LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO IV

Lectura del libro del Deuteronomio 18, 15-20

Moisés habló al pueblo diciendo:

«El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb el día de la asamblea: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor mi Dios, ni quiero ver más ese gran fuego, para no morir”.

El Señor me respondió: “Está bien lo que han dicho. Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que yo le mande. Yo mismo pediré cuentas a quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá”».

Salmo 94, 1-2. 6-7c. 7d-9

R./ Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R./

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R./

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 7, 32-35

Hermanos:

Quiero que os ahorréis preocupaciones: el no casado se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido.

También la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, de ser santa en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido.

Os digo todo esto para vuestro bien; no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 1, 21b-28

En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.

Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:

«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».

Jesús lo increpó:

«¡Cállate y sal de él!»

El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:

«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».

Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

COMENTARIO

En la primera lectura se nos habla de la promesa de un profeta para el pueblo de Dios, un portavoz de su palabra, fiel al mensaje del Señor. En el evangelio, Jesús se manifiesta como el gran profeta prometido. En su palabra y en su actuación se expresa la autoridad del Padre, su voluntad de liberar definitivamente a la humanidad de toda opresión. La respuesta del salmista es una invitación a escuchar y acoger la palabra y a comprometernos en la misión salvadora de Jesús.

Que la Palabra de Dios cambie nuestras vidas y nos ayude a buscar, como discípulos del único Maestro, cumplir siempre su voluntad.

COMPRENDER EL TEXTO

Después de haber superado las tentaciones en el desierto, Jesús proclama la cercanía del Reino y elige a los primeros discípulos. Con ellos, comienza a dar pruebas de la autenticidad de su mensaje: habla con una autoridad desconocida y hasta los espíritus inmundos se le someten. Verdaderamente el Reino está cerca. En adelante nada esclavizará a los hijos de Dios.

Después del primer anuncio y de la llamada a los primeros discípulos, dos pasajes en los que se condensa el programa de Jesús, Marcos relata una serie de episodios que suceden en el trascurso de un día (el día para los judíos comienza y termina con la puesta del sol, no con el amanecer). Es bastante poco probable que Jesús hiciera todas estas cosas en un solo día, y por eso suele pensarse que los episodios reunidos en él forman una especie de “jornada ejemplar”. En ella, el anuncio de la llegada del Reino de Dios comienza a hacerse realidad a través de la actividad de Jesús. Son los episodios que leemos este domingo y el siguiente.

La actividad de Jesús comienza con la sanación de un hombre que estaba poseído por un espíritu impuro. Lo primero que tenemos que hacer para entender su significado es quitarnos de la cabeza las imágenes que tenemos de los endemoniados. Esto es otra cosa. En tiempos de Jesús la gente creía en la existencia de espíritus. Los desequilibrios psicológicos, la experiencia de grandes tensiones…, eran en ocasiones interpretados como posesiones de ciertos espíritus y esto convertía a algunas personas en marginadas.

Además es muy importante que tengamos en cuenta que este, como los demás exorcismos que encontramos en Marcos (el hombre poseído por una legión, la hija de la mujer sirofenicia…), son expresión de la definitiva victoria de Jesús sobre Satanás que se narra en el breve relato de la tentación, al principio del evangelio. Estos exorcismos serían como una “operación de limpieza”.

El marco que elige el evangelista para el exorcismo es la enseñanza de Jesús, un sábado en la sinagoga. Del contenido de la enseñanza no se dice nada: ya se ha adelantado su esencia unos versículos antes (Mc 1,14-15). Al principio y al final del pasaje se recogen las reacciones de la gente a esta enseñanza.

Es importante descubrir cómo, tras el exorcismo, los presentes ponen en relación la enseñanza de Jesús y su poder sobre los espíritus. Es importante ver como hacen esto. Se trata de expresar que Jesús, con su palabra y su actuación es vida allí donde hay opresión. Él actúa con la fuerza del Espíritu Santo (Mc 1,10) por eso puede expulsar a los espíritus impuros (no sanos).

Aquí vemos como enseñanza y sanación van unidas, que las palabras sin los hechos no tienen mucha fuerza. También hemos descubierto el poder de Jesús sobre todo lo que oprime a hombres y mujeres. Como discípulos suyos, contemplamos la llegada del Reinado de Dios y nos sentimos llamados a imitar su ejemplo.

ACTUALIZAMOS

Jesús habla y actúa con autoridad. Su vida es una lucha del “Santo de Dios” contra lo que esclaviza al ser humano. Como discípulos suyos, acogemos la Palabra comprometiéndonos con la liberación de nuestros hermanos, sorprendidos y agradecidos porque su autoridad dura por siempre.

  1. Jesús, en el pasaje de hoy, actúa con la fuerza de Dios y así es el Señor.

¿Cómo se expresa en nuestras vidas que Jesús es el único Señor?

  1. La misión de Jesús es encargada a los discípulos en el relato de la elección de los Doce y también, otra vez, al final del evangelio. Es una tarea actual.

¿Cuáles son los espíritus inmundos que oprimen a los hombres y mujeres de nuestro tiempo?

¿Cómo podemos desempeñar el encargo de Jesús?

  1. La victoria de Jesús es signo de la llegada del Reinado de Dios. Hasta los espíritus inmundos le están sometidos. El Espíritu del Santo de Dios penetra y transforma la creación entera.

¿Qué signos de la victoria de Cristo vemos en nuestra historia personal y en nuestro mundo?

¿Sabemos mirar con esperanza desde esos signos de victoria?

LECTIO DIVINA – CICLO A – CUARESMA DOMINGO V

Lectura de la profecía de Ezequiel 37, 12-14

Esto dice el Señor Dios:

«Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel.

Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor.

Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago -oráculo del Señor-».

Salmo 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8

R./ Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R./

Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor. R./

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R./

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 8-11

Hermanos:

Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.

Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo».

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.

Sólo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea».

Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?».

Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».

Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo».

Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará».

Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.

Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro».

Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él».

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.

Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día».

Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama».

Apenas lo oyó se levantó y salió adonde estaba él, porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».

Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?».

Le contestaron: «Señor, ven a verlo».

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!».

Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».

Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa».

Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».

Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».

Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera».

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

COMENTARIO

Al finalizar esta Cuaresma tan “bautismal”, las lecturas de hoy nos ayudan a celebrar y actualizar la vida nueva que recibimos en esa fuente regeneradora. El profeta Ezequiel se hace portavoz de un Dios que saca a su pueblo de la tumba y le infunde su Espíritu para que viva. En el Evangelio de Juan es el mismo Jesús quien asume esa tarea al librar a su amigo Lázaro de las ataduras de la muerte, revelándose, así como “resurrección y vida”. Y en esa misma línea, Pablo nos recuerda que, si vivimos según el Espíritu de Cristo, Dios nos hará participar en su mismo destino de resurrección. Esa es la esperanza que nosotros, los creyentes, tenemos puesta en el Señor. La misma que el salmista nos invita a cantar con toda nuestra alma.

La resurrección de Lázaro es el último de los 7 signos narrados en la primera parte del evangelio de Juan. Aquí, Jesús se nos revela como vencedor de la muerte y adelanta así su propia Pascua, la hora en que será glorificado por el Padre.

COMPRENDER EL TEXTO

Con la resurrección de Lázaro culmina un proceso en el que Jesús se ha ido dando a conocer a través de sus “signos”. Siendo el último de 7 (que en la Biblia significa totalidad), muestra plenamente lo que ya estaba anunciado en los demás, y a la vez, anticipa el signo por excelencia, su propia resurrección. Sacando a su amigo del sepulcro, Jesús se acredita como Señor de la vida, una revelación ya preparada desde el prólogo (Jn 1,4), pero que sólo se entenderá del todo cuando Él mismo sea glorificado. Ésta es, además, la narración más extensa del cuarto evangelio, a excepción de la pasión, con el que está claramente relacionado. Tras una introducción en la que dialoga con sus discípulos, Jesús se encuentra con Marta y con María. Finalmente se acerca al sepulcro de Lázaro y le devuelve la vida.

