II Asamblea parroquial sobre la sinodalidad

En la mañana del sábado 29 de marzo hemos celebrado la II Asamblea parroquial en torno al tema de la sinodalidad. Es fruto de la propuesta planteada en las asambleas de final del curso pasado y comienzo de este para que nuestra Parroquia pueda realizar un proceso en la línea de vivir la sinodalidad a que se nos está llamando en la Iglesia. Una primera Asamblea tuvo lugar en diciembre sobre Sinodalidad y conversión pastoral. La escucha. Se trataba de situarnos en el momento que está viviendo la Iglesia tras el Sínodo de la Sinodalidad y de percibir que en el fundamento de lo que podamos hacer en adelante está la necesidad de saber escuchar.

Esta segunda Asamblea en torno al tema ha contado con la participación de José Manuel Aparicio, Delegado episcopal de Formación y Laicado de la diócesis y profesor de la Universidad Pontificia Comillas, que nos ha hablado sobre El impulso de la sinodalidad para la configuración de nuestras comunidades. Lo ha situado en relación con tres grandes problemas que vivimos en la sociedad y que penetran en la Iglesia: el individualismo, la posverdad y la globalización de la indiferencia. Ha partido del nº 31 del Documento final del Sínodo, donde se dice:

La sinodalidad “indica la específica forma de vivir y obrar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora”.

Nos ha llamado la atención sobre el índice del mismo Documento y la simbología bíblica que utiliza (el mar, la barca, la pesca), para invitarnos a vivir este proceso, que implica la conversión de las relaciones, de los procesos y de los vínculos.

Nos ha ofrecido un cuestionario de Indicadores de sinodalidad, que hemos podido trabajar por grupos y luego compartir todos juntos. Tales indicadores se agrupaban en cuatro apartados: 1) Desde la espiritualidad y la formación, 2) Desde el ejercicio pastoral, 3) Desde la cotidianidad y 4) Desde el diálogo con el mundo.

En la puesta en común han surgido muchas inquietudes e interrogantes, que nos invitan a explorar este camino. Ha sido un momento de toma de conciencia sobre la necesidad de crecer en sinodalidad, de llamada a la sensibilización respecto de la importancia de este proceso y la revisión de prioridades (personales y comunitarias).

LECTIO DIVINA – CICLO C – CUARESMA DOMINGO V

Lectura del libro de Isaías 43, 16-21

Esto dice el Señor, que abrió camino en el mar y una senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, la tropa y los héroes: caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue.

«No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?

Abriré un camino en el desierto, corrientes en el yermo.

Me glorificarán las bestias salvajes, chacales y avestruces, porque pondré agua en el desierto, corrientes en la estepa, para dar de beber a mi pueblo elegido, a este pueblo que me he formado para que proclame mi alabanza».

Salmo 125, 1b-2ab. 2cd-3. 4-5. 6

R./ El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sion,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares R./

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos».
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R./

Recoge, Señor, a nuestros cautivos
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R./

Al ir, iban llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelven cantando,
trayendo sus gavillas. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 8-14

Hermanos:

Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.

Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos.

No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo.

Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó:

«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».

Ella contestó:

«Ninguno, Señor».

Jesús dijo:

«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

COMENTARIO

Este domingo de Cuaresma insiste en presentarnos a un Dios que siempre es capaz de actuar de modo novedoso y, por tanto, de sorprender: abre ante el pueblo exiliado en Babilonia un camino de libertad en medio del desierto; cambia la suerte del salmista y convertirá sus lloros en cantos de alegría; empuja a Pablo hacia una meta de perfección que le será dada tras la resurrección de los muertos; da una nueva oportunidad a la mujer adúltera y le regala un futuro de libertad y plenitud.

Esta cuaresma nos ofrece también a nosotros una nueva ocasión para dejarnos maravillar por Dios y abrirnos a una nueva vida que nace del perdón y la misericordia. Esto nos empujará hacia lo que aún nos queda por delante.

COMPRENDER EL TEXTO

En este domingo 5º, cambiamos de evangelista y leemos un texto de Juan. Pero no cambia ni la temática ni el estilo de los domingos anteriores. Es más, los estudiosos han llamado a este relato de la mujer adúltera “el meteorito sinóptico (referencia a los evangelios de Lucas, Mateo y Marcos, que muestran muchas semejanzas y parecidos entre ellos y del que no forma parte el cuarto evangelio) de Juan”, porque es un texto que parece tomado de la tradición sinóptica.

Jesús, que se ha pasado la noche orando, se acerca por la mañana al templo. La gente, maravillada por las enseñanzas y las obras de Jesús, se aproxima y le rodea para escucharlo.

Los maestros de la ley y los fariseos, autoridades religiosas judías, garantes y especialistas de la ley de Moisés, se presentan con una mujer sorprendida en adulterio. No tienen interés por la enseñanza de Jesús, no les llama la atención sus signos, sino que buscan un motivo para acusarlo (Jn 8,6), para ello colocan en el centro del grupo a una mujer pecadora.

