LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XXII

Lectura del libro del Deuteronomio 4, 1-2. 6-8

Moisés habló al pueblo, diciendo:

«Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar.

No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada; observaréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy.

Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán:

“Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación”.

Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?

Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?».

Salmo 14, 2-3a. 3bc-4ab. 5

R./ Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua. R./

El que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino.
El que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor. R./

El que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.
El que así obra nunca fallará. R./

Lectura de la carta del apóstol Santiago 1, 16b-18. 21b-22. 27

Mis queridos hermanos:

Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces, en el cual no hay ni alteración ni sombra de mutación.

Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como una primicia de sus criaturas.

Acoged con docilidad esa palabra, que ha sido injertada en vosotros y es capaz de salvar vuestras vidas.

Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos.

La religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios Padre es esta: atender a huérfanos y viudas en su aflicción y mantenerse incontaminado del mundo.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).

Y los fariseos y los escribas le preguntaron:

«¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?».

Él les contestó:

«Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito:

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.

Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».

Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo:

«Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre.

Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

COMENTARIO

Este domingo reanudamos la lectura del Evangelio de Marcos. En el pasaje de hoy (Mc 7,1-8.14-15.21-23), Jesús aborda un tema importante para todos nosotros, los creyentes, la autenticidad de nuestra obediencia a la Palabra de Dios, contra toda contaminación mundana o formalismo legalista. La historia comienza con la objeción que los escribas y los fariseos plantean a Jesús, acusando a sus discípulos de no seguir los preceptos rituales según las tradiciones. De esta manera, los interlocutores intentan socavar la confiabilidad y la autoridad de Jesús como Maestro porque decían: «Pero este maestro deja que los discípulos no cumplan los preceptos de la tradición». Pero Jesús replica con fuerza y replica diciendo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de los hombres”» (versículos 6-7). Así dice Jesús. ¡Palabras claras y fuertes! Hipócrita es, por así decirlo, uno de los adjetivos más fuertes que usa Jesús en el Evangelio y lo pronuncia dirigiéndose a los maestros de la religión: doctores de la ley, escribas… «Hipócrita», dice Jesús.

De hecho, Jesús quiere sacudir a los escribas y los fariseos del error en el que han caído, y ¿cuál es este error? El de alterar la voluntad de Dios, descuidando sus mandamientos para observar las tradiciones humanas. La reacción de Jesús es severa porque está en juego algo muy grande: se trata de la verdad de la relación entre el hombre y Dios, de la autenticidad de la vida religiosa. El hipócrita es un mentiroso, no es auténtico.

También hoy el Señor nos invita a huir del peligro de dar más importancia a la forma que a la sustancia. Se nos llama a reconocer, una y otra vez, lo que es el verdadero centro de la experiencia de la fe, es decir, el amor de Dios y el amor al prójimo, purificándola de la hipocresía del legalismo y el ritualismo.

El mensaje del Evangelio de hoy está reforzado por la voz del apóstol Santiago que nos dice, en síntesis, cómo debe ser la verdadera religión, y dice así: La verdadera religión es «visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo» (v. 27).

«Visitar a los huérfanos y a las viudas» significa practicar la caridad hacia los demás, comenzando por los más necesitados, los más frágiles, los más marginales. Son las personas de las que Dios cuida de una forma especial y nos pide que hagamos lo mismo.

«No dejarse contaminar por este mundo» no significa aislarse y cerrarse a la realidad. No. Tampoco aquí se trata de una actitud exterior, sino interior, de sustancia: significa vigilar para que nuestra forma de pensar y actuar no esté contaminada por la mentalidad mundana, es decir, por la vanidad, la avaricia, la soberbia. En realidad, un hombre o una mujer que vive en la vanidad, en la avaricia, en la soberbia y al mismo tiempo cree y se muestra como religioso y llega incluso a condenar a los demás, es un hipócrita. (Papa Francisco, 02-09-2018)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

Libro del Deuteronomio 4, 1-2. 6-8. Exhortación de Moisés. La expresión: y ahora, Israel… con que se abre Dt 4 tiene la función de enlazar esta sección con la precedente, de mostrar que el compromiso que ahora se le pide a Israel se apoya en los acontecimientos históricos anteriormente expuestos. […]

Las fórmulas de Dt 4,1, referentes a la observancia de la ley y a la posesión y disfrute de la tierra, se corresponden con las del último versículo de esta sección (véase Dt 4,40). Ambos temas, el de la ley y el de la tierra, son centrales en la teología del Deuteronomio, si bien se matizan de distinta forma en unos textos y en otros. En las secciones más tardías, entre las que se cuenta justamente este capítulo, la conquista de la tierra aparece condicionada a la observancia de la ley.

Carta del apóstol Santiago 1, 16b-18. 21b-22. 27

Dios es dador sólo de bienes, no de males, es generador de vida, no de muerte […].

A partir de Sant 1,18 la palabra es protagonista. La palabra creadora y salvadora de Dios transforma al hombre convirtiéndolo en primicia de las criaturas. La escucha activa de esta palabra de Dios revela al hombre su identidad más profunda y constituye el camino de la auténtica felicidad. La exhortación de Santiago exige dos actitudes básicas también en nuestro tiempo: la disponibilidad para escuchar y acoger la palabra; sobre todo, la palabra de la salvación injertada en nosotros; y la audacia para ponerla en práctica. Esta palabra se identifica con la ley perfecta, la libertad (Sant 1,25), es el mensaje del evangelio por el que los bautizados han nacido a una vida nueva.

En medio de la sobreabundancia de palabras de nuestra sociedad esta carta actualiza un nuevo valor: la escucha; y frente a la superficialidad pasajera de tanta palabrería la propuesta de tomarnos muy en serio la palabra salvífica. Poner en práctica esta palabra implica, por tanto, la ruptura con todo tipo de ambición, de ira o de maldad y requiere la integridad de una conducta que corresponda a la identidad de hijos de Dios (Sant 1,18).

[…]

Frente a una religiosidad inoperante y muerta, Santiago describe la religión auténtica según Dios Padre: atender a los marginados e indefensos, de los cuales eran prototipo desde el Antiguo Testamento los huérfanos y las viudas (véase Eclo 4,10). El culto realmente agradable a Dios es el amor al prójimo. La distancia respecto al mundo no debe entenderse como una huida del mundo porque éste sea malo en sí mismo, sino en cuanto éste se encuentra regido por la ambición, la riqueza, las apariencias, valores opuestos a la palabra de la verdad, en la que los cristianos han sido engendrados para una vida nueva.

Evangelio según san Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23. Reuniéndose de nuevo la gente en torno a él, se abre el segundo ciclo de la “sección de los panes” (Mc 7,1-37). El milagro de la multiplicación ha inundado el aire con la fragancia del pan. La llegada de los maestros de la ley y los fariseos trae, sin embargo, el hedor del legalismo más mezquino. Parece como si las manos de Jesús, de los discípulos y de las cinco mil personas saciadas olieran todavía a pan, mientras que las de los maestros de la ley y los fariseos, debidamente lavadas y purificadas, despidieran un olor nauseabundo. Sin coraje para enfrentarse directamente con Jesús o con la gente, escogen a los discípulos como blanco de sus críticas. ¿Por qué no siguen la tradición de los antepasados? Jesús pasa decididamente al contraataque.

Argumentando desde la Escritura (Mc 7,6-8) y desde la praxis (Mc 7,9-13), Jesús pone de manifiesto la hipocresía de la observancia legalista judía y concluye con una instrucción a la muchedumbre mediante unas palabras que constituyen una de las sentencias morales más importantes de toda la historia de la humanidad (Mc 7,15). Ella establece el principio decisivo de la auténtica moralidad, una moralidad anclada no en una piedad meramente externa y ritualista, sino en el corazón y en la decisión consciente del hombre.

ACTUALIZAMOS

  1. “Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos”

¿Escuchas la Palabra de Dios, meditas y haces oración?

¿La pones en práctica para hacer su voluntad?

  1. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.”

¿Eres coherente con las palabras que dices y con las obras y actos que realizas?

¿Procuras vivir en autenticidad, siendo sincero ante Dios y contigo mismo, y verdadero en la relación con los demás?

¿Te quedas en la exterioridad de lo religioso o buscas llegar a lo esencial en la relación con Dios y en lo que te pide?

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XXII

Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; has sido más fuerte que yo y me has podido.

He sido a diario el hazmerreír, todo el mundo se burlaba de mí.

Cuando hablo, tengo que gritar, proclamar violencia y destrucción.

La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario.

Pensé en olvidarme del asunto y dije:

«No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos.

Yo intentaba sofocarlo, y no podía.

Salmo 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9

R./ Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R./

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R./

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos. R./

Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 12, 1-2

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual.

Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a sus discípulos:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

COMENTARIO

El compromiso de «tomar la cruz» se convierte en participación con Cristo en la salvación del mundo. Pensando en esto, hagamos que la cruz colgada en la pared de casa, o esa pequeña que llevamos al cuello, sea signo de nuestro deseo de unirnos a Cristo en el servir con amor a los hermanos, especialmente a los más pequeños y frágiles. La cruz es signo santo del Amor de Dios, es signo del Sacrificio de Jesús, y no debe ser reducida a objeto supersticioso o joya ornamental. (Papa Francisco 30-08-2020).

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

En el libro de Jeremías, Jer 20,7-9 es una queja dirigida a Dios. La secuencia «seducir-violentar-poder» expresa una acción de fuerza, a base de engaño, similar a la que se cuenta de los enemigos de Jeremías (Jr 20,10). [….] El profeta se queja de tener que predicar lo que no le gusta, de ser por ello objeto de burla y de no poder dejar de hablar. La misión profética es connatural a su personalidad.

