SEMANA SANTA 2025: Jesús nos revela la lógica del amor y de la entrega

DOMINGO DE RAMOS

La liturgia del Domingo de Ramos fue el pórtico de la Semana Santa. Desde la aclamación del Señor en su entrada a Jerusalén pasamos a recorrer su pasión, narrada por el evangelista Lucas, que supo ver en medio del dolor la misericordia de Jesús –“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, “hoy estarás conmigo en el paraíso”– y su abandono confiado en Dios –“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”–.

Los días siguientes nos fuimos disponiendo con una pregunta: “Señor, ¿dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”, ¿dónde y cómo quieres que te prepare la Pascua, Señor, en mi vida? Y también, el miércoles, la preparación física del lugar: el cuidado en los detalles, los manteles, las flores, las velas, los asientos…

JUEVES SANTO

La preparación del Jueves Santo estuvo marcada por el compartir en comunidad. En una sala, ambientada con los signos de ese día, nos situamos para lo que íbamos a vivir: la Eucaristía, el lavatorio de los pies, la institución del sacerdocio. Todo unificado en el amor de Jesús: “su amor nos sirve”. Recuperamos en nuestro corazón momentos o experiencias en los que el servicio ha marcado o marca nuestra vida, con hondura, en la cotidianidad, en ámbitos diferentes.

La celebración de la Cena del Señor: inseparables la Eucaristía y el lavatorio de los pies. Admirable y sorprendente un Señor que nos lava los pies, ante el que reaccionamos muchas veces como Pedro: “¿lavarme los pies tú a mí?”. En el signo del lavatorio, todos lo recibimos a través de los doce que fueron lavados; los sacerdotes lavaron los pies primero; luego, aquellos que habían sido lavados lo hicieron con los demás. Es el aprendizaje del amor de Jesús, de su lógica: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?… Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. En la comunión nos alcanzó a todos ese amor: el Señor se nos sirvió como alimento.

La Hora Santa nos ayudó a contemplar el amor hasta el extremo de Jesús. En una capilla llena, pero silenciosa y recogida, hubo momento para adorar, para escuchar el mandamiento del amor –“vosotros sois mis amigos… amaos unos a otros”–, para volver a mirar la jofaina y cantar: “Yo quiero ser tu servidor”. Y luego, vino también el tiempo de acompañar a Jesús en Getsemaní, actualizando este acompañamiento en nuestros hermanos que sufren, preguntándonos si estamos dormidos…, como los discípulos aquella noche. Pero también queriendo poner, con Jesús, nuestra vida en manos del Padre e intercediendo por los que están en angustia y necesidad. Al final, todos y cada uno pudimos expresar nuestra pequeña ofrenda sembrando unos granos de trigo en una tierra fecunda.

VIERNES SANTO

En el Vía crucis de la mañana salimos a la calle: alrededor de la iglesia, en medio de nuestro barrio, llevando la cruz de Jesús y otras dos cruces. Mucha participación, silencio, oración. Un Vía crucis con meditaciones del papa Francisco: contemplar, caminar detrás de la cruz, rezar, para aprender “nuestro camino verdadero hacia la Pascua”.

La celebración de la Pasión del Señor, en la tarde, fue de contemplación y silencio. El relato de la Pasión según San Juan puso ante nosotros el misterio de una entrega que nos desborda, una lógica del amor que nos cuesta entender, que solo el amor de Jesús nos puede enseñar. Y fue la invitación a acercarnos al “trono de la gracia” que es la cruz de Jesús, Jesús crucificado, “para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno”. La adoración de la cruz nos permitió también contemplar la hondura y la sencillez del “santo pueblo fiel de Dios” (en expresión del papa Francisco).

La oración ante la cruz en la noche nos reunió de nuevo, esta vez ante una cruz desnuda, iluminada con velas y adornada con ramos de olivos. Los cánticos y los textos nos fueron guiando por una oración de reparación que se fue fijando en las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad, para poder decir: creo, espero y amo, pero ayuda mi falta de fe, de esperanza y de amor. Con María al pie de la cruz, el canto “Noche” nos ayudó a interceder por el mundo, por los hombres y mujeres heridos de mil modos, elevando un Kyrie, eleison por el cual el Señor nos ayuda a abrir el corazón.

DEL SÁBADO SANTO A LA VIGILIA PASCUAL

El Sábado Santo, un día sin eucaristía, nos vincula a la soledad y el silencio tras la muerte de Jesús. De nuevo nos reunimos en la mañana para preparar la Vigilia Pascual. Y comenzamos desde el sentido de este día, con una oración a María, Madre de los Dolores, mujer del sábado. Compartimos el sentido de la espera en los días grises, cuando necesitamos esperar que vendrá la Luz. Las vivencias de estos dos días, Jueves y Viernes, despertaron en nosotros la gratitud por poder compartir la fe en comunidad.

La VIGILIA PASCUAL se inició en la noche, en torno al fuego nuevo del que fue encendido el Cirio Pascual.

Detrás de él, con nuestras pequeñas luces encendidas, entramos en la iglesia, rompiendo sólo con esa Luz la oscuridad de la noche.

Así escuchamos y cantamos el Pregón Pascual:

¡Oh noche maravillosa,
tú sola conociste la hora
en que Cristo resucitó!
¡Oh noche que destruyes el pecado
y lavas todas nuestras culpas!
¡Oh noche realmente gloriosa
que reconcilias
al hombre con su Dios!
Esta es la noche
en que Cristo ha vencido la muerte
y del infierno retorna victorioso. 

La liturgia de la Palabra nos narró la historia de la salvación desde la creación del mundo: una historia de amor y fidelidad de Dios, que responde a nuestra infidelidad con una misericordia infinita y sorprendente, renovando su Alianza: “Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne”. Una Alianza que en Jesús se hace nueva y eterna. Contemplar el Viernes Santo nos hace pensar en el fracaso de Jesús: una vida entregada que acaba en una cruz y en un sepulcro. ¿Vale la pena una vida de entrega? Su resurrección nos dice que sí, que Jesús ha convertido ese fracaso en victoria. Ya lo dijo antes: “Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”. Esta es nuestra esperanza: si él ha vencido, nosotros venceremos con él.

La iglesia se va llenando de luz. Se bendice el agua y renovamos nuestras promesas bautismales:

¿Renunciáis a formar una comunidad triste y abatida?