Los maestros de la ley y los fariseos echan mano de la ley de Moisés (Ex 20,14), que condena a muerte a tales mujeres (Lv 20,10). Buscando acusar a Jesús, estos especialistas de la ley le piden que tome una posición ante la adúltera. Buscan una doble condena: la de la mujer, que ya tienen bien fundamentada con el recurso a la ley y que les sirve de pretexto, y principalmente la de Jesús, a quien tratan de poner ante un callejón sin salida: si absuelve a la mujer, se pone contra le ley; si la condena, se pone en contra de los principios del perdón y la misericordia por los que se ha guiado hasta ahora.

Jesús se pone a escribir en el suelo, un gesto cuyo significado desconocemos. Sus adversarios querían una respuesta concreta, en uno u otro sentido, para así pillar a Jesús en un traspié. Y Jesús, usando sus mismas armas, les cambia los papeles. Ellos, acusadores y jueces de la adúltera y de Jesús, pasan a ocupar el lugar de esa mujer y se convierten en sus propios acusadores y jueces. Sin juzgarlos, Jesús sale airoso.

Jesús discierne y decide mientras escribe en el suelo, pero no juzga a sus oponentes ni dicta sentencia contra la mujer. A los primeros los desenmascara y les pide que sean sus propios jueces con el mismo rigor que han usado contra la mujer. A ésta la libera del círculo cerrado y acusador de sus enemigos. Esto no significa que Jesús acepte su pecado. La respeta, acogiéndola y comprendiéndola, y le da vida, abriendo ante ella un futuro lleno de esperanza y posibilidades. Jesús siempre condena el pecado, pero salva y libera a las personas.

ACTUALIZAMOS

La Cuaresma se nos presenta como una oportunidad para revisar nuestra vida, nuestro modo de mirar y juzgar a los demás. Sabemos que Dios no se apresura a condenar, que acoge con misericordia a todos. Él está siempre dispuesto a perdonar y olvidar nuestros errores.

  1. “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”:

¿Cómo experimento en mi vida de fe la liberación y el perdón de un Dios bondadoso y misericordioso?

  1. Como los oponentes de Jesús, también nosotros usamos una doble vara de medir, implacable con los demás e indulgente con nosotros mismos:

¿Qué actitudes concretas te sugiere este pasaje?

  1. Jesús ofrece vida a esta mujer que la ley condena:

¿Qué situaciones y personas de tu entorno juzgas y condenas?

¿Cómo puedes ofrecerles comprensión, perdón y, así, una nueva oportunidad?

  1. Ante el juicio de Dios:

¿Qué gestos y palabras de Jesús te ayudan a mantener la esperanza de un juicio lleno de misericordia?

¿Con qué disposición te invita este evangelio a esperar el juicio de Dios?

LECTIO DIVINA – CICLO C – CUARESMA DOMINGO IV “LAETARE”

Lectura del libro de Josué 5, 9a. 10-12

En aquellos días, dijo el Señor a Josué:

«Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto»

Los hijos de Israel acamparon en Guilgal y celebraron allí la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó.

Al día siguiente a la Pascua, comieron ya de los productos de la tierra: ese día, panes ácimos y espigas tostadas.

Y desde ese día en que comenzaron a comer de los productos de la tierra, cesó el maná. Los hijos de Israel ya no tuvieron maná, sino que ya aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7

R./ Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R./

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R./

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R./

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 17-21

Hermanos:

Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.

Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.

Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

COMENTARIO

Las lecturas de este día tienen un marcado carácter festivo. Los Israelitas celebran la fiesta de la Pascua por primera vez en la tierra prometida, recordando la opresión de Egipto y la liberación por parte de Dios. De este modo se unen al canto del salmista que bendice al Señor por su grandeza y su bondad. El padre del evangelio de Lucas prepara una fiesta para conmemorar que su hijo perdido ha vuelto a la vida. Es la fiesta del perdón y de la alegría. Este es el encargo que, según Pablo, se nos ha confiado a todos los que hemos experimentado el perdón: llevar a la vida la fiesta del perdón y la reconciliación.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio subraya un aspecto fundamental en el proceso de la conversión. El primer paso es de Dios. La parábola del padre misericordioso nos asegura que él siempre está esperando a sus hijos con los brazos abiertos, que no deja de mirarnos para ver el momento del encuentro.

Los dos primeros versículos son imprescindibles para comprender esta impresionante parábola del “padre misericordioso”. A los fariseos y maestros de la ley les escandaliza el comportamiento atípico de Jesús. Murmuran porque acoge a los pecadores y come con ellos. Entonces Jesús les responde con esta parábola que justifica su comportamiento y revela el rostro misericordioso de Dios, con el que Jesús se identifica en su modo de actuar con los pecadores y publicanos. Lo primero que llama la atención en la parábola es que un hijo, el pequeño, no se ha comportado correctamente.

En una sociedad como es la de Palestina del siglo I, el comportamiento del hijo menor resulta chocante. Pide lo que no le corresponde aún y se aleja de casa y de toda la protección y trato de amor que en ella se da. Así, simbólicamente, el Padre muere en su vida. En la lejanía derrocha toda su fortuna, hundiéndose poco a poco, lejos del cobijo de su casa. La desgracia de este hijo llega hasta el límite de cuidar cerdos, animales impuros para un judío, y desea comer lo mismo que ellos. Pero ni eso le daban. La muerte que merece por ley (Dt 21,18-21) la encuentra por sus propias opciones. En el momento en que se encuentra en un callejón sin salida, el hijo menor calcula la posibilidad de volver a casa para saciar su hambre (Lc 15,17-21). Pero no es éste el único alejamiento del que habla la parábola.

