LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO VI

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 8, 5-8. 14-17

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Salmo 65, 1b-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20

R./ Aclamad al Señor, tierra entera.

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!» R./

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. R./

Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él.
Con su poder gobierna eternamente. R./

Los que teméis a Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 15-18

Queridos hermanos:

Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo.

Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal.

Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conduciros a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 15-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros.

No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

COMENTARIO

La liturgia de hoy quisiera prepararnos ya para la próxima celebración de Pentecostés. Las lecturas abundan en referencias al Espíritu. A la vez que anima a los cristianos a dar razón de su esperanza, la primera carta de Pedro destaca el papel del Espíritu en el misterio pascual, constatando su intervención en la resurrección de Cristo. El libro de los Hechos nos presenta a los apóstoles transmitiendo ese mismo Espíritu mediante la imposición de manos. Finalmente, es el evangelio de Juan quien nos muestra a Jesús despidiéndose de los discípulos y prometiéndoles que intercederá ante el Padre para que les envíe «otro Paráclito» que se quede siempre con ellos.

En continuidad con el evangelio del domingo pasado, Jesús promete a sus discípulos que a pesar de su partida de este mundo no los dejará solos. El dinamismo puesto en marcha por la Pascua posibilitará nuevas presencias del Señor, que establecerá con los suyos una relación de comunión semejante a la que le une al Padre.

COMPRENDER EL TEXTO

Aunque el texto litúrgico ha recortado los vv. 13-14, la página evangélica que acabamos de leer es continuación casi inmediata de la que leímos el domingo pasado (Jn 14,1-12). Vale aquí, por tanto, todo lo que se decía sobre los «discursos de despedida», que siguen siendo el contexto en el que debemos entender estas palabras. Gracias a ellas comprenderemos mejor el sentido de la ausencia temporal de Jesús y los modos en los que Él seguirá haciéndose presente en medio de sus discípulos después de la Pascua. El pasaje de hoy está delimitado por una «inclusión», es decir, comienza y acaba de forma muy semejante.

Tanto el primer versículo del pasaje como el último insisten en la idea de que «amar» a Jesús implica «cumplir» sus mandamientos. Para captar el alcance de esta afirmación es preciso recordar que el Antiguo Testamento se expresa de idéntica manera cuando habla de la alianza entre Yahvé e Israel (por ejemplo, Dt 6,5-6; 7,9). Lo sorprendente es que aquí es Jesús el que reclama para sí lo que la tradición bíblica exige para Dios. Se apunta así desde el principio del texto hacia el misterio personal del Hijo y su comunión única con el Padre, aunque luego se explicará mejor. Este amor a Jesús, que debe traducirse y concretarse en hacer su voluntad y acoger con fe lo que él ha revelado mediante su palabra, viene a ser la condición para que Él se manifieste a sus discípulos y el Padre haga posible su presencia entre ellos de un modo nuevo. De eso habla el resto del pasaje.

Cuando Jesús sea glorificado junto al Padre intercederá ante Él y éste enviará a los discípulos el don de «otro Paráclito». Se cumple así la antigua profecía referida a la alianza nueva y definitiva prometida por Dios (por ejemplo, Ez 36,26-27). Respecto al sentido preciso de este término, con el que el evangelio de Juan se refiere al Espíritu, podríamos apuntar los significados de «ayudante», «protector», «abogado», «defensor», «intercesor» … para hacernos una idea más exacta de su función a favor de los creyentes; deberíamos leer los cinco anuncios de su venida distribuidos a lo largo de los «discursos de despedida» (Jn 14,16-17; 14,25-26; 15,26-27; 16,4b-11; 16,12-15). Allí queda claro que la actuación del Espíritu está en continuidad con la de Jesús (que también es llamado «paráclito» en 1ª Jn 2,1). Cuando Él ya no esté físicamente presente entre los suyos será «otro» Paráclito quien hará que los discípulos no olviden la enseñanza del Maestro, pues les ayudará a recordarla, a interpretarla con más profundidad y a actualizar su sentido.

Se destaca que el Paráclito es enviado para «estar siempre» con los discípulos. Esta función recuerda a la de Jesús durante su vida mortal (Jn 14,9). Por eso, cuando Él se vaya al Padre, será el Espíritu quien hará posible ese «yo estaré contigo» que resuena como promesa divina a lo largo de toda la Biblia (Ex 3,12). En un segundo momento se le califica también como «Espíritu de la verdad» porque su función es iluminar y hacer comprender «la verdad completa» (Jn 16,12-15). Aquí se subraya la diferente acogida que el «mundo» y los discípulos le dispensarán. Los que se niegan a aceptar a Jesús como verdad (Jn 14,6) tampoco pueden recibir a quien les resulta desconocido. Los discípulos, en cambio, lo conocen porque vive y está en ellos.

El envío del Espíritu y su presencia permanente en los creyentes no implica la ausencia definitiva de Jesús.

Como ya había anunciado (Jn 14,3), Él mismo volverá a los suyos y así remediará la orfandad que les causará su muerte. Esta separación será solo temporal, aunque no todos lo interpreten así. Para el mundo que le ha rechazado Jesús va a desaparecer definitivamente. La fe de los discípulos, en cambio, pondrá en ellos unos ojos nuevos que les permitirán seguir «viéndolo» y creyendo que él vive. Por eso cuando Jesús habla aquí de su vuelta, no se refiere a su regreso al final de los siglos, sino a su presencia actual como Resucitado en medio de la comunidad cristiana.

La presencia del Resucitado entre los suyos hará posible una nueva relación del creyente con Dios, caracterizada por la cercanía, el amor y la ausencia de otra mediación que no sea el mismo Jesús. La fe en el Viviente por excelencia será para ellos fuente de su misma vida (v. 19). Además, “comprenderán” la relación absolutamente única que le vincula con el Padre, de la que Jesús había hablado ya en Jn 14,10-11. Una relación de íntima unión que servirá de patrón para la que Él mismo establecerá con sus discípulos, de modo que también ellos participen de esa comunión divina (v. 20). La última consecuencia enunciada en este pasaje afirma que el Padre y Jesús mismo responderán con su amor a todos aquellos que le amen de verdad y lo demuestren poniendo en práctica su Palabra (v. 21).

ACTUALIZAMOS

Las palabras de Jesús que hemos leído no solo afectan a los primeros testigos de la Pascua o a la comunidad cristiana a la que Juan dirige su evangelio, sino a los creyentes de todos los tiempos. Por eso también nosotros somos beneficiarios de sus promesas, el Espíritu está con nosotros. Jesús está con nosotros. Vivimos sumergidos en la vida de Dios.

  1. “Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito”:

¿Qué rasgos de la función del Espíritu como “paráclito” descubres más presentes en tu vida?

¿Puedes decir que conoces y vive en ti ese que para muchos es el gran desconocido?

  1. “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”:

¿Cómo tratas de concretar estas palabras de Jesús en tu compromiso de cada día?

¿Vives “amando” o “cumpliendo”?

  1. “No os dejaré huérfanos”:

¿Qué clase de esperanza despierta en ti el saber que Jesús no nos ha dejado solos?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO VI

Lectura del libro del Levítico 13, 1-2. 44-46

El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

«Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca una llaga como de lepra, será llevado ante el sacerdote Aarón, o ante uno de sus hijos sacerdotes.

Se trata de un leproso: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza.

El enfermo de lepra andará con la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y gritando: «¡Impuro, impuro!». Mientras le dure la afección, seguirá siendo impuro. Es impuro y vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento».

Salmo 31, 1b-2. 5. 11

R./ Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito
y en cuyo espíritu no hay engaño. R./

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R./

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10,31 – 11,1

Hermanos:

Ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios.

No deis motivo de escándalo ni a judíos, ni a griegos, ni a la Iglesia de Dios; como yo, que procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven.

Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

«Si quieres, puedes limpiarme».

Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:

«Quiero: queda limpio».

La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente:

«No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».

Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

COMENTARIO

En el libro del Levítico se nos muestra la terrible existencia de los enfermos de lepra en el judaísmo. El sufrimiento por la enfermedad estaba acompañado por la marginación absoluta. Jesús, en el pasaje del evangelio, sana al leproso y lo integra de nuevo en la vida de su pueblo. De esta manera es restaurada su vida y su condición social.

Pablo, en la carta a los Corintios, nos invita a actualizar el compromiso de Jesús: seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. La Palabra de Dios nos lleva a leer nuestra historia personal comprometidos con nuestros hermanos.

COMPRENDER EL TEXTO

Seguimos con el capítulo primero del evangelio de Marcos. Se nos presenta a Jesús actuando de nuevo en la vida y en la historia de las personas, esta vez para limpiar a un leproso. Incluso, Jesús va más allá, porque no solo es necesaria la curación de la enfermedad física de este hombre, sino también la devolución de la dignidad de la persona y la superación de la completa marginación a la que estaba sometido por sus paisanos. El contacto con Jesús regenera radicalmente la vida del ser humano.

Con estas curaciones se nos recuerda cuál era la intención de Jesús al salir a los pueblos cercanos, anunciar el mensaje en las sinagogas y por todo el pueblo y expulsar los demonios (Mc 1, 38-39).

El relato se puede dividir en dos partes, la primera cuenta la curación y la segunda recoge un diálogo de Jesús con el hombre curado.

Se trata de un enfermo con lepra. Esta enfermedad tenía entonces connotaciones que no tiene ahora. Los capítulos 13 y 14 del Levítico son muy ilustrativos y aclaran esto. La lepra fue una de las plagas del éxodo y era considerada en el Antiguo Testamento como un castigo de Dios por los pecados de los israelitas. Contrasta la imagen que tenían de Dios aquellos hombres y el amor que trasparenta la acción de Jesús.

Los leprosos eran impuros y transmitían su impureza, por lo que eran forzados a vivir fuera de la ciudad. Por eso sorprende que Jesús deje que se acerquen a él, e incluso le toquen para curarles. Lo normal es que hubiera quedado contaminado y, sin embargo, es el leproso el que resulta curado. Hay que darse cuenta de que la vida de Jesús sí queda “tocada”. Al rebelarse contra las normas sociales que esclavizan al ser humano él mismo queda situado en los márgenes de la sociedad.