En la lectura de san Pablo a los Romanos los dos primeros versículos de este pasaje se presentan como puente entre lo que precede y lo que sigue. Por una parte se subraya la relación con la enseñanza de los capítulos anteriores, por otra se resume el contenido de los siguientes. Los imperativos comienzan a sustituir a los indicativos. Pablo se dirige a los romanos con autoridad: no sólo como hermano, sino también como apóstol. Exhorta, ruega, anima. En primer lugar invita a mantener una distancia crítica con respecto al mundo. El adjetivo utilizado por el texto griego en Rom 12,1 para referirse al culto, ha sido diversamente traducido: culto espiritual, culto razonable. En realidad es un adjetivo que ha sido empleado con frecuencia por autores tanto judíos como griegos para designar el verdadero culto, el culto que compromete al hombre entero en oposición a un culto meramente exterior y formalista. Esto no significa la eliminación del culto corporal. Al contrario, lo supone; pero sólo será legítimo si está penetrado por el Espíritu. Por lo demás, Pablo pide un cambio de corazones, una profunda renovación interior para poder distinguir cuál es la voluntad de Dios. Eso significa que la voluntad de Dios no siempre es algo obvio; con frecuencia estará escondida en los complicados pliegues de la existencia cotidiana y tendremos que descubrirla a base de un esfuerzo inteligente, desinteresado y fiel.

Lectura del Evangelio según san Mateo. 16,21-23. Primer anuncio de la pasión. El reconocimiento de Jesús como Mesías e Hijo de Dios y la convocación de la Iglesia en torno a Pedro (Mt 16,13-20) crean el ámbito para que Jesús comience a manifestar a sus discípulos con claridad que su camino hacia la resurrección pasa por el sufrimiento y la muerte. La actitud de oposición a Jesús no es nueva en el evangelio, pero ahora el planteamiento es más sistemático, de modo que este primer anuncio de su pasión y los dos que le siguen más adelante apuntan ya hacia el final del evangelio, donde la pasión y muerte de Jesús se narran con detalle.

La reacción de Pedro (Mt 16,22-23) muestra que su comprensión del misterio de Jesús es aún imperfecta, a pesar de su confesión de fe en Jesús como Hijo de Dios (Mt 16,16). Es cierto que Dios le ha concedido una revelación especial (Mt 16,17), pero todavía ve en Jesús a un Mesías glorioso, según las expectativas de su tiempo. Jesús rechaza su actitud, porque, al pedirle que abandone el camino de la cruz, Pedro se ha convertido en un obstáculo que le impide avanzar. Las palabras de Pedro, como las de Satanás, pretenden impedir que Jesús realice su vocación de Hijo obediente a la voluntad del Padre (Mt 4,1-11). Pedro es todavía un discípulo imperfecto.

La respuesta de Jesús a Pedro no es el rechazo, como interpretan muchos al traducir: apártate de mí, sino una invitación. Jesús le repite las palabras que le dirigió cuando le llamó para ser discípulo suyo (Mt 4,18-22): Ponte detrás de mí, es decir, vuelve a ocupar el puesto de discípulo, sígueme y camina por la senda que mis pasos van marcando. Pedro ha tenido la osadía de ponerse frente a Jesús para obstaculizar su camino, porque la cruz le resulta escandalosa (véase 1 Cor 1,22-23), y Jesús quiere hacerle ver que el lugar del discípulo no está frente a él, sino detrás de él, camino de la cruz.

16,24-27 Instrucciones sobre el discipulado. Esta instrucción sobre las actitudes propias del discípulo comienza con las mismas palabras que Jesús ha utilizado para provocar en Pedro un cambio de actitud: Si alguno quiere venir detrás de mí, pero esta vez se dirigen a todos los discípulos, para explicarles las exigencias del seguimiento.

La invitación a tomar la cruz y a negarse a sí mismo se encuentra en otro lugar del evangelio, referida a la oposición y la persecución que trae consigo el anuncio del evangelio. Aquí, sin embargo, esta misma exhortación aparece como una condición del seguimiento. Seguir a Jesús significa, ante todo, negarse a sí mismo y tomar la cruz, o lo que es lo mismo, perder la propia vida para encontrarla en plenitud. Tomar la cruz es una expresión que utilizaron mucho los primeros cristianos para expresar su unión con Jesús en su muerte y resurrección. Esto ha hecho pensar a algunos que dicha expresión ha sido inventada por las primeras comunidades cristianas. Sin embargo, parece bastante probable que el mismo Jesús se refiriera a la cruz como símbolo del sufrimiento que tienen que afrontar sus discípulos. Tal vez lo que hicieron los primeros cristianos fue dar a esta expresión un sentido más pleno, relacionándola con el misterio de la pascua de Jesús.

ACTUALIZAMOS

  1. «…que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.»

¿Intentas discernir cuál es la voluntad de Dios para ti?

  1. «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.»

¿Te pones detrás de Jesús para seguirle?

¿Aceptas la cruz que hay en tu vida?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XXI

Lectura del libro de Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b

En aquellos días, Josué reunió todas las tribus de Israel en Siquén y llamó a los ancianos de Israel, a los jefes, a los jueces y a los magistrados.

Y se presentaron ante Dios.

Josué dijo a todo el pueblo:

«Si os resulta duro servir al Señor, elegid hoy a quién queréis servir: si a los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis; que yo y mi casa serviremos al Señor».

El pueblo respondió:

«¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! Porque el Señor nuestro Dios es quien nos sacó, a nosotros y a nuestros padres, de Egipto, de la casa de la esclavitud; y quien hizo ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios y nos guardó en todo nuestro peregrinar y entre todos los pueblos por los que atravesamos.

También nosotros serviremos al Señor, ¡porque él es nuestro Dios!».

Salmo 33, 2-3. 16-17. 18-19. 20-21. 22-23

R./ Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R./

Los ojos del Señor miran a los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria. R./

Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. R./

Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor;
él cuida de todos sus huesos,
y ni uno solo se quebrará. R./

La maldad da muerte al malvado,
los que odian al justo serán castigados.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 21-32

Hermanos:

Sed sumisos unos a otros en el temor de Cristo: las mujeres, a sus maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.

Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.

Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.

«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne».

Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos de los discípulos de Jesús dijeron:

«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».

Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:

«¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen».

Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.

Y dijo:

«Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede».

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

Entonces Jesús les dijo a los Doce:

«¿También vosotros queréis marcharos?».

Simón Pedro le contestó:

«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

COMENTARIO

El Evangelio de la liturgia de hoy (Jn 6, 60-69) nos muestra la reacción de la multitud y de los discípulos al discurso de Jesús después del milagro de los panes. Jesús nos ha invitado a interpretar ese signo y a creer en Él, que es el verdadero pan bajado del cielo, el pan de vida; y ha revelado que el pan que Él dará es su carne y su sangre. Estas palabras suenan duras e incomprensibles a los oídos de la gente, tanto que, a partir de ese momento –dice el Evangelio–, muchos discípulos se vuelven atrás, es decir, dejan de seguir al Maestro (vv. 60.66).  Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». (v. 67), y Pedro, en nombre de todo el grupo, confirma la decisión de estar con Él: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69). Y es una hermosa confesión de fe.

Detengámonos brevemente en la actitud de quienes se retiran y deciden no seguir más a Jesús ¿De dónde surge esta incredulidad? ¿Cuál es el motivo de este rechazo?

Las palabras de Jesús suscitan un gran escándalo. Nos está diciendo que Dios ha elegido manifestarse y realizar la salvación en la debilidad de la carne humana. Es el misterio de la encarnación. La encarnación de Dios es lo que causa escándalo y lo que para esas personas, pero a menudo también para nosotros, representa un obstáculo. De hecho, Jesús afirma que el verdadero pan de salvación, el que transmite la vida eterna, es su propia carne; que para entrar en comunión con Dios, antes que observar las leyes o cumplir los preceptos religiosos, es necesario vivir una relación real y concreta con Él. Porque la salvación ha venido por Él, en su encarnación. Esto significa que no debemos buscar a Dios en sueños e imágenes de grandeza y poder, sino que debemos reconocerlo en la humanidad de Jesús y, por consiguiente, en la de los hermanos y hermanas que encontramos en el camino de la vida. Y cuando decimos esto, en el Credo, el día de Navidad, el día de la anunciación, nos arrodillamos para adorar este misterio de la encarnación. Dios se hizo carne y sangre: se rebajó a ser hombre como nosotros, se humilló hasta asumir nuestros sufrimientos y nuestro pecado, y, por tanto, nos pide que no lo busquemos fuera de la vida y de la historia, sino en la relación con Cristo y con los hermanos. Buscarlo en la vida, en la historia, en nuestra vida cotidiana. Y este, hermanos y hermanas, es el camino para el encuentro con Dios: la relación con Cristo y los hermanos. (Papa Francisco, 22-08-2021)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

Libro de Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b. Josué reúne a todas las tribus en Siquén, ante Dios, es decir, en el santuario. […]

Recordada la historia, saca la consecuencia para el presente y el futuro: Temed al Señor y servidle con fidelidad, lo que supone la retirada de los dioses a los que sirvieron los padres en Mesopotamia y en Egipto. Esto es más sorprendente todavía. Los padres habían servido a otros dioses no sólo en Mesopotamia; ¡también en Egipto!  Mas aún, puesto que habla de retirar esos dioses, es que hasta ese momento les seguían dando culto. […]

Josué busca un compromiso bien definido, que no admitía interpretaciones ni rebajas. Busca también un compromiso solemne, que se recuerde para siempre: hay que elegir entre servir al Señor, con todas las consecuencias, o servir a los dioses de Mesopotamia o a los dioses de los amorreos, también con todas las consecuencias. Y sin poder volverse atrás. Josué y su familia ya han optado por el Señor. La respuesta es la esperada: el compromiso de servir, no a ningún otro Dios, sino al Señor, porque él es nuestro Dios. No pueden ser infieles a quien ha hecho tanto por ellos.

Carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 21-32 Los esposos. La sección Ef 5,21-6.9 contiene una serie de consejos para cada uno de los componentes de la familia cristiana. Se extiende sobre todo en los deberes de los esposos, seguramente porque ve en su unión una figura de la unión de Cristo con la Iglesia, tema éste fundamental en la teología de la carta.

Ef 5,21 establece el principio que debe regular las relaciones entre los diversos miembros de la familia cristiana y que traducido literalmente sería “el temor de Cristo”. En el lenguaje bíblico la expresión “temor de Dios” tiene el sentido de respeto, veneración, honor, y en último término se aproxima no poco al concepto de amor. En nuestro caso concreto, el “temor de Cristo” evoca sin duda el amor que nos merece quien vivió entre los hombres como modelo de sumisión, de espíritu de sacrificio y de amor.

Ef 5,22-24 se refiere a los deberes de la mujer. Esta debe obedecer y respetar al marido (literalmente “estarle sumisa”) como hace la Iglesia con Cristo. […]

Algunas afirmaciones en relación con la mujer, y que a primera vista pueden parecer discriminatorias, han de entenderse en el contexto socio-cultural en que se escribe la carta. Su autor parte de la situación de su tiempo, en la que el hombre tenía el papel directivo y moderador y la mujer le estaba subordinada. “Lo nuevo que hay aquí es la perspectiva religiosa. A ambas partes se exhorta a vivir esa ordenación a partir de la fe. El marido debe entender su papel directivo como un camino para la salvación, según el modelo de Cristo; y la mujer debe prestar su obediencia como si fuera un servicio de sumisión hecho directamente a Cristo”. Es claro que hoy Pablo no se habría expresado en esos términos. El apóstol tenía muy clara la idea de la igualdad del hombre y de la mujer, de sus derechos y obligaciones (Gal 3,28). Pero su aplicación práctica en todas sus consecuencias y detalles no era fácil en aquella sociedad en la que se infravaloraba tanto a la mujer. Como ocurría también con la esclavitud, tuvo que pasar largo tiempo para que los principios llegasen a su plena efectividad práctica.

Ef 5,25-31 recoge los deberes de los maridos. Les propone como modelo del amor a sus mujeres el amor de Cristo a la Iglesia, que se entregó a sí mismo por ella a la muerte (Jn 15,13). Efecto de ese amor ha sido santificarla mediante el baño del agua. La expresión evoca la costumbre de los griegos de conducir al baño a la novia la víspera de la boda, pero el autor la relaciona con el bautismo, que lava los pecados. Como Cristo forma un cuerpo con la Iglesia; así el marido viene a formar una persona con su esposa. Por ello al amar a su mujer se ama a sí mismo. Y como Cristo cuida y alimenta a la Iglesia, como se muestra solícito por ella, así debe el marido conducirse con su mujer. Esa unión íntima que Dios ha puesto entre los cónyuges ha de ser la razón de su mutuo amor: una unión tan perfecta que vienen a ser los dos “una sola carne”; un amor tan grande que cada uno dejará a sus padres para formar juntos un nuevo hogar.

En Ef 5,31-33 Pablo descubre un sentido más profundo que en Gn 2,24: el matrimonio, la unión de los esposos, tal como Dios lo estableció al principio, constituye una prefiguración de la unión de Cristo con la Iglesia. Ahí radica el gran misterio. Y de esa perspectiva deriva el apóstol los deberes radicales del amor y la fidelidad que han de profesarse los esposos, en un perfecto cumplimiento del precepto del amor (Mc 12,31; Jn 13,34). “El hecho de que el matrimonio cristiano deba modelarse conforme al ideal de los desposorios de Cristo con la Iglesia, le da una dignidad y un significado que lo eleva al plano de lo sobrenatural, y está como pidiendo ser vehículo de gracia, como lo es la unión de Cristo con la Iglesia”. Hogar donde se viva auténticamente ese amor mutuo; donde en consecuencia, cada uno busca el bien y la felicidad del otro con el mismo interés con que busca la suya propia (Mc 12,31), incluso con más ilusión todavía que la propia (Jn 13,34); hogar donde se encuentra el secreto de la felicidad inmensa que Dios ha querido para el hombre y mujer unidos en matrimonio.

Evangelio según san Juan 6, 60-69.

La “dureza de las palabras” o la inadmisibilidad de la doctrina, sobre la que se pronuncian muchos de sus discípulos (Jn, 6,60), no se refiere a lo inmediatamente anterior, a lo afirmado sobre la eucaristía. Después de lo dicho sobre ella no podría afirmarse que la carne no sirve para nada (Jn 6,63). ¿No es precisamente la “comida de su carne” lo que concede al hombre la vida eterna? En toda esta pequeña sección no se hace referencia a la eucaristía, sino al misterio mismo de Jesús. La murmuración y deserción de judíos-discípulos se halla suscitada por la pretensión manifestada por Jesús de ser el Revelador (Jn 6, 41s). El autotestimonio de los que murmuran no deja lugar a duda. Decían: Este es Jesús, el hijo de José. Conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo se atreve a decir que ha bajado del cielo? (Jn 6,42). Quien acepta a Jesús como el Revelador, como el enviado del Padre, como el que ha venido de arriba, no tiene por qué escandalizarse por las palabras sobre la eucaristía. Quién no lo acepta así “también” las afirmaciones eucarísticas son duras, es decir, sencillamente inadmisibles.

Este mismo punto de vista se halla confirmado por las palabras de Jesús a propósito del escándalo mencionado o de la inadmisibilidad de la doctrina. ¿Os resulta difícil aceptar esto? ¿Qué ocurriría si vieseis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? (Jn 6,61-62). ¿Aumentaría el escándalo o disminuiría? La deducción inmediata parecería orientarnos en el sentido del aumento del escándalo. Creemos más probable que el escándalo desaparecería, porque supondría haber admitido el misterio de Jesús, que es el que vino de arriba, el enviado de Dios, no sólo el hijo de José, como ellos pensaban. El misterio de Jesús se expresa mediante la fórmula subir adonde estaba antes. Y esto es lo duro e inadmisible. Esto demuestra que la presente unidad literaria no era continuación del discurso sobre la eucaristía, sino que seguía al discurso sobre el pan de la vida, que terminaba en Jn 6,51, antes de comenzar el discurso eucarístico.

La manifestación de Pedro, en cuanto representante de los Doce, es la versión “joánica” de lo que conocemos como “la confesión de Cesarea de Filipo” (Mc 8,27-30 y paralelos). Pedro no confiesa a Jesús como el Mesías, ni como el Hijo del hombre o el Hijo de Dios; en este pasaje de Juan presenta a Jesús como el Santo de Dios. Es una designación singular y antiquísima que expresa la suprema dignidad de aquella persona a la que es atribuida. Literalmente se remonta al Antiguo Testamento: historias de Sansón (Jue 13); también se aplica a los sacerdotes y, en particular, a Aarón (Lv 21,6-7; Eclo 45,7). Son “santos de Dios o para Dios”. La expresión la pone el evangelista Marcos en boca de los posesos (Mc 1,24). En cualquier caso, no es un título corriente dado al Mesías. Juan lo considera como un importantísimo título profético-carismático. ¿Pretende poner de relieve la presencia del tres veces santo, del Dios santísimo, en Jesús? En tal sentido Jesús sería la encarnación y personificación de la santidad divina.

¿Es Jn 6 un capítulo eucarístico? Desde lo dicho hasta aquí la respuesta resulta fácil: lo estrictamente eucarístico es Jn 6,51b-58. Su colocación a continuación del discurso sobre el pan de la vida tiñe a éste de un aspecto eucarístico que, en realidad, no tiene. La insistencia en la fe ilumina algo que es fundamental: la eucaristía sin la fe no es nada; del mismo tinte eucarístico se halla teñido el relato de la multiplicación de los panes. En la mente del redactor final, esta ordenación de secuencias tenía la finalidad de presentar la eucaristía en un contexto eucarístico que originariamente no tuvo.

ACTUALIZAMOS

  1. «También nosotros serviremos al Señor, ¡porque él es nuestro Dios!».

Para ti, ¿Dios es tu Señor, lo sirves amando a los demás?

  1. «Las palabras que os he dicho son espíritu y vida.»

¿Identificas el espíritu y la vida en la Palabra de Dios? ¿Eres fiel a su escucha?

  1. «¿También vosotros queréis marcharos?»

Cuando no comprendes, cuando algo te resulta dificultoso, ¿tienes la tentación de abandonar a Jesús y su servicio?

  1. «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.»

¿Te sientes identificado con estas palabras de Pedro?

¿El Señor es tu refugio, tu esperanza, tu vida?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XX

Lectura del libro de los Proverbios 9, 1-6

La sabiduría se ha hecho una casa, ha labrado siete columnas; ha sacrificado víctimas, ha mezclado el vino y ha preparado la mesa.

Ha enviado a sus criados a anunciar en los puntos que dominan la ciudad:

«Vengan aquí los inexpertos»; y a los faltos de juicio les dice:

«Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia».

Salmo 33, 2-3. 10-11. 12-13. 14-15

R./ Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R./

Todos sus santos, temed al Señor,
porque nada les falta a los que lo temen;
los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor no carecen de nada. R./

Venid, hijos, escuchadme:
os instruiré en el temor del Señor.
¿Hay alguien que ame la vida
y desee días de prosperidad? R./

Guarda tu lengua del mal,
tus labios de la falsedad;
apártate del mal, obra el bien,
busca la paz y corre tras ella. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 15-20

Hermanos:

Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos.

Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere.

No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu.

Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor.

Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Disputaban los judíos entre sí:

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús les dijo:

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

COMENTARIO

El pasaje evangélico de este domingo (cf. Juan 6, 51-58) nos introduce en la segunda parte del discurso que hizo Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, después de haber dado de comer a una gran multitud con cinco panes y dos peces: la multiplicación de los panes. Él se presenta como «el pan vivo que ha bajado del cielo», el pan que da la vida eterna, y añade: «el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (v. 51). Este pasaje es decisivo, y de hecho provoca la reacción de los que están escuchando, que se ponen a discutir entre ellos: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (v. 52). Cuando el signo del pan compartido lleva a su verdadero significado, es decir, el don de sí hasta el sacrificio, emerge la incomprensión, emerge incluso el rechazo de Aquel que poco antes se quería llevar al triunfo. Recordemos que Jesús ha tenido que esconderse porque queríamos hacerlo rey.

Jesús prosigue: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (v. 53). Aquí junto a la carne aparece también la sangre. Carne y sangre en el lenguaje bíblico expresan la humanidad concreta. La gente y los mismos discípulos intuyen que Jesús les invita a entrar en comunión con Él, a «comer» a Él, su humanidad para compartir con Él el don de la vida para el mundo. ¡Mucho más que triunfos y espejismos exitosos! Es precisamente el sacrificio de Jesús lo que se dona a sí mismo por nosotros.

Este pan de vida, sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, viene a nosotros donado gratuitamente en la mesa de la eucaristía. En torno al altar encontramos lo que nos alimenta y nos sacia la sed espiritualmente hoy y para la eternidad. Cada vez que participamos en la santa misa, en un cierto sentido, anticipamos el cielo en la tierra, porque del alimento eucarístico, el Cuerpo y la Sangre de Jesús, aprendemos qué es la vida eterna. Esta es vivir por el Señor: «el que me coma vivirá por mí» (v. 57), dice el Señor. La eucaristía nos moldea para que no vivamos solo por nosotros mismos, sino por el Señor y por los hermanos. La felicidad y la eternidad de la vida dependen de nuestra capacidad de hacer fecundo el amor evangélico que recibimos en la eucaristía. (Papa Francisco, 19-08-2018)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

Libro de los Proverbios 9, 1-6 Nueva invitación de la sabiduría. Hasta ahora sólo teníamos noticias de la casa de la «extraña»; Doña Sabiduría había adelantado sin más que habitaba con la prudencia (Prov 8,12). Ahora presenta oficialmente su casa e invita a los inexpertos a entrar en ella. […] Las siete columnas (Prov 9,1) reflejan más la estructura de un «temenos» (recinto sagrado) griego que la de una casa (algunos autores piensan en el «mundo habitable»). En tal caso, se trataría de un banquete sagrado, no de una invitación doméstica. […] Tomando como base Eclo 51,23, me inclino a pensar que la casa de Doña Sabiduría no pretende ser sino la escuela regentada por los sabios israelitas, y que, en el poema, éstos son sus devotos siervos. […] Por otra parte, el pan y el vino mezclado pueden estar descontextualizados y referirse a una «nutrición sapiencial». El libro de los Proverbios, nacido como tal libro en el ámbito de los sabios, pretende ser un manual de disciplina, un vehículo de sabiduría.

Carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 15-20 Normas concretas de conducta. El que ha sido iluminado por Cristo posee la verdadera sabiduría (1 Cor 1,18-31). Con ella ha de tratar de descubrir en cada momento cuál es la voluntad de Dios y estar dispuesto a seguirla. Frente al vino, que conducía al libertinaje y orgías sagradas (y de los que no se veían del todo libres los mismos cristianos: 1 Cor 11,20-22), Pablo recomienda a los creyentes que en las asambleas litúrgicas practiquen un culto digno de Dios. Para ello les exhorta a que entonen cánticos de alabanza al Señor. Y sobre todo a que den gracias a Dios, íntimamente unidos a Cristo, por tantos beneficios recibidos.

Evangelio según san Juan 6, 51-58 Discurso eucarístico. El presente discurso no procede de la sinagoga de Cafarnaún -no se podía hablar de este modo de la eucaristía antes de su institución, pues nadie entendería nada- sino de la última cena. Fue traspasado aquí por la pluma del evangelista, como continuación del discurso sobre el pan de la vida. El discurso del pan de la vida se convierte en la preparación adecuada del discurso eucarístico. El lugar que debía ocupar, que era la última cena (Jn 13), lo eligió el evangelista para narrar el lavatorio de los pies. Sin embargo no se atrevió a omitir un relato tan importante. Entonces recurrió al sistema de trasladarlo a otro lugar. Y sin duda alguna que éste era el más indicado, por razón de la semejanza en la materia: pan material, pan bajado del cielo, pan eucarístico. El traslado está bien justificado. Cuando se hizo dicho traspaso Jn 6,59, que seguía inmediatamente a Jn 6,51a, fue desplazado adonde ahora está. Así nos da la impresión que todo, incluso el discurso eucarístico, fue pronunciado en la sinagoga de Cafarnaún.

Frente al carácter metafórico del discurso sobre el pan de la vida -Jesús como el pan dado por el Padre, bajado del cielo, del que hay que comer mediante la fe- destaca el realismo sacramental de esta unidad literaria estrictamente eucarística: es necesario comer y beber la carne y la sangre del Hijo del hombre. Al expresarse de este modo, el evangelista trata de dar respuesta al interrogante sobre cómo puede éste darnos a comer su carne. Un interrogante que supone una comprensión inadecuada de la cena del Señor. Incluso hay que contar con una polémica en contra de su celebración. ¿Procedía de las discusiones con los judíos, con los judeo-cristianos o con otras tendencias o grupos dentro de la Iglesia? Ignacio de Antioquía afirma: “no confiesan que la eucaristía es la carne del Señor”. Frente a ellos se pone de relieve la necesidad de tomar parte en la eucaristía para participar en la vida.

El evangelista insiste en presentar la carne y la sangre como verdadera comida y bebida. De este modo salía al paso de otra concepción errónea dentro del cristianismo primitivo: la corriente o tendencia gnóstico-doceta. Frente a una concepción que consideraría la eucaristía, a lo sumo, como mero símbolo, el texto subraya que se trata de una verdadera comida, de una comida real, en la que se participa de la carne y de la sangre de Cristo.

Los efectos de la eucaristía se expresan mediante la fórmula de la permanencia mutua: el que come… permanece en mí y yo en él. Esta permanencia designa la vida cristiana como tal: el discipulado cristiano se define por la permanencia en la unión con Cristo (Jn 15,4-7).

La concepción joánica de la eucaristía pone de relieve los aspectos siguientes:

Su consideración y valoración dentro del acontecimiento salvífico en su conjunto, es decir, en estrecha relación con la misión del Hijo de Dios desde la encarnación a la cruz-exaltación. Los dones sacramentales (el pan y el vino) son medio para lograr la unión con Cristo. Esta unión es eficaz y se realiza cuando se cumple la exigencia única y decisiva impuesta al hombre, que es la fe en el Revelador, enviado por Dios y portador de la salvación.

Su enfoque cristológico-soteriológico: aparece Jesús mismo como sujeto de la acción que se desarrolla en la cena; su mismo ser, toda la realidad implicada en la figura del Hijo del hombre, muerto y resucitado, se hacen presentes en la celebración de la eucaristía.

El efecto principal de la eucaristía, la unión personal con Cristo, se expresa mediante la mutua permanencia: El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él (Jn 6,56).

La palabra “carne”, sarks, es la misma que utiliza el cuarto evangelio para designar la encarnación: el logos-palabra se hizo carne (Jn 1,14); es necesario comer la carne. La eucaristía es la prolongación de la encarnación y de sus efectos.

ACTUALIZAMOS

  1. “Dejaos llenar del Espíritu.”

¿Invocas al Espíritu Santo para que te ilumine y te ayude?

  1. “Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.”

¿Eres agradecido con Dios y con los demás?

  1. “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

¿Cómo vives la Eucaristía, te une a Jesús?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XIX

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 4-8

En aquellos días, Elías anduvo por el desierto una jornada de camino, hasta que, sentándose bajo una retama, imploró la muerte diciendo:

«¡Ya es demasiado, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!».

Se recostó y quedó dormido bajo la retama, pero un ángel lo tocó y le dijo:

«Levántate, come».

Miró alrededor y a su cabecera había una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y volvió a recostarse. El ángel del Señor volvió por segunda vez, lo toco y de nuevo dijo:

«Levántate y come, pues el camino que te queda es muy largo».

Elías se levantó, comió, bebió y, con la fuerza de aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9

R./ Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R./

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R./

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R./

El ángel del Señor acampa
en torno a quienes lo temen y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2

Hermanos:

No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final.

Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.

Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 41-51

En aquel tiempo, los judíos murmuraban de Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían:

«¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»

Jesús tomó la palabra y les dijo:

«No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado.

Y yo lo resucitaré en el último día.

Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios».

Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.

No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

COMENTARIO

Nos sorprende, y nos hace reflexionar esta palabra del Señor: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre”, “el que cree en mí, tiene la vida eterna”. Nos hace reflexionar. Esta palabra introduce en la dinámica de la fe, que es una relación: la relación entre la persona humana, todos nosotros, y la persona de Jesús, donde el Padre juega un papel decisivo, y naturalmente, también el Espíritu Santo, que está implícito aquí. No basta encontrar a Jesús para creer en Él, no basta leer la Biblia, el Evangelio, eso es importante ¿eh?, pero no basta. No basta ni siquiera asistir a un milagro, como el de la multiplicación de los panes. Muchas personas estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron, es más, también lo despreciaron y condenaron. Y yo me pregunto: ¿por qué, esto? ¿No fueron atraídos por el Padre? No, esto sucedió porque su corazón estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Y si tú tienes el corazón cerrado, la fe no entra. Dios Padre siempre nos atrae hacia Jesús. Somos nosotros quienes abrimos nuestro corazón o lo cerramos.

En cambio la fe, que es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a Él” con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios; entonces reconocemos en su rostro el rostro de Dios y en sus palabras la palabra de Dios, porque el Espíritu Santo nos ha hecho entrar en la relación de amor y de vida que hay entre Jesús y Dios Padre. Y ahí nosotros recibimos el don, el regalo de la fe.