El hijo mayor nunca ha abandonado la casa ni el trabajo, pero también se ha alejado del padre: su fidelidad es formal, su obediencia sin alegría ni amor, y su corazón duro, incapaz de perdonar y acoger al hermano que se ha equivocado. Éstos son los fariseos y maestros de la ley, que no aceptan el comportamiento chocante de Jesús, que con su modo de actuar está mostrando un rostro inesperado de Dios. Se encuentran anquilosados en unos esquemas rígidos que no quieren abandonar y con los que pretenden marginar de la salvación a otros. No admiten tener necesidad de perdón, y como no experimentan la alegría que de él se sigue, nunca serán capaces de unirse a la fiesta de la reconciliación que Jesús ha inaugurado con su comportamiento.

Frente al formalismo del hijo mayor y el alejamiento del menor, la reacción del padre desconcierta profundamente y desborda todas las expectativas. Toma la iniciativa, se adelanta ante el hijo que se ha alejado, se le conmueven las entrañas, lo acoge, lo abraza con misericordia y, de este modo, elimina todas las posibles ambigüedades de su hijo más pequeño.

Mediante una serie de símbolos: vestido, anillo, sandalias, el padre le demuestra que él sigue siendo su hijo. No le importa el honor. El esfuerzo del padre, que simboliza a Dios, concluye con una fiesta del perdón a la que están todos invitados. El padre misericordioso también sale a buscar al hijo mayor, que no quiere unirse a esta fiesta, e intenta recomponer la filiación y la hermandad que había perdido por su obediencia fría y rigorista. También nosotros estamos llamados a participar con alegría en la fiesta del perdón que nace del amor de un Dios que es como el padre de la parábola.

ACTUALIZAMOS

La Cuaresma es para nosotros una oportunidad para convertirnos: recapacitar, ponernos en camino y volver junto al Padre. Pero, sobre todo, es una nueva ocasión para contemplar y saborear el perdón de Dios que surge de un corazón misericordioso como el suyo.

  1. Los fariseos y letrados se escandalizan de la imagen que Jesús ofrece de Dios: Padre indulgente, misericordioso, entrañable, acogedor de pecadores…

Y yo, ¿qué imagen tengo de él?

  1. Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela…

¿Cómo deberíamos expresar, personal y comunitariamente, el carisma de la misericordia?

  1. Mira: en tantos años como te sirvo…

¿Qué resistencias encuentro para acoger el perdón de Dios que se me da gratuitamente?

¿Y para tener su misma actitud con los demás?

  1. Era preciso celebrar un banquete y alegrarse…

¿Qué tipo de acogida debo esperar de Dios a partir de la enseñanza que transmite esta parábola?

LECTIO DIVINA – CICLO C – CUARESMA DOMINGO III

Lectura del libro del Éxodo 3, 1-8a. 13-15

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios.

El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.

Moisés se dijo:

«Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza».

Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:

«Moisés, Moisés».

Respondió él:

«Aquí estoy».

Dijo Dios:

«No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado».

Y añadió:

«Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob».

Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios.

El Señor le dijo:

«He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel».

Moisés replicó a Dios:

«Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”. Si ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les respondo?»

Dios dijo a Moisés:

«“Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros».

Dios añadió:

«Esto dirás a los hijos de Israel: “El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación”».

Salmo 102, 1b-2. 3-4. 6-7. 8 y 11

R./ El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R./

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R./

El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel. R./

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 1-6. 10-12

No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos. Y para que no murmuréis, como murmuraron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador.

Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 13, 1-9

En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.

Jesús respondió:

«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».

Y les dijo esta parábola:

«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

«Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?».

Pero el viñador respondió:

«Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar»».

COMENTARIO

En medio de la Cuaresma, en las lecturas de este día resuena, de nuevo, una invitación a la conversión. Dios que se manifiesta como el que actúa en la historia, ha visto la aflicción de su pueblo y, con la ayuda de Moisés, está dispuesto a salvarlo de la esclavitud. Pero, como dice la carta a los Corintios, una parte de este pueblo liberado y en camino hacia la tierra prometida no llegó a alcanzar la meta por su maldad (pecado). Jesús nos pide en el evangelio, a los que hemos sido liberados y llamados a la esperanza, que nos convirtamos y demos frutos de bondad ante la salvación pascual que Dios ofrece, de esta manera podremos entonar un himno de alabanza a la misericordia de Dios como el que proclama el salmista.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio de este domingo es el primero de una serie de tres pasajes que insisten en el tema de la conversión como actitud necesaria para vivir la Pascua. El suceso que le cuentan a Jesús da pie a una lección sobre la necesidad de cambiar para dar fruto.

En el evangelio podemos distinguir 2 partes: la narración de dos acontecimientos históricos y una parábola que ilustra el tema de fondo de todo el pasaje. Para entender este pasaje hay que tener en cuenta el contexto más amplio en el que se sitúa: el juicio que se hace a la persona de Jesús (Lc 12,54-57).