La fama de Jesús se extiende y son cada vez más los que acuden a él para ser curados de enfermedad o posesión, aunque Jesús intenta que no divulguen los milagros para que no se difundan comprensiones parciales y erróneas acerca de su predicación sobre el Reino.

Una vez más podemos constatar la cercanía de Jesús hacia los marginados, los enfermos, los endemoniados y sobre todo los leprosos, que estaban en ese grupo de personas a las que se excluía de la vida social y religiosa, porque eran impuros. El Reinado de Dios, que Jesús hace presente, llega, sin embargo, hasta ellos. Hemos de preguntarnos a la luz de la Palabra quiénes son hoy estos marginados a los que debe llegar la Buena Noticia del Reinado de Dios.

ACTUALIZAMOS

En nuestros días también hay gente que malvive, como el leproso del evangelio, en los márgenes de la sociedad; son personas rechazadas por razones políticas, sociales, religiosas… la historia del encuentro de Jesús con aquel leproso es, sin duda, hoy más que nunca nuestra historia.

  1. El leproso del texto llega a Jesús desde la fe. “Si quieres, puedes limpiarme”, le suplica de rodillas.

¿Cómo nos acercamos nosotros a Jesús?

¿Desde qué actitudes? ¿Qué esperamos de él?

  1. Las normas del judaísmo segregaban a mucha gente por diversos motivos. Jesús, por el contrario, integra, busca devolver la comunión. Podemos revisar nuestras actitudes con los marginados de nuestro entorno.

¿Quiénes son esos marginados?

¿Qué podemos hacer para que vuelvan a ser limpios a los ojos de todos?

  1. Un leproso era considerado como un muerto viviente. Su vida, sin nada de esperanza, no merecía la pena ser vivida.

¿Cómo es el Reino de Dios que propone el pasaje que hemos leído para los hombres y mujeres de hoy?

  1. Todos nosotros también tenemos alguna mancha en nuestras vidas,

¿De qué nos gustaría ser limpiados?

Como cristianos, hacemos una lectura creyente de la realidad que nos rodea, una lectura desde el corazón de Dios. A él nos acercamos como el leproso, desde la fe hecha súplica, buscando que nos limpie, que sane las enfermedades de nuestro mundo; también pidiéndole fuerza para que nos ayude a transformar radicalmente la realidad que nos rodea.

LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO V

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 6, 1-7

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas. Los Doce, convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron:

«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra».

La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.

La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

Salmo 32, 1-2. 4-5. 18-19

R./ Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas. R./

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R./

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 4-9

Queridos hermanos:

Acercándoos al Señor, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo.

Por eso se dice en la Escritura:

«Mira, pongo en Sión una piedra angular, elegida y preciosa; quien cree en ella no queda defraudado».

Para vosotros, pues, los creyentes, ella es el honor, pero para los incrédulos «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular», y también «piedra de choque y roca de estrellarse»; y ellos chocan al despreciar la palabra. A eso precisamente estaban expuestos.

Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14, 1-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice:

«Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde:

«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Felipe le dice:

«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica:

«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre».

COMENTARIO

La experiencia de la Pascua no deja las cosas como estaban, sino que transforma profundamente a los creyentes y afecta a sus relaciones con Dios y con los demás. El libro de los Hechos nos presenta a la comunidad cristiana de Jerusalén, que, después de la resurrección, se organiza para atender mejor a sus necesidades, según los carismas y dones que cada uno ha recibido. Se vivían momentos de tensión, como en cualquier comunidad normal, lo que es muy aleccionador es ver el modo como lo resolvían. No se asustan, se sientan a dialogar y deciden en consecuencia. La comunidad perfecta no es aquella en la que no hay problemas, sino aquella que sabe superarlos desde el diálogo y el amor, en nombre de Cristo, buscando todos el bien común.

La primera carta de Pedro revela la gran dignidad y responsabilidad de los que se han identificado con Cristo resucitado mediante el Bautismo. Y Jesús, en el evangelio de Juan, quiere preparar a los discípulos para el momento en el que ya no esté físicamente con ellos, de modo que puedan continuar la obra que él comenzó sin dejar de reconocerle como único mediador que hace posible el encuentro con el Padre.

COMPRENDER EL TEXTO

Este domingo y el próximo, leemos dos pasajes tomados de los “discursos de despedida” de Jesús, según aparecen reseñados en el evangelio de Juan. Al llegar la hora de separarse de los suyos, el Señor les ayuda a interpretar el verdadero sentido de su muerte y las nuevas posibilidades que se abren para los creyentes después de su partida.

DESCUBRIMOS LO QUE DICE EL TEXTO

Ante la perspectiva de su muerte, y en un largo paréntesis de sobremesa, el Maestro instruye a sus discípulos sobre el auténtico significado de lo que está por venir. Por eso, sus palabras son como un “testamento espiritual” en el que orienta a los suyos sobre lo que sucederá cuando ya no esté con ellos. El primero de estos discursos (Jn 13,31-14,31) tiene forma de diálogo, pues es interrumpido varias veces con preguntas y dudas que dan pie a sucesivas aclaraciones por parte de Jesús. La primera de esas preguntas suscita el anuncio de las negaciones de Pedro (Jn 13,36-38), tras el cual se sitúa el pasaje de hoy, en el que el Señor tranquiliza a los discípulos a la vez que les anuncia su partida:

La primera parte del texto (vv. 1-4) va encabezada por una petición de serenidad a la que Jesús añade enseguida una clara demanda de fe hacia su persona. Esta exigencia de confianza plena se entenderá mejor al final del pasaje, pero de momento va ligada a una explicación sobre el sentido de su marcha. Jesús no ve su muerte como el fracaso de su misión, sino como la culminación de la misma. Además, su despedida no es definitiva. Si se va es para preparar un sitio a los discípulos. Luego volverá resucitado y llevará a los suyos hacia ese mismo «lugar». Estas palabras provocan la intervención de Tomás, que no acaba de entender (v. 5).

Tomás parece ignorar cual es la meta a la que se dirige y, por tanto, el camino que se debe recorrer para llegar hasta ella. Se diría que ha interpretado todo literalmente, de un modo físico y superficial. En realidad, esta incomprensión responde a una técnica literaria llamada «malentendido«. Más que expresar una duda real, da pie a que Jesús responda con una explicación que ayuda a profundizar en el sentido de sus palabras. EI Padre es el destino hacia el que se orientan todos los creyentes. Pero el único itinerario que conduce a esa meta es Jesús, que se presenta como «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (v. 6). Por eso es preciso conocerle a él para conocer al Padre, algo que los discípulos han conseguido porque «ya lo han visto» (v. 7). Esta última afirmación de Jesús suscita una nueva interrupción del discurso por parte de Felipe (v. 8).

Cuando Jesús da por sentado que sus discípulos ya han visto al Padre, está afirmando algo que choca con la tradición bíblica, donde se sostiene que a Dios nadie lo ha visto jamás (Is 45,15; Jn 1,18). Y eso significa no sólo que Dios sea físicamente invisible, sino que el ser humano no puede conocerlo por sí mismo. La petición de Felipe expresa, por tanto, el deseo que anida en el corazón de todo creyente (Sal 42 (41), 3). La respuesta de Jesús niega la posibilidad de una visión directa de Dios, pero afirma que el Padre se ha hecho visible en su persona. Que él mismo es la única «teofanía» en la que Dios se ha manifestado y dado a conocer (v. 9). Al realizar esta afirmación sobre la íntima unión que existe entre el Padre y él, Jesús pide que esta revelación sea acogida con fe (vv. 10-11). Con esta nueva solicitud de confianza, el discípulo es invitado a dar credibilidad a las palabras de su Señor, que a su vez se acreditan gracias a las obras que él mismo hace.

El último versículo del pasaje parece descolgado del resto. En realidad, forma parte de una unidad diferente que el texto litúrgico ha recortado (Jn 14,12-14) y en la que Jesús trata de mostrar las perspectivas de futuro que se abrirán para los discípulos cuando él se vaya al Padre. Esta ausencia aparente posibilitará un nuevo tipo de presencia gracias al Espíritu, sobre la que se puede profundizar con el texto de la semana que viene (Jn 14,15-17). En ese contexto se han de entender las palabras del v. 12, donde Jesús promete a los creyentes la posibilidad de continuar y extender -por eso habla de «el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores»- la misión que él ha iniciado.

ACTUALIZAMOS

Orientar la propia existencia y tomar las opciones correctas es el desafío de toda vida humana. Los creyentes conocemos la meta que perseguimos y sabemos que el camino que nos conduce hasta ella no está hecho de leyes y normas, sino que es una persona que habló y actuó de un modo muy determinado. Si damos crédito a sus palabras y continuamos su obra, Jesús nos encaminará con él hacia el encuentro con el Padre.

  1. “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?”:

¿Qué te ha aportado la lectura de este pasaje a la hora de conocer a Jesús con más profundidad?

  1. “Yo soy el camino y la verdad y la vida”:

¿Cómo te orientan estas palabras para encaminar tu vida y tomar opciones coherentes con la fe en Jesús?

  1. “El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras”:

¿Eres consciente de que estamos llamados a prolongar como creyentes la obra de Jesús, que es también la obra de Dios? ¿Cómo lo concretas?

LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO IV

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 14a. 36-41

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose de pie junto a los Once, levantó su voz y declaró:

«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».

Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:

«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»

Pedro les contestó:

«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».

Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:

«Salvaos de esta generación perversa».

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Salmo 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6.

R./ El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R./

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R./

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R./

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 20b-25

Queridos hermanos:

Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.

Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.

Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca.

Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente.

Él llevo nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados.

Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 10, 1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

COMENTARIO

La liturgia de hoy está impregnada de metáforas sacadas del mundo de los pastores. El salmo 22 describe el cuidado amoroso y atento de un Dios-pastor que guía a su pueblo para que no le falte de nada. Y esa misma función la aplican a Jesús tanto la primera carta de Pedro como el evangelio. Ambos para recordarnos la admirable solidaridad de Cristo, que da su vida para que los suyos no anden como ovejas descarriadas ni sean víctimas de “ladrones y salteadores”. Además, Juan completa este cuadro simbólico añadiendo que Cristo es la “puerta” por la que han de pasar las ovejas si quieren acceder a la salvación. De esta manera, la Palabra nos ayuda a comprender mejor el sentido de la Pascua de Jesús y su relación con nosotros, los creyentes.