Juan es el único evangelista que presenta a Lázaro, Marta y María como hermanos y vecinos de Betania, una aldea próxima a Jerusalén. Los 3 pertenecen al grupo de los discípulos y son amigos de Jesús. La acción empieza cuando a Jesús le llega la noticia de que Lázaro está enfermo. En principio, resulta extraño que el Maestro no vaya a curarle inmediatamente y lo haga sólo cuando ya ha fallecido. Se trata de un recurso narrativo que sirve para aumentar la tensión del relato. A la vez que subraya la realidad de la muerte de Lázaro y realza la magnitud del hecho, nos ofrece las claves de comprensión que ayudan a interpretar su sentido. En este último signo queda aún más patente que la finalidad de todos ellos es “manifestar la gloria de Dios”, a través de la cual se da a conocer también la de su Hijo. A esta revelación del Padre, que muestra su rostro a través de la persona y las obras de Jesús, han de responder sus seguidores con una fe cada vez más plena (v 15). El uso del malentendido y las palabras con doble sentido (“dormir”, “morir”) nos recuerdan, que para captar el verdadero significado de estos signos no podemos quedarnos en una comprensión superficial de lo que vemos y oímos.

En el encuentro de Jesús con Marta y María, especialmente en el primero (vv 17-27), estas le reciben lamentando su tardanza y se refleja una confianza más bien limitada en el poder de Jesús. De él se esperaba que curase a Lázaro, pero no que le devuelva la vida. Se trata de una fe que aún debe crecer. Y será a partir de ahí desde donde comenzará un camino de maduración creyente guiado por Jesús. En efecto, cuando Marta le oye hablar de resurrección piensa, a la manera judía, en algo que sucederá “al final de los tiempos”. El Maestro invita a ir más allá, a superar los conceptos aprendidos para centrarse en su persona. Al revelar que Él mismo es “la resurrección y la vida” afirma que la vida eterna prometida no es sólo una esperanza para el futuro, sino una realidad ya presente y actuante en todo aquel que cree en Él. Y es ahí donde la fe inmadura de Marta (que personifica la de todos los discípulos) se encuentra ante un desafío: “¿Crees esto?”. Su respuesta es la más completa confesión de fe que ningún personaje del evangelio ha pronunciado hasta ahora, aunque no acabara de comprenderla del todo (v. 39)

En la escena de la resurrección de Lázaro (vv 38-44) se nota que el “signo” se verifica aquí después de los diálogos que explican su sentido, y no al revés, como en otros casos, su función es confirmar de modo gráfico la revelación del v. 25, que es el centro de todo el relato. La respuesta que Jesús da a Marta cuando ésta se opone a que la piedra del sepulcro sea retirada y la oración que formula luego en voz alta vuelven a insistir en la finalidad de lo que va a hacer a continuación: mostrar la gloria de Dios y suscitar la fe en Él como enviado del Padre. Por otra parte, nadie esperaba ni había pedido a Jesús que liberase a Lázaro de la muerte. El don de Dios sobrepasa las expectativas humanas. Lázaro (como el ciego y la samaritana) es una figura representativa a través de la cual se muestra lo que le ocurre a todo discípulo cuando cree en Jesús. No ha de esperar al “final de los tiempos” para ver la resurrección, sino que ya ahora comienza a experimentar la vida nueva que viene de Él.

Los judíos que forman el “cortejo fúnebre” en torno a Marta y María contemplan la escena y actúan en calidad de testigos. Pero su reacción ante el signo no es unánime. Muchos creen en Jesús, siendo ésta la única respuesta que queda recogida en el texto litúrgico (v 45). Otros, en cambio, van a acusarlo ante los fariseos (v. 46), provocando una reunión del sanedrín en la que deciden matarlo (v 53). Explota así una tensión ya insinuada desde el principio del episodio (vv 7-8). La persona de Jesús no deja a nadie indiferente. Unos lo aceptan como enviado de Dios y le responden con fe; otros lo rechazan violentamente, a pesar de haber visto sus obras. Paradójicamente, el signo en el que Jesús se ha revelado como dador de vida provocará su propia muerte. Se da paso así a la 2ª parte del evangelio, llamado “Libro de la pasión y de la gloria” (Jn 13,20). Ahí se verá que lo que Jesús ha hecho con Lázaro (devolverle a la vida mortal) no hace sino adelantar simbólicamente su propia resurrección, su victoria sobre “el último enemigo”, su acceso definitivo a una vida que no se acaba.

ACTUALIZAMOS

La vida nueva que recibimos en el bautismo nos identifica con Jesús y nos compromete a vivir ya como resucitados. Si nuestra fe es madura, no podemos esperar al final de los tiempos para mostrar que la Pascua de Cristo nos ha sacado de nuestras tumbas y nos ha liberado del poder de la muerte.  

  1. “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”:

¿En qué notas que la fe en Jesús es para ti fuente de vida? ¿De qué “tumbas” debería sacarte?

  1. “… el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”: 

¿Qué significa para ti vivir ya como resucitado? ¿Cómo concretarlo en el día a día?

  1. “Lázaro, sal afuera”:

¿Cómo podríamos ser dadores de vida para otros?

LECTIO DIVINA – CICLO A – CUARESMA DOMINGO IV

Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».

Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo: «Seguro que está su ungido ante el Señor».

Pero el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón».

Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé: «El Señor no ha elegido a estos».

Entonces Samuel preguntó a Jesé: «¿No hay más muchachos?».

Y le respondió: «Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».

Samuel le dijo: «Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga».

Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel: «Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».

Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.

Salmo 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6

R./ El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R./

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R./

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R./

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14

Hermanos: Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.

Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas.

Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz.

Por eso dice: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará».

Lectura del santo Evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?».

Jesús contestó: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?».

Unos decían: «El mismo».

Otros decían: «No es él, pero se le parece».

El respondía: «Soy yo».

Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?».

Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver».

Le preguntaron: «¿Dónde está él?».

Contestó: «No lo sé».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó: «Que es un profeta».

Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?».

Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse».

Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».

Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador»

Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo»

Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?»

Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?»

Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene»

Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder».

Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»

Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él.

Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no vean, vean, y los que ven, se queden ciegos».

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?»

Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecados; pero como decís «vemos», vuestro pecado permanece»

COMENTARIO

En la misma línea de la semana pasada, pero dando un paso más, destacan hoy en las lecturas dos símbolos bautismales: la unción con el aceite y la luz. El primer libro de Samuel nos cuenta que el profeta Samuel ungió a David como Rey de Israel, acción mediante la cual entró en él el Espíritu del Señor. El evangelio de Juan presenta a Jesús como luz del mundo que ilumina los ojos de un ciego de nacimiento, abriéndolos así a la fe. Y Pablo recuerda a los efesios que el bautizado se ha identificado con Cristo, muerto y resucitado. La experiencia pascual le ha liberado de las tinieblas y por eso debe comportarse siempre como hijo de la luz.

COMPRENDER EL TEXTO

Durante la fiesta judía de las Tiendas, en la que el atrio del templo se iluminaba con grandes antorchas, contemplaremos hoy un nuevo signo en el que Jesús se revela como “luz del mundo”. Un ciego de nacimiento recupera la vista. En cambio, los fariseos, que presumen de ver con claridad, permanecen en las tinieblas.

Al igual que la semana pasada, leemos hoy un pasaje sacado del “Libro de los signos” en el que Jesús devuelve la vista a un ciego de nacimiento. Como es habitual en Juan, este signo (el 6º por su orden) dará lugar a diálogos y controversias que ayudan a entender lo sucedido. Entre ellos destacan una serie de duros interrogatorios en los que los fariseos se comportan como verdaderos jueces. Aparentemente procesan al que había sido ciego, pero el auténtico reo es Jesús, que se ha atrevido a curarlo en sábado. Solo al final se invierten los papeles y descubrimos quién es quién en esta historia. De nuevo nos encontramos con un pasaje largo que no se puede explicar con todo detalle. Nos fijaremos en los aspectos más relevantes.