Unas personas, de las que no se aclara su identidad, se acercan a Jesús para referirle que Pilato había hecho matar a unos galileos. Detrás de esta noticia está la tradicional teoría de la retribución: al pecado le corresponde el castigo. En este caso, si ha habido castigo, es que esos galileos han hecho algo mal. Jesús no reacciona criticando la actuación del gobernador romano, representante de un pueblo que oprime y domina a Israel, simplemente utiliza este episodio para hacer una llamada a la conversión y al arrepentimiento. Para ello, Jesús utiliza palabras duras y amenazantes.

La lógica del judaísmo y su forma de entender la justicia de Dios suponía que los galileos habían sufrido tal suerte porque eran pecadores. Ésta es la idea clásica de la retribución. Jesús rompe con este planteamiento y constata que la existencia de toda persona es frágil y que en cualquier momento puede verse truncada. Esto no supone una amenaza por su parte sino una invitación al arrepentimiento y al cambio de vida de sus oyentes. Es más, lo que espera en primer lugar es el cambio de esa mentalidad que defiende que hay relación directa entre delito y castigo. Por eso Jesús, para completar su argumentación, añade el suceso de los 18 habitantes de Jerusalén que murieron aplastados por el desplome de la torre de Siloé. Ni el asesinato de los galileos ni el accidente de la torre hacen a sus víctimas más culpables de lo que puedan ser los que escuchan a Jesús. Todos son pecadores, pero no por ello están destinados al castigo, sino que la misericordia de Dios ofrece una nueva oportunidad (parábola de la higuera).

Jesús rompe de nuevo con el principio tradicional de la retribución mediante la parábola de la higuera estéril. De este modo subraya que Dios está dispuesto a dar una nueva oportunidad, por lo que es necesaria y urgente la conversión. Solo la conversión puede servir de defensa ante el juicio y puede ayudar a escapar de la condena. Para explicar esta lección propone una parábola que tiene en cuenta la costumbre judía de plantar higueras en las viñas.

La Higuera y la viña no son árboles sin más, sino que están cargados de simbolismo. Israel ha sido identificado en la tradición del Antiguo Testamento bien con la imagen de la vid y de la viña (Is 5), bien con la higuera (Os 9). Dios ha sido muy paciente con el pueblo elegido a lo largo de la historia de la salvación. Pero, Israel, que no ha dado fruto a su tiempo, aún tiene una oportunidad de gracia con Jesús. Él es el viñador que está dispuesto a trabajar sobre ese campo, que Dios, el dueño de la viña, plantó con la esperanza de recoger frutos. El árbol destinado a dar brevas e higos se ha manifestado estéril hasta ahora. Por eso esta parábola es una llamada urgente ante la seriedad del momento actual, que es de juicio. Con Jesús el tiempo se ha cumplido.

Pero la parábola también subraya la actitud del dueño de la higuera, desilusionado porque ha buscado higos 3 veces. No ha exigido un fruto que ese árbol no pueda dar, pero aún se muestra muy paciente, gracias a la intercesión del viñador, que en el simbolismo de la parábola es Jesús, da una nueva oportunidad a la higuera. Dios está dispuesto a dar siempre una nueva oportunidad de gracia, porque es muy paciente y sigue confiando en el ser humano que Él ha creado para que genere vida.

Dar fruto es la razón de ser del hombre: amor, servicio…, hemos sido creados para ello.

ACTUALIZAMOS

Jesús, el viñador, nos alimenta con su Palabra para que podamos dar fruto de vida ante el juicio inminente que se ha iniciado con su llegada. Para ello no basta con escuchar, sino que hemos de dejarnos convertir por esa Palabra que es eficaz y que llena de frutos nuestras vidas.

  1. Detrás de la parábola se refleja el rostro de Dios.

¿Cómo son el rostro de Dios y de Cristo?

Son comunes frases como: “quien la hace la paga”, “Dios te va a castigar”. Este pasaje cambia la visión de Dios que tenemos.

  1. Dios no pide imposibles. Espera el fruto que tú puedes dar.

¿Qué frutos espera Dios de nosotros en esta Cuaresma?

¿A que me compromete la paciencia de Dios?

La Cuaresma se nos presenta como una oportunidad única para cavar, para echar abono en nuestra vida cristiana, para seguir avanzando en nuestro camino de conversión y dar frutos de vida. En nuestra oración le pedimos a Jesús, el viñador, que no se canse de interceder por nosotros, que nos haga fructificar.

LECTIO DIVINA – CICLO C – CUARESMA DOMINGO II

Lectura del libro del Génesis 15, 5-12. 17-18

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo:

«Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas».

Y añadió:

«Así será tu descendencia»

Abrán creyó al Señor y se le contó como justicia.

Después le dijo:

«Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos, para darte en posesión esta tierra».

Él replicó:

«Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla?».

Respondió el Señor:

«Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.»

Él los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba.

Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él.

El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.

Aquel día el Señor concertó alianza con Abrán en estos términos:

«A tu descendencia le daré esta tierra, desde el río de Egipto al gran río Éufrates».

