más pequeños de Jesús.

  1. “Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre”:

¿Qué rostro de Jesús nos ofrece el pasaje del evangelio de hoy?

  1. “… cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”:

¿Desde donde reina Jesús?

¿Desde donde reinamos con él?

  1. En el mundo en que vivimos:

¿Quiénes serían hoy los hambrientos, forasteros, encarcelados…?

¿Cómo nos compromete con ellos el evangelio de hoy?

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XXXIII

Lectura del libro de los Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31

Una mujer fuerte, ¿quién la hallará?

Supera en valor a las perlas.

Su marido se fía de ella, pues no le faltan riquezas.

Le trae ganancias, no pérdidas, todos los días de su vida.

Busca la lana y el lino y los trabaja con la destreza de sus manos.

Aplica sus manos al huso, con sus dedos sostiene la rueca.

Abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre.

Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura; la que teme al Señor merece alabanza.

Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en público.

Salmo 127, 1bc-2. 3. 4-5

R./ Dichosos los que temen al Señor.

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R./

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R./

Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sion,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5, 1-6

En lo referente al tiempo y a las circunstancias, hermanos, no necesitáis que os escriba, pues vosotros sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche.

Cuando estén diciendo: «paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar.

Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.

Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 25, 14-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.

El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos.

En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos.

Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:

“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”.

Su señor le dijo:

“Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.

Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:

“Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”.

Su señor le dijo:

“¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.

Se acercó también el que había recibido un talento y dijo:

“Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.

El señor le respondió:

“Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».

COMENTARIO

Pablo hace una llamada a los tesalonicenses para que el día del Señor, que llega “como un ladrón en la noche”, no les pille de sorpresa, sino en actitud vigilante. Y la “parábola de los talentos” del evangelio de Mateo nos recuerda que esa vigilancia consiste en dar fruto según los dones que cada uno ha recibido mientras espera el retorno de Cristo. Así también la mujer alabada en los Proverbios traduce en obras concretas su valía: “cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en público”. El temor del Señor no bloquea su iniciativa, como le sucede al siervo inútil, sino que la estimula a mantenerse activa y productiva. Por eso merece ser ensalzada por el éxito de sus tareas, al igual que lo fueron los criados fieles que no defraudaron las expectativas de su amor.

COMPRENDER EL TEXTO

El capítulo 25 de Mateo recoge varios textos que insisten en la necesidad de vigilar para estar a punto cuando el Señor venga definitivamente (escatología). La parábola de los talentos se sitúa en esta línea, y remarca concretamente que la vigilancia cristiana debe ser activa y comprometida.

En el relato son especialmente importantes las referencias temporales, y concretamente la etapa que transcurre entre la partida del señor de los empleados y su regreso. En ese intervalo es cuando los empleados deben trabajar para que fructifiquen las cantidades que el señor les ha confiado. De los tres administradores, dos lo hacen así, y reciben la aprobación y el premio cuando el señor regresa. El tercer empleado es excluido y rechazado, porque bajo la excusa de que ha recibido poco, el falso creyente se considera libre de hacer realidad el Reino. Esta parábola completa la del domingo anterior, doncellas necias y sensatas, porque una espera cristiana debe ser atenta, vigilante, y a la vez con actitud productiva, creadora del Reino. En la distribución de los dones: 5, 2, 1 todos nos debemos sentir reflejados.

Los dones que hemos recibido (para los cristianos la fe en Cristo) son dones para compartir. En la medida que se conviertan en una barrera que paraliza y aísla de los demás, se vuelven inútiles y no aportan la salvación.

La acción pastoral de la iglesia corre el riesgo de conformarse con lo que tiene, olvidando que su misión no es de cara a sí misma, sino al mundo, no descuidar lo que ya hay, pero no contentarnos con mantener el culto, mientras el mundo está lleno de pobres, hambrientos de escuchar una buena noticia para ellos. No basta con conservar: hay que fructificar. No hemos recibido un legado para esconderlo bajo tierra, sino con la misión de ser productivo. El miedo a perder es ya la primera derrota.

Esta parábola que recrimina la prudencia del hombre temeroso se encuentra después de otra donde se ha aprobado la prudencia de las doncellas. Se trata de dos tipos de prudencia. En las doncellas se refería a la sabiduría para usar los dones de Dios, la del empleado conservador es la del temeroso paralizado por el miedo a perder lo que ni siquiera es suyo. Esta parálisis es una traición a quien le había confiado sus bienes con la finalidad de hacerlos crecer y fructificar. Esta prudencia es la mayor necedad, pues no comprende qué se trae entre manos: el encargo divino de ser creativos.

No valen disculpas por haber recibido poco, el que entierra su talento, entierra su capacidad para amar, esperar y hacer.

El empleado negligente y holgazán, el del único talento, puede recordarnos a todos el peligro del miedo-temor que transforma la religión en un cumplimiento. Esta actitud dificulta la entrada en el banquete del Señor.

Nuestro examen de conciencia debería centrarse en el cada día. En lugar de examinar deberes e ideales, hemos de examinar la vida ordinaria: ¿qué calidad de amor damos a lo que vivimos?. Vivir cada día nos libera de deseos y proyectos, que enmascaran la ansiedad de perfección. El tema central de estas páginas es el seguir a Jesús en la vida ordinaria.

ACTUALIZAMOS

Sólo si aceptamos que el amo de esta historia es Cristo entenderemos a qué tipo de juicio nos veremos sometidos. Sólo así caeremos en la cuenta de que él no exige sin antes dar con abundancia. Sólo así alejaremos el miedo y viviremos el presente con el deseo de responder a la confianza que el Señor ha depositado en nosotros.

Esta parábola quiere decir que al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Son otras matemáticas las que utiliza Dios. Si tengo alegría y te la doy, tú tienes alegría, y la mía también se multiplica. Y lo mismo si te doy amor, tú ganas, y el mío no disminuye, sino que crece. Pasa con la esperanza, y con la fe, y con las demás virtudes. Cuanto más se da, más se tiene. El que entierra los dones, aunque sea para preservarlos, se queda sin ellos… El Señor nos habla de estas matemáticas; en ellas se juega lo que a Dios le importa más: la humanidad de lo humano.

  1. … y los dejó al cargo de sus bienes”:

¿Qué aspecto de la parábola de los talentos te interpela más?

  1. …fue enseguida a negociar con ellos”:

¿En qué deberíamos ser más “productivos” los cristianos? ¿Qué miedos nos impiden multiplicar los talentos que hemos recibido?

  1. …entra en el gozo de tu señor”:

¿Con qué actitud te invita esta parábola a esperar la llegada del Reino?