Al encontrarse con aquel mendigo invidente, los discípulos plantean la pregunta sobre el “porqué” de aquella situación. Según la doctrina de la retribución, tal desgracia sólo era explicable como un castigo por el pecado (vv 2 y 34). Jesús, en cambio, rechaza esta creencia y apunta más bien hacia el “para qué”. Más que ser explicado, el mal debe ser combatido. Será la ocasión de que Dios siga realizando su obra y de que él, que es su “enviado”, se manifieste como “luz del mundo” mientras es “de día” (vv 4-5). Por eso, tomando en todo momento la iniciativa, procede a la curación. El “barro” que utiliza recuerda el relato de la creación del ser humano (Gn 2,7). El hecho de “ungirlo” sobre los ojos y la orden de “lavarse” en la “piscina del Enviado” hacen pensar en los ritos del bautismo, fuente de vida nueva. Al recuperar la vista, aquel hombre es recreado. Su primer nacimiento lo arrojó a las tinieblas, y ahora vuelve a ser engendrado para la luz. Su existencia ha sido radicalmente transformada. Tanto es así que hasta sus vecinos tienen dificultades para reconocerlo. Pero no nos podemos quedar en el “milagro”. Ya sabemos que los “signos” de Jesús pretenden revelarnos su identidad más profunda.

Abrir los ojos del cuerpo significa abrir los ojos de la fe. En este sentido, la curación de la ceguera viene a simbolizar todo un proceso que recorre el que cree en Jesús y recibe el bautismo. Los primeros cristianos llamaban a este sacramento “iluminación”. En consecuencia, y como ya le sucediera a la samaritana, el que había sido ciego va descubriendo poco a poco quién es el que le ha devuelto la vista. Aunque al principio habla de él como de “ese hombre que se llama Jesús” (v. 11), pronto lo califica de “profeta” (v 17). Luego sostiene que si lo ha curado es porque “viene de Dios” (v 33). Y finalmente hace un acto de fe en él como “Hijo del hombre” y, postrándose en un gesto de adoración, afirma: “Creo, Señor” (vv 35-37).

A medida que la luz de la fe abre los ojos del ciego, los fariseos van ofuscándose cada vez más en su hostilidad hacia Jesús. Para ellos se trató sólo de “un pecador” (v 24). Imaginan incluso que todo ha sido un fraude y llaman a declarar a los padres para comprobarlo. Pero ellos vuelven a remitir a su hijo a los jueces alegando que tiene edad suficiente para que su testimonio sea válido. Y, en efecto, el ex ciego se conduce en todo momento como un verdadero “testigo de la fe”, un auténtico discípulo que sabe defender su postura frente a quienes le acosan (v 28). El interrogatorio evidencia que los que presumen de saber ignoran lo más importante: los fariseos desconocen el origen de Jesús. El ciego, en cambio, sostiene que “viene de Dios” (v 29-33). Al final, inseguros y faltos de argumentos, deciden “echarlo fuera”. Se refleja en ellos la situación histórica en la que vivía la comunidad de Juan, amedrentada por el judaísmo fariseo, que había decidido expulsar a los cristianos de la sinagoga (v 22).

Jesús, desaparecido de la escena hasta el último momento, vuelve a irrumpir en ella. En primer lugar, para salir al encuentro del ciego y ayudarle a culminar el proceso de fe que había comenzado con su curación. En segundo, para ofrecer las claves que le permiten entender lo que está pasando. Es entonces cuando, con fina ironía, muestra que las cosas no son lo que parecen. Que el verdadero juicio no es el de los fariseos, sino ese que él mismo establece al revelarse como luz. Una luz que alumbra a los ciegos y ciega a los que creen ver. Una luz ante la que es preciso definirse, discerniendo así entre quienes la acogen y quienes la rechazan (v. 39). El ciego personifica la actitud de los que desean ser iluminados por Jesús y acceden así a la visión de la fe. Los fariseos, en cambio, son ciegos que no quieren ver: se apartan de la luz. Por eso su ceguera es culpable y no lo es la del que no veía. Son ellos los que, negándose a creer, permanecen en su pecado. (vv. 40-41)

ACTUALIZAMOS

Quien recibe el bautismo es una persona “iluminada” por Cristo que, a la vez, se compromete a ser “luminosa” viviendo de un modo nuevo. Si el Señor nos ha liberado de nuestras cegueras es para que nuestros ojos vean todo de otra manera, con la lucidez propia de la fe, que pone luz donde tantos sólo ven tinieblas.

  1. “Creo, Señor”:

¿Cómo vives tu proceso de fe? ¿Lo sientes avanzar o retroceder? ¿Te ayuda el testimonio del ciego de nacimiento?

  1. “Yo soy la luz del mundo”:

¿En qué momentos de oscuridad has experimentado a Jesús como luz?

  1. “…yo era ciego y ahora veo”:

 ¿Qué significa para ti ser testigo de la luz de Jesús en los ambientes donde te mueves?

  1. “¿También nosotros estamos ciegos?”:

¿Qué ceguera percibes en ti y en la sociedad?

LECTIO DIVINA – CICLO A – CUARESMA DOMINGO III

Lectura del libro del Éxodo 17, 3-7

En aquellos días, el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?».

Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Por poco me apedrean».

Respondió el Señor a Moisés: «Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo».

Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meríbá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está el Señor entre nosotros o no?».

Salmo 94, 1-2. 6-7c. 7d-9

R./ Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R./

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R./

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-2. 5-8

Hermanos: Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.

Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve».

La mujer le contesta: «No tengo marido».

Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».

La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».

Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.

Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come».

Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».

Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?».

Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.

¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

COMENTARIO

El carácter bautismal de la Cuaresma del ciclo A se pone especialmente de manifiesto en los 3 últimos domingos de este tiempo. De ahí que las lecturas de hoy estén centradas en el simbolismo del agua. En el libro del Éxodo se nos cuenta que Israel, cuando atravesaba el desierto, murmuró contra el Señor a causa de la sed y éste hizo brotar agua de una roca. En ella se simbolizaron después todos los dones que el pueblo recibió de Dios a lo largo de su travesía histórica, especialmente la ley de Moisés. Pero el Evangelio de Juan se atreve a corregir las antiguas tradiciones al afirmar que el verdadero “don de Dios” es el agua viva del Espíritu que Jesús da a quien se la pide. Y Pablo corrobora esa misma idea al hablar del amor que Dios “derrama” sobre el corazón de los creyentes. Siempre que, como nos advierte el salmo, no sea un corazón endurecido.

COMPRENDER EL TEXTO

Como tantas veces en la Biblia, el brocal de un pozo se convierte en lugar de encuentro. Jesús, judío, pide de beber a una mujer samaritana cuya vida sentimental ponía en duda su moralidad. Pero cuando el diálogo haga saltar por los aires las barreras que se interponen entre ambos, será ella la que desee saciar su sed con el “agua viva” que le ofrece Jesús.

Este pasaje pertenece a la primera parte del evangelio de Juan, conocida como el “libro de los signos” (Jn 2,12). En él se narran una serie de obras portentosas cuyo sentido se aclara a través de los diálogos, debates y discursos que las acompañan. Lo importante no es lo que tienen de “milagros”, sino aquello que revelan sobre la persona de Jesús. Los capítulos que encabezan este “libro” (Jn 2,1-4,42) nos lo presentan como portador de un nuevo orden de cosas que declara superadas las viejas instituciones religiosas del judaísmo. Con él caduca la antigua alianza. El episodio del encuentro con la samaritana sirve de colofón a esta sección y debe ser interpretado en esa misma línea. Pero al ser un relato largo y con denso contenido simbólico, nos fijaremos solo en ciertos aspectos.

Aparte de los prejuicios de sexo, raza y religión que impedían teóricamente la conversación pública entre dos personas tan dispares (vv 9 y 27), resalta el malentendido que se produce en torno al tema del “agua”. Se diría que la búsqueda de la Samaritana está motivada por intereses materiales y prácticos y por eso no entiende el sentido figurado de las palabras de Jesús. La escena se desarrolla junto al “pozo de Jacob”, lugar ligado a las antiguas tradiciones patriarcales, que a pesar de su hostilidad compartían judíos y samaritanos. Además, en una cultura donde el agua era un bien muy preciado, no era raro que sirviera para simbolizar los “dones de Dios” a su pueblo. La tradición de los rabinos comparaba, por ejemplo, la ley de Moisés con un “pozo”. Pues bien, Jesús afirma rotundamente que el agua de ese pozo (el de una religión hecha de normas vacías, lugares privilegiados y ritos excluyentes) ya no tiene capacidad para calmar la sed de Dios que anida en el corazón humano.