SÍ, RENUNCIO

¿Renunciáis a los nuevos dioses del consumo, el aparentar o el dinero, que nos alejan del verdadero Dios?

SÍ, RENUNCIO

¿Renunciáis a la violencia, a creernos superiores a los demás, a la marginación y al desprecio de grupos sociales?

SÍ, RENUNCIO

¿Renunciáis a la desesperanza, al desánimo, a la tristeza, pero también a la resignación y a la pasividad ante nuestra realidad?

SÍ, RENUNCIO.

¿Creéis en Dios a quien podemos llamar, confiadamente, Padre?

SÍ, CREO

¿Creéis en Jesús, el “Hijo amado del Padre”, que nos habló palabras de vida, padeció y murió, pero Dios lo resucitó y está ya siempre con nosotros?

SÍ, CREO

¿Creéis en el Espíritu de Amor que procede del Padre y del Hijo, y que conduce a la Iglesia y a todos hasta la verdad plena?

SÍ, CREO

Ya en la comunión y en la bendición final todos los reunidos en torno al Cirio Pascual, al agua del Bautismo y al Altar podemos vivir la alegría de la Pascua.

Al día siguiente, Domingo de Resurrección, se nos recuerda: “Pasó haciendo el bien”. Que también de todos y de cada uno de nosotros se pueda decir esto.

¡Cristo ha resucitado!

Resucitemos con Él.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

Gracias a todos los que, con vuestro servicio, habéis hecho posible estas celebraciones. Gracias a todos los que habéis participado en ellas. En cada Pascua, nuestro Señor, que es fiel, nos hace nacer como Comunidad.

LECTIO DIVINA – CICLO C – PASCUA DOMINGO II

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 5, 12-16

Por mano de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo.

Todos se reunían con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, una multitud tanto de hombres como de mujeres, que se adherían al Señor.

La gente sacaba los enfermos a las plazas, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno.

Acudía incluso mucha gente de las ciudades cercanas a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos eran curados.

Salmo 117, 2-4. 22-24. 25-27a

R./ Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor:
eterna es su misericordia. R./

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R./

Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor.
El Señor es Dios, él nos ilumina. R./

Lectura del libro del Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la perseverancia en Jesús, estaba desterrado en la isla llamada Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús.

El día del Señor fui arrebatado en espíritu y escuché detrás de mí una voz potente como de trompeta que decía:

«Lo que estás viendo, escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias».

Me volví para ver la voz que hablaba conmigo, y, vuelto, vi siete candelabros de oro, y en medio de los candelabros como un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, y ceñido el pecho con un cinturón de oro.

Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Pero él puso su mano derecha sobre mí, diciéndome:

«No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que estás viendo: lo que es y lo que ha de suceder después de esto».

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

«¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

COMENTARIO

La fe en Jesús resucitado debe convertirnos en personas nuevas. Esa fe es capaz de hacer que el grupo de los discípulos, cerrado sobre sí mismo, se transforme, por la fuerza del Espíritu, en una comunidad misionera. Una comunidad que obra signos y prodigios a favor del pueblo, como lo señala el sumario de Hechos de los Apóstoles. Tal es el poder transformador de la fe pascual que elimina el miedo de Juan, el vidente de Patmos, cuando éste se siente respaldado por la autoridad soberana de Cristo resucitado.

COMPRENDER EL TEXTO

El relato del evangelio de hoy recoge varias apariciones del Resucitado. Acontece el primer día de la semana judía y es una reflexión y confesión de fe pascual que la comunidad cristiana hace en torno a la mesa del Señor, lugar privilegiado de encuentro con el Resucitado para aquellos que creen en él aun sin haberlo visto.

En este relato se distinguen dos escenas. La primera sucede el mismo día de la Pascua y narra la aparición de Jesús resucitado a un grupo de discípulos (Jn 20,19-23). De este modo, el Señor cumple su promesa de volver junto a ellos y enviarle su Espíritu (Jn 14,27; 16,22). De hecho, algunos han llamado a esta página el “Pentecostés del cuarto evangelio”.

Repasando el evangelio de Juan, descubrimos que el “miedo a los judíos” que sentían los discípulos refleja el que tenía lugar en ciertos estratos de la comunidad de Juan en el momento de redactarse el cuarto evangelio. La comunidad se veía acosada por la hostilidad de los dirigentes judíos, que les hacían el vacío e incluso habían llegado a expulsarlos de las sinagogas. Las palabras de Jesús son una invitación a superar la tentación de encerrarse y aceptar el reto de la misión.

La segunda escena (Jn 20,24-29) tiene lugar al domingo siguiente y narra la aparición a Tomás, que no ha participado de la misma experiencia que el resto del grupo. Tampoco hace caso del testimonio de sus compañeros y exige pruebas palpables de que el Señor está vivo. De manera significativa, el relato insiste en que no estaba con ellos cuando vino Jesús”. De este modo, el evangelista indica la importancia de la comunidad como lugar privilegiado para vivir e interpretar la experiencia pascual. Ésta se produce en Tomás cuando el apóstol vuelve a reintegrarse en la comunidad y desemboca en una confesión de fe: «¡Señor mío y Dios mío!».

El contenido de esta segunda escena gira en torno a la relación entre “ver” y “creer”. El evangelista parece jugar con el sentido de ambos verbos. Podemos comparar la reacción de Tomás ante el testimonio de los demás discípulos, con las palabras finales que Jesús le dirige: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Los últimos versículos de este relato constituyen el final original del cuarto evangelio, en los que su autor nos explica por qué lo ha escrito (Jn 20,30-31). Su intención no ha sido elaborar una biografía detallada sobre Jesús, sino fortalecer la fe de sus lectores mostrando el sentido profundo de los “signos” por él realizados. Ojalá también nosotros, al leerlos, nos sintamos confirmados en lo que creemos y podamos experimentar en nuestras vidas la presencia viva y dinámica del Resucitado.

ACTUALIZAMOS

El evangelista Juan escribía pensando en muchos cristianos que, como Tomás, se tambaleaban en sus convicciones y necesitaban ser fortalecidos. A nosotros no nos cuesta mucho identificarnos con él, porque también atravesamos nuestras propias crisis de fe. Necesitamos que el Resucitado, como hizo con sus primeros discípulos, nos libere de nuestros miedos y nos comunique su Espíritu para poder ser sus testigos.

  1. Jesús declara bienaventurados a los que creen sin haber visto:

¿De qué manera interpelan estas palabras tu vida de fe y tu relación personal con el Señor?