Salmo 26, 1bcde. 7-8. 9abcd. 13-14

R./ El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R./

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro».
Tu rostro buscaré, Señor. R./

No me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches. R./

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 17-4, 1

Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros.

Porque -como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos- hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; sólo aspiran a cosas terrenas.

Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.

Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 9, 28b-36

En aquel tiempo, tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús:

«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía lo que decía.

Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube.

Y una voz desde la nube decía:

«Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».

Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

COMENTARIO

El salmista resume en su canto de confianza y súplica el tema central de las lecturas de este domingo: la esperanza en un Dios que es luz y salvación, aun en medio de las dificultades. Abrahán salió de su tierra y se encontró con un Dios que promete y se compromete. En ese Dios se puede esperar incluso contra toda esperanza, porque ha manifestado su rostro transfigurado en Jesucristo. Jesús, en medio del camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte, muestra su rostro luminoso, el de Hijo de Dios. Como hizo Pablo, también nosotros ponemos nuestra confianza en el Señor crucificado y resucitado. Esta confianza es la que nos mantiene firmes a pesar de los obstáculos del camino.

COMPRENDER EL TEXTO

Cada año, la liturgia del 2º domingo de cuaresma nos presenta el relato de la transfiguración. En el camino hacia la cruz, Jesús quiere animar a sus discípulos y les manifiesta su verdadera identidad.

Antes de iniciar el largo viaje de subida a Jerusalén (Lc 9,51-19,28), Jesús anuncia por primera vez su pasión y resurrección y señala las actitudes del que quiere seguirlo («El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día… Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga…» Lc 9,22-27). Justo a continuación nos encontramos con el episodio de la transfiguración, que podemos leer como una teofanía o manifestación divina. Se trata de una “parada” antes de iniciar el camino que lleva a la cruz. Ante este horizonte cercano de sufrimiento se revela la verdadera gloria de Jesús. De este modo manifiesta su verdadera identidad e invita a sus discípulos a afrontar las dificultades del seguimiento y a entender la pasión desde la experiencia de la resurrección.

El evangelista dice claramente que sube con ellos al monte “para orar”. Jesús se aparta a un lugar fuera de lo cotidiano para entrar en contacto con el Padre. El monte es, en la simbología bíblica, un lugar donde Dios se manifiesta y el creyente puede encontrarse con él mediante la oración. La transfiguración de Jesús sucede precisamente mientras oraba, actitud en la que Lucas suele presentar a Jesús antes de que suceda algo importante en su vida. Es en esa relación con Dios mediante la oración en la que él manifiesta su auténtico rostro. Esta manifestación de Jesús toma algunos elementos de otras “teofanías o manifestaciones de Dios” del Antiguo Testamento.

  1. Su semblante se transforma y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrante, color utilizado en el Nuevo Testamento para aludir simbólicamente a la resurrección de Jesús.
  2. Aparición de Moisés y Elías, personajes cuya venida esperaban los judíos como signo de la llegada de los tiempos mesiánicos (Mal 3,23), ambos son tenidos por los mayores profetas del Antiguo Testamento y se esperaba su regreso como anuncio de la venida del Ungido. Dios se hace presente, sobre todo en Jesús, pero también en Moisés y Elías. Estos personajes hablan con Jesús acerca del “éxodo que había de consumar en Jerusalén”, es decir, de todo el proceso de su paso al Padre, lo cual incluye su pasión y muerte, pero también su resurrección y ascensión al cielo.
  3. La voz del cielo le invita a escuchar a Jesús,viene a aclarar el sentido de todo lo que está ocurriendo. Es Dios quien habla desde una nube (símbolo del A.T.) para hacer una revelación: la gloria de Jesús le viene de Dios mismo. Para ello utiliza las mismas palabras que dirigió a Jesús en su Bautismo (Lc 3,22). Pedro había mostrado su alegría, pero parecía no haber comprendido la visión; colocaba a Moisés y Elías al mismo nivel que Jesús, y no quería afrontar las dificultades del seguimiento. Pero Jesús es el Hijo elegido con quien el Padre mantiene una relación privilegiada. Por eso merece ser escuchado como mensajero de Dios por excelencia. Su palabra tiene una autoridad mayor que la de los del antiguo profetismo que representan estos personajes.

Jesús está solo. Toda la atención se concentra sobre él. La Ley (Moisés) y los Profetas (Elías) han desaparecido y solo resuenan ya con fuerza la voz y la persona de Jesús.

También hoy a nosotros, en medio de la cuaresma, se nos muestra transfigurado y nos habla para que descubramos su presencia en el camino del seguimiento -que muchas veces es un camino de cruz- para que no perdamos la meta en estos días de conversión.

MEDITAMOS Y ACTUALIZAMOS

“Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo”, nosotros queremos tomar en serio esta invitación de Dios. Por eso la Iglesia, en medio de este tiempo de Cuaresma que nos conduce a la Pascua, nos anima a contemplar el rostro luminoso de Jesús, aunque muchas veces planee sobre nosotros, como lo hizo sobre él, la oscura sombra de la cruz.

  1. “Y una voz desde la nube decía…”:

¿De qué maneras he escuchado en mi vida la voz de Dios?

