LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO III

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.

A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:

“Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile.

Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada.

Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.

Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro”.

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción». A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Salmo 15, 1b-2a y 5. 7-8. 9-10. 11

R./ Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R./

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R./

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R./

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17 – 21

Queridos hermanos:

Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:

«¿Qué?».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

COMENTARIO

La Palabra sigue ayudándonos a celebrar la Pascua del Señor y a reflejarla concretamente en nuestra vida. La experiencia de los dos discípulos de Emaús nos ayudará a reconocer la presencia del Resucitado en el camino de cada día. Un camino que se transformará en “la senda de la vida” si nuestra fe y nuestra esperanza reposan en ese Dios Padre, que liberó a Jesús de las ataduras de la muerte.

Lucas escribió su evangelio para cristianos que habían escuchado la buena noticia de que Jesús estaba vivo pero no lo habían visto con sus ojos. Por eso se preguntaban cómo podían encontrarse con el Señor resucitado. Con maestría narrativa y una gran capacidad pedagógica, el evangelista les responde a través del pasaje que hoy leemos.

COMPRENDER EL TEXTO

Este relato no pretende ser el reportaje en directo de una de las apariciones pascuales de Jesús. Lucas lo compuso como una verdadera “catequesis narrativa” para mostrar de qué manera el Señor resucitado sigue haciéndose presente en medio de los suyos. Por eso debemos leerlo atentamente, fijándonos en como aquellos dos discípulos van descubriendo, paso a paso, la verdadera identidad de su compañero de camino.

Es importante observar que aquel encuentro pascual se produce en el «camino», un término que Lucas utiliza como símbolo del seguimiento cristiano. Seguimiento que, en el caso de los dos discípulos, atraviesa una crisis profunda. La conversación que llevan «por el camino» está llena de preguntas sin respuesta. Su regreso hacia Emaús es, en cierto modo, una huida. En medio de aquella tremenda decepción, Jesús se hace el encontradizo. Ellos le hablan de aquel profeta poderoso de quien esperaban que fuese el Mesías liberador de Israel. Pero la cruz es el escándalo contra el que se han estrellado todas sus expectativas. Su ofuscación es tan grande que no dan crédito al testimonio de las mujeres. Disponen de todos los datos, pero carecen de la fe que les da sentido. Ven a Jesús, pero sus ojos no son «capaces de reconocerlo».

Para Cleofás y su compañero, la muerte en cruz del Mesías era un sin sentido. Cerrados en sus esquemas, se muestran escépticos e incapaces de interpretar lo sucedido. Por eso, tras escuchar con paciencia su versión de los hechos, Jesús les recrimina su torpeza para comprender «lo que dijeron los profetas», es decir, lo que Dios tenía ya previsto desde antiguo. Luego les «abre» las Escrituras para que entiendan que el plan de Dios debe cumplirse. Los ojos de la fe no se han abierto todavía, pero esa explicación del sentido de la cruz a través de las Escrituras surte su efecto: pone en ascuas los corazones y va preparando el reconocimiento definitivo.

La sagrada costumbre de la hospitalidad hacia el forastero se transforma en una invitación insistente para que Jesús no pase de largo: «¡Quédate con nosotros!». Al sentarse a la mesa, los papeles se trastocan. Jesús, el huésped, asume las tareas propias del anfitrión, a quien correspondía pronunciar la bendición y partir el pan para los comensales. Pero estos gestos adquieren de repente una significación mucho más profunda porque son los mismos que el Señor realizó durante la última cena (Lc 22,19). Gracias a ellos, los discípulos de Emaús reconocen por fin a Jesús. Por eso desaparece de su lado, porque ya no necesitan ver para creer. Se les han abierto los ojos de la fe y han aprendido a captar la presencia invisible del Resucitado «en la fracción del pan».