La imagen del buen pastor queda magistralmente plasmada en el capítulo décimo del evangelio de Juan. Jesús se identifica no sólo con el pastor, sino con la puerta de las ovejas: dos imágenes que esconden una dura crítica a los dirigentes religiosos de Israel.

COMPRENDER EL TEXTO

El “discurso del buen pastor” ocupa la primera mitad del capítulo décimo del evangelio de Juan (Jn 10,1-21). Para entenderlo es preciso situarlo en su contexto literario y recordar que sigue inmediatamente al signo de la curación del ciego de nacimiento que leíamos el cuarto domingo de Cuaresma (Jn 9). Aunque cambien las imágenes y ya no se hable de la luz, tinieblas y ceguera, sino de pastores y rediles, el tono polémico y la temática de fondo siguen siendo los mismos. Por otro lado, el carácter metafórico de este discurso nos pide buscar la clave simbólica que nos aclare su significado.

En la primera parte de este pasaje (vv. 1-5) Jesús propone una “comparación” (v. 6) en la que se habla del pastor en tercera persona. Aunque no llegue a identificarse explícitamente con él (como hará en Jn 10,11.14), está claro que se refiere a sí mismo. Las cualidades que caracterizan a este “buen pastor” serán descritas y completadas a lo largo de todo el discurso, pero ya se adelantan desde el principio. Se dice de él que siempre entra por la puerta en el redil de las ovejas y que una vez dentro llama a las suyas por su nombre y se pone delante de ellas. Éstas, que conocen su voz, la escuchan y le siguen. Son expresiones que hablan de una relación personal de intimidad y confianza absolutamente única entre Jesús y sus discípulos. Pero estas actitudes contrastan con las de otros personajes que aparecen en el pasaje.

La otra cara de la moneda la presentan aquellos que Jesús tacha de “ladrones”, “salteadores” y “extraños”. Para identificar a estos personajes habría que volver a leer la curación del ciego de nacimiento que precede a estas palabras y comprobar que son los fariseos los que se enfrentan con Jesús a propósito de aquel signo (Jn 9,29-41). A ellos se refieren también los duros calificativos con los que Jesús condena la mala gestión de los guías religiosos del pueblo. Por eso la gente no los reconoce como tales, huye de ellos y no les hace caso (v. 8). De hecho, algunos autores señalan que “el redil” simboliza aquí a Israel y que si el pastor “saca fuera” de él a sus ovejas es para librarlas de los abusos de quienes solo las buscan para “robar, matar y destruir” (v. 10). Y lo más grave es que estos ni si quiera se dan por aludidos cuando Jesús denuncia su conducta.

En el Antiguo Testamento, el título de pastor se aplica ante todo a Dios para evocar la solicitud y el cuidado de Yahvé que acompaña y guía a su pueblo a lo largo de la historia. Un ejemplo es el salmo de hoy (22-23). Por otro lado, son llamados con este nombre los reyes y dirigentes políticos y religiosos a quienes el Señor pone delante de su pueblo para que lo conduzcan y gobiernen según su voluntad. No obstante, los profetas tuvieron que denunciar muchas veces sus abusos y llamarlos “falsos pastores” porque se apacientan a sí mismos, se despreocupan del rebaño y lo dejan a merced de cualquier peligro (Ez 34). Esta situación de abandono, provocada por la irresponsabilidad de sus líderes, hace surgir una esperanza. Dios volverá a ser el pastor de su pueblo y suscitará un nuevo David, un Mesías liberador que apacentará el rebaño de Israel y lo protegerá.

En la segunda parte del pasaje, Jesús se identifica dos veces con “la puerta (de las ovejas)”. Desarrolla así lo que ha dicho hasta ahora, retomando la idea de la puerta, que había aparecido en su discurso anterior sobre el pastor (vv. 1-2). Esta imagen evoca seguridad, acogida, defensa ante el peligro, posibilidad de entrar y salir, de quedarse fuera o dentro, con ella Jesús se presenta como el paso obligado por el que deben entrar quienes quieran “estar a salvo” y encontrar todo aquello que necesitan. En cambio, los “ladrones y salteadores” han preferido ignorar que sólo a través de él escuchando su voz, siguiendo sus pasos, identificándose con su proyecto se tiene acceso seguro a la vida.

La dificultad para “visualizar” a la vez la imagen de Jesús como pastor y como puerta no es un problema para el evangelista. En el fondo, nos vienen a decir lo mismo, pues presenta a Jesús como único mediador de la salvación que Dios ofrece a su pueblo. El último versículo del pasaje sintetiza esta manera de presentar la misión de Cristo. Frente a quienes provocan la destrucción y la muerte del rebaño, Jesús ha venido para dar vida en plenitud:  “yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (v. 10).

ACTUALIZAMOS

En este mundo en el que muchos andan como “oveja sin pastor”, los creyentes tenemos la suerte de seguir a uno que es a la vez “pastor” y “puerta”, dos imágenes que Jesús se aplica a sí mismo y que nos asegura que estamos en buenas manos, bien protegidos y acompañados.

  1. Jesús es el pastor y la puerta de las ovejas:

¿Cómo te ayudan estas imágenes a conocer mejor al Señor?

¿Qué tipo de relación te invitan a establecer con él?

  1. Salvando las distancias:

¿Cómo podrías ser para los demás “pastor” y “puerta”?

¿Qué actitudes y acciones te sugieren estas imágenes como seguidor de Jesús?

  1. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará”:

¿De qué esperanza de salvación te habla este pasaje?

LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO III

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.

A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:

“Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile.

Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada.

Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.

Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro”.

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción». A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Salmo 15, 1b-2a y 5. 7-8. 9-10. 11

R./ Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R./

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R./

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R./

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17 – 21

Queridos hermanos:

Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:

«¿Qué?».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

COMENTARIO

La Palabra sigue ayudándonos a celebrar la Pascua del Señor y a reflejarla concretamente en nuestra vida. La experiencia de los dos discípulos de Emaús nos ayudará a reconocer la presencia del Resucitado en el camino de cada día. Un camino que se transformará en “la senda de la vida” si nuestra fe y nuestra esperanza reposan en ese Dios Padre, que liberó a Jesús de las ataduras de la muerte.

Lucas escribió su evangelio para cristianos que habían escuchado la buena noticia de que Jesús estaba vivo pero no lo habían visto con sus ojos. Por eso se preguntaban cómo podían encontrarse con el Señor resucitado. Con maestría narrativa y una gran capacidad pedagógica, el evangelista les responde a través del pasaje que hoy leemos.

COMPRENDER EL TEXTO

Este relato no pretende ser el reportaje en directo de una de las apariciones pascuales de Jesús. Lucas lo compuso como una verdadera “catequesis narrativa” para mostrar de qué manera el Señor resucitado sigue haciéndose presente en medio de los suyos. Por eso debemos leerlo atentamente, fijándonos en como aquellos dos discípulos van descubriendo, paso a paso, la verdadera identidad de su compañero de camino.

Es importante observar que aquel encuentro pascual se produce en el «camino», un término que Lucas utiliza como símbolo del seguimiento cristiano. Seguimiento que, en el caso de los dos discípulos, atraviesa una crisis profunda. La conversación que llevan «por el camino» está llena de preguntas sin respuesta. Su regreso hacia Emaús es, en cierto modo, una huida. En medio de aquella tremenda decepción, Jesús se hace el encontradizo. Ellos le hablan de aquel profeta poderoso de quien esperaban que fuese el Mesías liberador de Israel. Pero la cruz es el escándalo contra el que se han estrellado todas sus expectativas. Su ofuscación es tan grande que no dan crédito al testimonio de las mujeres. Disponen de todos los datos, pero carecen de la fe que les da sentido. Ven a Jesús, pero sus ojos no son «capaces de reconocerlo».

Para Cleofás y su compañero, la muerte en cruz del Mesías era un sin sentido. Cerrados en sus esquemas, se muestran escépticos e incapaces de interpretar lo sucedido. Por eso, tras escuchar con paciencia su versión de los hechos, Jesús les recrimina su torpeza para comprender «lo que dijeron los profetas», es decir, lo que Dios tenía ya previsto desde antiguo. Luego les «abre» las Escrituras para que entiendan que el plan de Dios debe cumplirse. Los ojos de la fe no se han abierto todavía, pero esa explicación del sentido de la cruz a través de las Escrituras surte su efecto: pone en ascuas los corazones y va preparando el reconocimiento definitivo.

La sagrada costumbre de la hospitalidad hacia el forastero se transforma en una invitación insistente para que Jesús no pase de largo: «¡Quédate con nosotros!». Al sentarse a la mesa, los papeles se trastocan. Jesús, el huésped, asume las tareas propias del anfitrión, a quien correspondía pronunciar la bendición y partir el pan para los comensales. Pero estos gestos adquieren de repente una significación mucho más profunda porque son los mismos que el Señor realizó durante la última cena (Lc 22,19). Gracias a ellos, los discípulos de Emaús reconocen por fin a Jesús. Por eso desaparece de su lado, porque ya no necesitan ver para creer. Se les han abierto los ojos de la fe y han aprendido a captar la presencia invisible del Resucitado «en la fracción del pan».

El encuentro con el Resucitado provoca la urgencia del regreso. Tienen algo muy importante que comunicar y no pueden esperar al día siguiente. Al llegar a Jerusalén, los dos de Emaús se reencuentran con la comunidad reunida que habían abandonado. Y es en ella donde pueden compartir su experiencia y percibir una vez más la presencia viva de Jesús en el anuncio gozoso de la Pascua: «Es verdad, el Señor ha resucitado …»

ACTUALIZAMOS

Caminando hacia Emaús hemos aprendido que el Resucitado nos sigue saliendo al paso en el camino de la vida, en la escucha de la Palabra, en la acogida del otro, en la fracción del pan y en la comunidad de los discípulos donde se proclama que él sigue vivo. Y todas esas presencias se condensan cada vez que celebramos la eucaristía y rehacemos en ella nuestro seguimiento cristiano.