Entonces, con esta actitud de fe, podemos comprender el sentido del “Pan de la vida” que Jesús nos dona, y que Él expresa así: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6,51). En Jesús, en su “carne” –es decir, en su concreta humanidad– está presente todo el amor de Dios, que es el Espíritu Santo. Quien se deja atraer por este amor va hacia Jesús, y va con fe, y recibe de Él la vida, la vida eterna. (Papa Francisco, 09-08-2015)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 4-8. La imagen del profeta tocando los límites de la existencia resulta entrañable y conmovedora, sobre todo a nivel humano (un interesante paralelo en Jon 4,3).

No menos conmovedores son los cuidados de Dios hacia el profeta, brindándole comida y aliento por medio de un ángel en una doble escena que nos recuerda la del torrente Querit (1 Re 19,5-9). Ya en el desierto, la huida de Elías se convierte en peregrinación hacia el Horeb, la montaña de Dios. La mención de los cuarenta días y cuarenta noches alude a la estancia de Moisés en la montaña santa y a la larga peregrinación del pueblo durante cuarenta años por el desierto. Elías parece desandar el camino del pueblo en busca de los orígenes de la fe.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4,30-5, 2. El cristiano ha de evitar con todo esmero entristecer al Espíritu Santo, que ha establecido en él su morada y le distingue como propiedad divina (1 Cor 3,16; Ef 3,14). En fin, el cristiano tiene que evitar  cualquier actitud que se oponga al amor, que ha de ser el distintivo del discípulo de Cristo. Y ha de practicar la compasión y el perdón, a imitación de Cristo que perdonó incluso a los que le crucificaban (Lc 23,34).

[…]

En medio de las exhortaciones una importante fundamentación teológica: sed imitadores de Dios (Ef 5,1), que evoca el sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48). Dios Padre es el modelo que han de imitar los cristianos pues son sus hijos muy queridos. Y tal imitación ha de tener como campo principal la caridad, en la que Cristo nos ha enseñado que consiste la perfección cristiana (Mc 12,28ss). Él nos dio el más impresionante ejemplo de amor ofreciéndose en sacrificio por nosotros en la cruz. Por ello también nosotros tenemos que estar dispuestos a poner la vida por nuestros hermanos (1 Jn 3,16).

Evangelio según san Juan 6, 41-51. Ante su incredulidad, justificada porque conocen el origen humano de Jesús, nueva exigencia de fe en él en cuanto el único pan de vida (Jn 6,40-51.59). La gente pide la demostración de que se halla presente aquello que se esperaba para cuando llegase el Mesías. Según las esperanzas judías, el Mesías debía renovar los milagros realizados por Moisés, el maná sería el alimento permanente. Pero esta demostración equivaldría a negar la verdadera fe, ya que ésta exige aceptar a Jesús como el verdadero maná: yo soy el pan de vida.

En esta autopresentación, Jesús se manifiesta como la respuesta a las necesidades y esperanzas del hombre. Para que sea así, la única condición que se impone al hombre es la fe. Lo manifiestan las mismas palabras de Jesús expuestas en claro paralelismo en Jn 6,35b: El creer o ir a él es gracia concedida por el Padre (Jn 6,37.39; 17,2.7.24) y al mismo tiempo quehacer humano (Jn 3,19-21; 7,17). Estamos ante un excelente resumen de la historia de la salvación. Destaca la iniciativa de Dios, que se realiza en su Hijo y que se hace eficaz gracias a la fe.

Por primera vez utiliza el evangelista el célebre yo soy, que es una fórmula de revelación y pone de relieve lo que es Jesús para el hombre. La aceptación del yo soy nos introduce en el terreno de la revelación, de la fe y de la vida.

La frase yo le resucitaré en el último día aparece en este evangelio a modo de estribillo. Se trata de una adición que pretende armonizar la concepción de Juan sobre la llegada de la salvación con la visión más futurista de los sinópticos. Los lugares en que es utilizada (Jn 6,39-40.44.54; 12,48) demuestran que se trata de algo añadido. Las frases en cuyo contexto aparecen tienen pleno sentido aunque se omita dicho estribillo.

ACTUALIZAMOS

  1. «Levántate y come, pues el camino que te queda es muy largo».

¿Cómo alimentas tu vida espiritual para recorrer el camino de la vida?

  1. «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.»

¿Qué dicen estas palabras a tu vida?

  1. «No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado».

¿Criticas, juzgas a los demás?

¿Abres tu corazón a la acción de Dios?

  1. «El que coma de este pan vivirá para siempre».

¿Cómo te alimentas del pan que es Jesús: en su palabra, en los sacramentos, en la vida de la Iglesia, en los hermanos…?

¿Tienes fe en que él te da la vida eterna?

  1. «Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Jesús se nos ha dado para darnos vida. ¿Te entregas, te das para dar vida a los demás?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XVIII

Lectura del libro del Éxodo 16, 2-4. 12-15

En aquellos días, la comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:

«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda la comunidad».

El Señor dijo a Moisés:

«Mira, haré llover pan del cielo para vosotros: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba, a ver si guarda mi instrucción o no.

He oído las murmuraciones de los hijos de Israel. Diles: «Al atardecer comeréis carne, por la mañana os hartaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor Dios vuestro»».

Por la tarde una bandada de codornices cubrió todo el campamento; y por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, como escamas, parecido a la escarcha sobre la tierra. Al verlo, los hijos de Israel se dijeron:

«¿Qué es esto?».

Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo:

«Es el pan que el Señor os da de comer».

Salmo 77, 3 y 4bc. 23-24. 25 y 54

R./ El Señor les dio pan del cielo.

Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
lo contaremos a la futura generación:
las alabanzas del Señor, su poder. R./

Pero dio orden a las altas nubes,
abrió las compuertas del cielo:
hizo llover sobre ellos maná,
les dio pan del cielo. R./

El hombre comió pan de ángeles,
les mandó provisiones hasta la hartura.
Los hizo entrar por las santas fronteras,
hasta el monte que su diestra había adquirido. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 17. 20-24

Hermanos:

Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya, como es el caso de los gentiles, en la vaciedad de sus ideas.

Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que lo habéis oído a él y habéis sido adoctrinados en él, conforme a la verdad que hay en Jesús. Despojados del hombre viejo y de su anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras; renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 24-35

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:

«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».

Jesús les contestó:

«En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».

Ellos le preguntaron:

«Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».

Respondió Jesús:

«La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado»

Le replicaron:

«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».

Jesús les replicó:

«En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».

Entonces le dijeron:

«Señor, danos siempre de este pan».

Jesús les contestó:

«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

COMENTARIO

Él, verdadero «pan de la vida» (v. 35), quiere saciar no solamente los cuerpos sino también las almas, dando el alimento espiritual que puede satisfacer el hambre profunda. Por esto invita a la multitud a procurarse no la comida que no dura, sino esa que permanece para la vida eterna (cf. v. 27). Se trata de un alimento que Jesús nos dona cada día: su Palabra, su Cuerpo, su Sangre.

La multitud escucha la invitación del Señor, pero no comprende el sentido —como nos sucede muchas veces también a nosotros— y le preguntan: «¿qué hemos de hacer para llevar a cabo las obras de Dios?» (v. 28).

Los que escuchan a Jesús piensan que Él les pide cumplir los preceptos para obtener otros milagros como ese de la multiplicación de los panes. Es una tentación común, esta, de reducir la religión solo a la práctica de las leyes, proyectando sobre nuestra relación con Dios la imagen de la relación entre los siervos y su amo: los siervos deben cumplir las tareas que el amo les ha asignado, para tener su benevolencia. Esto lo sabemos todos.

Por eso la multitud quiere saber de Jesús qué acciones debe hacer para contentar a Dios. Pero Jesús da una respuesta inesperada: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado» (v. 29). Estas palabras están dirigidas, hoy, también a nosotros: la obra de Dios no consiste tanto en el «hacer» cosas, sino en el «creer» en Aquel que Él ha mandado. Esto significa que la fe en Jesús nos permite cumplir las obras de Dios. Si nos dejamos implicar en esta relación de amor y de confianza con Jesús, seremos capaces de realizar buenas obras que perfumen a Evangelio, por el bien y las necesidades de los hermanos.

El Señor nos invita a no olvidar que, si es necesario preocuparse por el pan, todavía más importante es cultivar la relación con Él, reforzar nuestra fe en Él que es el «pan de la vida», venido para saciar nuestra hambre de verdad, nuestra hambre de justicia, nuestra hambre de amor. (Papa Francisco, 05-08-2018)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

En el libro del Éxodo el pueblo añora unos manjares que utópicamente comieron en Egipto: dicen que allí nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos. […] El Señor promete pan y la promesa está relacionada con el descanso del sábado. […] Los líderes aseguran que el Señor los alimentará y además verán su gloria para que crean. Subraya el don el hecho de representar a Dios como mayordomo perfecto que da a cada uno lo que necesita y aporta lo que le falta a quien no ha sido previsor. Por otro lado, la presencia de la «gloria» presta trascendencia a todo el episodio: estos dones divinos, el pan y la carne son signos que, como las plagas, deben conducir a la fe, a contemplar la gloria del Señor.

La carta de Pablo a los Efesios es la diferencia entre el hombre viejo y el hombre nuevo. Aquél es el que vive en pecado, bajo la acción de la concupiscencia de la carne, de la codicia, de la ira, de la maldad, conforme a la imagen del primer hombre pecador (Col 3,5-9). El hombre nuevo es el hombre interior (Ef 3,16), creado a imagen de Dios, regenerado por Cristo, que bajo la acción del Espíritu Santo adopta una nueva manera de pensar y de actuar que se manifiesta en obras de bondad y misericordia, de humildad y mansedumbre, de pureza y sobre todo de amor (Col 3,10-14). Estas dos expresiones -hombre viejo, hombre nuevo- «están inspiradas en el simbolismo del bautismo, con su doble rito de inmersión y emersión, doble rito que está señalando nuestra muerte a la antigua vida de pecado y nuestra resurrección a la nueva vida de gracia comunicada por Cristo (Rom 6,3-11)».