El encuentro con el Resucitado provoca la urgencia del regreso. Tienen algo muy importante que comunicar y no pueden esperar al día siguiente. Al llegar a Jerusalén, los dos de Emaús se reencuentran con la comunidad reunida que habían abandonado. Y es en ella donde pueden compartir su experiencia y percibir una vez más la presencia viva de Jesús en el anuncio gozoso de la Pascua: «Es verdad, el Señor ha resucitado …»

ACTUALIZAMOS

Caminando hacia Emaús hemos aprendido que el Resucitado nos sigue saliendo al paso en el camino de la vida, en la escucha de la Palabra, en la acogida del otro, en la fracción del pan y en la comunidad de los discípulos donde se proclama que él sigue vivo. Y todas esas presencias se condensan cada vez que celebramos la eucaristía y rehacemos en ella nuestro seguimiento cristiano.

  1. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron”:

¿Qué semejanzas hay entre el proceso de fe de los dos de Emaús y el tuyo?

¿Dónde reconoces la presencia del Resucitado?

¿Cuándo te ofuscas y te cuesta verle en tu camino?

  1. …lo habían reconocido al partir el pan”:

¿De qué manera deberíamos celebrar la Eucaristía para poder reconocer en ella la presencia del Señor?

  1. Nosotros esperábamos…

¿Cómo reaccionas cuando se frustran tus expectativas?

¿Cómo te ayuda el camino de Emaús a encontrar motivos de verdadera esperanza?

ORAMOS

Quédate con nosotros, Señor. Hazte nuestro compañero de camino. Continúa saliendo al paso de nuestras decepciones y abandonos. No dejes de iluminarnos con tu Palabra ni de alimentarnos con tu pan. Enciende nuestros corazones y ábrenos los ojos para reconocer tu presencia en medio de la comunidad que anuncia que estás vivo.

LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO II

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2, 42-47

Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.

Salmo 117, 2-4. 13-15. 22-24

R./ Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor: eterna es su misericordia. R./

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos. R./

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. R./

Lectura de la primera carta del apóstol San Pedro 1, 3-9

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, unos de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

COMENTARIO

Las lecturas de hoy nos hablan del poder transformador de la fe pascual. El evangelio nos recuerda que esa fe es capaz de hacer que el grupo de los discípulos, cerrado sobre sí mismo, se transforme, por la fuerza del Espíritu, en una comunidad misionera. Los Hechos de los Apóstoles insisten en que esa experiencia transformadora ha de traducirse en una comunión de vida y de bienes entre los creyentes. El cambio radical que opera en nosotros la resurrección de Jesús es tal que la primera carta de Pedro lo considera un “renacer” que es obra de Dios y fundamenta nuestra esperanza en la salvación que esperamos con alegría.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio de hoy debe entenderse en el contexto del capítulo al que pertenece (Jn 20). Es muy significativo que todo cuanto en él se narra acontece en domingo (“el primer día de la semana”). Ese era el día en el que los primeros cristianos recordaban la resurrección de Jesús y se reunían para celebrar la eucaristía. No debemos leer estas escenas de apariciones como una “crónica histórica”, sino como una meditación pascual que la comunidad cristiana hace en torno a la mesa del Señor, lugar privilegiado de encuentro con el Resucitado para los que creen en él aun sin haberlo visto.

  • Cristo muere para quitar el pecado del mundo; resucitado, deja a los suyos el poder de perdonar.
  • En el Antiguo Testamento se ofrecían animales para aplacar a Dios, pero eso no lograba destruir el pecado. Las ceremonias y los ritos no limpian el corazón ni dan el Espíritu Santo.
  • Pero ahora, en la persona de Jesús resucitado, ha llegado un mundo nuevo. Aunque la humanidad siga pecando, Jesús nos muestra el camino para superar el pecado y llegar al Padre.
  • El perdón de los pecados es una de las riquezas más grandes de la Iglesia.

La capacidad de perdonar es la fuerza que permite solucionar las grandes tensiones de la humanidad. «Quien no sabe perdonar no saber amar». «En la reconciliación se muestra al prójimo el amor más auténtico».