  1. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron”:

¿Qué semejanzas hay entre el proceso de fe de los dos de Emaús y el tuyo?

¿Dónde reconoces la presencia del Resucitado?

¿Cuándo te ofuscas y te cuesta verle en tu camino?

  1. …lo habían reconocido al partir el pan”:

¿De qué manera deberíamos celebrar la Eucaristía para poder reconocer en ella la presencia del Señor?

  1. Nosotros esperábamos…

¿Cómo reaccionas cuando se frustran tus expectativas?

¿Cómo te ayuda el camino de Emaús a encontrar motivos de verdadera esperanza?

ORAMOS

Quédate con nosotros, Señor. Hazte nuestro compañero de camino. Continúa saliendo al paso de nuestras decepciones y abandonos. No dejes de iluminarnos con tu Palabra ni de alimentarnos con tu pan. Enciende nuestros corazones y ábrenos los ojos para reconocer tu presencia en medio de la comunidad que anuncia que estás vivo.

LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO II

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2, 42-47

Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.

Salmo 117, 2-4. 13-15. 22-24

R./ Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor: eterna es su misericordia. R./

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos. R./

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. R./

Lectura de la primera carta del apóstol San Pedro 1, 3-9

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, unos de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

COMENTARIO

Las lecturas de hoy nos hablan del poder transformador de la fe pascual. El evangelio nos recuerda que esa fe es capaz de hacer que el grupo de los discípulos, cerrado sobre sí mismo, se transforme, por la fuerza del Espíritu, en una comunidad misionera. Los Hechos de los Apóstoles insisten en que esa experiencia transformadora ha de traducirse en una comunión de vida y de bienes entre los creyentes. El cambio radical que opera en nosotros la resurrección de Jesús es tal que la primera carta de Pedro lo considera un “renacer” que es obra de Dios y fundamenta nuestra esperanza en la salvación que esperamos con alegría.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio de hoy debe entenderse en el contexto del capítulo al que pertenece (Jn 20). Es muy significativo que todo cuanto en él se narra acontece en domingo (“el primer día de la semana”). Ese era el día en el que los primeros cristianos recordaban la resurrección de Jesús y se reunían para celebrar la eucaristía. No debemos leer estas escenas de apariciones como una “crónica histórica”, sino como una meditación pascual que la comunidad cristiana hace en torno a la mesa del Señor, lugar privilegiado de encuentro con el Resucitado para los que creen en él aun sin haberlo visto.

  • Cristo muere para quitar el pecado del mundo; resucitado, deja a los suyos el poder de perdonar.
  • En el Antiguo Testamento se ofrecían animales para aplacar a Dios, pero eso no lograba destruir el pecado. Las ceremonias y los ritos no limpian el corazón ni dan el Espíritu Santo.
  • Pero ahora, en la persona de Jesús resucitado, ha llegado un mundo nuevo. Aunque la humanidad siga pecando, Jesús nos muestra el camino para superar el pecado y llegar al Padre.
  • El perdón de los pecados es una de las riquezas más grandes de la Iglesia.

La capacidad de perdonar es la fuerza que permite solucionar las grandes tensiones de la humanidad. «Quien no sabe perdonar no saber amar». «En la reconciliación se muestra al prójimo el amor más auténtico».

Las dudas de Tomás: Uno de los 12, testigo de lo que dijo e hizo Jesús, cenó con él, lo vio morir. Aunque Jesús lo dijo y estaba escrito con antelación, ni Tomás ni los demás entendieron nada. Tomás no esperaba que Jesús resucitara, no pudo creer a sus compañeros y nosotros tampoco terminamos de entenderlo ni de creerlo.

El relato insiste en que “Tomás, unos de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús”. De este modo, el evangelista indica la importancia de la comunidad como lugar privilegiado para vivir e interpretar la experiencia pascual. Esta se produce cuando se reintegra a la misma y desemboca en una auténtica confesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”.

Nos parecemos mucho a Tomás, tenemos dudas. ¿Estamos convencidos de la resurrección? ¿Creemos en la vida eterna? Se nos hace difícil creer en la resurrección, sobre todo cuando nos acercamos a ella, porque nos acercamos inexorablemente a la muerte. Y sin esperanza, la fe en la vida eterna no deja huella en nuestra vida. No se nos nota demasiado, no hay alegría, ni ilusión, ni estímulo en nuestra vida rutinaria, pues vivimos como si no tuviéramos esperanza.

Jesús disipó los temores de Tomás, apareciéndosele. En presencia de Jesús los temores desaparecen. Jesús nos dice: «Bienaventurados los que crean sin haber visto». Lo definitivo no es ver, sino AMAR, sólo el amor puede hacer que veamos y creamos. La fe no es un puro saber, sino una experiencia. Es el amor lo que nos hace descubrir al amigo. La fe es una apuesta, no hay ninguna seguridad para creer, lo que sí hay es certeza en la fe. El creyente no vive atormentado por la duda, sino que se va cerciorando y descubriendo el sentido de su opción conforme va viviendo la fe en la práctica, que es emprender el camino de Jesús resucitado, seguirle hasta la muerte, entonces comprenderemos que el que da la vida la gana resucitando con él.

Jesús es quien toma la iniciativa. Él es quien decide la ocasión y elige los medios. Los creyentes vemos a JESÚS porque se nos da a conocer, porque quiere, porque nos ama. Y así acontece en nuestros días, hoy: AQUÍ ESTÁ JESÚS, EN NUESTRA ASAMBLEA. Hemos escuchado su palabra. Ha elegido el pan y el vino como signos de su presencia y encuentro con nosotros. Pero no sólo aquí; Jesús se nos aparece también en el otro, en el prójimo, en el pobre, en el que nos necesita. Se nos aparece, se nos hace presentes. Otra cosa es que queramos reconocerlo. Y sólo podremos reconocerlo si lo amamos, si amamos al prójimo, si practicamos el mandamiento del amor. Porque el amor es el fundamento de nuestra fe cristiana. El que no ama, decía S. Juan, está muerto.

ACTUALIZAMOS

  • Jesús declara bienaventurados a los que creen sin haber visto:

¿De qué manera interpelan estas palabras tu vida de fe y tu relación con Jesús?

  • En Tomás vemos las dificultades que tenemos para creer:

¿Qué dudas sueles experimentar en tu proceso de fe y cómo las superas?

  • Las lecturas destacan el poder transformador de la fe y los frutos que producen en los creyentes:

¿Qué cambios personales y comunitarios debemos realizar para que nuestro testimonio sea creíble?

LECTIO DIVINA – CICLO A – VIGILIA PASCUAL

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 28, 1-10

Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres:

«Vosotras no temáis; ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis.» Mirad, os lo he anunciado».

Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.

De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:

«Alegraos».

Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.

Jesús les dijo:

«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

COMENTARIO

Y tras el silencio y la oscuridad que hay desde anoche… en esta tarde el primer encuentro de Jesús resucitado con María Magdalena. En la última hora del viernes y en la primera hora de la Pascua, Jesús siente pasión por enjugar lágrimas. Día de pocas palabras también, día para dejar que el Resucitado nos encuentre y, como a las mujeres y a sus amigos, nos diga: sólo quien ama, permanece en la Vida.

COMPRENDER EL TEXTO

Qué fácil es quedarse en el dolor, la limitación o el fracaso. Que fácil es perder la fe en la resurrección cuando lo que nos rodea es mucho sufrimiento. Eso mismo les ocurrió a los apóstoles, encerrados, llenos de miedo, sintiendo el fracaso de aquel en el que habían creído, pero que no habían escuchado; al que habían visto, pero no habían sintonizado con el ritmo de su corazón y de sus entrañas.

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

Esto es el núcleo de nuestra fe, creer, sentir y experimentar que el crucificado es el resucitado, que ha vencido a la muerte y que camina a nuestro lado. Son ellas, las mujeres, María la Magdalena y la otra María las que van, al alborear el primer día de la semana, a ver el sepulcro. Las mujeres habían permanecido en un segundo plano, ellas que no contaban ni en la política, ni en la sociedad, ni en las instituciones religiosas de aquella época, pero que supieron acompañar a Jesús, ayudarle con sus bienes, seguirle desde su condición de marginadas. Ellas sí creyeron, sintonizaron con sus palabras, con sus gestos, con su amor desmedido por la humanidad doliente. Ellas, a quienes, como tantas veces diría Jesús, se le conmovieron las entrañas ante el dolor, la muerte, la indigencia, la soledad… Por ello se convierten en las primeras testigos, en los mejores discípulos, en las primeras enviadas a dar la gran noticia, la mejor noticia que podían comunicar.  Ellas supieron amar y dejarse amar por el Señor, porque ésta es la clave de la Resurrección, el AMOR; por eso, de los discípulos, sólo Juan, el más pequeño, el más frágil, el discípulo que amaba a Jesús y se sentía amado por el Señor, permaneció fiel, al pie de la cruz acogiendo su legado de Amor, para poder compartirlo y transmitirlo. Sólo el Amor es capaz de interpretar los signos de la resurrección, la tumba vacía, los sudarios, las vendas… vio y creyó.

En este mundo en el que hay sufrimiento, violencia, guerras… también hay muchas personas que se conmueven, entrañas conmovidas, padecer con y por los demás, muchos sentimientos de solidaridad, de servicio y de entrega, de auténtico y verdadero Amor.  ¡Ojalá todo esto se prolongue más allá! Y nos haga sintonizar con el auténtico espíritu del Resucitado. Que no olvidemos, en el Crucificado, “Mirar las señales de los clavos, mirar la herida de mi costado, y no seáis incrédulos, sino creyentes” y podamos hacer la confesión de fe para la que nos hemos venido preparando durante toda la cuaresma y estos días santos: ¡Señor mío y Dios mío!

Él va delante de nosotros a Galilea, allí le veremos.