  1. En las exigencias de Tomás vemos reflejadas las dificultades que tenemos para creer:

Sería bueno como comunidad compartir las dudas que experimentamos en nuestro proceso de fe y el modo como intentamos superarlas.

  1. Las lecturas de hoy destacan el poder transformador de la fe y los frutos que produce en los creyentes:

¿Qué cambios personales y comunitarios nos invitan a realizar para que nuestro testimonio sea creíble?

  1. Jesús se hace reconocible a través de sus llagas e invita a Tomás a tocarlas:

¿Qué te sugiere este gesto en medio de un mundo como el nuestro, en el que las heridas de Jesús siguen todavía presentes en tantas personas y situaciones?

HORARIOS SEMANA SANTA 2025

LECTIO DIVINA – CICLO C – DOMINGO DE RAMOS

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 19, 28-40

(Para la bendición de ramos)

En aquel tiempo, Jesús caminaba delante de sus discípulos, subiendo hacia Jerusalén.

Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles:

«Id a la aldea de enfrente; al entrar en ella, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado nunca. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: “¿Por qué lo desatáis?”, le diréis así: “El Señor lo necesita”».

Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el pollino, los dueños le dijeron:

«¿Por qué desatáis el pollino?».

Ellos le dijeron:

«El Señor lo necesita».

Se lo llevaron a Jesús y, después de poner sus manos sobre el pollino, ayudaron a Jesús a montar sobre él.

Mientras él iba avanzando, extendían sus mantos por el camino. Y, cuando se acercaba ya a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo:

«¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas».

Algunos fariseos de entre la gente le dijeron:

«Maestro, reprende a tus discípulos».

Y respondiendo, dijo:

«Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras».

EUCARISTÍA

 Lectura del libro de Isaías 50, 4-7

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.

El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.

El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R./ Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere.» R./

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R./

Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R./

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel». R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11

Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.

Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 22,14-23,56

[La división por secciones en letra roja es para facilitar la oración, por pasajes; es división litúrgica;  no se lee al proclamar la lectura]

 Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer

C. Cuando llegó la hora, Jesús se sentó a la mesa y los apóstoles con él y les dijo:

+ – «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios».

C. Y, tomando un cáliz, después de pronunciar la acción de gracias, dijo:

+ – «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios».

Haced esto en memoria mía

C. Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo:

+ – «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía».

C. Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz diciendo:

+ – «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros».

Ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado

+ – «Pero mirad: la mano del que me entrega está conmigo, en la mesa. Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado!».

C. Ellos empezaron a preguntarse unos a otros sobre quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso.

Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve

C. Se produjo también un altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor. Pero él les dijo:

+ – «Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve.
Porque ¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.
Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel».

Tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos

+ – «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos».

C. Él le dijo:

S. – «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte.»

C. Pero él le dijo:

+ – «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes de que tres veces hayas negado conocerme».

Es necesario que se cumpla en mí lo que está escrito

C. Y les dijo:

+ – «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?».

C. Dijeron:

S. – «Nada».

C. Jesús añadió:

+ – «Pero ahora, el que tenga bolsa, que la lleve consigo, y lo mismo la alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y compre una. Porque os digo que es necesario que se cumpla en mí lo que está escrito: “Fue contado entre los pecadores”, pues lo que se refiere a mí toca a su fin».

C. Ellos dijeron:

S. – «Señor, aquí hay dos espadas».

C. Él les dijo:

+ – «Basta».

En medio de su angustia, oraba con más intensidad

C. Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:

+ – «Orad, para no caer en la tentación».

C. Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba, diciendo:

+ – «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».

C. Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza, y les dijo:

+ – «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación».

Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?

C. Todavía estaba hablando, cuando apareció una turba; iba a la cabeza el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús.

Jesús le dijo:

+ – «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».

C. Viendo los que estaban con él lo que iba a pasar, dijeron:

S. – «Señor, ¿herimos con la espada?».

C. Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha.
Jesús intervino, diciendo:

+ – «Dejadlo, basta».

C. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él:

+ – «¿Habéis salido con espadas y palos como en busca de un bandido? Estando a diario en el templo con vosotros, no me prendisteis. Pero esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas».

Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente

C. Después de prenderlo, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro estaba sentado entre ellos.
Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo:

S. – «También este estaba con él».

C. Pero él lo negó diciendo:

S. – «No lo conozco, mujer».

C. Poco después, lo vio otro y le dijo:

S. – «Tú también eres uno de ellos».

C. Pero Pedro replicó:

S. – «Hombre, no lo soy».

C. Y pasada cosa de una hora, otro insistía diciendo:

S. – «Sin duda, este también estaba con él, porque es galileo».

C. Pedro dijo:

S. – «Hombre, no sé de qué me hablas».

C. Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces».
Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?

C. Y los hombres que tenían preso a Jesús se burlaban de él, dándole golpes.
Y, tapándole la cara, le preguntaban diciendo:

S. – «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?».

C. E, insultándolo, proferían contra él otras muchas cosas.

Lo condujeron ante su Sanedrín

C. Cuando se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas; lo condujeron ante su Sanedrín, y le dijeron:

S. – «Si tú eres el Mesías, dínoslo».

C. Él les dijo:

+ – «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder.
Pero, desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios».

C. Dijeron todos:

S. – «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?».

C. Él les dijo:

+ – «Vosotros lo decís, yo lo soy».

C. Ellos dijeron:

S. – «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

C. Y levantándose toda la asamblea, lo llevaron a presencia de Pilato.

No encuentro ninguna culpa en este hombre

C. Y se pusieron a acusarlo diciendo:

S. – «Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey».

C. Pilato le preguntó:

S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C. Él le responde:

+. – «Tú lo dices».

C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente:

S. – «No encuentro ninguna culpa en este hombre».

C. Pero ellos insistían con más fuerza, diciendo:

S. – «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó en Galilea hasta llegar aquí».

C. Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo; y, al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, que estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, se lo remitió.

Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio

C. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hacía muchas preguntas con abundante verborrea; pero él no le contestó nada.
Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco.
Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio y, después de burlarse de él, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos entre sí Herodes y Pilato, porque antes estaban enemistados entre sí.

Pilato entregó a Jesús a su voluntad

C. Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, les dijo:

S. – «Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas de que lo acusáis; pero tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto: ya veis que no ha hecho nada digno de muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré».