El evangelista nos muestra que quien había pedido de beber es, en realidad, la fuente de “agua viva”. Un agua que se da gratuitamente, que se obtiene sin fatiga y que apaga la sed para siempre al convertirse en un surtidor interior del que mana la “vida eterna”. El mismo Jesús aclarará más tarde que esa agua es el Espíritu (Jn 7,37-39). Ése es el auténtico “don de Dios” que la samaritana no conocía. Por eso no puede adorar “en espíritu y en verdad”. El culto que profesa es la expresión de una religión frustrada e incapaz de crear relaciones de filiación con el Padre (vv 20-24). En realidad, sus 5 maridos simbolizan los ídolos tras los que Samaria se había prostituido (2 Re 17,24-41; Os 2,4-25). Por eso, cuando descubre que su deseo más profundo sólo puede saciarse en el “pozo de Jesús”, deja allí su cántaro, porque ya no lo necesita. Ella misma se ha convertido en un manantial de “agua viva” (v 14) y puede dar de beber con ella a sus compatriotas.

La samaritana desconoce el “don de Dios” y, por tanto, ignora “quién es el que le pide de beber” (v 10). Pero a medida que dialoga con Jesús, va descubriendo poco a poco su verdadera identidad. Al principio lo ve simplemente como “un judío”, es decir, como un enemigo (v 9). Mas tarde se cuestiona su superioridad sobre el patriarca Jacob (v 12). Después lo considera un “profeta” (v. 19) y, finalmente, acoge la revelación de Jesús como Mesías (v 25-26.29). He aquí el itinerario de la fe de una mujer que se convierte después en sembradora del Evangelio y en apóstol de su propio pueblo, cuyo testimonio lleva a los samaritanos a hacer experiencia personal de Jesús, a creer en él y a confesarle como el “Salvador del mundo” (vv 29.38-39.42).

ACTUALIZAMOS

La Iglesia ha leído este pasaje en clave bautismal. De ahí que lo incorporara a la liturgia cuaresmal para catequizar a quienes iban a recibir el bautismo en la vigilia pascual. Nosotros, que hemos bebido en las fuentes del Espíritu, debemos ser para otros dadores de agua viva, testigos del Evangelio de Jesús.

  1. “Si conocieras el don de Dios…”:

¿Te identificas en algo con el camino de la fe que hace la samaritana?

¿Cómo te ayuda este pasaje a conocer mejor a Jesús?

  1. “Él te daría agua viva”:

¿Qué significa para ti que Jesús puede darte “agua viva”?

¿Cuál es esa sed que puede saciar tu relación con él?

  1. Como bautizado:

¿Qué pistas te ofrece este relato para vivir tu identidad y vocación de bautizado?

¿A qué te compromete?

  1. Ser fuente de «agua viva»:

¿Cómo puedes ser para otros un manantial de “agua viva” en una sociedad que no sacia nuestra verdadera sed?

LECTIO DIVINA – CICLO A – CUARESMA DOMINGO II

Lectura del libro del Génesis 12, 1-4a

En aquellos días, el Señor dijo a Abran:

«Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.

Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y serás una bendición.

Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».

Abran marchó, como le había dicho el Señor.

Salmo 32, 4-5. 18-19. 20 y 22

R./ Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R./

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R./

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R./

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 8b-10

Querido hermano:

Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.

Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

«Levantaos, no temáis».

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:

«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

COMENTARIO

Las primeras lecturas de Cuaresma de este ciclo litúrgico nos irán recordando las grandes etapas de la Historia de la Salvación. El relato de la vocación de Abrahán nos le presenta dejando su tierra y emprendiendo un largo viaje hacia una tierra prometida por Dios. El salmo recoge expresiones de confianza que muy bien podrían haberle acompañado durante la ruta. La escena de la transfiguración del evangelio confirma la vocación de Jesús como Hijo amado de Dios e invita a los discípulos a que lo escuchen y sigan el camino hacia la Pascua. Pablo resalta que la fidelidad a esta “vocación santa”, no libre de dificultades, no es obra nuestra, sino fruto de la gracia que se ha manifestado en Jesucristo.

COMPRENDER EL TEXTO

También los primeros discípulos vivieron su propia Cuaresma. A ellos también se les pidió acompañar al Señor en su camino hacia la Pascua, atravesando el túnel oscuro de la pasión y de la muerte. Es en ese contexto como hemos de leer y comprender el relato luminoso de la transfiguración de Jesús que la liturgia nos propone siempre en el 2º domingo de Cuaresma.

Mateo sitúa el relato de la transfiguración después del primer anuncio de la pasión y su consecuencia (Mt 16,2-26). Recordar esa vinculación nos ayuda a interpretar esta escena, tan enigmática a simple vista. Sabemos, además, que el evangelista se remite constantemente a las Escrituras, pues le gusta presentar la vida de Jesús como cumplimiento y superación de las promesas del Antiguo Testamento. Aunque son muchos los pasajes bíblicos que Mateo podría estar evocando al narrar la transfiguración, hay uno en el libro del Éxodo con el que tiene muchas coincidencias (Ex 24,12-18 y 34,29-35).

La escena de la transfiguración presenta los rasgos de una “teofanía” o manifestación divina, una forma de expresión muy frecuente en la Biblia.

En la cita del Éxodo a la que hacemos alusión, también se habla de “el séptimo día”, “subir / bajar del monte”, “el rostro luminoso”, “la nube”, “el miedo” … lo sorprendente es que es Jesús y no Dios quien manifiesta su gloria. La frase final del relato califica esta experiencia como “visión” (Mt 17,9), y así ofrece una pista decisiva para entender lo que ha pasado. Significa que lo sucedido no se sitúa al mismo nivel que las vivencias cotidianas, que Dios ha revelado algo esencial sobre la identidad de Jesús que no podía percibirse en el contacto ordinario con él.

La transfiguración de Jesús supone una contemplación anticipada de la victoria del Resucitado. Los rasgos con los que se le describe aparecen en otros lugares del evangelio relacionados con la experiencia pascual. Además, es el mismo Jesús quien prohíbe hablar de este tema a los discípulos “hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos” (Mt 17,9), pues sólo entonces podrán entender su sentido. Otros elementos “visuales” contribuyen a resaltar la escena, como la aparición de Moisés y Elías. Su presencia trata de afirmar que Jesús es el Mesías de Israel, puesto que ambos personajes habían sido relacionados con su llegada en la tradición judía (Dt 18,15; Mal 3,23). Aunque en este pasaje no solo es importante lo que se “ve”, sino también lo que se “oye”.

El centro del relato está ocupado por la “audición” de la voz que se hace sentir desde la nube, un signo inequívoco de la presencia de Dios según la Biblia. Es ella la que interpreta definitivamente el sentido de la “visión”. La primera parte de su declaración coincide con lo que ya se había proclamado en el bautismo (Mt 3,17) y ratificado en las tentaciones (Mt 4,1-11), pero añade un elemento nuevo: “¡Escuchadlo!”. Después de que Jesús haya reafirmado su opción de obediencia al Padre, aceptando su destino de muerte (Mt 16,21) y rechazado de nuevo el engaño de Satanás (Mt 16,22-23), esta declaración supone una confirmación definitiva a su persona por parte de Dios. Debe ser escuchado porque con su palabra y su vida ha llevado a plenitud todo lo que estaba anunciado en la Ley (Moisés) y los profetas (Elías).

Mateo ha querido situar este relato en una sección del evangelio en la que Jesús se concentra en instruir a sus discípulos (16,21 – 20,34). Todo empieza con el anuncio de la pasión, que supone un duro golpe para ellos porque implica la frustración de sus expectativas mesiánicas. Basta recordar la reacción de Pedro. En este contexto, la transfiguración intenta animar la fe y el seguimiento de los discípulos, que han entrado en crisis. Mostrándoles por un momento el final del camino -La Resurrección- pretende prepararlos para asumir lo que les queda por recorrer: la pasión y la muerte. Por eso, lo decisivo para ellos comenzará al bajar del monte y encontrarse de nuevo con “Jesús, solo” (Mt 17,8). Es en la vida cotidiana y en el seguimiento del Mesías sufriente donde deberán reconocerle y escucharle como “Hijo de Dios”, aunque vean “desfigurado” a quien han contemplado “transfigurado”. Es la única ruta posible para alcanzar la gloria de la resurrección que ellos han entrevisto ya en la cima de aquel monte.