Esto ya se ha realizado inicial y radicalmente con el bautismo. Pero despojarse cada vez más del hombre viejo y revestirse del nuevo es tarea que el cristiano tiene que ir realizando y perfeccionando cada día. Perdonado el pecado por el bautismo o la penitencia, permanece actuando en el hombre e inclinándole al pecado la triple concupiscencia de que habla 1 Jn 2,16. Frente a ella está la acción del Espíritu Santo que habita en el justo e impulsa su voluntad a una vida cristiana y virtuosa conforme a la voluntad de Dios. En medio permanece el hombre con su voluntad libre. Según que se deje conducir por el atractivo de las concupiscencias o por la acción del Espíritu Santo, viene a ser el hombre viejo o el hombre nuevo de que habla el apóstol. «Es alentador observar cómo Pablo es plenamente consciente de que en la vida cristiana no se trata sólo de un impulso inicial, de una conversión de una vez para siempre, sino que debemos perseverar en la decisión, en la constante vuelta hacia Dios, y que, sobre todo, nuestra mentalidad de creyentes (como fuente de nuestro obrar) necesita de una constante renovación».

Evangelio según san Juan 6, 24-35. Jesús no se siente halagado ni mucho menos entusiasmado porque le buscaba toda aquella multitud. Habría que hablar, más bien, de decepción por su parte y del consiguiente reproche que se manifiesta en sus «palabras de saludo». Jesús les dice con toda claridad que no le buscaban a él. Se interesaban únicamente por los beneficios que podían recibir de él. Una búsqueda interesada y egoísta, que nunca puede entusiasmar a la persona que es buscada. En el fondo se buscaban a sí mismos, no a él.

En el terreno de la revelación, los dones no pueden ser separados del dador de los mismos. Lo más importante es lo segundo. Jesús lo dijo con estas palabras: …me buscáis, no por los signos que habéis visto, sino porque comisteis pan hasta saciaros (Jn 6,26). Además del alimento transitorio que mantiene nuestra existencia terrena, es indispensable aspirar al alimento que nos proporciona el autor de la vida, que quiere plenificar la nuestra. Dimensión de eternidad, vida eterna, participación en la misma vida de aquel que puede concedernos el alimento permanente, el que da la vida eterna. 

Es Jesús, el Hijo del hombre, el acreditado por el Padre con el sello de su autoridad, el único que puede proporcionar al hombre el alimento mencionado. El mismo Jesús es dicho alimento. Él exige ser aceptado de forma personal; que se convierta en el centro de gravedad de la fe para que pueda producirse el encuentro adecuado entre el hombre y Dios; para que el hombre descubra en él al revelador-manifestador-dador del Padre.

ACTUALIZAMOS

  1. «Al atardecer comeréis carne, por la mañana os hartaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor Dios vuestro».

¿Reconoces a Dios como tu Señor, ves signos de que cuida de ti y de todos nosotros? ¿Confías en Él?

  1. «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado».

¿Crees en Jesús, enviado por Dios a nosotros?

  1. «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

¿Acudes a Jesús como el alimento que da vida eterna y que calma la sed?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XVII

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 42-44

En aquellos días, acaeció que un hombre de Baal Salisá vino trayendo al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco en espiga. Dijo Eliseo:

«Dáselo a la gente y que coman».

Su servidor respondió:

«¿Cómo voy a poner esto delante de cien hombres?».

Y él mandó:

«Dáselo a la gente y que coman, porque así dice el Señor: “Comerán y sobrará”».

Y lo puso ante ellos, comieron y aún sobró, conforme a la palabra del Señor.

Salmo 144, 10-11. 15-16. 17-18

R./ Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R./

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente. R./

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 1-6

Hermanos:

Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados.

Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 1-15

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.

Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:

«¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?»

Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.

Felipe le contestó:

«Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:

«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es eso para tantos?».

Jesús dijo:

«Decid a la gente que se siente en el suelo».

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil.

Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:

«Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda».

Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:

«Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».

Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

COMENTARIO

El Evangelio de la Liturgia de este domingo narra el célebre episodio de la multiplicación de los panes y los peces, con los que Jesús sacia el hambre de cerca de cinco mil personas que se habían congregado para escucharlo (cf. Jn 6,1-15). Es interesante ver cómo ocurre este prodigio: Jesús no crea los panes y los peces de la nada, no, sino que obra a partir de lo que le traen los discípulos. Dice uno de ellos: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tantos?» (v. 9). Es poco, no es nada, pero le basta a Jesús.

Tratemos ahora de ponernos en el lugar de ese muchacho. Los discípulos le piden que comparta todo lo que tiene para comer. Parece una propuesta sin sentido, es más, injusta. ¿Por qué privar a una persona, sobre todo a un muchacho, de lo que ha traído de casa y tiene derecho a quedárselo para sí? ¿Por qué quitarle a uno lo que en cualquier caso no es suficiente para saciar a todos? Humanamente es ilógico. Pero no para Dios. De hecho, gracias a ese pequeño don gratuito y, por tanto, heroico, Jesús puede saciar a todos. Es una gran lección para nosotros. Nos dice que el Señor puede hacer mucho con lo poco que ponemos a su disposición. Sería bueno preguntarnos todos los días: “¿Qué le llevo hoy a Jesús?”. Él puede hacer mucho con una oración nuestra, con un gesto nuestro de caridad hacia los demás, incluso con nuestra miseria entregada a su misericordia. Nuestras pequeñeces a Jesús, y Él hace milagros. A Dios le encanta actuar así: hace grandes cosas a partir de las pequeñas, de las gratuitas. (Papa Francisco, 25-07-2021)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 42-44 Multiplicación de los panes. Quizá lo más interesante de este relato sea que nos ofrece el modelo literario en que se inspirarán las multiplicaciones evangélicas (véase Mc 6,30-44; 8,1-10 y paralelos), así como sus distintos elementos (orden de Eliseo / pregunta del criado / nueva orden / reparto satisfactorio).

Carta de san Pablo a los Efesios. Esta sección de la carta contiene la parte moral y parenética que está basada en la cristología y eclesiología tan profundamente expuestas en la primera parte. Comienza con una exhortación a la unidad dentro de la pluralidad de dones (Ef 4,1-13) y una invitación a vivir conforme a la condición del hombre nuevo en Cristo (Ef 4,14-15,14). […] La evocación al principio de su condición de prisionero de Cristo le hace más digno de ser escuchado en sus recomendaciones.

Evangelio según san Juan 6, 1-15 multiplicación de los panes. Sobre el presente relato el evangelista intenta destacar el conocimiento sobrehumano de Jesús, Jesús aparece como el Señor. Toda la situación se halla bajo su control: él sabe perfectamente lo que tiene que hacer, Jesús tiene la iniciativa en todo momento. Él se adelanta a la necesidad que, en la presentación que hacen los sinópticos de la misma escena (Mc 6,35-36 y paralelos), le es manifestada a Jesús por sus discípulos. El relato de Juan es como una parábola en acción que pretende destacar la finalidad por la que Jesús vino a este mundo. Esta acentuación hace que la escena se «deshumanice» en gran medida. Desaparecen los rasgos humanos, como la compasión por una gente que lleva mucho tiempo sin comer y se halla desfallecida. Son los sinópticos los que han recogido la dimensión más «humanitaria» de la escena.

Se acentúa su preocupación por el hombre para responder a sus necesidades más profundas. La gente seguía a Jesús porque veía los signos que hacía con los enfermos. Este hecho extraordinario evoca en la gente la figura de Moisés dando de comer al pueblo en el desierto. Deducen que Jesús es el profeta semejante a Moisés, y quieren hacerle rey (Jn 6, 14s). Jesús aparece como el personaje central del relato.

En el evangelio de Juan el papel de los discípulos queda reducido al de «acomodadores». Naturalmente deben recoger también los doce cestos «sobrantes».

Se intenta destacar también el universalismo de la persona de Jesús. El número mil designa una gran muchedumbre. Esta se ve multiplicada por cinco en el caso de las personas saciadas. Los números pretenden subrayar el aspecto simbólico del relato. El número siete, cinco panes y dos peces, presenta a Jesús como la plenitud de la gracia de Dios. Esta gracia es inagotable y permanece en la Iglesia para siempre. A esta realidad apunta el simbolismo de los doce cestos sobrantes. Deben servir para dar de comer a todo el pueblo de Dios, simbolizado en los Doce apóstoles.

El cuarto evangelio es el que nos ofrece más pistas sobre la relación de este pasaje con la eucaristía: la lectura de Jn 6,11 nos suena ya a celebración eucarística. Dentro del mismo merece mención especial el verbo «eujaristein», que nosotros traducimos por «dar gracias». Es el verbo utilizado en la última cena (Mc 14,23 y paralelos) y en la referencia que Pablo hace a ella (1 Cor 11,24). A comienzos del siglo II ya se había convertido en término técnico para designar la celebración eucarística.

Más que de la multiplicación de los panes habría que hablar de la multiplicación del «pan». Es evidente que el interés del narrador no está centrado en el hecho en sí, sino en su significado. En la mente del evangelista el milagro debe ser considerado como signo, que apunta a otro pan que puede saciar toda clase de hambre. Así lo pondrán de relieve tanto el discurso sobre el pan de la vida como el discurso eucarístico. Pero es todo el conjunto el que nos ofrece la base para afirmar que el evangelista intenta que sus lectores entiendan el relato como el signo de la salvación, que Jesús ha traído para los hombres. Es el cumplimiento de las esperanzas asociadas a la pascua: la liberación total del hombre de sus esclavitudes, incluida la de la muerte; es la superación de lo que parece imposible a los hombres (sólo se les ocurre pensar en el dinero: doscientos denarios, o lo que es igual, doscientos jornales, no servirán de mucho); es un gesto sólo comprensible desde la fe.