  1. La transfiguración deja entrever la luz de la Pascua, pero no ahorra el camino de la cruz:

¿Qué pistas y que luces me ofrece este pasaje a la hora de vivir mi compromiso cristiano?

  1. “Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor”:

¿Cómo me ayudan esos momentos de transfiguración ante las dificultades que a veces encuentro en mi seguimiento de Jesús?

CUARESMA 2025

CAMINEMOS JUNTOS EN LA ESPERANZA

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2025

Queridos hermanos y hermanas:

Con el signo penitencial de las cenizas en la cabeza, iniciamos la peregrinación anual de la santa cuaresma, en la fe y en la esperanza. La Iglesia, madre y maestra, nos invita a preparar nuestros corazones y a abrirnos a la gracia de Dios para poder celebrar con gran alegría el triunfo pascual de Cristo, el Señor, sobre el pecado y la muerte, como exclamaba san Pablo: «La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» ( 1 Co 15,54-55). Jesucristo, muerto y resucitado es, en efecto, el centro de nuestra fe y el garante de nuestra esperanza en la gran promesa del Padre: la vida eterna, que ya realizó en Él, su Hijo amado (cf. Jn 10,28; 17,3).

En esta cuaresma, enriquecida por la gracia del Año jubilar, deseo ofrecerles algunas reflexiones sobre lo que significa caminar juntos en la esperanza y descubrir las llamadas a la conversión que la misericordia de Dios nos dirige a todos, de manera personal y comunitaria.

CONVIÉRTETE Y CREE EN LA ESPERANZA

Carta Pastoral del cardenal José Cobo con motivo de la Cuaresma

Al abrirnos a este camino jubilar ante una Cuaresma nueva, no olvidamos que nos ponemos en marcha de forma renovada hacia la Pascua. Un momento singular en el que Cristo nos revelará quién es Él y quiénes somos nosotros.

Cada Pascua es un paso más en nuestro itinerario bautismal que crece como una semilla en cada discípulo. Ella nos invita a dejar actuar la presencia del Espíritu, acoger el abrazo de la comunidad eclesial y ser dóciles al camino de fe que Jesús nos propone en cada momento.

“Conviértete”. Ese será el imperativo que primero escucharemos cuando el polvo de la ceniza sea colocado allí donde nos ungieron con el crisma el día del Bautismo. “Conviértete” es la llamada a la Iglesia en Madrid que camina por la entraña de nuestra ciudad y de nuestros pueblos y a la que hemos sido con-vocadas todas las personas que participamos de la dignidad bautismal.

LECTIO DIVINA – CICLO C – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO VIII

Lectura del libro del Eclesiástico 27, 4-7

Cuando se agita la criba, quedan los desechos; así, cuando la persona habla, se descubren sus defectos.

El horno prueba las vasijas del alfarero, y la persona es probada en su conversación.

El fruto revela el cultivo del árbol, así la palabra revela el corazón de la persona.

No elogies a nadie antes de oírlo hablar, porque ahí es donde se prueba una persona.

Salmo 91, 2-3. 13-14. 15-16

R./ Es bueno darte gracias, Señor.

Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo;
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad. R./

El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios. R./

En la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
mi Roca, en quien no existe la maldad. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 54-58

Hermanos:
Cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita:

«La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?»

El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley.

¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!

De modo que, hermanos míos queridos, manteneos firmes e inconmovibles.

Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 6, 39-45

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:

«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano:

“Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.

El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».

COMENTARIO

El Eclesiástico habla de la relación entre lo que uno es y lo que dice o hace empleando un dicho sapiencial y una imagen de la naturaleza: El salmista insiste con otra imagen para mostrar que los frutos del justo serán espléndidos y duraderos. Y Jesús, gran observador de la naturaleza, nos dice: “Cada árbol se conoce por su fruto”. Todos ellos concluyen que nuestro modo de actuar manifiesta nuestro modo de ser. Por tanto, conviene estar vigilantes, discernir sus frutos y corregir lo que no resulta coherente con nuestra condición de cristianos.

COMPRENDER EL TEXTO

Jesús inició su “sermón de la llanura” de un modo provocativo y revolucionario con las bienaventuranzas y las amenazas, para luego centrarse en el corazón del discurso tomando como referencia Lc 6,36: la misericordia como norma de vida manifestada en el amor vivido en radicalidad hacia los enemigos. Ahora llega a su fin con un lenguaje descriptivo a base de imágenes y parábolas tomadas de la vida cotidiana.

Lucas llega a la tercera parte del “sermón de la llanura” en la que recoge una serie de imágenes y sentencias para poner de relieve las actitudes que debe tener el auténtico discípulo. Para los judíos, el discípulo en formación aspiraba a llegar a ser como el maestro para poder ser también el portador de su enseñanza. Entre los discípulos de Jesús nunca habrá maestros. El auténtico cristiano será siempre discípulo del Maestro por antonomasia, Jesús, al que ha de seguir fielmente.

Jesús afirma que sus discípulos han de convertirse en guías. Por eso tienen que gozar de una vista bien clara y conocer y reconocer perfectamente el camino. Si permanecen en la ceguera, no podrán ser guías de los demás. Los discípulos tienen que ser como Jesús.