ACTUALIZAMOS

La Cuaresma de los primeros discípulos nos marca la pauta. Como ellos, caminamos hacia la Pascua, estamos llamados a vivir “transfigurados”. Pero seguimos a “Jesús solo”, que se entregó hasta la donación total de sí mismo. En ese camino, a veces sombrío, también hay momentos de luz donde vemos clara la meta y recuperamos fuerzas para seguir adelante.

  1. “Se transfiguró delante de ellos”:

A veces, el Señor nos regala momentos de luz que luego nos animan a seguir adelante en momentos más oscuros.

¿Recuerdas alguno que tú hayas experimentado?

  1. “No vieron a nadie más que a Jesús, solo”:

¿Qué puede enseñarte este relato a la hora de continuar caminando junto a “Jesús solo”, aun en los momentos de desánimo?

  1. “Escuchadlo”:

¿De qué manera tratas de vivir este mandato en tu compromiso diario?

  1. “Levantaos, no temáis”:

¿Cómo te ayuda esta visión anticipada de la Pascua a vivir sin miedo y con esperanza el momento presente?

ORAMOS

“Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!”  Los momentos de intimidad con el Señor no pueden convertirse en una excusa para huir de la dura realidad, sino que son ocasión para fortalecer nuestro seguimiento y adhesión a él también en las horas bajas. Recordamos como en nuestro bautismo somos “transfigurados” e identificados con Jesús.

LECTIO DIVINA – CICLO A – CUARESMA DOMINGO I

Lectura del libro del Génesis 2, 7-9; 3, 1-7

El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo.

Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado.

El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal.

La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?».

La mujer contestó a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”».

La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».

Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Salmo 50, 3-4. 5-6ab. 12-13. 14 y 17

R./ Misericordia, Señor, hemos pecado

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa,
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R./

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R./

Oh, Dios, crea en mi un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R./

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-19

Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…

Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.

Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.

Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno: pues el juicio, a partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia, a partir de muchos pecados, acabó en justicia.

Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.

En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos.

Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

El tentador se le acercó y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero él le contestó:

«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».

Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:

«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».

Entonces le dijo Jesús:

«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».

Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

COMENTARIO

Al iniciar la cuaresma, la Palabra se remonta al comienzo de la Historia de la Salvación. A un mundo creado como bueno donde el ser humano fue puesto para ser feliz. Pero el Génesis nos recuerda la desobediencia de Adán y Eva, que sucumbieron a la tentación de querer ser como Dios y se incapacitaron para llevar a cabo ese proyecto. Las consecuencias de aquel primer pecado hubieran hipotecado definitivamente la historia, condenada a confundir para siempre el bien y el mal, pero Cristo ha roto aquella dinámica fatal. Es lo que Pablo y Mateo nos recuerdan: que Jesús vence la vieja tentación que amenazaba desde el principio a la humanidad.

El evangelio de las tentaciones es lectura obligada en cada primer domingo de cuaresma. En este ciclo litúrgico nos encontramos con la versión de Mateo. En ella, Jesús es puesto a prueba por Satanás para que realice su vocación de Hijo de Dios, proclamada en el bautismo, por caminos opuestos de los que el Padre le pide.

COMPRENDER EL TEXTO

En la primera parte del evangelio, Mateo quiere mostrar a sus lectores quién es Jesús (Mt 1,1-4,16). De este modo los prepara para comprender sus enseñanzas y solidarizarse con su destino. Hacia el final de esta sección, Jesús es proclamado Hijo de Dios durante su bautismo (3,17). El episodio de las tentaciones, situado a continuación, sirve de contraste a dicha proclamación y ayuda a captar en qué sentido debe ser interpretado este título como expresión de la identidad mesiánica de Jesús.

Jesús es conducido al «desierto», que en la Biblia suele aparecer como lugar de prueba, habitado por demonios y alimañas. Pero no es Satanás, sino el Espíritu que ha descendido sobre él en el bautismo, quien lo lleva hasta allí. No se trata, pues, de una encerrona, sino de algo que responde al plan de Dios. Es un relato cargado de simbolismo. Fijándonos en los demás elementos con los que Mateo construye la escena (“cuarenta días”, “ayuno-hambre”, “poner a prueba”…), comprendemos mejor su sentido. El evangelista está pensando en Dt 8,2-5, donde se narra los “40 años” que Israel pasó por el desierto y donde fue “puesto a prueba” para ver si era capaz de obedecer al Señor como un “hijo”. El libro del Éxodo nos recuerda que el pueblo sucumbió a la tentación. En cambio Jesús, el “Hijo de Dios”, se enfrenta al mal y lo vence en su propio terreno. Esto, además sucede 3 veces, número que indica totalidad. Indica que las tentaciones de Jesús no son un hecho aislado y puntual en la vida de Jesús, sino un resumen anticipado de las que sufrió a lo largo de su vida y en especial durante su pasión y muerte. (Mt 27,39-44). Fijémonos en el esquema que se repite en cada tentación.

El diablo inicia sus acometidas con la expresión: “si eres Hijo de Dios…” indica que la intención es desviar a Jesús de su forma de entender y vivir su ser Hijo de Dios. Para ello le propone aprovecharse de su condición, enfocarla como privilegio, ejerciendo el poder que conlleva en beneficio propio. De este modo podrá tener lo que necesita -convirtiendo las piedras en panes-, alcanzar la fama -realizando milagros espectaculares- y ejercer el dominio absoluto sobre el mundo, aunque para ello deba someterse a la lógica del mal. En el fondo es una sola tentación bajo tres aspectos distintos. Pero Jesús no cae en la trampa.

Es importante ver cómo Jesús vence las tentaciones citando la Escritura (Dt 8,3; 6,16;6,13). Lo hace porque no está dispuesto a la voluntad del diablo, sino sólo a la voluntad de Dios expresada en su Palabra. Ser hijo no es para ejercer el poder económico (panes), religioso (templo) o político (los reinos del mundo), sino una oportunidad de vivir en actitud de obediencia al Padre. Nada es tan importante y necesario como hacer lo que Dios quiere. Por eso no utiliza su relación con Dios para obtener ventajas personales. Dios es el único Señor y ese convencimiento guiará toda su vida (En Mt 16,1-4; 16,21-23; 26,51-54 Jesús actúa en total coherencia con las opciones que se reflejan en su rechazo de las tentaciones).

Jesús se niega a ser el Mesías que muchos esperaban. Sus credenciales como Hijo de Dios serán la fidelidad y la obediencia. No realizará milagros para hacerse propaganda, sino para expresar la compasión de Dios hacia los necesitados. La lógica de su vida estará guiada por el servicio y no por la idolatría del poder. De este modo desbarata las propuestas del adversario, que no tiene más remedio que huir. Su retirada transforma el escenario y convierte el desierto en un lugar donde Jesús experimenta la presencia y el auxilio de Dios. Por eso los ángeles se le acercan para servirle, ofreciéndole aquel alimento que viene del Padre y que sacia su hambre de verdad: “mi comida es hacer la voluntad del que me envió” (Jn 4,34).

ACTUALIZAMOS

Los 40 días de ayuno que Jesús pasó en el desierto inspiraron la duración de la Cuaresma cristiana. Lo que se nos pide en ella, no es tanto privarnos de alimentos como renovar nuestra vocación de hijos de Dios, esa que también nosotros recibimos en el bautismo y se ve amenazada, como la de Jesús, por numerosas tentaciones que tratan de anular el dinamismo del Reino. 

  1. Si eres Hijo de Dios…

¿Qué me enseña este pasaje sobre la persona de Jesús y su relación con el Padre?

  1. Todo esto te daré, si te postras y me adoras”:

¿Qué tentaciones amenazan mi coherencia de vida cuando trato de servir como hijo de Dios en la línea en que lo hizo Jesús?