El poder de Jesús no debe ser mal entendido. Acepta ser «el profeta que había de venir». Niega ser el rey, que ellos esperaban. Se anticipa aquí la afirmación que hace el mismo Jesús ante Pilato. Mi reino no es de este mundo (Jn 18,36). Jesús, en cuanto el enviado del Padre, no tiene pretensiones políticas; no entra en colisión con el César; el campo de sus competencias es distinto. De este modo se defendía también a la comunidad cristiana, que estaba siendo acusada por los judíos ante Roma de ser un movimiento político-revolucionario en lucha contra el imperio (Hch 17,7).

ACTUALIZAMOS

  1. “Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.”

¿Eres humilde, amable, comprensivo contigo mismo y con los demás?

  1. “Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos.”

Para ti, ¿Dios es tu Padre y también Padre de todos, que nos cuida a todos?

  1. “Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.”

¿Compartes lo que tienes con otras personas?, es la forma de que se multiplique lo que tenemos para ayudar a los demás.

 

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XVI

Lectura del libro de Jeremías 23, 1-6

¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño! – oráculo del Señor -.

Por tanto, esto dice el Señor, Dios de Israel a los pastores que pastorean a mi pueblo:

«Vosotros dispersasteis mis ovejas y las dejasteis ir sin preocuparos de ellas. Así que voy a pediros cuentas por la maldad de vuestras acciones – oráculo del Señor -.

Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las apacienten, y ya no temerán ni se espantarán. Ninguna se perderá – oráculo del Señor -».

Mirad que llegan días – oráculo del Señor – en que daré a David un vástago legítimo: reinará como monarca prudente, con justicia y derecho en la tierra.

En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro.

Y le pondrán este nombre:

«El-Señor-nuestra-justicia».

Salmo 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6

R./ El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R./

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R./

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R./

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2, 13-18

Hermanos:

Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos estáis cerca por la sangre de Cristo.

Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad.

Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad.

Vino a anunciar la paz: paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre por medio de él en un mismo Espíritu.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo:

«Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco».

Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.

Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.

Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

COMENTARIO

La compasión nace de la contemplación. Si aprendemos a descansar de verdad, nos hacemos capaces de compasión verdadera; si cultivamos una mirada contemplativa, llevaremos adelante nuestras actividades sin la actitud rapaz de quien quiere poseer y consumir todo; si nos mantenemos en contacto con el Señor y no anestesiamos la parte más profunda de nuestro ser, las cosas que hemos de hacer no tendrán el poder de dejarnos sin aliento y devorarnos. (Papa Francisco 18-07-2021)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

En la lectura del libro de Jeremías los reyes han pastoreado mal al pueblo y lo han dispersado. El Señor lo reunirá de nuevo mediante pastores como David que, ejerciendo el derecho y la justicia, devolverán al pueblo el descanso (=la tierra). Jugando con el nombre de Sedecías (=“El Señor, es mi justicia”; véase Is 9,6), se evoca al rey ideal (Jr 23,6): por su medio el Señor hará justicia (=salvará) a su pueblo.

En la Lectura de la carta a los Efesios, san Pablo clarifica la reconciliación de judíos y paganos llevada a cabo por Cristo. Se refiere en primer lugar a los paganos que, sin Cristo, se encontraban privados de las promesas mesiánicas y de su influjo salvador. Eran ajenos a la alianza que Dios estableció con Israel y a la que vinculó aquellas promesas. Se encontraban realmente sin Dios; aunque adoraban a muchos ídolos y tenían convicciones religiosas, desconocían al verdadero Dios (Rom 1,19ss). Estaban lejos y han sido acercados. Las expresiones «estar cerca» y «estar lejos», que se encuentran ya en Is 57,19, eran frecuentes en los rabinos para designar a los judíos y a los paganos respectivamente. De los prosélitos se decía que «habían sido acercados».

Para llevar a cabo la reconciliación entre judíos y paganos y poder formar de los dos pueblos uno solo, tuvo que derribar el muro de separación, la enemistad proverbial que existía entre unos y otros (Ef 2,14-18). Los judíos aborrecían a los paganos y no se mezclaban con ellos. […] En el templo de Jerusalén un muro de piedra separaba el atrio de los judíos del atrio de los paganos. Estos no podían traspasarlo bajo pena de muerte (Hch 21, 27ss).

Hay que resaltar la tajante afirmación de Ef 2,14: Cristo es nuestra paz. Isaías lo había anunciado como el príncipe de la paz (Is 9,6). Miqueas afirma solemnemente que el Mesías será la paz (Miq 5,4).  Y Zacarías testifica que el Mesías proclamará la paz a las naciones (Zac 9,10). Y uno de los títulos que los rabinos daban al Mesías era «Paz». Traer la paz a los hombres, la paz con Dios, la paz de los hombres entre sí, es el programa que celebran los ángeles apenas nacido en Belén (Lc 2,14). Pues bien, Cristo derribó ese muro de separación: la ley antigua, no en cuanto a los preceptos de orden natural o moral (Mt 5), sino en cuanto a las leyes ceremoniales y prescripciones rituales (circuncisión, purificaciones, alimentos…). Estas eran tan numerosas que su cumplimiento era prácticamente imposible para los mismos judíos (Jn 7,19; Hch 7,53; 15,10; Rom 2,17ss). Exigirlas a los paganos habría sido cerrarles toda posibilidad de conversión a la religión cristiana. Ahora ya, unidos en un mismo Espíritu, judíos y paganos tienen acceso al Padre común. El Espíritu se refiere al Espíritu Santo como sugiere la mención de las tres personas: al Padre, por Cristo, en el Espíritu. El Espíritu Santo, lazo de unión del Padre y del Hijo, es el alma de la Iglesia que mantiene unidos a los miembros del cuerpo místico entre sí y con Dios.

En el Evangelio según san Marcos los Doce regresan de su misión y se reúnen de nuevo con Jesús. Se han convertido en «apóstoles», designación que el evangelista les da sólo en esta ocasión. Su actividad parece haber tenido éxito. Son muchos los que ahora acuden hacia ellos. Merecen un descanso, y Jesús se lo concede complacido, llevándoles a un lugar solitario. Nada permite precisar este lugar. El reposo de los apóstoles, más que ambientado en un escenario geográfico concreto, es situado junto a una persona. Junto a Jesús es donde recuperan sus fuerzas y se reaniman, gozando de su intimidad.

En este caso, sin embargo, el intento de estar a solas con Jesús fracasa. Su reposo consistirá en hacer reposar a los otros, compartiendo la compasión y solicitud amorosa de Jesús por un pueblo que se asemeja a un rebaño sin pastor. Comienza así una narración característica en el evangelio de Marcos, comúnmente denomina «sección de los panes» por ser el pan la nota dominante de toda una serie de relatos perfectamente orquestados.

ACTUALIZAMOS

  1. “Cristo Jesus es nuestra paz.”

Cuando presentas a Jesús tus dificultades, tus circunstancias, tus acontecimientos, ¿acoges la paz que Jesús te quiere dar?

  1. “Vino a anunciar la paz: paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca.”

En tu familia, en tu trabajo, en los ambientes en que estás, ¿eres signo de paz o de discordia?

  1. “Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco.”

Cuando estás cansado y agobiado y pones tu vida en sus manos ¿descansas en la compañía y en la presencia de Jesús?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XIV

Lectura de la profecía de Ezequiel 2, 2-5

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía:

«Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han ofendido hasta el día de hoy. También los hijos tienen dura la cerviz y el corazón obstinado; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor”. Te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos.»

Salmo 122, 1b-2b. 2cdefg. 3-4

R./ Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores. R./

Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia. R./

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos. R./

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 7b-10

Hermanos:

Para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido:

«Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad».

Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo.

Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 1-6

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.

Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:

«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».

Y se escandalizaban a cuenta de él.

Les decía:

«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.

Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

COMENTARIO

El profeta Ezequiel es enviado por Dios a un pueblo rebelde y testarudo que rechaza la Palabra. También Jesús tropieza con la misma experiencia y se sorprende de la falta de fe de sus paisanos. La primera y la última lectura hablan, por tanto, de rechazo de profetas. ¿Se vendrá abajo por eso el mensajero de la Palabra? Responde san Pablo en la lectura de la segunda carta a los corintios: ¡De ninguna manera! En medio de todas las dificultades, incluso de las propias debilidades, obra la fuerza y la gracia de Cristo. Esta certeza puede ayudarnos a ponernos al servicio de la Palabra de Dios con valentía.

COMPRENDER EL TEXTO

La liturgia nos ha venido mostrando en los dos últimos domingos cómo Jesús expresaba, con parábolas y con signos, que la soberanía de Dios se ha hecho presente en la historia. Hoy descubrimos cómo la novedad que trae Jesús es rechazada por sus paisanos y familiares, que mantienen frente a él una actitud muy parecida a la de los fariseos y maestros de la ley.

Después del relato de la curación de la hija de Jairo en presencia de sus padres y discípulos (Mc 5, 21-23. 35-43), Marcos narra un episodio que podríamos titular “el rechazo de Nazaret”. Los de su mismo pueblo no aceptaron a Jesús. No podían entender que un paisano suyo, de origen humilde y ninguna reputación social, fuese el enviado de Dios. Algunos dirían, una visita inútil de Jesús, el Mesías, a su pueblo.

Mc 6, 1-6 no se limita a narrar una anécdota que pone de manifiesto la tendencia humana a menospreciar los seres y los valores cercanos. No en vano el mismo Jesús cita una variante del proverbio “nadie es profeta en su tierra” aplicándoselo a sí mismo. La intención de Marcos, en cambio, es mucho más profunda: quiere convertir esa anécdota en un paradigma o imagen arquetípica de la incredulidad no solo de Nazaret sino de todo el pueblo de Israel. Nuestro texto podría entenderse como ilustración del severo juicio que resuena en Jn 1,11: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.”.