Las dudas de Tomás: Uno de los 12, testigo de lo que dijo e hizo Jesús, cenó con él, lo vio morir. Aunque Jesús lo dijo y estaba escrito con antelación, ni Tomás ni los demás entendieron nada. Tomás no esperaba que Jesús resucitara, no pudo creer a sus compañeros y nosotros tampoco terminamos de entenderlo ni de creerlo.

El relato insiste en que “Tomás, unos de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús”. De este modo, el evangelista indica la importancia de la comunidad como lugar privilegiado para vivir e interpretar la experiencia pascual. Esta se produce cuando se reintegra a la misma y desemboca en una auténtica confesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”.

Nos parecemos mucho a Tomás, tenemos dudas. ¿Estamos convencidos de la resurrección? ¿Creemos en la vida eterna? Se nos hace difícil creer en la resurrección, sobre todo cuando nos acercamos a ella, porque nos acercamos inexorablemente a la muerte. Y sin esperanza, la fe en la vida eterna no deja huella en nuestra vida. No se nos nota demasiado, no hay alegría, ni ilusión, ni estímulo en nuestra vida rutinaria, pues vivimos como si no tuviéramos esperanza.

Jesús disipó los temores de Tomás, apareciéndosele. En presencia de Jesús los temores desaparecen. Jesús nos dice: «Bienaventurados los que crean sin haber visto». Lo definitivo no es ver, sino AMAR, sólo el amor puede hacer que veamos y creamos. La fe no es un puro saber, sino una experiencia. Es el amor lo que nos hace descubrir al amigo. La fe es una apuesta, no hay ninguna seguridad para creer, lo que sí hay es certeza en la fe. El creyente no vive atormentado por la duda, sino que se va cerciorando y descubriendo el sentido de su opción conforme va viviendo la fe en la práctica, que es emprender el camino de Jesús resucitado, seguirle hasta la muerte, entonces comprenderemos que el que da la vida la gana resucitando con él.

Jesús es quien toma la iniciativa. Él es quien decide la ocasión y elige los medios. Los creyentes vemos a JESÚS porque se nos da a conocer, porque quiere, porque nos ama. Y así acontece en nuestros días, hoy: AQUÍ ESTÁ JESÚS, EN NUESTRA ASAMBLEA. Hemos escuchado su palabra. Ha elegido el pan y el vino como signos de su presencia y encuentro con nosotros. Pero no sólo aquí; Jesús se nos aparece también en el otro, en el prójimo, en el pobre, en el que nos necesita. Se nos aparece, se nos hace presentes. Otra cosa es que queramos reconocerlo. Y sólo podremos reconocerlo si lo amamos, si amamos al prójimo, si practicamos el mandamiento del amor. Porque el amor es el fundamento de nuestra fe cristiana. El que no ama, decía S. Juan, está muerto.

ACTUALIZAMOS

  • Jesús declara bienaventurados a los que creen sin haber visto:

¿De qué manera interpelan estas palabras tu vida de fe y tu relación con Jesús?

  • En Tomás vemos las dificultades que tenemos para creer:

¿Qué dudas sueles experimentar en tu proceso de fe y cómo las superas?

  • Las lecturas destacan el poder transformador de la fe y los frutos que producen en los creyentes:

¿Qué cambios personales y comunitarios debemos realizar para que nuestro testimonio sea creíble?

LECTIO DIVINA – CICLO A – VIGILIA PASCUAL

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 28, 1-10

Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres:

«Vosotras no temáis; ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis.» Mirad, os lo he anunciado».

Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.

De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:

«Alegraos».

Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.

Jesús les dijo:

«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

COMENTARIO

Y tras el silencio y la oscuridad que hay desde anoche… en esta tarde el primer encuentro de Jesús resucitado con María Magdalena. En la última hora del viernes y en la primera hora de la Pascua, Jesús siente pasión por enjugar lágrimas. Día de pocas palabras también, día para dejar que el Resucitado nos encuentre y, como a las mujeres y a sus amigos, nos diga: sólo quien ama, permanece en la Vida.