Galilea de los gentiles, de los paganos, de los impuros, de la mezcla de pueblos, de ideas, de religiones… Él quiere ir delante de nosotros allí, donde hace falta su luz, su vida, su resurrección. No le busquemos en lo correcto, en lo establecido, en lo fácil, en lo de siempre. Él nos plantea el reto de ser sus TESTIGOS empezando por lo más cercano y hasta los confines de la tierra. Donde hay oscuridad, dolor, muerte, limitación, pobreza, soledad, allí debemos estar los cristianos, para proclamar con nuestras vidas, con nuestro compromiso, con nuestro amor QUE ES VERDAD, CRISTO HA RESUCITADO, VERDADERAMENTE HA RESUCITADO, Y NOSOTROS CON ÉL. Esta es la única vocación de todo Bautizado, de cada comunidad cristiana, de la Iglesia universal, y como nos dejará escrito S. Juan: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14)

¡¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!!

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO V

Lectura del libro de Job 7, 1-4. 6-7

Job habló diciendo:

«¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los de un jornalero?; como el esclavo, suspira por la sombra; como el jornalero, aguarda su salario.

Mi herencia han sido meses baldíos, me han asignado noches de fatiga.

Al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré?

Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba.

Corren mis días más que la lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza.

Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no verán más la dicha».

Salmo 146, 1bc-2. 3-4. 5-6

R./ Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.

Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel. R. /

Él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre. R. /

Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados. R. /

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 16-19. 22-23

Hermanos:

El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo.

No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga.

Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio.

Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio.

Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos.

Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés.

La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:

«Todo el mundo te busca».

Él les responde: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».

Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

COMENTARIO

Job atraviesa tiempos de desgracia y su vida cae en la desesperación. Es la historia del justo que sufre. Desde un contexto similar, en el evangelio, Jesús trae vida nueva, salud integral al ser humano. El mensaje del Reino es un viento de esperanza que debe anunciarse a todos los hombres y mujeres de la tierra. Pablo, en la carta a los Corintios, expresa la profunda necesidad que siente de transmitir el evangelio.

Acogemos la Palabra de Dios y descubrimos una vez más nuestra tarea de anunciar la Buena Noticia a todas las gentes.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio de hoy es continuación del leído el domingo pasado. De nuevo, Jesús entra en la historia de las personas para que tengan vida plena, para liberarlas de los yugos que las esclavizan: la enfermedad, los malos espíritus… Nadie queda excluido. Cumple la voluntad del Padre, que quiere que la salvación llegue a todos los rincones de la tierra.

El evangelio de este domingo y el anterior forman parte de una composición que ha reunido en un solo día diversas acciones de Jesús, en las que se hace presente el Reinado de Dios anunciado por él.

Aparecen tres escenas en las que Jesús se relaciona con la gente y con sus discípulos. Las dos primeras están vinculadas: en las dos la actividad de Jesús consiste en curar, y estas curaciones tienen lugar en la casa y en la puerta de la casa. La primera escena describe una de estas curaciones. Jesús sana a la suegra de Pedro mediante el contacto personal y físico, tomando su mano. Y para que quede constancia de la acción de Jesús, el evangelista cuenta a continuación el efecto de la curación.

El servicio es uno de los rasgos que caracterizan a los discípulos de Jesús, se puede ver en Marcos 10,43-45; 15,40-41, de modo que después de haber sido curada, la suegra de Pedro se comporta como una discípula.

La curación de la suegra de Pedro sirve como modelo de las diversas curaciones que se describen en la segunda escena. Es una forma de decir que lo que le pasó a ella les ocurrió a muchos más. La acción se desarrolla al atardecer, cuando según la mentalidad judía comienza el nuevo día, agolpándose toda la población en la puerta de la casa de Pedro.

Esto no es nuevo en el evangelio, en el pasaje del domingo pasado leíamos algo parecido. Y en otros pasajes pide silencio no sólo a los demonios, sino también a algunos a los que cura y a sus propios discípulos (Mc 1,44). Es el recurso que, tras comprobar las acciones extraordinarias de Jesús, la gente no se haga una imagen parcial y errónea de su persona y misión. La revelación de la identidad de Jesús se completa en su pasión, muerte y resurrección.

La tercera escena tiene lugar a la mañana siguiente. Pedro expresa la voluntad de los habitantes de Cafarnaún y seguramente también la suya: todo el mundo está admirado por las obras que realiza su Maestro. Pero en la respuesta de Jesús se manifiesta algo muy distinto.

Al leer unido el evangelio del domingo pasado y el de este domingo, se descubre un modelo de lo que debe ser la evangelización: el anuncio debe ir acompañado de acciones liberadoras; debe llegar a todos los lugares, no sólo al espacio religioso; la Buena Noticia es para todos, especialmente para los que sufren y no están bien; el anuncio de la Buena Noticia nace de la experiencia del encuentro con Dios. Con este modelo podemos revisar cómo es en nuestra comunidad el anuncio del evangelio.

ACTUALIZAMOS

La actualidad de Jesús y sus palabras, la relación que tiene con la gente y con los discípulos, su cercanía con Dios, no son para nosotros anécdotas del pasado. Su preocupación por los que sufren y el anuncio de la Buena Noticia del Reino deben definir el estilo de vida de los que le siguen como discípulos.

  1. En este pasaje, como en tantos otros, vemos a Jesús buscando el encuentro íntimo con el Padre. La oración es expresión de la fe vivida como confianza en Dios.

¿Cómo es nuestra vida de oración?

¿Qué experiencia tenemos de encuentro con Dios?

  1. En el pasaje de hoy queda claro que el camino de Jesús sólo lo marca Dios. Y tiene tiempo para orar, expulsar demonios, curar, anunciar el evangelio…

¿En qué medida nuestra vida responde al proyecto de Dios?

¿A qué dedicamos nuestro tiempo?

  1. El Reino de Dios se iba manifestando en cada acción de Jesús. Nosotros hoy,

¿Qué signos del Reino vemos que animen nuestra esperanza?

LECTIO DIVINA – SEMANA SANTA – JUEVES SANTO

Lectura del libro del Éxodo 12, 1-8. 11-14

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto:

«Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de los hijos de Israel: «El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino más próximo a su casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo.

Será un animal sin defecto, macho, de un año; lo escogeréis entre los corderos o los cabritos.

Lo guardaréis hasta el día catorce del mes y toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer”. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas.

Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor.

Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.

La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora, cuando yo hiera a la tierra de Egipto.

Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis».

Salmo 115, 12-13. 15-16. 17-18

R/ El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo.

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R/.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas. R/.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R/.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 23-26

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo:

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:

«Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».

Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».

Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás».

Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».

Simón Pedro le dice: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

COMPRENDER EL TEXTO

Los hebreos nómadas ya celebraban, en primavera, sacrificios de animales para ganarse la benevolencia de Dios para ellos y para sus rebaños (Ex 5,3). Siendo en primavera, todo tenía un aire de renovación y de regeneración vital de la creación después del invierno. A partir de la liberación de Egipto, se convertirá también en memorial de la actuación del Señor que saca a su pueblo de la esclavitud.

La Pascua se celebraba en luna llena, en el primer mes del año hebreo, después del equinoccio de primavera (Lv 23,5). Cada casa debe tomar un cordero o un cabrito y debe separarlo del resto del rebaño, consagrándolo para el sacrificio. El Sacrificio que el Señor pide a los israelitas es un sacrificio de comunión: la sangre que se vertía sobre el altar ahora servirá para untar las puertas como signo de protección y de pertenencia al pueblo de Israel. El significado expiatorio del sacrificio pascual es posterior, presente ya en tiempos de Jesús. Es tradicional acompañar la comida de los sacrificios con panes sin fermentar (junto con las verduras amargas) ya que la fermentación es vista como impureza y corrupción; en la cena pascual esta práctica será vista como un signo más de la prisa que comportaba la huida de Egipto, junto a la prescripción de comer el cordero con “la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano”.

En los evangelios sinópticos la Última Cena de Jesús es una cena pascual. En el evangelio de Juan, en cambio, Jesús es crucificado el día de Pascua, el momento en que se sacrificaban los corderos.

Jesús da un nuevo significado a las palabras, los signos y la realidad. Ahora hablamos de otro paso, de otra libertad, de otra inmolación del cordero, de otra presencia de Dios en medio de su pueblo.

Los cristianos de hace 2000 años vieron que el paso de Dios más decisivo acontecido en la historia fue Jesús de Nazaret. En Jesús vieron la máxima expresión del amor de Dios. Para ellos Jesús era la auténtica Pascua.

Cuando llegan a su fin los días de su existencia terrena, Jesús realiza su Pascua, su paso de este mundo al Padre. Da gracias al Padre y ofrece a los suyos, el pan, que es su propio cuerpo, su propia vida, la Palabra definitiva, que Dios pronuncia en su persona. Por eso dirá sobre el pan: “Tomad y comed; esto es mi carne”, es decir, mi ser mortal de hombre, ofrecido por vosotros. “Haced vosotros lo mismo en memoria mía”. Jesús explica así el significado de su entrega en la cruz: su persona, su “cuerpo”, es como un pan partido que sirve para alimentar a los demás, para darles vida; y su sangre (su vida) es vertida, es empleada, en provecho de todos los hombres.

En adelante la fe será otra cosa. Pasará necesariamente por Jesucristo, y consistirá en la unión con Él, en dar la vida por los hermanos. Comulgar a Cristo es entrar en comunión con todos los desheredados de este mundo; es comenzar en este momento una vida nueva, siempre dispuesto a afanarse, para hacer de este mundo una familia de hermanos.

Este es el relato más antiguo de la Cena del Señor, escrito hacia el año 56. Pronto, entre los cristianos, fue tomando cuerpo la costumbre de juntarse por casas a celebrar la fracción del pan o Eucaristía, la acción de gracias porque Dios se nos ha acercado en la persona de Jesús.

Pero no hay que olvidar la fuerte crítica que hace Pablo a los cristianos de Corinto por la manera de celebrar la Eucaristía: con divisiones (v18); diferencias entre ricos y pobres (v 21); sin ser conscientes de las exigencias que aquella comportaba (v 27). Pablo exhorta a los cristianos a vivir la comida del Señor con total conciencia de lo que significa. Pablo recuerda que Jesús pidió que sus discípulos hicieran sus mismos gestos en memorial, pero no como un rito vacío, sino como identificación con su entrega a los demás por amor. Ofender al “cuerpo de Cristo” que es la comunidad, despreciando a los más pobres que hay en ella, o creando divisiones, es una profanación de la cual los cristianos tendrán que responder ante Dios mismo.