C. Ellos vociferaron en masa:

S. – «¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás».

C. Este había sido metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra queriendo soltar a Jesús, pero ellos seguían gritando:

S. – «¡Crucifícalo, crucifícalo!».

C. Por tercera vez les dijo:

S. – «Pues ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte.
Así que le daré un escarmiento y lo soltaré».

C. Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío.
Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad.

Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí

C. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.
Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él.
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:

+ – «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: «Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Caed sobre nosotros», y a las colinas: «Cubridnos»; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?».

C. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

C. Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Jesús decía:

+ – «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

C. Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte.

Este es el rey de los judíos

C. El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo:

S. – «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».

C. Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:

S. – «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

C. Había también por encima de él un letrero: «Éste es el rey de los judíos».

Hoy estarás conmigo en el paraíso

C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:

S. – «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

C. Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía:

S. – «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».

C. Y decía:

S. – «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

C. Jesús le dijo:

+ – «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

C. Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo:

+ – «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».

C. Y, dicho esto, expiró.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa

C. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo:

S. – «Realmente, este hombre era justo».

C. Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho.
Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viento todo esto.

José colocó el cuerpo de Jesús en un sepulcro excavado en la roca

C. Había un hombre, llamado José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo (este no había dado su asentimiento ni a la decisión ni a la actuación de ellos); era natural de Arimatea, ciudad de los judíos, y aguardaba el reino de Dios. Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía.
Era el día de la Preparación y estaba para empezar el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto.

COMPRENDER EL TEXTO

EMPIEZA LA SEMANA SANTA: El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa y resumen de ella. Recordamos con fe y devoción la entrada de Jesús en Jerusalén, le acompañamos con nuestros cantos para que, participando ahora de su cruz, merezcamos un día tener parte en su resurrección. Es importante hacer la bendición fuera de la Iglesia y que permita hacer una procesión al interior del templo. No debe faltar la bendición de los ramos, la lectura del evangelio; aquí destacamos:

El contraste entre los que recibieron a Jesús en Jerusalén aclamándolo con entusiasmo, y la condena a los pocos días. Es el contraste entre muerte y resurrección, que es lo que vamos a celebrar estos días. Es el contraste y la contradicción de nosotros mismos, que decimos que somos seguidores de Jesucristo y después lo negamos en nuestra vida de cada día. Es una llamada a vivir con intensidad nuestra fe en estos días santos, para que no sean solo unos días de vacaciones.

La misa de hoy es toda ella recuerdo de la pasión y muerte de Jesús. La 1ª lectura es del Tercer Cántico del Siervo de Yahvé, un texto de Isaías que nos presenta a este personaje sufriente y entregado, imagen de Jesús en la cruz. Igual que el Salmo 21 que precisamente Jesús aprovechó para expresar su dolor en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (aunque en la versión de Lucas no aparece esta referencia). El color rojo, las oraciones, el prefacio propio van también en la misma línea.

Invitar a contemplar este relato del camino de la cruz de Jesús, dejándose impresionar por este Jesús que da la vida por nosotros, fijar los ojos en la cruz de Jesús, identificarnos con alguno de los personajes para descubrir nuestra postura. Contemplación y agradecimiento por este amor tan grande, que nos disponemos a celebrar los próximos días.

Recordar que la Semana Santa no es sólo pasión, dolor y muerte. También es esperanza de gloria, vida y resurrección. La 2ª Lectura es el cántico de Filipenses que, después de recordar el rebajamiento y la aniquilación de Jesús, afirma que “por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre”. Nos identificamos con la cruz, pero con la certeza de ganar con él la vida nueva de la resurrección.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 22,14-23,56

Lucas describe la muerte de Jesús en un ambiente de “tinieblas”, símbolo de la muerte y del mal.

Jesús ora al Padre para pedir el perdón de sus verdugos. Él es el Mesías que revela el rostro del Padre misericordioso, que ama a los enemigos, perdona a los pecadores y a los hombres que actúan por ignorancia. Al malhechor crucificado junto a él, que le pide se acuerde de él cuando venga su reino, Jesús le ofrece el don del paraíso.

La primera reacción humana delante de la muerte de Jesús es la del centurión romano que “daba gloria a Dios”, diciendo: “realmente, este hombre era justo”. Un pagano reconoce la presencia de Dios en la imagen increíble de un hombre crucificado. Este centurión representa a cada creyente que, a través de su fe, como por obra de un milagro, proclama la presencia y la salvación divinas en Jesús Crucificado.

Lucas habla de un grupo de personas que habían acudido a ver la crucifixión, gente conmovida, comprendiendo con profundidad el acontecimiento, lo cual provocó que se volvieran a la ciudad “dándose golpes de pecho”, signo que representa dolor, luto y arrepentimiento verdadero.

La cruz que parece desmentir la condición mesiánica de Jesús, en realidad se transforma en instrumento para descubrir el modo nuevo en que Dios se manifiesta a los hombres. Serenidad, confianza, intimidad son los sentimientos que acompañan a Jesús en el momento de la muerte. A causa de esta actitud, el centurión pagano y la gente, reconocen en el crucificado, la plena y definitiva manifestación de Dios que salva a la humanidad.

ACTUALIZAMOS

No podemos dejar de sorprendernos ante la manifestación de Jesús. Él viene a ejercer su poder de un modo pacífico y desde la humildad. Éstas son también las actitudes que debemos meditar y hacer vida quienes seguimos sus pasos. Durante esta Semana Santa, la liturgia y las celebraciones populares nos ofrecen una ocasión singular.

  1. Jesús se manifiesta como un Mesías pacifico:

¿Qué actitudes concretas implican en nosotros seguir a un Mesías pacífico y crucificado?

  1. En esta Semana Santa:

¿Cómo puedo profundizar en el misterio de la persona de Jesús?

  1. En este mundo:

¿Cómo son el rey y el reinado de Dios que espera nuestra sociedad? ¿Y lo que aguardo yo?

II Asamblea parroquial sobre la sinodalidad

En la mañana del sábado 29 de marzo hemos celebrado la II Asamblea parroquial en torno al tema de la sinodalidad. Es fruto de la propuesta planteada en las asambleas de final del curso pasado y comienzo de este para que nuestra Parroquia pueda realizar un proceso en la línea de vivir la sinodalidad a que se nos está llamando en la Iglesia. Una primera Asamblea tuvo lugar en diciembre sobre Sinodalidad y conversión pastoral. La escucha. Se trataba de situarnos en el momento que está viviendo la Iglesia tras el Sínodo de la Sinodalidad y de percibir que en el fundamento de lo que podamos hacer en adelante está la necesidad de saber escuchar.