COMPRENDER EL TEXTO

Qué fácil es quedarse en el dolor, la limitación o el fracaso. Que fácil es perder la fe en la resurrección cuando lo que nos rodea es mucho sufrimiento. Eso mismo les ocurrió a los apóstoles, encerrados, llenos de miedo, sintiendo el fracaso de aquel en el que habían creído, pero que no habían escuchado; al que habían visto, pero no habían sintonizado con el ritmo de su corazón y de sus entrañas.

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

Esto es el núcleo de nuestra fe, creer, sentir y experimentar que el crucificado es el resucitado, que ha vencido a la muerte y que camina a nuestro lado. Son ellas, las mujeres, María la Magdalena y la otra María las que van, al alborear el primer día de la semana, a ver el sepulcro. Las mujeres habían permanecido en un segundo plano, ellas que no contaban ni en la política, ni en la sociedad, ni en las instituciones religiosas de aquella época, pero que supieron acompañar a Jesús, ayudarle con sus bienes, seguirle desde su condición de marginadas. Ellas sí creyeron, sintonizaron con sus palabras, con sus gestos, con su amor desmedido por la humanidad doliente. Ellas, a quienes, como tantas veces diría Jesús, se le conmovieron las entrañas ante el dolor, la muerte, la indigencia, la soledad… Por ello se convierten en las primeras testigos, en los mejores discípulos, en las primeras enviadas a dar la gran noticia, la mejor noticia que podían comunicar.  Ellas supieron amar y dejarse amar por el Señor, porque ésta es la clave de la Resurrección, el AMOR; por eso, de los discípulos, sólo Juan, el más pequeño, el más frágil, el discípulo que amaba a Jesús y se sentía amado por el Señor, permaneció fiel, al pie de la cruz acogiendo su legado de Amor, para poder compartirlo y transmitirlo. Sólo el Amor es capaz de interpretar los signos de la resurrección, la tumba vacía, los sudarios, las vendas… vio y creyó.

En este mundo en el que hay sufrimiento, violencia, guerras… también hay muchas personas que se conmueven, entrañas conmovidas, padecer con y por los demás, muchos sentimientos de solidaridad, de servicio y de entrega, de auténtico y verdadero Amor.  ¡Ojalá todo esto se prolongue más allá! Y nos haga sintonizar con el auténtico espíritu del Resucitado. Que no olvidemos, en el Crucificado, “Mirar las señales de los clavos, mirar la herida de mi costado, y no seáis incrédulos, sino creyentes” y podamos hacer la confesión de fe para la que nos hemos venido preparando durante toda la cuaresma y estos días santos: ¡Señor mío y Dios mío!

Él va delante de nosotros a Galilea, allí le veremos.

Galilea de los gentiles, de los paganos, de los impuros, de la mezcla de pueblos, de ideas, de religiones… Él quiere ir delante de nosotros allí, donde hace falta su luz, su vida, su resurrección. No le busquemos en lo correcto, en lo establecido, en lo fácil, en lo de siempre. Él nos plantea el reto de ser sus TESTIGOS empezando por lo más cercano y hasta los confines de la tierra. Donde hay oscuridad, dolor, muerte, limitación, pobreza, soledad, allí debemos estar los cristianos, para proclamar con nuestras vidas, con nuestro compromiso, con nuestro amor QUE ES VERDAD, CRISTO HA RESUCITADO, VERDADERAMENTE HA RESUCITADO, Y NOSOTROS CON ÉL. Esta es la única vocación de todo Bautizado, de cada comunidad cristiana, de la Iglesia universal, y como nos dejará escrito S. Juan: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14)

¡¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!!