Juan nos presenta el lavatorio en sustitución de la Eucaristía. Viene a ser lo mismo, porque en la Eucaristía, la clave es la entrega: “Este es mi cuerpo (vida) que se entrega”. Y en el lavatorio, la clave es también la entrega, el servicio. Jesús presenta la cruz como un servicio por amor. El amor por los demás significa con frecuencia humillarse, hacerse servidor. Lavar los pies era un trabajo reservado a los esclavos.

Jesús sabe lo que va a hacer: morir por amor. Se siente plenamente confiado en el Padre (v 13,1)

Pedro se revela contra lo que hace Jesús, aún no ha comprendido bien que el mesianismo de Jesús es un mesianismo de servicio y no de poder. Jesús le dice que ahora no lo entiende, que ya lo comprenderá más tarde. ¿Cuándo es este después? Será después de la resurrección de Jesús, cuando los discípulos interpretarán lo que ha pasado y cuál es el significado profundo de los gestos y de las palabras de Jesús. Pedro, según el evangelio de Juan, comprenderá a Jesús cuando se le aparece cerca del lago de Galilea, cuando le pregunta sobre su amor y le encarga la misión de pastorear su rebaño también hasta la muerte (Jn 21,15-19).

Es interesante constatar cómo entre los discípulos a quienes Jesús lava los pies, también está Judas. Su servicio de amor es para todos los discípulos, incluso para Judas, a quien el diablo ha puesto ya en el corazón la resolución de la traición (Jn 13,2). El amor de Jesús no está condicionado por la respuesta de los demás: Jesús ama, sirve, se da, porque forma parte de su ser más íntimo.

El lavatorio no es solo un gesto, representa toda la vida de Jesús, que fue un servicio. Hay, pues, una referencia al estilo y a la actividad de la vida de Jesús.

La comunidad de Juan meditó mucho sobre la persona de Jesús. En vida de Jesús, los discípulos se muestran ambiciosos (“¡A ver quién es el mayor de todos!”). Pero al releer el Antiguo Testamento se encuentran con los pasajes de Isaías del siervo doliente, que toma sobre sí las flaquezas de los demás. Y ven reflejada, en esa lectura, la vida y persona de Jesús, el hombre pleno, por su servicio y por su amor.

¡Que el Hijo de Dios sea así es algo inconcebible!

Esto es un escándalo permanente. Es una inversión total de los valores. Así, pues, la auténtica Eucaristía tiene lugar cuando uno se pone a servir a los hermanos; sin el servicio, sin la entrega, sin el perdón, sin el amor, se queda en puro rito.

MEDITAMOS y ACTUALIZAMOS

  • Día del amor fraterno  
  • Institución de la Eucaristía
  • Institución del sacerdocio

Habiendo amado hasta el extremo a los que se le habían dado, ofreció su cuerpo y su sangre bajo las especies del PAN Y DEL VINO y mandó a los suyos que continuaran esta tradición hasta el final de los tiempos.”

La Pascua (paso de Dios por la vida) es posible en Jesús, desde su entrega total y absoluta hasta la muerte y resurrección. Sin ENTREGA, no hay ni amor ni pasión, ni muerte ni resurrección. Sin entrega no hay libertad.

La disposición de Jesús a la entrega debe provocar en nosotros una inquietante pregunta: ¿Qué estoy haciendo yo con mi vida y de mi vida? Este es el punto de partida para avanzar en el misterio Pascual.

LA FRATERNIDAD no es algo añadido a la Eucaristía, es Eucaristía porque es actitud permanente de entrega. Pablo la define como memorial del que se ha entregado por todos. Y lo que él ha hecho, la Pascua que él realizó, es lo que nos manda realizar.

Debemos preguntarnos, si como Jesús, entrego mi vida, si gasto mi vida en los demás o sólo en mí mismo. Porque esto es la Eucaristía, no es sólo asistir a misa. Hay que “Hacer eucaristía” vivir eucarísticamente, entregadamente, dando gracias al Padre por el amor que ha puesto en nosotros y que nos invita a repartir entre los demás.

Lo malo del amor es que nos cuesta situarlo en la realidad, lo vivenciamos más como deseo ideal que como dinámica de realidad. El amor se aprende amando. La limosna que doy, que no sea por tranquilizar mi conciencia, sino porque los otros me importan. Cuando nos demos la paz, que no sea un gesto que toca hacer, sino apertura del corazón que comparte.

Tenemos un puesto cada uno de nosotros en este mundo, y nuestra misión es poner nuestro granito de amor. El amor cristiano no se alimenta de simpatía, sino de detalles significativos, algo tan simple como mirar a las personas con otra actitud.

Jesús nos invita a la Eucaristía, quiere compartir con nosotros su amor, sabiendo que soy pecador. Que le niego, que le traiciono, quizá por eso me ofrece su pan y su vino, su sangre y su cuerpo, toda su vida. La cruz solo es el signo final de una vida de entrega, de una vida de amor y por amor.

Estamos llamados como él, a entregar nuestra vida, a gastarla, no en nosotros sino en los demás.

Por eso todos participamos del único sacerdocio de Cristo, que se ofreció a sí mismo, entregó su vida.

No hay pascua sin cruz” (S. Juan de la Cruz). Eucaristía = cruz y resurrección unidas. Llamados a vivir esto en lo cotidiano.

LECTIO DIVINA – CICLO A – DOMINGO DE RAMOS

Lectura del libro de Isaías 50, 4-7

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.

El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.

El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R./ Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere.» R./

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R./

Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R./

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel».R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11

Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.

Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

[La división por secciones en letra roja es para facilitar la oración, por pasajes, que se corresponden con los de las notas del comentario comprender el texto; no es división litúrgica, sino bíblica]

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo, 26, 14—27, 66

Traición de Judas

C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. — «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

La Cena de pascua

C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. — «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
C. Él contestó:
+ — «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: «El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos»».
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían, dijo:
+ — «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
C. Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. — «¿Soy yo acaso, Señor?».
C. Él respondió:
+ — «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. — «¿Soy yo acaso, Maestro?».
C. Él respondió:
+ — «Tú lo has dicho».
C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:
+ — «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».
C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ — «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
C. Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.

En el monte de los Olivos

C. Entonces Jesús les dijo:
+ — «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, porque está escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño». Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».
C. Pedro replicó:
S. — «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
C. Jesús le dijo:
+ — «En verdad te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces».
C. Pedro le replicó:
S. — «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
C. Y lo mismo decían los demás discípulos. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ — «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».
C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
+ — «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».
C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ — «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
C. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
+ — «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ — «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:
+ — «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. — «AI que yo bese, ese es: prendedlo».
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. — «¡Salve, Maestro!».
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ — «Amigo, ¿a qué vienes?».
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ — «Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ — «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».
C. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

El proceso judío

C. Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver como terminaba aquello.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. — «Éste ha dicho: «Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días».»
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. — «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. — «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
C. Jesús le respondió:
+ — «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. — «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».
C. Y ellos contestaron:
S. — «Es reo de muerte».
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. — «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. — «También tú estabas con Jesús el Galileo».
C. Él lo negó delante de todos diciendo:
S. — «No sé qué quieres decir».
C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. — «Éste estaba con Jesús el Nazareno».
C. Otra vez negó él con juramento:
S. — «No conozco a ese hombre».
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. — «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. — «No conozco a ese hombre».
C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

El proceso romano

C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:
S. — «He pecado entregando sangre inocente».
C. Pero ellos dijeron:
S. — «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».
C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. — «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre».
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».
Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. — «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús respondió:
+ — «Tú lo dices».
C. Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. — «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. — «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. — «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. — «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».
C. Ellos dijeron:
S. — «A Barrabás».
C. Pilato les preguntó:
S. — «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
C. Contestaron todos:
S. — «Sea crucificado».
C. Pilato insistió:
S. — «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. — «¡Sea crucificado!».
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
S. — «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!».
C. Todo el pueblo contestó:
S. — «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. — «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

Crucifixión, muerte y sepultura de Jesús

C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, decían:
S. — «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
S. — «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: «Soy Hijo de Dios»».
C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ — «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».
C. (Es decir:
+ — «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. — «Está llamando a Elías».
C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían:
S. — «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».
C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. — «Verdaderamente éste era Hijo de Dios».
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. — «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré». Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: «Ha resucitado de entre los muertos». La última impostura sería peor que la primera».
Pilato contestó:
S. — «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».
C. Ellos fueron, aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.

COMENTARIO

La liturgia del Domingo de Ramos tiene cierto sabor agridulce. Comienza conmemorando la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y acaba narrando la historia dolorosa de su pasión y muerte, una historia que este año leeremos según la versión de Mateo y en la que resuena aquella otra del justo sufriente, tal como ha quedado plasmada en los “Cantos del siervo” de Isaías o en el salmo 21, que tantas similitudes presentan con el relato de la pasión de Jesús. La Carta a los Filipenses nos ayuda a contemplar este drama de fracaso y sufrimiento humano desde sus motivaciones más profundas, como fruto de la obediencia a la voluntad del Padre, que por eso mismo exaltó a su Hijo y no lo abandonó al poder de la muerte.

COMPRENDER EL TEXTO

NOTAS:

Previo:

El mejor modo de orar la pasión es “estar”, permanecer en cada escena, mirar, oír, sentir, y pedir sensibilidad para percibir que todo esto lo sufrió el Señor “por mí”.

Al redactar los últimos capítulos de su evangelio, Mateo tuvo muy en cuenta el relato anterior de Marcos, que a su vez depende de una tradición muy antigua. Mateo introdujo ligeros retoques: sus personajes están mejor caracterizados, algunos episodios ganan en claridad, y pone muchas más referencias al AT. Lo que quiere subrayar Mateo en su relato de la pasión es que Jesús es el Hijo que lleva hasta sus últimas consecuencias la obediencia a la voluntad del Padre; muestra las diversas actitudes que se dan ante él en este momento crítico de su vida. Leyendo el relato con detenimiento, es difícil permanecer fuera del drama; los cristianos de cualquier época pueden reconocer su propia respuesta a Jesús en las de aquellos que le rodearon en sus últimos momentos. Vamos a analizarlo según las secciones que están indicadas en letra roja para facilitar la meditación.