Esta segunda Asamblea en torno al tema ha contado con la participación de José Manuel Aparicio, Delegado episcopal de Formación y Laicado de la diócesis y profesor de la Universidad Pontificia Comillas, que nos ha hablado sobre El impulso de la sinodalidad para la configuración de nuestras comunidades. Lo ha situado en relación con tres grandes problemas que vivimos en la sociedad y que penetran en la Iglesia: el individualismo, la posverdad y la globalización de la indiferencia. Ha partido del nº 31 del Documento final del Sínodo, donde se dice:

La sinodalidad “indica la específica forma de vivir y obrar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora”.

Nos ha llamado la atención sobre el índice del mismo Documento y la simbología bíblica que utiliza (el mar, la barca, la pesca), para invitarnos a vivir este proceso, que implica la conversión de las relaciones, de los procesos y de los vínculos.

Nos ha ofrecido un cuestionario de Indicadores de sinodalidad, que hemos podido trabajar por grupos y luego compartir todos juntos. Tales indicadores se agrupaban en cuatro apartados: 1) Desde la espiritualidad y la formación, 2) Desde el ejercicio pastoral, 3) Desde la cotidianidad y 4) Desde el diálogo con el mundo.

En la puesta en común han surgido muchas inquietudes e interrogantes, que nos invitan a explorar este camino. Ha sido un momento de toma de conciencia sobre la necesidad de crecer en sinodalidad, de llamada a la sensibilización respecto de la importancia de este proceso y la revisión de prioridades (personales y comunitarias).

LECTIO DIVINA – CICLO C – CUARESMA DOMINGO V

Lectura del libro de Isaías 43, 16-21

Esto dice el Señor, que abrió camino en el mar y una senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, la tropa y los héroes: caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue.

«No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?

Abriré un camino en el desierto, corrientes en el yermo.

Me glorificarán las bestias salvajes, chacales y avestruces, porque pondré agua en el desierto, corrientes en la estepa, para dar de beber a mi pueblo elegido, a este pueblo que me he formado para que proclame mi alabanza».

Salmo 125, 1b-2ab. 2cd-3. 4-5. 6

R./ El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sion,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares R./

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos».
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R./

Recoge, Señor, a nuestros cautivos
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R./

Al ir, iban llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelven cantando,
trayendo sus gavillas. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 8-14

Hermanos:

Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.

Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos.

No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo.

Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó:

«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».

Ella contestó:

«Ninguno, Señor».

Jesús dijo:

«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

COMENTARIO

Este domingo de Cuaresma insiste en presentarnos a un Dios que siempre es capaz de actuar de modo novedoso y, por tanto, de sorprender: abre ante el pueblo exiliado en Babilonia un camino de libertad en medio del desierto; cambia la suerte del salmista y convertirá sus lloros en cantos de alegría; empuja a Pablo hacia una meta de perfección que le será dada tras la resurrección de los muertos; da una nueva oportunidad a la mujer adúltera y le regala un futuro de libertad y plenitud.

Esta cuaresma nos ofrece también a nosotros una nueva ocasión para dejarnos maravillar por Dios y abrirnos a una nueva vida que nace del perdón y la misericordia. Esto nos empujará hacia lo que aún nos queda por delante.

COMPRENDER EL TEXTO

En este domingo 5º, cambiamos de evangelista y leemos un texto de Juan. Pero no cambia ni la temática ni el estilo de los domingos anteriores. Es más, los estudiosos han llamado a este relato de la mujer adúltera “el meteorito sinóptico (referencia a los evangelios de Lucas, Mateo y Marcos, que muestran muchas semejanzas y parecidos entre ellos y del que no forma parte el cuarto evangelio) de Juan”, porque es un texto que parece tomado de la tradición sinóptica.

Jesús, que se ha pasado la noche orando, se acerca por la mañana al templo. La gente, maravillada por las enseñanzas y las obras de Jesús, se aproxima y le rodea para escucharlo.

Los maestros de la ley y los fariseos, autoridades religiosas judías, garantes y especialistas de la ley de Moisés, se presentan con una mujer sorprendida en adulterio. No tienen interés por la enseñanza de Jesús, no les llama la atención sus signos, sino que buscan un motivo para acusarlo (Jn 8,6), para ello colocan en el centro del grupo a una mujer pecadora.

Los maestros de la ley y los fariseos echan mano de la ley de Moisés (Ex 20,14), que condena a muerte a tales mujeres (Lv 20,10). Buscando acusar a Jesús, estos especialistas de la ley le piden que tome una posición ante la adúltera. Buscan una doble condena: la de la mujer, que ya tienen bien fundamentada con el recurso a la ley y que les sirve de pretexto, y principalmente la de Jesús, a quien tratan de poner ante un callejón sin salida: si absuelve a la mujer, se pone contra le ley; si la condena, se pone en contra de los principios del perdón y la misericordia por los que se ha guiado hasta ahora.

Jesús se pone a escribir en el suelo, un gesto cuyo significado desconocemos. Sus adversarios querían una respuesta concreta, en uno u otro sentido, para así pillar a Jesús en un traspié. Y Jesús, usando sus mismas armas, les cambia los papeles. Ellos, acusadores y jueces de la adúltera y de Jesús, pasan a ocupar el lugar de esa mujer y se convierten en sus propios acusadores y jueces. Sin juzgarlos, Jesús sale airoso.

Jesús discierne y decide mientras escribe en el suelo, pero no juzga a sus oponentes ni dicta sentencia contra la mujer. A los primeros los desenmascara y les pide que sean sus propios jueces con el mismo rigor que han usado contra la mujer. A ésta la libera del círculo cerrado y acusador de sus enemigos. Esto no significa que Jesús acepte su pecado. La respeta, acogiéndola y comprendiéndola, y le da vida, abriendo ante ella un futuro lleno de esperanza y posibilidades. Jesús siempre condena el pecado, pero salva y libera a las personas.

ACTUALIZAMOS

La Cuaresma se nos presenta como una oportunidad para revisar nuestra vida, nuestro modo de mirar y juzgar a los demás. Sabemos que Dios no se apresura a condenar, que acoge con misericordia a todos. Él está siempre dispuesto a perdonar y olvidar nuestros errores.