  1. No tentarás al Señor, tu Dios…

¿Qué puedo aprender de la actitud de Jesús ante las tentaciones?

  1. Entonces lo dejó el diablo…

¿Qué esperanza me ofrece la victoria de Jesús?

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO VII

Lectura del libro del Levítico 19, 1-2. 17-18

El Señor habló así a Moisés:

«Di a la comunidad de los hijos de Israel:

“Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo.

No odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado.

No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Yo soy el Señor”».

Salmo 102, 1bc-2. 3-4. 8 y 10. 12-13

R./ El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R./

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R./

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R./

Como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por los que lo temen. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 3, 16-23

Hermanos:

¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?

Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros.

Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio.

Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».

Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 38-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo, diente por diente».

Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.

Habéis oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.

Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

 COMENTARIO

La primera lectura del libro del Levítico nos recuerda que ya en el Antiguo Testamento estaba vigente la ley de amor al prójimo, una ley que encontraba su fundamento en la soberanía y santidad de Dios. Jesús recuerda este precepto y amplía su cumplimiento. Entrar en la nueva alianza implica no sólo amar al prójimo, sino también amar y orar por los enemigos, porque así se comporta el Padre celestial y nosotros hemos de mostrarnos como hijos suyos. En esta misma línea, Pablo hace memoria de nuestra condición de hijos y nos invita a conducirnos según la sabiduría de Dios.

 COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio de hoy es continuación del pasaje del sermón del monte proclamado el domingo pasado. El evangelista sigue recordando a su comunidad que Jesús lleva la ley del Antiguo Testamento hasta límites insospechados. Más aún, la nueva ley carece de límites, porque tiene las dimensiones del amor del Padre celestial.

En un marco solemne, Jesús está ofreciendo a sus seguidores una especie de manual básico del discipulado. Tras las bienaventuranzas, les explica cómo deben interpretar la ley de Moisés. Como el domingo pasado leímos las cuatro primeras antítesis, hoy proclamamos y meditamos la quinta y la sexta.

La quinta antítesis recoge la ley del talión (Ex 21,24-25). Era ésta una norma muy importante, que buscaba limitar la venganza desmedida y consistía en establecer una justa proporción entre la culpa y el castigo. Jesús quiere superar esta justicia tan humana que no acaba de raíz con la espiral de violencia y proporcionar a sus discípulos una opción radical: responder al mal con la fuerza del bien, romper la dinámica de la venganza. Lejos de ser un acto de cobardía, esta actitud implica un enorme coraje. Desarmar la violencia con la paz y la generosidad no es tarea fácil, como tampoco lo es la siguiente antítesis.

Jesús pide a sus seguidores que establezcan unas relaciones nuevas sustentadas en el amor. Ya la ley de Moisés había prescrito el amor al “prójimo” en sentido restrictivo, limitándolo a los de la misma religión. Jesús corrige esta legislación del Antiguo Testamento y amplía su cumplimiento. Considerando “prójimo” también al enemigo, pide que se le ame y que se ore por él. Evidentemente, amar al enemigo no significa “sentir” por él lo mismo que se siente por un amigo o por una persona querida. El amor que propone Jesús no entra en el ámbito del sentimiento, sino de la acción. Amar al enemigo significa hacerle el bien, renunciar a cualquier actitud o acto hacia él que pueda causarle daño. Lo que pide Jesús rompe, sin duda, con toda lógica humana y va en contra del sentido común. Enseguida él mismo indica la razón de este comportamiento.

Los discípulos han de actuar contra toda lógica humana, respondiendo al mal con el bien, amando y orando incluso por los enemigos, porque Dios actúa así y ellos deben mostrarse como hijos del Padre celestial. No han de reaccionar con bondad o con amor porque esperen de los agresores un trato similar hacia ellos. Se deben comportar amando y perdonando porque Dios ama a todos y ofrece la bondad del sol y de la lluvia a malos y buenos, justos e injustos. Porque así es el Padre del cielo, los hijos deben imitar su ejemplo. Para saber en qué sentido debemos imitar como discípulos al Padre celestial podemos comparar Mt 5,48 con Lc 6,36.

Mientras el evangelio de Mateo manda ser “perfectos” el de Lucas exhorta a ser “misericordiosos”. La enseñanza es la misma, aunque expresada en categorías diferentes que pueden ayudarnos a comprender mejor. Para Mateo, que escribe a cristianos procedentes en su mayoría del ámbito judío, la perfección equivale a imitar la forma de actuar de Dios. Es lo mismo que Lucas intenta expresar a su comunidad, integrada sobre todo por cristianos provenientes del mundo pagano (no judíos), a quienes presenta la misericordia como el rasgo fundamental del Padre celestial que deben manifestar sus hijos, mostrando con sus actitudes cómo es el corazón de Dios. Por tanto, ser “perfectos (o misericordiosos) como el Padre celestial” no significa carecer de limitaciones ni de defectos, algo casi imposible, sino tener las mismas actitudes que Dios, es decir, renunciar a la venganza, amar sin distinción, perdonar, buscar en primer lugar el bien del otro.

Jesús no pide algo inalcanzable. Está diciendo a sus discípulos que tomen como medida de su actuar no la letra de la ley, sino el comportamiento de Dios. Un Dios que ha amado primero, que es bueno con todos, que da sin medida, que trata a todos por igual, buenos y malos. Si así se porta el Padre celestial, sus hijos deben hacer lo mismo.

ACTUALIZAMOS

El evangelio de hoy nos ha ofrecido un auténtico programa de vida cristiana que tiene su origen en nuestra condición de hijos del Padre celestial. Miramos ahora nuestra vida en el espejo de este programa y compartimos desde la fe, los alientos y compromisos que implica para nuestra vida.

  1. “… vuestro Padre celestial”:

  ¿Cuál es el rostro de Dios que aparece en el pasaje evangélico? ¿Cómo nos invita a relacionarnos con él?

  1. “Seáis hijos de vuestro Padre celestial”:

  ¿Cómo vives en tu vida la experiencia de ser hijo del Padre celestial? ¿Cómo la cuidas y alimentas?

  1. “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”:

  ¿Qué dificultades experimentas para vivir lo que dice el evangelio de hoy?

  ¿Encuentras pistas en ese pasaje para superar esas dificultades?

  1. “Como vuestro Padre celestial es perfecto”:

  ¿En qué cambiaría nuestro mundo y nuestra Iglesia si nos mostrásemos como dignos hijos del Padre celestial?

Jesús nos ha pedido en el evangelio que oremos por quienes nos persiguen. Quizá sea hoy un buen momento para rezar por las personas con quienes no nos entendemos, por aquellas que nos han herido en nuestra vida…; también podemos pedir perdón por las ocasiones en las que nosotros mismos nos hemos convertido en perseguidores, no hemos tratado bien o no hemos perdonado.

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO VI

Lectura del libro del Eclesiástico 15, 15-20

Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad.

Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras.

Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera.

Porque grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder y lo ve todo.

Sus ojos miran a los que le temen, y conoce todas las obras del hombre.

A nadie obligó a ser impío, y a nadie dio permiso para pecar.

Salmo 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34.

R./ Dichoso el que camina en la ley del Señor.

Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R./

Tú promulgas tus mandatos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus decretos. R./

Haz bien a tu siervo: viviré
y cumpliré tus palabras;
ábreme los ojos, y contemplaré
las maravillas de tu ley. R./

Muéstrame, Señor, el camino de tus decretos,
y lo seguiré puntualmente;
enséñame a cumplir tu ley
y a guardarla de todo corazón. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10

Hermanos: Hablamos de sabiduría entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.

Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.

Sino que, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».

Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.

El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.

Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.

Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.

Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.

Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.

Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”.

Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.

Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

COMENTARIO

La tradición sapiencial que muestra el Eclesiástico se hace plegaria en el salmo más largo del salterio: los mandatos de Dios, ofrecidos a la libertad del ser humano, son el camino de la vida. Pero siempre cabe la oportunidad de optar por la muerte, eligiendo el mal y el pecado. Quien opta por vivir según la voluntad de Dios manifestada en la ley, camina dichoso por la vida. Esta voluntad de Dios la ha revelado Jesús con sus palabras y sus obras y la ha llevado hasta las últimas consecuencias.