Traición de Judas

El plan de los sacerdotes y de los ancianos del pueblo para matar a Jesús (Mt 26,3-5) encuentra un aliado entre los mismos discípulos de Jesús. Es importante en este pasaje el verbo “entregar”, que ha ido apareciendo en los anuncios de la pasión, y que es un tema que atraviesa todo el relato. Judas es descrito sistemáticamente como “el que lo entregó”. Mateo presenta la figura de Judas no sólo como el discípulo que traicionó a Jesús, sino también como tipo de los discípulos que rompen definitivamente su vinculación con el Maestro. Judas entrega a Jesús a cambio de dinero: este dato se subraya y recuerda las advertencias de Jesús a sus discípulos sobre el peligro de las riquezas; pero lo más importante ahora es que, en la entrega de estas treinta monedas, se cumple una profecía del AT en Zacarías 11,12 (una alegoría de la ruptura de la alianza, en la que un pastor cobra treinta monedas por ovejas que van al matadero). Pero la entrega que Judas hace de Jesús es sólo una parte del drama. En realidad, es Jesús mismo quien se entrega, ya que es consciente de lo que va a suceder y asume desde el principio su destino. Más adelante, el evangelista descubrirá que la raíz de dicha entrega de Jesús se encuentra en la voluntad del Padre, asumida por Jesús como Hijo obediente. Hay también, pues, una entrega del Padre.

La Cena de pascua

Mateo sitúa los acontecimientos siguientes en el marco de la cena pascual que era el acontecimiento principal de la fiesta de pascua; era una celebración familiar –Jesús se reúne con su nueva familia, sus discípulos-, en la que se recordaba la liberación de Egipto. El primer día de la fiesta estaba dedicado a los preparativos de la cena. Jesús, que no tenía casa en Jerusalén, tiene que procurarse un lugar donde celebrarla. En estos preparativos, Mateo no da explicaciones, sobresale sólo la voluntad de Jesús.

En el marco de la cena, “mientras comían”, Jesús anuncia la traición; Jesús conoce lo que han tramado contra él. De este modo se manifiesta lo que va a ocurrir como una entrega voluntaria de Jesús, que sabe que corresponde al plan de Dios, manifestado en las Escrituras. Cuando se trata de identificar al traidor, todos los discípulos llaman a Jesús “Señor”, reconociéndole como tal, menos Judas; éste le llama “rabí, Maestro”, un apelativo que utilizan los adversarios de Jesús en este evangelio (en Mt tiene un sentido negativo). Es decir, Judas habla como los enemigos de Jesús porque no ha comprendido que él es el Señor.

La escena siguiente –la institución de la eucaristía-, revela más claramente que es Jesús quien se entrega y descubre a sus discípulos el sentido profundo de esta entrega. En la cena de pascua, el padre de familia repartía a todos el pan sin levadura, en recuerdo de la liberación de Egipto, y pasaba varias veces la copa acompañando el gesto con oraciones. Jesús da a estos gestos un significado nuevo a través de las palabras que pronuncia sobre ellos: no se refieren ya al acontecimiento del éxodo, sino a su propia muerte. Jesús pronuncia sobre el pan la oración con la que se bendecía a Dios por el maná con que alimentó a su pueblo, pero, al entregárselo a sus discípulos, le da un significado nuevo: este pan partido y entregado es su propio cuerpo. Cuando les entrega la copa, explicita aún más el sentido de su entrega. El vino es su sangre “derramada por todos”. Mt añade: “para el perdón de los pecados”. Jesús se presenta a sí mismo como el nuevo cordero pascual, a través del cual Dios va a establecer una alianza nueva. Estas palabras de Jesús son compendio de lo que había sido su vida y su misión: una vida entregada y derramada por todos. Pero al mismo tiempo son una explicación del sentido de su muerte, pues su entrega será la realización definitiva de la misión que el Padre le había confiado antes de nacer: salvar a los hombres del pecado (Mt 1,21: “le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”). Los gestos de Jesús nos sitúan en el horizonte de su muerte, pero ésta no es la palabra definitiva: detrás de ella se encuentra el reino del Padre, en el que Jesús beberá un vino nuevo junto con sus discípulos. Es ésta la primera alusión a la resurrección, que introduce en el marco de la cena un clima de espera confiada.

En el monte de los Olivos

Después de cantar los himnos con que concluía la cena de pascua (Sal 114-118), Jesús y sus discípulos abandonan la ciudad y se dirigen hacia el monte de los Olivos, situado al otro lado del torrente Cedrón, en la parte oriental de Jerusalén.

Lo primero que tiene lugar aquí es que Jesús anuncia el abandono de sus discípulos y la negación de Pedro, lo mismo que había hecho con la traición de Judas. Mateo insiste en esta consciencia de Jesús para que se vea con claridad que él acepta libremente su destino. Más adelante se cumplirá todo esto. El abandono de los discípulos revela el escándalo, la piedra en la que se puede tropezar, en el seguimiento de Jesús. Pero incluso esto entra en el designio de Dios: ante la cruz, el rebaño de Jesús se dispersará (es una profecía de Zac 13,7). Pero él los congregará de nuevo en Galilea. Pedro, en nombre de los discípulos, manifiesta el deseo de no sucumbir; es una actitud que manifiesta su adhesión a Jesús, pero su fe es todavía débil, y por eso no podrá cumplir sus promesas. Los demás discípulos, que corroboran las palabras de Pedro, le abandonaron antes que él.

La oración de Jesús en Getsemaní es una de las escenas más impresionantes del relato de la pasión. Se acerca el momento en que lo anticipado en la cena se tiene que cumplir en la entrega de su vida por todos. Es un trago amargo, que le hace experimentar intensamente el miedo y la angustia. Getsemaní es paso obligado en el camino que va del cenáculo al calvario. A lo largo de todo el relato de la pasión, Mateo subrayará el dominio de Jesús, su valor y decisión, pero esta escena deja entrever la otra cara de la realidad y nos introduce en el drama profundo. Jesús experimenta la dificultad de aceptar su muerte como camino para que se manifieste el designio salvador de Dios. La oración es el ámbito en el que Jesús busca, descubre y acepta la voluntad de Dios. Las palabras con las que se expresa esta aceptación, “hágase tu voluntad”, son las mismas que él había enseñado a sus discípulos. Es esta obediencia un rasgo fundamental para reconocerle como “Hijo”.

Aparece también la relación más cercana de Jesús con un pequeño grupo de discípulos a los que manifiesta su angustia. Ellos son incapaces de mantenerse en vela unidos a él (“velad conmigo” sólo en Mt). Por eso no serán capaces de seguirle en su pasión. Así se ve que también los discípulos sólo podrán encontrar en el diálogo con el Padre la fuerza para cumplir su voluntad. Este episodio tiene una estrecha relación con el padrenuestro: en ambas se llama a Dios “Padre” y el centro está en cumplir su voluntad, y en ambas está el peligro de caer en tentación.

Tras esta oración, entregado a la voluntad del Padre, Jesús podrá dirigirse voluntariamente hacia el que va a entregarle. Comienza a cumplirse el plan tramado por Judas y los jefes de los sacerdotes, con el arresto de Jesús. También aquí se subraya la voluntad de Jesús, el cumplimiento de la Escritura; incluso se inserta una enseñanza al impedir a sus discípulos imponerse por la fuerza: les exhorta a no utilizar la violencia ni siquiera para defender una causa justa. Él ha elegido el camino del amor y la misericordia, que rompen la espiral que genera la violencia. A partir de aquí todo el relato será una sucesión de entregas: Judas no sólo ha abandonado el seguimiento, sino que entrega a Jesús, y lo hace con un gesto hipócrita pactado con los jefes de los sacerdotes; éstos lo entregarán al procurador romano, que a su vez lo entregará al pueblo. Consumado el arresto, “todos los discípulos lo abandonaron y huyeron”.

El proceso judío

El escenario se traslada a la ciudad, a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se han reunido los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los miembros del Consejo de Ancianos. Después del abandono de los discípulos, Pedro “le sigue” (verbo que denota su condición de discípulo) pero de lejos.

Mateo subraya la injusticia de este proceso contra Jesús; no es un proceso limpio, pues el objetivo es buscar una acusación falsa contra él (las palabras de que le acusan nunca aparecen en Mt en labios de Jesús); los líderes judíos han rechazado a Jesús y su enseñanza y buscan por todos los medios acabar con él.

El pasaje contiene una de las confesiones de fe más completas de todo el evangelio: en las acciones y palabras de Jesús y de sus adversarios van apareciendo los títulos con los que la comunidad de Mateo confesaba su fe en Jesús: Siervo, Mesías, Hijo de Dios e Hijo del hombre. Su actitud silenciosa ante la primera acusación recuerda la figura del Siervo sufriente, lo mismo que las burlas de que es objeto. Más adelante, en su respuesta al sumo sacerdote, Jesús revela que es el Mesías esperado, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, título que en este evangelio se refiere a su condición de juez escatológico. Sorprendentemente, en el momento en que Jesús es condenado, es cuando manifiesta su verdadera identidad.

La respuesta del sumo sacerdote es una nueva acusación: de blasfemia, el mismo cargo de que le habían acusado los testigos falsos. La resolución de los jefes de los sacerdotes es la condena a muerte, aunque los lectores saben que la condena no es fruto del juicio, sino algo previamente acordado (Mt 26, 4.59). A la condena siguen las burlas.