  1. “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”:

¿Cómo experimento en mi vida de fe la liberación y el perdón de un Dios bondadoso y misericordioso?

  1. Como los oponentes de Jesús, también nosotros usamos una doble vara de medir, implacable con los demás e indulgente con nosotros mismos:

¿Qué actitudes concretas te sugiere este pasaje?

  1. Jesús ofrece vida a esta mujer que la ley condena:

¿Qué situaciones y personas de tu entorno juzgas y condenas?

¿Cómo puedes ofrecerles comprensión, perdón y, así, una nueva oportunidad?

  1. Ante el juicio de Dios:

¿Qué gestos y palabras de Jesús te ayudan a mantener la esperanza de un juicio lleno de misericordia?

¿Con qué disposición te invita este evangelio a esperar el juicio de Dios?

LECTIO DIVINA – CICLO C – CUARESMA DOMINGO IV “LAETARE”

Lectura del libro de Josué 5, 9a. 10-12

En aquellos días, dijo el Señor a Josué:

«Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto»

Los hijos de Israel acamparon en Guilgal y celebraron allí la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó.

Al día siguiente a la Pascua, comieron ya de los productos de la tierra: ese día, panes ácimos y espigas tostadas.

Y desde ese día en que comenzaron a comer de los productos de la tierra, cesó el maná. Los hijos de Israel ya no tuvieron maná, sino que ya aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7

R./ Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R./

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R./

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R./

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 17-21

Hermanos:

Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.

Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.

Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

COMENTARIO

Las lecturas de este día tienen un marcado carácter festivo. Los Israelitas celebran la fiesta de la Pascua por primera vez en la tierra prometida, recordando la opresión de Egipto y la liberación por parte de Dios. De este modo se unen al canto del salmista que bendice al Señor por su grandeza y su bondad. El padre del evangelio de Lucas prepara una fiesta para conmemorar que su hijo perdido ha vuelto a la vida. Es la fiesta del perdón y de la alegría. Este es el encargo que, según Pablo, se nos ha confiado a todos los que hemos experimentado el perdón: llevar a la vida la fiesta del perdón y la reconciliación.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio subraya un aspecto fundamental en el proceso de la conversión. El primer paso es de Dios. La parábola del padre misericordioso nos asegura que él siempre está esperando a sus hijos con los brazos abiertos, que no deja de mirarnos para ver el momento del encuentro.

Los dos primeros versículos son imprescindibles para comprender esta impresionante parábola del “padre misericordioso”. A los fariseos y maestros de la ley les escandaliza el comportamiento atípico de Jesús. Murmuran porque acoge a los pecadores y come con ellos. Entonces Jesús les responde con esta parábola que justifica su comportamiento y revela el rostro misericordioso de Dios, con el que Jesús se identifica en su modo de actuar con los pecadores y publicanos. Lo primero que llama la atención en la parábola es que un hijo, el pequeño, no se ha comportado correctamente.

En una sociedad como es la de Palestina del siglo I, el comportamiento del hijo menor resulta chocante. Pide lo que no le corresponde aún y se aleja de casa y de toda la protección y trato de amor que en ella se da. Así, simbólicamente, el Padre muere en su vida. En la lejanía derrocha toda su fortuna, hundiéndose poco a poco, lejos del cobijo de su casa. La desgracia de este hijo llega hasta el límite de cuidar cerdos, animales impuros para un judío, y desea comer lo mismo que ellos. Pero ni eso le daban. La muerte que merece por ley (Dt 21,18-21) la encuentra por sus propias opciones. En el momento en que se encuentra en un callejón sin salida, el hijo menor calcula la posibilidad de volver a casa para saciar su hambre (Lc 15,17-21). Pero no es éste el único alejamiento del que habla la parábola.

El hijo mayor nunca ha abandonado la casa ni el trabajo, pero también se ha alejado del padre: su fidelidad es formal, su obediencia sin alegría ni amor, y su corazón duro, incapaz de perdonar y acoger al hermano que se ha equivocado. Éstos son los fariseos y maestros de la ley, que no aceptan el comportamiento chocante de Jesús, que con su modo de actuar está mostrando un rostro inesperado de Dios. Se encuentran anquilosados en unos esquemas rígidos que no quieren abandonar y con los que pretenden marginar de la salvación a otros. No admiten tener necesidad de perdón, y como no experimentan la alegría que de él se sigue, nunca serán capaces de unirse a la fiesta de la reconciliación que Jesús ha inaugurado con su comportamiento.

Frente al formalismo del hijo mayor y el alejamiento del menor, la reacción del padre desconcierta profundamente y desborda todas las expectativas. Toma la iniciativa, se adelanta ante el hijo que se ha alejado, se le conmueven las entrañas, lo acoge, lo abraza con misericordia y, de este modo, elimina todas las posibles ambigüedades de su hijo más pequeño.

Mediante una serie de símbolos: vestido, anillo, sandalias, el padre le demuestra que él sigue siendo su hijo. No le importa el honor. El esfuerzo del padre, que simboliza a Dios, concluye con una fiesta del perdón a la que están todos invitados. El padre misericordioso también sale a buscar al hijo mayor, que no quiere unirse a esta fiesta, e intenta recomponer la filiación y la hermandad que había perdido por su obediencia fría y rigorista. También nosotros estamos llamados a participar con alegría en la fiesta del perdón que nace del amor de un Dios que es como el padre de la parábola.

ACTUALIZAMOS

La Cuaresma es para nosotros una oportunidad para convertirnos: recapacitar, ponernos en camino y volver junto al Padre. Pero, sobre todo, es una nueva ocasión para contemplar y saborear el perdón de Dios que surge de un corazón misericordioso como el suyo.

  1. Los fariseos y letrados se escandalizan de la imagen que Jesús ofrece de Dios: Padre indulgente, misericordioso, entrañable, acogedor de pecadores…

Y yo, ¿qué imagen tengo de él?

  1. Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela…

¿Cómo deberíamos expresar, personal y comunitariamente, el carisma de la misericordia?

  1. Mira: en tantos años como te sirvo…

¿Qué resistencias encuentro para acoger el perdón de Dios que se me da gratuitamente?

¿Y para tener su misma actitud con los demás?

  1. Era preciso celebrar un banquete y alegrarse…

¿Qué tipo de acogida debo esperar de Dios a partir de la enseñanza que transmite esta parábola?