Jesús se dirige directamente al que quiere ser su discípulo. Lo primero que tiene que hacer es tomar conciencia de la propia necesidad de sanación: reconocer el camino de la autocorrección y subsanar sus deficiencias. El discípulo tiene que renunciar a erigirse en juez de los demás, tiene que tratar de descubrir sus propios fallos y reconocerlos para poder ser más objetivo con los otros. El auténtico discípulo tiene que actuar con los mismos criterios de su maestro: con humildad y sin juzgar el interior de nadie. Solo así podrá convertirse en guía de los demás, capaz de proponer cambios; sólo así podrá llevar a cabo la corrección fraterna.

Al final de este pasaje, Jesús ofrece una serie de imágenes con las que ilumina el centro de la cuestión. El buen discípulo, es decir, el que ha abierto sus ojos convirtiéndose y cambiando primeramente él, tiene un corazón bueno, dispuesto para dar óptimos frutos. Es en el corazón, el centro de la persona, su ser más profundo, donde reside el origen del bien y del mal, y ese interior sólo se puede valorar por los frutos que produce.

Jesús termina diciendo que la boca habla de aquello que abunda en el corazón. Los discípulos han de imitar no sólo las actitudes del Maestro, sino que tienen también que enseñar aquello que viven y predicar lo que llevan en su interior. Al final de este “sermón de la llanura” descubrimos que la revolución que suponen las bienaventuranzas sólo es posible si se lleva a cabo el cambio del interior del ser humano confirmándolo con un compromiso externo palpable y verificable. Sólo con un corazón bueno y liberado el discípulo podrá dar frutos de bondad y de liberación; sólo así podrá anunciar de modo creíble la Buena Noticia.

ACTUALIZAMOS

Jesús hoy es muy claro y muy duro con sus discípulos; y la lectura de este pasaje evangélico a nosotros no nos puede dejar impasibles. No basta con leer o escuchar el evangelio. Es necesario actualizarlo y hacer que fructifique en nuestras vidas.

  1. Este evangelio nos da un toque de atención para que revisemos nuestra vida:

    ¿Qué actitudes concretas nos invita a revisar?

    ¿Cómo debe cambiar nuestro modo de actuar?

  1. Jesús nos invita a ser personas honestas, con criterios sólidos:

    ¿Cuáles son los frutos que produce o debería producir en mí la vivencia de la fe?

  1. Jesús invita a vivir desde la profundidad, desde la coherencia:

    ¿Cómo te anima el pasaje de hoy a seguir viviendo desde estas actitudes humanas y cristianas?

El discípulo ha de aprender del Maestro poniéndose a sus pies, escuchándole con atención, pasando con él largos ratos de conversación. Eso es lo que nosotros, discípulos de Jesús, hacemos en la oración: dialogar amorosamente con el único Maestro.

LECTIO DIVINA – CICLO C – CUARESMA DOMINGO I

Lectura del libro del Deuteronomio 26, 4-10

Moisés habló al pueblo, diciendo:

«El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias de todos los frutos y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios.

Entonces tomarás la palabra y dirás ante el Señor, tu Dios:

“Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí como emigrante, con pocas personas, pero allí se convirtió en un pueblo grande, fuerte y numeroso.

Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestros gritos, miró nuestra indefensión, nuestra angustia y nuestra opresión.

El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y prodigios, y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado”.

Los pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios».

Salmo 90, 1-2. 10-11. 12-13. 14-15

R./ Quédate conmigo, Señor, en la tribulación.

Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en ti». R./

No se acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda,
porque a sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos. R./

Te llevarán en sus palmas,
para que tu pie no tropiece en la piedra;
caminarás sobre áspides y víboras,
pisotearás leones y dragones. R./

«Se puso junto a mí: lo libraré;
lo protegeré porque conoce mi nombre;
me invocará y lo escucharé.
Con él estaré en la tribulación,
lo defenderé, lo glorificaré. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 10, 8-13

Hermanos:

¿Qué dice la Escritura?

«La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón».

Se refiere a la palabra de la fe que anunciamos. Porque, si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación.

Pues dice la Escritura:

«Nadie que crea en él quedará confundido».

En efecto, no hay distinción entre judío y griego, porque uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan, pues «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo».

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 4, 1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo. En todos aquellos días estuvo sin comer y, al final, sintió hambre.

Entonces el diablo le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan».

Jesús le contestó:

«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre”».

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo:

«Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo».

Respondiendo Jesús, le dijo:

«Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece contra ninguna piedra”».

Respondiendo Jesús, le dijo:

«Está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

COMENTARIO

Iniciamos este domingo la Cuaresma, tiempo de prueba y esfuerzo en el camino de maduración hacia la Pascua, tiempo de gracia para experimentar al Dios liberador en la vida. De esto nos habla el libro del Deuteronomio, que, cuando se refiere a la ofrenda de las primicias, recuerda inmediatamente la historia del éxodo y la liberación de Israel de la esclavitud. Como el salmista, también los judíos experimentaron en Egipto la compañía de Dios en la prueba. Pablo habla a los cristianos de Roma de la fe en Jesús, el Señor, que salva y libera de todos los demás “señores” que dividen y esclavizan. Y es que Jesús también fue capaz de superar la prueba gracias a la fuerza del Espíritu y de mantenerse libre ante otros “señores”.