Los suyos, los de Nazaret, pasaron según el relato de Marcos por tres fases sucesivas en cuanto a su actitud con Jesús se refiere: admiración, desconfianza e incredulidad. En un primer momento reconocen su sabiduría y los milagros que realizan sus manos. No son, pues, indiferentes a su doctrina y sus acciones admirables. Pasada la euforia inicial, es lógico que se hagan la pregunta fundamental: “¿Quién es éste?”. Y al darse ellos mismos la respuesta, desconfiaron de él. El texto griego dice “se escandalizaron”, lo que significa que tropezaron y cayeron en el camino de la fe. He aquí el obstáculo que les impidió creer: un carpintero de humilde origen, sin gloria ni poder no podía, según su parecer, ser el Mesías. Paradójicamente, su incredulidad provoca el asombro de Jesús que “se admiraba de su falta de fe”, pues no se esperaba esta reacción de parte de sus conciudadanos.

Jesús se nos presenta en una apariencia sencilla, humilde, desprovista de poder, igual en todo a nosotros, como se presentó en Nazaret. Pero ese es el que venció en la cruz, el que siguió venciendo en la debilidad de Pablo y el que ha vencido en los cristianos que a lo largo de los siglos lo soportaron todo por su amor.

Dios vence desde la cruz, desde la sencillez, desde la verdad y el amor. Su poder no es prepotencia. Quizá sea esta la obra más grande de su poder: un Dios que se encierra en la debilidad y que, a nosotros, débiles, nos reviste del poder de su divinidad.

Creemos en este Dios humilde, sencillo como nosotros, capaz de abrir a todos las puertas de las alturas y de hacernos ciudadanos celestes; el Dios que bajo las apariencias de pan y vino viene a nosotros en la santa Eucaristía. A este Dios admirable lo bendicen nuestros labios:

Señor Jesucristo, manso y humilde de corazón, que pasaste por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal, compadécete de nosotros. Enciende la fe en nuestros corazones para que compartamos tu misma vida.

A ti, Señor Jesús, sean dados el honor y el poder, la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos. Amén.

ACTUALIZAMOS

Las enseñanzas de Jesús, incluso sus curaciones, despiertan rechazo e incredulidad entre la gente de su pueblo. La novedad que trae Jesús, la novedad del Reinado de Dios y su dinámica, también a nosotros nos parece en ocasiones extraña y difícil de poner en práctica.

  1. “Se admiraba de su falta de fe”.

En nuestra vida de fe, ¿de qué se sorprendería Jesús?

  1. La gente de Nazaret no descubre a Dios en lo conocido, en lo habitual.  “¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?”.

¿Qué excusas ponemos nosotros para no creer en él?

  1. En mi vida:

¿He experimentado el rechazo por ser fiel a los valores del Reino?

¿Cómo he reaccionado?

¿Qué podemos hacer cuando encontramos rechazo por el anuncio del evangelio?

El lenguaje de Dios dista mucho de parecerse al nuestro. Desconcierta porque se presenta bajo el ropaje de lo cotidiano, porque rompe estructuras y moldes, porque acarrea indiferencia y escasez de honores. Pero es de vital importancia mantenernos en actitud receptiva para acogerlo y responderle desde la fe.

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XV

Lectura de la profecía de Amós 7, 12-15

En aquellos días, Amasías, sacerdote de Betel, dijo a Amós:

«Vidente: vete, huye al territorio de Judá. Allí podrás ganarte el pan, y allí profetizarás. Pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el santuario del rey y la casa del reino».

Pero Amós respondió a Amasías:

«Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicomoros.

Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: “Ve, profetiza a mi pueblo Israel”».

Salmo 84, 9abc y 10. 11-12. 13-14

R./ Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que lo temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R./

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R./

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-14

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.

Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.

Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.

En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de la gracia que en su sabiduría y prudencia ha derrochado sobre nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad: el plan que había proyectado realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.

En él hemos heredado también los que ya estábamos destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías.

En él también vosotros, después de haber escuchado la palabra de la verdad -el evangelio de vuestra salvación-, creyendo en él habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido.

Él es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 7-13

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y decía:

«Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

COMENTARIO

El Evangelio de hoy narra el momento en el que Jesús envía a los Doce en misión. Después de haberles llamado por su nombre uno por uno, «para que estuvieran con él» (Marcos 3, 14) escuchando sus palabras y observando sus gestos de sanación, entonces les convoca de nuevo para «enviarlos de dos en dos» (6, 7) a los pueblos a los que Él iba a ir. Son una especie de «prácticas» de lo que serán llamados a hacer después de la Resurrección del Señor con el poder del Espíritu Santo. El pasaje evangélico se detiene en el estilo del misionero, que podemos resumir en dos puntos: la misión tiene un centro; la misión tiene un rostro.

El discípulo misionero tiene antes que nada su centro de referencia, que es la persona de Jesús. […] Los apóstoles no tienen nada propio que anunciar, ni propias capacidades que demostrar, sino que hablan y actúan como «enviados», como mensajeros de Jesús.

Este episodio evangélico se refiere también a nosotros, y no solo a los sacerdotes, sino a todos los bautizados, llamados a testimoniar, en los distintos ambientes de vida, el Evangelio de Cristo. Y también para nosotros esta misión es auténtica solo a partir de su centro inmutable que es Jesús. […]

La segunda característica del estilo del misionero es, por así decir, un rostro, que consiste en la pobreza de medios. Su equipamiento responde a un criterio de sobriedad. Los Doce, de hecho, tienen la orden de «que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja» (v. 8). El Maestro les quiere libres y ligeros, sin apoyos y sin favores, seguros solo del amor de Él que les envía, fuerte solo por su palabra que van a anunciar. (Papa Francisco 15-07-2018)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

La Lectura de la profecía de Amós se trata de una pieza fundamental para comprender en el caso de Amós, y de manera más general en la actividad profética, los orígenes del conflicto profético, la tensión entre profecía e institución. Ante el rey, que tiene su santuario oficial, con su sacerdocio institucional, se alza la voz denunciadora del profeta que no cae bajo su control. Es por eso interesante que Amós, en este contexto, haga una alusión breve, pero significativa a su propia vocación y al origen de su misión: él no es profeta profesional o contratado (así responde a la «invitación» que le hace Amasías para ganarse la vida profetizando en Judá); él tiene que profetizar, pero no como si esa fuera su profesión o su oficio habitual, sino como resultado de una acción «violenta» de Dios que interrumpe la normalidad de su vida (el Señor me arrancó de mi rebaño). Él se ganaba la vida como pastor, no como profeta. El que hace de la profecía un medio de vida no es un verdadero profeta y no se atreverá a profetizar contra el pueblo ni contra su rey ya que en ello se juega su sustento. Amós no pertenece a esta clase de profetas.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-14 El plan salvador de Dios. Está expresado en una maravillosa doxología en la que el autor desborda en sentimientos de reconocimiento y alabanza a Dios por los beneficios que tan generosamente nos ha otorgado. 1 Pe 1,3ss. presenta otra doxología semejante. La bendición se dirige al Padre como fuente última de todas las gracias concedidas a los hombres. (…)

El Padre nos elige y predestina (Ef 1,3-6). Desde la eternidad, en acto singular de amor, nos ha elegido para ser su pueblo y en consecuencia para que nos mantengamos sin mancha en su presencia (literalmente para que seamos «santos e intachables»). El primer término expresa la separación del mundo y la consagración a Dios. El segundo recuerda la víctima del sacrificio que había de ser «sin mancilla». Se trata de una santidad no meramente externa sino interior y verdadera, la única que puede agradar a Dios.

A la elección sigue la predestinación cuyo objeto es la adopción de hijos suyos por Jesucristo. Lo que había sido prometido por Dios en el Antiguo Testamento (Ex 4,22; Dt 14,1; 32,6; Jr 31,9; Os 11,1) y poseído sólo en raíz por el pueblo de Israel, se verifica ahora en el Nuevo Testamento y se consumará en la gloria (Rom 8,23), donde «se manifestará lo que hemos de ser» (1 Jn 3,2). Adopción no meramente legal, al estilo de la humana, ni colectiva como la de Israel, sino interior y real que nos hace partícipes de la naturaleza misma de Dios (2 Pe 1,4). Dos notas se mencionan respecto de la predestinación: el carácter gratuito de la misma y, el último fin a que se ordena, la alabanza de la gloria de Dios. La causa final de nuestra predestinación es la glorificación de la benevolencia y liberalidad con que Dios nos ha concedido todos los dones que nos ha otorgado por Cristo y que brillarán de tal manera que causará la admiración de los hombres y de los mismos ángeles.

Evangelio según san Marcos. Resumen de la actividad de Jesús y misión de los Doce. Según el texto de Mc 3,14-15, el grupo de los Doce fue instituido por Jesús para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar a los demonios. Le han acompañado ya durante un prolongado período de tiempo. Han escuchado su enseñanza en parábolas y sus explicaciones complementarias. Han presenciado sus milagros. Ahora deben emprender la segunda fase del programa, predicando la conversión y dando a conocer la oferta divina de salvación. Para ello reciben unas instrucciones concretas, que conservan su sentido y valor en todo tiempo y lugar. Pueden reducirse a una: deben ir provistos abundantemente de falta de seguridades. Los enviados que confíen más en sus propios medios, en su propio equipaje, que en la fuerza del mensaje a comunicar, perderán su credibilidad.

ACTUALIZAMOS

  1. “Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos”:

Y tú, ¿vives como hijo de Dios?

  1. “En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados”:

¿Te sabes redimido por Dios y perdonado?

  1. “Creyendo en él habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido”:

¿Te acompaña el Espíritu Santo en tu discernimiento, en tus elecciones?

  1. “Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos”:

Jesús te llama y te envía, ¿estás llamado y enviado junto con tu comunidad?