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO V

Lectura del libro de Job 7, 1-4. 6-7

Job habló diciendo:

«¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los de un jornalero?; como el esclavo, suspira por la sombra; como el jornalero, aguarda su salario.

Mi herencia han sido meses baldíos, me han asignado noches de fatiga.

Al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré?

Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba.

Corren mis días más que la lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza.

Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no verán más la dicha».

Salmo 146, 1bc-2. 3-4. 5-6

R./ Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.

Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel. R. /

Él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre. R. /

Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados. R. /

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 16-19. 22-23

Hermanos:

El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo.

No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga.

Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio.

Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio.

Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos.

Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés.

La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:

«Todo el mundo te busca».

Él les responde: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».

Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

COMENTARIO

Job atraviesa tiempos de desgracia y su vida cae en la desesperación. Es la historia del justo que sufre. Desde un contexto similar, en el evangelio, Jesús trae vida nueva, salud integral al ser humano. El mensaje del Reino es un viento de esperanza que debe anunciarse a todos los hombres y mujeres de la tierra. Pablo, en la carta a los Corintios, expresa la profunda necesidad que siente de transmitir el evangelio.

Acogemos la Palabra de Dios y descubrimos una vez más nuestra tarea de anunciar la Buena Noticia a todas las gentes.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio de hoy es continuación del leído el domingo pasado. De nuevo, Jesús entra en la historia de las personas para que tengan vida plena, para liberarlas de los yugos que las esclavizan: la enfermedad, los malos espíritus… Nadie queda excluido. Cumple la voluntad del Padre, que quiere que la salvación llegue a todos los rincones de la tierra.

El evangelio de este domingo y el anterior forman parte de una composición que ha reunido en un solo día diversas acciones de Jesús, en las que se hace presente el Reinado de Dios anunciado por él.

Aparecen tres escenas en las que Jesús se relaciona con la gente y con sus discípulos. Las dos primeras están vinculadas: en las dos la actividad de Jesús consiste en curar, y estas curaciones tienen lugar en la casa y en la puerta de la casa. La primera escena describe una de estas curaciones. Jesús sana a la suegra de Pedro mediante el contacto personal y físico, tomando su mano. Y para que quede constancia de la acción de Jesús, el evangelista cuenta a continuación el efecto de la curación.

El servicio es uno de los rasgos que caracterizan a los discípulos de Jesús, se puede ver en Marcos 10,43-45; 15,40-41, de modo que después de haber sido curada, la suegra de Pedro se comporta como una discípula.

La curación de la suegra de Pedro sirve como modelo de las diversas curaciones que se describen en la segunda escena. Es una forma de decir que lo que le pasó a ella les ocurrió a muchos más. La acción se desarrolla al atardecer, cuando según la mentalidad judía comienza el nuevo día, agolpándose toda la población en la puerta de la casa de Pedro.

Esto no es nuevo en el evangelio, en el pasaje del domingo pasado leíamos algo parecido. Y en otros pasajes pide silencio no sólo a los demonios, sino también a algunos a los que cura y a sus propios discípulos (Mc 1,44). Es el recurso que, tras comprobar las acciones extraordinarias de Jesús, la gente no se haga una imagen parcial y errónea de su persona y misión. La revelación de la identidad de Jesús se completa en su pasión, muerte y resurrección.

La tercera escena tiene lugar a la mañana siguiente. Pedro expresa la voluntad de los habitantes de Cafarnaún y seguramente también la suya: todo el mundo está admirado por las obras que realiza su Maestro. Pero en la respuesta de Jesús se manifiesta algo muy distinto.

Al leer unido el evangelio del domingo pasado y el de este domingo, se descubre un modelo de lo que debe ser la evangelización: el anuncio debe ir acompañado de acciones liberadoras; debe llegar a todos los lugares, no sólo al espacio religioso; la Buena Noticia es para todos, especialmente para los que sufren y no están bien; el anuncio de la Buena Noticia nace de la experiencia del encuentro con Dios. Con este modelo podemos revisar cómo es en nuestra comunidad el anuncio del evangelio.