El evangelio que leemos en este primer domingo de Cuaresma nos propone, como cada año, contemplar la escena de las tentaciones de Jesús en el desierto. En ellas se simbolizan no sólo las amenazas que acecharon su camino, sino también las que amenazan a todo cristiano tras el bautismo. En este ciclo litúrgico seguiremos el relato de Lucas que nos presenta cómo Jesús, lleno del Espíritu, vence al tentador.

COMPRENDER EL TEXTO

La escena de las tentaciones de Jesús en el desierto introduce su ministerio público. Lo entendemos mucho mejor si tenemos presentes los dos episodios que lo preceden: bautismo de Jesús (Lc 3,21-22) y su genealogía (Lc 3,23-38). Estos episodios subrayan dos afirmaciones que vuelven a ocupar un lugar central en el pasaje de este domingo: la condición de Jesús como Hijo de Dios y la presencia en él del Espíritu Santo.

Cada una de estas expresiones aparece dos veces a lo largo del relato. El Espíritu es protagonista de la vida de Jesús, es la fuerza que lo llena y el impulso que lo lleva al desierto. Y esto desde el principio, pues ya su concepción es precisamente obra del Espíritu, como afirma el “evangelio de la infancia” (Lc 1-2). Además, es también durante su bautismo cuando la voz del cielo revela su condición de Hijo de Dios. Y es justamente esta condición la que es puesta a prueba por el diablo: “Si eres Hijo de Dios…”.

Las tentaciones del relato evangélico quieren hacer cambiar de rumbo la misión de Jesús como Hijo. La primera de ellas lo invita a que se aproveche de su poder para transformar las piedras en pan, es decir, para salir victorioso de las dificultades materiales. Pero la vida supera con creces lo material. La segunda le propone que reconozca como dueño y señor a alguien que no es su Padre. Y él la supera confesando que no hay más Señor que Dios y sólo a él servirá. Y la tercera le impulsa a manifestar su pretendida condición divina de forma ostentosa. Pero él rechaza la pretensión de exigir a Dios una intervención prodigiosa que ratifique su condición de Hijo de Dios.

Este relato, situado al inicio del ministerio público de Jesús, condensa de modo ejemplar algo que no se produjo sólo en un momento de la existencia de Jesús, sino que acompañó toda su vida y su misión: la tentación de manifestarse de modo llamativo como Mesías e Hijo de Dios. Lucas sitúa al inicio de la misión de Jesús algo que lo acompañará hasta el final de la misma; así lo insinúa el v. 13 “el demonio se marchó hasta otra ocasión”. La tentación siempre esperará el momento para apartar a Jesús de su camino.

La tentación sitúa a Jesús ante la opción de elegir entre el proyecto del Padre y el proyecto que le presenta el diablo, Satanás, dos proyectos basados en valores totalmente opuestos. Pero aquí Jesús no cede ante la seducción, sino que elige sin dudar el proyecto del Padre, a diferencia de lo que hizo Israel a lo largo de su historia, tal y como lo constatamos al leer las escrituras. Por tres veces, Jesús cita el Deuteronomio (Dt 8,3; 6,13.16) para recordar otros tantos momentos de la historia del éxodo en los que el pueblo de Dios fue puesto a prueba y falló. Donde éste fracasó, Jesús se muestra fiel como Hijo: no usa sus poderes en provecho propio, no reconoce como dueño y señor a alguien distinto de su Padre, y no se presenta ante los demás con ostentación.

El orden de los escenarios donde tienen lugar las diversas tentaciones es diferente al de Mateo (Mt 4,1-10). El evangelista Lucas, después de conducir a Jesús al desierto y hacerlo subir a la montaña elevada, finaliza las tentaciones en el templo de Jerusalén. Para él, esta ciudad es más que un punto geográfico en el mapa y queda revestida en su obra de un hondo valor teológico. Es el lugar donde ha de cumplirse el destino del Mesías: su pasión, muerte, resurrección y exaltación; y es también el centro de irradiación de la Buena Noticia, que alcanzará hasta los confines de la tierra. También nosotros tenemos que subir con Jesús a Jerusalén en esta Cuaresma y luego anunciar todo lo que experimentamos allí.

ACTUALIZAMOS

Nosotros, los bautizados, tenemos que enfrentarnos a la tentación al igual que Jesús. Pero, como él, también contamos con la fuerza del Espíritu y la luz de la Palabra de Dios. Éstas nos ayudan a superar todos los obstáculos que se nos presentan en nuestro camino de hijos de Dios, llamados a hacer la voluntad del Padre.

  1. “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán”:

¿Creo que, como Jesús, yo también soy hijo de Dios y puedo vencer la tentación?

¿Cómo nos podemos ayudar unos a otros?

  1. “El Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto”:

¿Cuáles son mis desiertos y qué tentaciones siento en ellos?

¿Cómo te ayuda el Espíritu y la Palabra a superar las tentaciones?

  1. Jesús es capaz de vencer la tentación con la fuerza de Dios:

¿Cómo me siento animado por la certeza de que es posible ser fiel a la voluntad de Dios a pesar de los momentos de prueba?