COMPRENDER EL TEXTO

Hoy comienza propiamente el sermón del monte, y Jesús, como nuevo Moisés, nos dice que la ley y los profetas hacen grandes en el Reino a quienes cumplen y enseñan sus mandatos. Pero Jesús presenta un modo totalmente distinto de interpretar, profundizar y dar vida a la Escritura.

Con el evangelio de hoy comienza una serie de instrucciones de Jesús sobre cómo se debe interpretar la ley de Moisés (Mt 5,17-38). Para ayudarnos a comprender este evangelio debemos tener en cuenta la pluralidad de la comunidad de Mateo, formada tanto por cristianos de origen judío como por otros de origen pagano. La interpretación de la ley y los profetas era un motivo constante de discusión entre ellos y también con los judíos. Jesús propone vivir la ley de un modo distinto, desde su espíritu y no desde la letra.

Lo que está en juego es la interpretación novedosa y radical que Jesús y sus seguidores hacen de la Escritura. Lejos de acabar con ella, la lleva hasta las últimas consecuencias, subrayando así la continuidad al mismo tiempo que la novedad que trae Jesús y el Reino que él anuncia.

La escritura manifiesta la voluntad de Dios vigente hasta el final de los tiempos. La tarea de Jesús está en continuar con la Escritura de su pueblo, pero él desvela su auténtica esencia y novedad. Los escribas y los fariseos se consagraban en cuerpo y alma al estudio y al cumplimiento de la ley hasta en sus más mínimos detalles. Habían multiplicado los preceptos y convertido la ley en una carga pesada. Jesús y sus discípulos, como años más tarde los cristianos a quienes Mateo dirige su evangelio, tuvieron que escuchar más de una vez la acusación de que descuidaban el cumplimiento de la ley. Mediante la utilización de un recurso literario –la antítesis-, el evangelista intenta hacer aún más vivo el contraste entre la postura de Jesús y la de los fariseos con respecto a la ley. Tanto en la terminología utilizada –ley, mandamiento, vigencia, abolir- como en el fondo de las cuatro antítesis aparece el tema de la justicia. La justicia de los fariseos se conformaba con marcar los mínimos imprescindibles para salvarse, olvidando la principal función de la ley. Pero la justicia de Jesús, de la que ya hablaban las bienaventuranzas, se refiere al comportamiento que responde a lo que Dios quiere del ser humano, tal como se manifiesta en la ley y los profetas, es decir, en las Escrituras.

La antítesis en estos cuatro casos tiene una misma estructura: se contraponen en paralelo la opinión de los fariseos y la de Jesús sobre diversos preceptos de la ley. Resalta por contraposición la postura de Jesús, quien descubre una profundidad inaudita y más auténtica en los mandamientos de la Escritura. El precepto no matarás, el adulterio, el divorcio y los juramentos son los cuatro casos propuestos para mostrar el nuevo modo de entender la ley entre los cristianos. Probablemente se traten de cuestiones discutidas dentro de la comunidad, pero no dejan de ser un ejemplo del nuevo estilo de vida inaugurado por Jesús: las enseñanzas de la ley y los profetas han de ser asumidas desde dentro, como expresión de la voluntad de Dios. Lo más interesante es observar la novedad de la interpretación de Jesús en cada uno de los casos y ver cómo ayuda a los discípulos a ir más allá de la “justicia” de los escribas y fariseos: no basta un cumplimiento externo, sino que son necesarias otras actitudes profundas.

ACTUALIZAMOS

Jesús nos invita a profundizar en la Escritura e ir al corazón de muchas normas, para poder vivirlas desde dentro y descubrir en ellas la voluntad de Dios.

  1. “Habéis oído que se dijo… Pero yo os digo…”

¿Mi fe está fundada en una visión demasiado legalista de la vida cristiana?

¿He descubierto la novedad que se esconde tras tantas leyes?

  1. “Si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano”:

¿Cómo construimos en nuestro grupo o parroquia la fraternidad?

  1. “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”:

¿Qué esperanza genera en mí este pasaje?

¿Qué sociedad nos invita a construir?

En la meditación de la Palabra de Dios buscamos descubrir su voluntad para cumplirla. Sólo la oración, que es encuentro con Dios, puede abrirnos los ojos del corazón para que encontremos la vida que se esconde en su palabra de amigo.

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO V

Lectura del libro de Isaías 58, 7-10

Esto dice el Señor:

«Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos.

Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas; ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor.

Entonces clamarás al Señor, y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”.

Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía».

Salmo 111, 4-5. 6-7. 8a y 9

R./ El justo brilla en las tinieblas como una luz.

En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos. R./

Porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor. R./

Su corazón está seguro, sin temor.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-5

Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.

También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?

No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo».

COMPRENDER EL TEXTO

El profeta Isaías niega cualquier valor ante Dios a las privaciones corporales y a las prácticas religiosas que no van acompañadas de una vida justa. Lo que Dios espera no son grandes manifestaciones externas de piedad, sino acciones concretas y efectivas a favor de los necesitados: alimentar al hambriento, hospedar al sin techo, vestir al desnudo.

Los profetas denuncian el ritualismo vacío y dicen que la mejor manera de hacerse escuchar por Dios es ayudar a los pobres. Isaías asegura que Dios escucha y bendice a los que así actúan. La gloria de Dios acompañará a los que se muestran misericordiosos con los necesitados (misericordia quiero y no sacrificios, velas, hábitos, posturas, apariencias…). Su vida se llenará de luz y de mediodía.

La espiritualidad bíblica se caracteriza por una relación directa entre la atención a Dios y la atención a los demás. Esto tiene su culmen en Jesús “Lo que hicisteis a uno de estos hermanos más pequeños, me lo hacíais a mí” (Mt.25,40)

El versículo 6, aquí omitido, explica el ayuno que agrada al Señor: afligirse y dejarse afectar (auténtica afectividad, sintonía) por el prójimo. Sentir como propio el dolor ajeno e implicarse en paliarlo, eso es lo que agrada a Dios.

El hombre del Antiguo Testamento creía que el ayuno era agradable a Dios.

No se puede separar al Dios de la alianza con la situación de quienes están oprimidos, sea por esclavitud, hambre y cualquier clase de atadura. Esta es la condición y no la consecuencia para que Dios escuche al orante y al que ayuna.

El único saber de Pablo es Cristo, y este crucificado. Cristo crucificado revela el auténtico rostro del evangelizador y del evangelizado, el auténtico rostro del hombre, que solo llega a serlo en la medida en que ama con un amor crucificado, gratuito, que no espera ser gratificado, sino que crea vida de la muerte. Así ha sido amado Pablo. Por eso, su ministerio brota de la “necesidad” (Hay de mí si no anuncio el evangelio) de compartirlo y se convierte en testimonio de experiencia, no en doctrina elocuente ni filosofía cautivadora.

En el Evangelio, Mateo intenta con estas dos comparaciones animar a los discípulos perseguidos y mostrar cuál es la misión de quienes viven el espíritu de las Bienaventuranzas.

Ser luz consiste en practicar las buenas obras para que todos los hombres den gloria a Dios.

Jesús no utiliza muchas palabras, se dirige al corazón y suscita en la persona la decisión. Luz del amor solidario que dignifica a cada persona y le suscita esperanza, capaz de dar sentido a la vida. No da sentido una respuesta coherente a los enigmas de la existencia, sino una vida entregada por amor en el encuentro cotidiano que mantenemos con las personas que nos toca convivir y relacionarnos.

Podemos recordar las bienaventuranzas como proyecto de futuro, pero también como pequeña realidad que se abre paso y construye el Reino desde lo pequeño y lo contradictorio. Hace falta mucha fe para creer en ese proyecto de felicidad que nos presenta Jesús, pero también mucha esperanza en que se cumplirá y mucho amor para comprometernos con su realización en lo concreto y cercano.

¿Qué tiene que hacer un cristiano en medio de la sociedad? Nada menos que “ser sal y luz del mundo”. ¿Cómo podemos, en medio de una historia de tinieblas o penumbras, ser nosotros luz?