LECTIO DIVINA – CICLO C – CUARESMA DOMINGO III

Lectura del libro del Éxodo 3, 1-8a. 13-15

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios.

El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.

Moisés se dijo:

«Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza».

Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:

«Moisés, Moisés».

Respondió él:

«Aquí estoy».

Dijo Dios:

«No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado».

Y añadió:

«Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob».

Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios.

El Señor le dijo:

«He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel».

Moisés replicó a Dios:

«Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”. Si ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les respondo?»

Dios dijo a Moisés:

«“Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros».

Dios añadió:

«Esto dirás a los hijos de Israel: “El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación”».

Salmo 102, 1b-2. 3-4. 6-7. 8 y 11

R./ El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R./

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R./

El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel. R./

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 1-6. 10-12

No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos. Y para que no murmuréis, como murmuraron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador.

Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 13, 1-9

En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.

Jesús respondió:

«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».

Y les dijo esta parábola:

«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

«Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?».

Pero el viñador respondió:

«Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar»».

COMENTARIO

En medio de la Cuaresma, en las lecturas de este día resuena, de nuevo, una invitación a la conversión. Dios que se manifiesta como el que actúa en la historia, ha visto la aflicción de su pueblo y, con la ayuda de Moisés, está dispuesto a salvarlo de la esclavitud. Pero, como dice la carta a los Corintios, una parte de este pueblo liberado y en camino hacia la tierra prometida no llegó a alcanzar la meta por su maldad (pecado). Jesús nos pide en el evangelio, a los que hemos sido liberados y llamados a la esperanza, que nos convirtamos y demos frutos de bondad ante la salvación pascual que Dios ofrece, de esta manera podremos entonar un himno de alabanza a la misericordia de Dios como el que proclama el salmista.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio de este domingo es el primero de una serie de tres pasajes que insisten en el tema de la conversión como actitud necesaria para vivir la Pascua. El suceso que le cuentan a Jesús da pie a una lección sobre la necesidad de cambiar para dar fruto.

En el evangelio podemos distinguir 2 partes: la narración de dos acontecimientos históricos y una parábola que ilustra el tema de fondo de todo el pasaje. Para entender este pasaje hay que tener en cuenta el contexto más amplio en el que se sitúa: el juicio que se hace a la persona de Jesús (Lc 12,54-57).

Unas personas, de las que no se aclara su identidad, se acercan a Jesús para referirle que Pilato había hecho matar a unos galileos. Detrás de esta noticia está la tradicional teoría de la retribución: al pecado le corresponde el castigo. En este caso, si ha habido castigo, es que esos galileos han hecho algo mal. Jesús no reacciona criticando la actuación del gobernador romano, representante de un pueblo que oprime y domina a Israel, simplemente utiliza este episodio para hacer una llamada a la conversión y al arrepentimiento. Para ello, Jesús utiliza palabras duras y amenazantes.

La lógica del judaísmo y su forma de entender la justicia de Dios suponía que los galileos habían sufrido tal suerte porque eran pecadores. Ésta es la idea clásica de la retribución. Jesús rompe con este planteamiento y constata que la existencia de toda persona es frágil y que en cualquier momento puede verse truncada. Esto no supone una amenaza por su parte sino una invitación al arrepentimiento y al cambio de vida de sus oyentes. Es más, lo que espera en primer lugar es el cambio de esa mentalidad que defiende que hay relación directa entre delito y castigo. Por eso Jesús, para completar su argumentación, añade el suceso de los 18 habitantes de Jerusalén que murieron aplastados por el desplome de la torre de Siloé. Ni el asesinato de los galileos ni el accidente de la torre hacen a sus víctimas más culpables de lo que puedan ser los que escuchan a Jesús. Todos son pecadores, pero no por ello están destinados al castigo, sino que la misericordia de Dios ofrece una nueva oportunidad (parábola de la higuera).

Jesús rompe de nuevo con el principio tradicional de la retribución mediante la parábola de la higuera estéril. De este modo subraya que Dios está dispuesto a dar una nueva oportunidad, por lo que es necesaria y urgente la conversión. Solo la conversión puede servir de defensa ante el juicio y puede ayudar a escapar de la condena. Para explicar esta lección propone una parábola que tiene en cuenta la costumbre judía de plantar higueras en las viñas.

La Higuera y la viña no son árboles sin más, sino que están cargados de simbolismo. Israel ha sido identificado en la tradición del Antiguo Testamento bien con la imagen de la vid y de la viña (Is 5), bien con la higuera (Os 9). Dios ha sido muy paciente con el pueblo elegido a lo largo de la historia de la salvación. Pero, Israel, que no ha dado fruto a su tiempo, aún tiene una oportunidad de gracia con Jesús. Él es el viñador que está dispuesto a trabajar sobre ese campo, que Dios, el dueño de la viña, plantó con la esperanza de recoger frutos. El árbol destinado a dar brevas e higos se ha manifestado estéril hasta ahora. Por eso esta parábola es una llamada urgente ante la seriedad del momento actual, que es de juicio. Con Jesús el tiempo se ha cumplido.

Pero la parábola también subraya la actitud del dueño de la higuera, desilusionado porque ha buscado higos 3 veces. No ha exigido un fruto que ese árbol no pueda dar, pero aún se muestra muy paciente, gracias a la intercesión del viñador, que en el simbolismo de la parábola es Jesús, da una nueva oportunidad a la higuera. Dios está dispuesto a dar siempre una nueva oportunidad de gracia, porque es muy paciente y sigue confiando en el ser humano que Él ha creado para que genere vida.

Dar fruto es la razón de ser del hombre: amor, servicio…, hemos sido creados para ello.

ACTUALIZAMOS

Jesús, el viñador, nos alimenta con su Palabra para que podamos dar fruto de vida ante el juicio inminente que se ha iniciado con su llegada. Para ello no basta con escuchar, sino que hemos de dejarnos convertir por esa Palabra que es eficaz y que llena de frutos nuestras vidas.

  1. Detrás de la parábola se refleja el rostro de Dios.

¿Cómo son el rostro de Dios y de Cristo?

Son comunes frases como: “quien la hace la paga”, “Dios te va a castigar”. Este pasaje cambia la visión de Dios que tenemos.

  1. Dios no pide imposibles. Espera el fruto que tú puedes dar.

¿Qué frutos espera Dios de nosotros en esta Cuaresma?

¿A que me compromete la paciencia de Dios?