Las negaciones de Pedro cumplen lo anunciado por Jesús. La situación a la que se enfrenta Pedro describe muy bien la “tentación” de la que Jesús había hablado en Getsemaní. La tentación, la única gran tentación, consiste en abandonar el camino del seguimiento de Jesús. Los que rodean a Pedro le reconocen como uno de los discípulos de Jesús, pero él lo niega públicamente; sus negaciones van creciendo en intensidad: primero no sabe de qué le hablan, luego niega con juramento conocer a Jesús, y finalmente prorrumpe en maldiciones y juramentos asegurando no conocerle. Al negar a Jesús, Pedro está negando su condición de discípulo, se está negando a sí mismo. El canto del gallo le hace caer en la cuenta de lo que acaba de hacer. No ha sido capaz de acompañar a Jesús hasta la cruz, su fe es débil porque no supo orar con Jesús en Getsemaní, ha sucumbido a la tentación. Por eso llora amargamente, y su llanto recoge las lágrimas de todos los discípulos vacilantes que en los momentos de prueba siguen negando a Jesús.

El proceso romano

De la casa de Caifás, Jesús es conducido a la casa del procurador romano, Pilato. Pudo ser porque los judíos no tenían jurisdicción para ejecutar la pena capital (así en Jn 18,31, aunque esto no está históricamente probado con seguridad), o como una maniobra de los jefes de los sacerdotes para evadir su responsabilidad ante el pueblo. Pilato fue procurador de Judea desde el año 26 hasta el 36 d.C. Habitualmente residía en Cesarea, pero con motivo de las grandes fiestas se trasladaba a Jerusalén, para vigilar posibles disturbios, más frecuentes entonces por la afluencia de peregrinos. Es el cumplimiento de que Jesús “sería entregado a los paganos” (Mt 17,22).

Mateo ha situado el episodio de la muerte de Judas después de la entrega de Jesús para su proceso ante el procurador romano; situado en este punto, el cambio de actitud de Judas –remordimiento- revela la iniquidad del proceso y la inocencia de Jesús. Mateo alude a la desesperación. El precio de la sangre inocente significa la responsabilidad por la muerte de Jesús, responsabilidad que ahora nadie quiere aceptar; pero en esto también se cumple la profecía de Zac 11,12-13 (aunque el autor la atribuye a Jeremías).

Se retoma el hilo y se narra el proceso romano ante Pilato. Aquí todavía aparece con más claridad la inocencia de Jesús y la responsabilidad del pueblo. La tradición sitúa el interrogatorio en el Pretorio, en la Fortaleza Antonia, que se alzaba al norte de la explanada del templo. La pregunta que Pilato hace a Jesús revela que los jefes de los sacerdotes han cambiado la acusación religiosa –es un blasfemo- por otra política –dice ser el rey de los judíos-; la primera no habría sido motivo para que el procurador lo condenara a muerte. El título “rey de los judíos” expresa una concepción política del Mesías, que era común en aquel tiempo. Jesús reconoce que es rey, pero su reino se rige por la voluntad de Dios, y en este momento él vuelve a su actitud silenciosa ante los que le acusan, la actitud del Siervo. Esto extraña a Pilato, que comienza a descubrir la inocencia de Jesús; esto se desprende de algunas alusiones que introduce Mt, aunque es menos probable históricamente que Pilato se tomara molestias por salvarle; en todo caso, Mt dice que Pilato “sabía que se lo habían entregado por envidia”; el sueño de su mujer insiste en esta línea; Pilato no se refiere a Jesús como “el rey de los judíos” (título de la acusación) sino como “el llamado Cristo”; finalmente, se lava las manos.

Los jefes de los sacerdotes han convencido al pueblo para que pida la muerte de Jesús; ahora se hace realidad el drama de la parábola de los viñadores malvados (Mt 21, 22-46): el pueblo de Dios matará al Hijo, como hizo con los profetas, y como hará con los mensajeros del evangelio (Mt 23, 34-35). Una lectura interesada a utilizado en la historia este pasaje de Mt para justificar el antisemitismo de tipo religioso, aduciendo que el pueblo judío fue el causante de la muerte de Jesús; pero esta lectura no está en la intención de Mateo, cuyo propósito es otro: mostrar cómo en Jesús, el Justo, el Mesías, se cumple la voluntad de Dios, y en ese plan misterioso, Dios cuenta con que se produce el rechazo de su pueblo.

El proceso termina con el escarnio de Jesús, de igual modo que había terminado el proceso judío. La burla tiene como motivo la acusación falsa que han hecho contra Jesús y ha motivado su condena: pretender ser el rey de los judíos. La ironía está –como también en el caso anterior sobre el título de Mesías- en que se juega con la identidad de Jesús: los creyentes reconocen que en esta brutalidad de los gestos aparece el misterio de porqué Jesús ha sido rechazado: él es Rey, pero su reinado no es de este mundo, y es precisamente en el momento de la más profunda humillación cuando se manifiesta su misterio, el del que ha venido a derramar su vida por todos.

Crucifixión, muerte y sepultura de Jesús

El escenario de los acontecimientos se traslada del Pretorio al Gólgota, una cantera abandonada, situada en las afueras de la ciudad, cerca de la Puerta del Agua, donde solían ajusticiar a los condenados a muerte. El camino hacia el Gólgota apenas se describe: el reo era conducido por las calles de la ciudad llevando sobre sus hombros la parte trasversal de la cruz y un cartel con el motivo de la condena. Este camino no sólo era algo doloroso, sino tremendamente ultrajante. En el camino aparece fugazmente Simón de Cirene, a quien obligan a llevar la cruz de Jesús: los evangelios han conservado este detalle porque Simón cumple, sin saberlo, la recomendación que Jesús había hecho a sus discípulos de cargar con la cruz (Mt 10,38: 16,24); es un personaje secundario que en la pasión está más cerca de Jesús que sus propios discípulos.

En el relato de la crucifixión, Mateo está más interesado en el sentido de los acontecimientos que en narrar los hechos. Por eso se fija en el valor simbólico de todo lo que sucede alrededor. Su relato es una confesión de fe manifestada a través de tres convicciones: a) la muerte de Jesús responde al designio de Dios manifestado en las Escrituras, b) fue condenado injustamente, c) y al morir manifestó su condición de Hijo de Dios. La escena de la crucifixión está llena de referencias al texto del AT en los que los primeros cristianos encontraron un anuncio de la muerte de Jesús: el vino mezclado con una sustancia amarga (Sal 69,21); los vestidos echados a suertes (Sal 22,19); toda la escena de las burlas (Is 53,12; Sal 22,7-9); el cielo se oscurece (Am 8,9). La muerte de Jesús fue interpretada, pues, como cumplimiento de un designio misterioso de Dios que estaba manifestado en las Escrituras. Vuelven a aparecer las dos acusaciones falsas, con lo que se insiste en la injusticia de la condena. Finalmente, las burlas de los transeúntes son un eco de las tentaciones: los que pasan delante de la cruz, como Satanás entonces, relacionan la condición de Hijo de Dios con el poder y la gloria. Pero Jesús está manifestando su condición de Hijo en la obediencia al Padre.

La muerte de Jesús es para Mt el momento culminante de la historia de la salvación. Sus últimas palabras corresponden al comienzo del Salmo 22. La interpretación de este grito de Jesús –“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”- ocupa un lugar importante: para los presentes es un grito de desesperación; según ellos, Jesús llama a Elías para que venga a salvarle; sin embargo, el grito desgarrado con que comienza el salmo se convierte después en una oración confiada. Al escuchar estas palabras, los primeros cristianos ponían en boca de Jesús el salmo completo, y desde él comprendían la confianza de Jesús en este momento decisivo. La descripción de la muerte es muy breve. Mateo ha cambiado el verbo utilizado por Marcos (expiró) por el de “entregó el espíritu”, para subrayar definitivamente la entrega voluntaria de Jesús.

La enumeración de los signos que acompañan a la muerte sólo se encuentra en este evangelio: es el tipo de signos que, según la tradición apocalíptica, precederían a la manifestación de Dios al final de los tiempos: la sustitución del templo, la conmoción de toda la tierra, y sobre todo la resurrección de los justos, que anuncia la de Jesús. Estos signos extraordinarios revelan la presencia de Dios cuando parece estar más ausente, y son una respuesta al aparente abandono de Jesús.

Después, el evangelista menciona a dos grupos de personas que son testigos de estos acontecimientos. Por una parte, el centurión con sus soldados: él es un pagano, y se le unen los demás soldados, y sus palabras las pronuncia justo en el momento de la muerte de Jesús: “realmente éste era Hijo de Dios”. Esta confesión, puesta en labios de un pagano, expresa la fe cristiana: Jesús es el Hijo de Dios, y lo es precisamente en la cruz. Por otra parte, las mujeres, que serán también testigos de la sepultura. Mateo las presenta como discípulas de Jesús, al decir que “le seguían” (el verbo que expresa la condición de discípulo) y “le servían” (la actitud que mejor caracteriza a los seguidores de Jesús). Ellas no le han abandonado, sino que le han seguido hasta el final.

El cuerpo de Jesús es colocado en un sepulcro nuevo. Mateo presenta a José de Arimatea como un discípulo capaz de arriesgar su posición y su fortuna para servir a Jesús. Es el último de una serie de “personajes secundarios” que han sabido acompañar y reconocer a Jesús en el trance de su pasión: la mujer de Betania, la mujer de Pilato e incluso éste (en cuanto que ve su inocencia), los soldados al pie de la cruz, Simón de Cirene, las mujeres. Mateo establece un contraste intencionado entre la actitud de estos personajes y la actitud cobarde del grupo de discípulos, que han abandonado a Jesús en el momento de la prueba.

El sepulcro de Jesús tiene en Mateo una importancia excepcional. Ello se explica por las diversas interpretaciones que se dieron al sepulcro vacío: para los cristianos será un signo (no prueba) de que Jesús ha resucitado; sin embargo, algunos grupos judíos difundieron el rumor de que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús. El evangelista explica el origen de este rumor y quiere demostrar su falsedad. El motivo que los jefes de los sacerdotes y los fariseos aducen para custodiar el sepulcro hace referencia a los anuncios de la pasión, en los que se habla de la resurrección “al tercer día” (Dios se manifestará como Dios de la vida que vence a la muerte el día “en que actúa”). Pilato, de nuevo, se queda al margen y les encarga la vigilancia. El sellado de la piedra y la guarda del sepulcro son el fin de la actuación humana sobre el cuerpo de Jesús. Más allá de esa piedra sellada, más allá de la muerte, sólo Dios puede actuar.