Una primera respuesta la tenemos en el profeta Isaías. La enumeración que él hace, la conocemos bien, porque es la misma que Jesús nos dijo que serviría para nuestro examen final. En Mateo tenemos (Mt.25,40) el que evita hacer todo tipo de opresión para con los demás, el que no cae en la tentación de la maledicencia (hablar mal del prójimo, de los más cercanos a nosotros).

También el salmo: en las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Hace eco y profundiza en el mensaje de la primera lectura.

La misión que tiene el creyente es salir de sí mismo y ayudar a los demás, entonces sí podrá pensar en rezar. El que actúa así, y luego acude a Dios, Dios le dirá enseguida: “Aquí estoy”. Y le escuchará. (Si antes de rezar o presentar una ofrenda en el altar o ante Dios, te acuerdas de que un hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar y ve primero a ponerte en paz con tu hermano. Mt 5,23)

Quien opta por seguir a Jesús y vivir según su estilo cumple la misión de ser sal y luz para el mundo, esto sigue siendo una realidad para nosotros, los cristianos de este momento de la historia.

 ACTUALIZAMOS

  1. Brille así vuestra luz ante los hombres

¿Vives tu experiencia de fe consciente de que eres un faro que lleva a otros a Dios?

  1. Si la sal se vuelve sosa…

¿Eres consciente de que la fe cristiana tiene mucho de contra-cultural?

¿Qué valores tienes que mantener incluso contra corriente para que tu fe no se diluya?

  1. Sois la sal de la tierra y la luz del mundo…

¿Mi fe, mi ministerio, mi matrimonio, mi vida, es luz y sal?

¿A qué o a quienes alumbra?

¿Qué valores del evangelio conserva como la sal?

¿A qué cosas da el auténtico sabor del evangelio, de la experiencia de encuentro con Dios y con Jesús?

La luz y la sal que hemos de mostrar y aportar a nuestro mundo provienen del Evangelio y de Dios. Para adquirir y mantener esas virtudes, hemos de ser constantes en la oración.

LECTIO DIVINA – TIEMPO ORDINARIO – LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO – 2 de febrero

Lectura de la profecía de Malaquías 3, 1-4

Esto dice el Señor Dios:

«Voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino ante mí.

De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando; y el mensajero de la alianza en quien os regocijáis, mirad que está llegando, dice el Señor del universo.

¿Quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada? Pues es como fuego de fundidor, como lejía de lavandero. Se sentará como fundidor que refina la plata; refinará a los levitas y los acrisolará como oro y plata, y el Señor recibirá ofrenda y oblación justas.

Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en tiempos pasados, como antaño».

Salmo 23, 7. 8. 9. 10

R./ El Señor, Dios del universo, él es el Rey de la gloria.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R./

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso;
el Señor valeroso en la batalla. R./

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R./

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios del universo,
él es el Rey de la gloria. R./

Lectura de la carta a los Hebreos 2, 14-18

Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos.

Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 2, 22-40

Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».

Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.

Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:

«Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

COMENTARIO

El templo de Jerusalén es el verdadero centro físico y teológico del pueblo de Israel. Era el lugar privilegiado de la presencia de Dios, del encuentro con él.

Por eso Lucas pone a Jesús en relación con el templo desde el inicio de su evangelio.

Lucas sitúa después del nacimiento de Jesús, su presentación en el templo. (Presentación de Samuel en Silo para ser consagrado al Señor, 1S 1-2). Hay otros paralelismos, como el nacimiento de Samuel, el cántico de Ana con el de María (1 S 2,1-10; Lc 1,46-55).

Lucas ve que en Jesús llega a plenitud uno de los elementos fundamentales de la mejor teología del Antiguo Testamento. Jerusalén y su templo, eran vistos como el lugar donde Dios convocaría a todas las naciones para que recibieran la luz y la salvación. Israel era el pueblo elegido para ser el mediador entre Dios y la humanidad. El cántico de Simeón es un poema de acción de gracias a Dios que muestra a Jesús como la luz que nace en Israel y que alumbra a todas las naciones.

No falta el recordatorio de las dificultades que el plan salvador de Dios continúa encontrando entre los hombres. Simeón predice el rechazo que sufrirá Jesús en el futuro, al que también su madre queda asociada. La sombra de la cruz marca la vida de Jesús desde el inicio.

Ana, presentada como una mujer de oración que ha mantenido la esperanza puesta en Dios durante toda su larga vida, sabe descubrir también en el niño la presencia salvadora de Dios en el mundo, y se convierte en anunciadora de la liberación que Dios está ofreciendo a Jerusalén.

COMPRENDER EL TEXTO

Luz para alumbrar a las naciones:

Hoy es la fiesta de la presentación de Jesús en el Templo y la purificación de María, las “Candelas”. La liturgia nos invita a salir, con nuestras lámparas encendidas, al encuentro de aquel que es reconocido por el anciano Simeón como “Luz para alumbrar a las naciones”. A imitación de Cristo, y según sus palabras, los cristianos estamos llamados a ser la luz del mundo: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). La fiesta se sitúa a los 40 días del nacimiento de Jesús. Según lo marcado por la Ley de Moisés, José y María suben al templo para presentar al Señor a su hijo primogénito y para entregar la ofrenda de purificación de la madre: un par de tórtolas o dos pichones. La ofrenda de los pobres.

Los pobres del Señor reconocen al Mesías:

Al entrar en el templo son recibidos por Simeón y Ana, pobres de Yahvé que esperan al Mesías como salvación y liberación de su pueblo. Destaca la imagen de Simeón, entrañable, acunando en sus brazos al niño y sus palabras, que expresan la plenitud de una vida colmada en la espera del Mesías y coronada al verle: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, …luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Palabras que el Espíritu puso en boca y corazón de aquel buen hombre y que hoy pone Dios en nosotros y que se suelen recitar de memoria al terminar el día en la oración de “Completas”. Este niño al que Simeón abraza es el Salvador, la luz que alumbra a las naciones.

¿No haríamos bien todos en dejarnos guiar por las palabras y la vida de aquel que es la LUZ DEL MUNDO? Palabras y gestos de amor, de paz, de perdón y de reconciliación, su llamada al trabajo por la justicia y al desprendimiento de los bienes, su actitud de servicio como signo de la auténtica grandeza, son hoy necesarios para nuestro mundo y nuestra iglesia.

Luz en el Señor:

Los creyentes en Cristo somos “luz en el Señor”. Esto es un don grande, pero a la vez es una gran responsabilidad. ¿Qué hacemos con esa luz que hemos recibido? Con nuestra falta de autenticidad y de coherencia, facilitamos muchas veces la aparición del ateísmo, porque no revelamos el auténtico rostro de Dios y de la religión. El evangelio de hoy nos invita a bendecir a Dios, que nos permite tomar en nuestras manos al que es la LUZ DEL MUNDO y a ser portadores y testigos de esa luz en medio de las tinieblas.

Al lado de los pasos de la Madre:

María está unida desde el primer momento al sufrimiento de aquel que será como una bandera discutida, aceptado por unos y rechazado por otros hasta la cruz. Al pie de la cruz, al final de la vida de Jesús, estará María, “llevando” en sus brazos por última vez a su Hijo. La vocación del cristiano camina también al lado de los pasos de la Madre, de la luz a la cruz.

La liberación de toda esclavitud:

El otro personaje de hoy es ANA, viuda y anciana. Profetisa en continuidad con el Magníficat de María, da gracias a Dios al que ha servido día y noche con ayunos y oraciones, y reconoce cumplida en Jesús la esperanza de liberación de su pueblo. Y así se lo cuenta a los demás. ¿Servimos nosotros al Señor como Ana, día y noche? ¿Se une nuestra voz y nuestra vida a la liberación de toda esclavitud y pecado?

En conmemoración suya:

Un plan que Jesús supo condensar en la entrega de su vida en aquellos signos sencillos de un pan y un cáliz ofrecidos en la mesa y en la cruz por nosotros y por todos los hombres. Hoy lo seguimos haciendo nosotros en conmemoración suya.