Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 1-6
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
COMENTARIO
Esta conversación entre Jesús y los discípulos tiene lugar de nuevo alrededor de la mesa, durante la Cena (cf. Jn 14,1-6). Jesús está triste y todos están tristes: Jesús había dicho que uno de ellos lo traicionaría (cf. Jn 13,21) y todos perciben que algo malo va a suceder. Jesús comienza a consolar a los suyos: porque una de las tareas, “de los trabajos” del Señor es consolar. El Señor consuela a sus discípulos y aquí vemos cuál es la forma de consolar de Jesús. Nosotros tenemos muchas formas de consolar, desde las más auténticas, las más cercanas a las más formales, como esos telegramas de pésame: “Profundamente afligido por…”. No consuela a nadie, es una simulación, es el consuelo formal. Pero, ¿cómo consuela el Señor? Es importante saber esto, para que también nosotros, cuando en nuestra vida tengamos que pasar momentos de tristeza, aprendamos a percibir cuál es el verdadero consuelo del Señor.
Y en este pasaje del Evangelio vemos que el Señor siempre consuela en la cercanía, con la verdad y en la esperanza. Estas son las tres huellas del consuelo del Señor.
En la cercanía, nunca lejos: “estoy aquí”. Esa hermosa palabra: “estoy aquí”. “Estoy aquí contigo”. Y muchas veces en silencio. Pero sabemos que él está aquí. Él siempre está aquí. Esa cercanía que es el estilo de Dios, también en la Encarnación, para acercarse a nosotros. El Señor consuela en la cercanía. Y no usa palabras vacías, por el contrario, prefiere el silencio. La fuerza de la cercanía, de la presencia. Habla poco. Pero está cerca.
La segunda huella de la cercanía de Jesús, del modo de consolar a Jesús, es la verdad: Jesús es veraz. No dice cosas formales que son mentiras: “No, no te preocupes, todo pasará, no sucederá nada, pasará, lo malo pasa…”. No. Dice la verdad. No esconde la verdad. Porque en este pasaje él mismo dice: “Yo soy la verdad” (cf. Jn 14,6). Y la verdad es: “Me voy”, es decir: “Moriré” (cf. vv. 2-3). Estamos ante la muerte. Es la verdad. Y él lo dice simplemente y también suavemente, sin lastimar. Pero estamos ante la muerte. No esconde la verdad.
Y esta es la tercera huella: Jesús consuela en la esperanza. Sí, es un mal momento, pero «no se turbe vuestro corazón. […] Creed también en mí» (v. 1). Os digo una cosa —así dice Jesús—, «en la casa de mi Padre hay muchas moradas. […] Voy a prepararos un lugar» (v. 2). Él va primero a abrir las puertas, las puertas de ese lugar por el que pasaremos todos, así lo espero. «Volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros» (v. 3). El Señor regresa cada vez que alguno de nosotros está en camino de abandonar este mundo. “Volveré y os tomaré conmigo”: la esperanza. Él vendrá y nos tomará de la mano y nos llevará. No dice: “No, no sufriréis, no es nada…”. No. Dice la verdad: “Estoy cerca de vosotros. Esta es la verdad: es un mal momento, de peligro, de muerte. Pero no dejéis que vuestro corazón se turbe, permaneced en esa paz, esa paz que es la base de todo consuelo, porque volveré y os llevaré de la mano a donde esté”.
No es fácil dejarse consolar por el Señor. Muchas veces, en los malos tiempos, nos enojamos con el Señor y no dejamos que venga y nos hable así, con esta dulzura, con esta cercanía, con esta mansedumbre, con esta verdad y con esta esperanza.
Pidamos la gracia de aprender a dejarnos consolar por el Señor. El consuelo del Señor es verdadero, no engaña. No es anestesia, no. Está cerca, es veraz y nos abre las puertas de la esperanza. (Papa Francisco, 08-05-2020)
COMPRENDER EL TEXTO
EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 14, 1-6
Jesús tranquiliza a sus discípulos en el discurso de despedida, después de la Última Cena, ante la inminencia de su vuelta al Padre: es necesario tener confianza en la bondad y en el poder de Dios, más fuertes que la muerte, y en él como a su revelador más completo. Jesús ve la muerte no como una destrucción, sino como un retorno al hogar paterno, que es también su casa. La entrada en esta comunión con Dios-Padre no está reservada sólo para él, sino también para los discípulos. “Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo”. La vida, pues, no es una autopista que acaba en el vacío, sino que tiene un camino que conduce a la plenitud: después de haber vivido tanto con Jesús los discípulos deberían saber que él es el camino que conduce al Padre.
Tomás, sin embargo, no comprende las palabras de Jesús: en el evangelio de Juan este discípulo reconoce a Jesús como Mesías, hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida por él (Jn 11,16), pero le cuesta comprender la dimensión divina, duda de verlo resucitado (Jn 20,25). En este momento Jesús manifiesta claramente “Yo soy el camino y la verdad y la vida”. Que es “camino” supone que hay una meta en la vida; y la “verdad”, un contenido, que no es una teoría, sino “la vida” (Jn 1,4). Jesús es “la vida” porque es el único que posee el secreto del sentido de la existencia, sin él no habría esperanza posible, sólo él tiene “palabras de vida eterna” (Jn 6,68); todo aquel que ama desinteresadamente, lo sepa o no, sigue el camino de Jesús que lleva a la vida plena y a la casa del Padre.
EL MISTERIO DE LA MUERTE
La muerte es un gran misterio. Todas las culturas de todos los tiempos se han preguntado por su sentido. También el pueblo de Israel tenía sus interrogantes sobre la muerte. Con la muerte no acaba nuestra existencia, sólo nuestra vida terrenal.
CRISTO HA VENCIDO A LA MUERTE
Los cristianos damos un paso adelante sobre la fe del Antiguo Testamento porque la vida de los hombres ha sido transformada por la resurrección de Cristo. Que Jesús ha muerto y ha resucitado está en el centro de nuestra fe. Y que nos haya hecho partícipes de su victoria sobre la muerte es una pieza clave. Las lecturas de difuntos, de un modo u otro, recogen esta idea: «Escucha con bondad, Señor, nuestras súplicas para que, al confesar nuestra fe en tu Hijo resucitado de entre los muertos, se afiance también nuestra esperanza en la futura resurrección de tus siervos» (oración colecta).
EL CAMINO PARA LA RESURRECCIÓN: CREER EN JESÚS
Para recibir el premio prometido sólo se nos pide la fe: «creed en Dios y creed también en mí» (evangelio). Creer en Jesús es fundamental ya que se nos presenta como el único medio para alcanzar la vida eterna: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí». Jesús mismo nos ha prometido que ha ido por delante para prepararnos sitio, así nos lo dice en el evangelio: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar».
Esta fe no es algo etéreo, que se queda en el aire y no se pueda demostrar. La fe se manifiesta en un modo concreto de vivir: el estilo de vida que nos marcó Jesús en el evangelio. La vida terrenal y la vida celestial están estrechamente unidas. En palabras del apóstol san Pablo: «Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Romanos 14, 8-9). Participar o no de la resurrección de Jesucristo está sujeto a nuestra existencia terrenal. Las oraciones de la misa piden insistentemente a Dios que borre los pecados que los difuntos cometieron por fragilidad humana y los admita en la asamblea de los santos y elegidos.
ACTUALIZAMOS
- “Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo”.
¿Asumo la limitación y caducidad de la vida terrena?
¿Creo de verdad en la vida junto a Dios?
- En tu vida,
¿Cómo te implica esta celebración a vivir la vida de una forma concreta?