La Cuaresma se nos presenta como una oportunidad única para cavar, para echar abono en nuestra vida cristiana, para seguir avanzando en nuestro camino de conversión y dar frutos de vida. En nuestra oración le pedimos a Jesús, el viñador, que no se canse de interceder por nosotros, que nos haga fructificar.

LECTIO DIVINA – CICLO C – CUARESMA DOMINGO II

Lectura del libro del Génesis 15, 5-12. 17-18

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo:

«Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas».

Y añadió:

«Así será tu descendencia»

Abrán creyó al Señor y se le contó como justicia.

Después le dijo:

«Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos, para darte en posesión esta tierra».

Él replicó:

«Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla?».

Respondió el Señor:

«Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.»

Él los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba.

Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él.

El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.

Aquel día el Señor concertó alianza con Abrán en estos términos:

«A tu descendencia le daré esta tierra, desde el río de Egipto al gran río Éufrates».

Salmo 26, 1bcde. 7-8. 9abcd. 13-14

R./ El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R./

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro».
Tu rostro buscaré, Señor. R./

No me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches. R./

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 17-4, 1

Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros.

Porque -como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos- hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; sólo aspiran a cosas terrenas.

Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.

Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 9, 28b-36

En aquel tiempo, tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús:

«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía lo que decía.

Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube.

Y una voz desde la nube decía:

«Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».

Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

COMENTARIO

El salmista resume en su canto de confianza y súplica el tema central de las lecturas de este domingo: la esperanza en un Dios que es luz y salvación, aun en medio de las dificultades. Abrahán salió de su tierra y se encontró con un Dios que promete y se compromete. En ese Dios se puede esperar incluso contra toda esperanza, porque ha manifestado su rostro transfigurado en Jesucristo. Jesús, en medio del camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte, muestra su rostro luminoso, el de Hijo de Dios. Como hizo Pablo, también nosotros ponemos nuestra confianza en el Señor crucificado y resucitado. Esta confianza es la que nos mantiene firmes a pesar de los obstáculos del camino.

COMPRENDER EL TEXTO

Cada año, la liturgia del 2º domingo de cuaresma nos presenta el relato de la transfiguración. En el camino hacia la cruz, Jesús quiere animar a sus discípulos y les manifiesta su verdadera identidad.

Antes de iniciar el largo viaje de subida a Jerusalén (Lc 9,51-19,28), Jesús anuncia por primera vez su pasión y resurrección y señala las actitudes del que quiere seguirlo («El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día… Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga…» Lc 9,22-27). Justo a continuación nos encontramos con el episodio de la transfiguración, que podemos leer como una teofanía o manifestación divina. Se trata de una “parada” antes de iniciar el camino que lleva a la cruz. Ante este horizonte cercano de sufrimiento se revela la verdadera gloria de Jesús. De este modo manifiesta su verdadera identidad e invita a sus discípulos a afrontar las dificultades del seguimiento y a entender la pasión desde la experiencia de la resurrección.

El evangelista dice claramente que sube con ellos al monte “para orar”. Jesús se aparta a un lugar fuera de lo cotidiano para entrar en contacto con el Padre. El monte es, en la simbología bíblica, un lugar donde Dios se manifiesta y el creyente puede encontrarse con él mediante la oración. La transfiguración de Jesús sucede precisamente mientras oraba, actitud en la que Lucas suele presentar a Jesús antes de que suceda algo importante en su vida. Es en esa relación con Dios mediante la oración en la que él manifiesta su auténtico rostro. Esta manifestación de Jesús toma algunos elementos de otras “teofanías o manifestaciones de Dios” del Antiguo Testamento.

  1. Su semblante se transforma y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrante, color utilizado en el Nuevo Testamento para aludir simbólicamente a la resurrección de Jesús.
  2. Aparición de Moisés y Elías, personajes cuya venida esperaban los judíos como signo de la llegada de los tiempos mesiánicos (Mal 3,23), ambos son tenidos por los mayores profetas del Antiguo Testamento y se esperaba su regreso como anuncio de la venida del Ungido. Dios se hace presente, sobre todo en Jesús, pero también en Moisés y Elías. Estos personajes hablan con Jesús acerca del “éxodo que había de consumar en Jerusalén”, es decir, de todo el proceso de su paso al Padre, lo cual incluye su pasión y muerte, pero también su resurrección y ascensión al cielo.
  3. La voz del cielo le invita a escuchar a Jesús,viene a aclarar el sentido de todo lo que está ocurriendo. Es Dios quien habla desde una nube (símbolo del A.T.) para hacer una revelación: la gloria de Jesús le viene de Dios mismo. Para ello utiliza las mismas palabras que dirigió a Jesús en su Bautismo (Lc 3,22). Pedro había mostrado su alegría, pero parecía no haber comprendido la visión; colocaba a Moisés y Elías al mismo nivel que Jesús, y no quería afrontar las dificultades del seguimiento. Pero Jesús es el Hijo elegido con quien el Padre mantiene una relación privilegiada. Por eso merece ser escuchado como mensajero de Dios por excelencia. Su palabra tiene una autoridad mayor que la de los del antiguo profetismo que representan estos personajes.

Jesús está solo. Toda la atención se concentra sobre él. La Ley (Moisés) y los Profetas (Elías) han desaparecido y solo resuenan ya con fuerza la voz y la persona de Jesús.

También hoy a nosotros, en medio de la cuaresma, se nos muestra transfigurado y nos habla para que descubramos su presencia en el camino del seguimiento -que muchas veces es un camino de cruz- para que no perdamos la meta en estos días de conversión.

MEDITAMOS Y ACTUALIZAMOS

“Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo”, nosotros queremos tomar en serio esta invitación de Dios. Por eso la Iglesia, en medio de este tiempo de Cuaresma que nos conduce a la Pascua, nos anima a contemplar el rostro luminoso de Jesús, aunque muchas veces planee sobre nosotros, como lo hizo sobre él, la oscura sombra de la cruz.

  1. “Y una voz desde la nube decía…”:

¿De qué maneras he escuchado en mi vida la voz de Dios?

  1. La transfiguración deja entrever la luz de la Pascua, pero no ahorra el camino de la cruz:

¿Qué pistas y que luces me ofrece este pasaje a la hora de vivir mi compromiso cristiano?

  1. “Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor”:

¿Cómo me ayudan esos momentos de transfiguración ante las dificultades que a veces encuentro en mi seguimiento de Jesús?

CUARESMA 2025