ACTUALIZAMOS

La actualidad de Jesús y sus palabras, la relación que tiene con la gente y con los discípulos, su cercanía con Dios, no son para nosotros anécdotas del pasado. Su preocupación por los que sufren y el anuncio de la Buena Noticia del Reino deben definir el estilo de vida de los que le siguen como discípulos.

  1. En este pasaje, como en tantos otros, vemos a Jesús buscando el encuentro íntimo con el Padre. La oración es expresión de la fe vivida como confianza en Dios.

¿Cómo es nuestra vida de oración?

¿Qué experiencia tenemos de encuentro con Dios?

  1. En el pasaje de hoy queda claro que el camino de Jesús sólo lo marca Dios. Y tiene tiempo para orar, expulsar demonios, curar, anunciar el evangelio…

¿En qué medida nuestra vida responde al proyecto de Dios?

¿A qué dedicamos nuestro tiempo?

  1. El Reino de Dios se iba manifestando en cada acción de Jesús. Nosotros hoy,

¿Qué signos del Reino vemos que animen nuestra esperanza?

LECTIO DIVINA – SEMANA SANTA – JUEVES SANTO

Lectura del libro del Éxodo 12, 1-8. 11-14

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto:

«Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de los hijos de Israel: «El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino más próximo a su casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo.

Será un animal sin defecto, macho, de un año; lo escogeréis entre los corderos o los cabritos.

Lo guardaréis hasta el día catorce del mes y toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer”. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas.

Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor.

Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.

La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora, cuando yo hiera a la tierra de Egipto.

Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis».

Salmo 115, 12-13. 15-16. 17-18

R/ El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo.

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R/.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas. R/.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R/.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 23-26

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo:

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:

«Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».

Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».

Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás».

Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».

Simón Pedro le dice: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

COMPRENDER EL TEXTO

Los hebreos nómadas ya celebraban, en primavera, sacrificios de animales para ganarse la benevolencia de Dios para ellos y para sus rebaños (Ex 5,3). Siendo en primavera, todo tenía un aire de renovación y de regeneración vital de la creación después del invierno. A partir de la liberación de Egipto, se convertirá también en memorial de la actuación del Señor que saca a su pueblo de la esclavitud.

La Pascua se celebraba en luna llena, en el primer mes del año hebreo, después del equinoccio de primavera (Lv 23,5). Cada casa debe tomar un cordero o un cabrito y debe separarlo del resto del rebaño, consagrándolo para el sacrificio. El Sacrificio que el Señor pide a los israelitas es un sacrificio de comunión: la sangre que se vertía sobre el altar ahora servirá para untar las puertas como signo de protección y de pertenencia al pueblo de Israel. El significado expiatorio del sacrificio pascual es posterior, presente ya en tiempos de Jesús. Es tradicional acompañar la comida de los sacrificios con panes sin fermentar (junto con las verduras amargas) ya que la fermentación es vista como impureza y corrupción; en la cena pascual esta práctica será vista como un signo más de la prisa que comportaba la huida de Egipto, junto a la prescripción de comer el cordero con “la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano”.

En los evangelios sinópticos la Última Cena de Jesús es una cena pascual. En el evangelio de Juan, en cambio, Jesús es crucificado el día de Pascua, el momento en que se sacrificaban los corderos.

Jesús da un nuevo significado a las palabras, los signos y la realidad. Ahora hablamos de otro paso, de otra libertad, de otra inmolación del cordero, de otra presencia de Dios en medio de su pueblo.

Los cristianos de hace 2000 años vieron que el paso de Dios más decisivo acontecido en la historia fue Jesús de Nazaret. En Jesús vieron la máxima expresión del amor de Dios. Para ellos Jesús era la auténtica Pascua.

Cuando llegan a su fin los días de su existencia terrena, Jesús realiza su Pascua, su paso de este mundo al Padre. Da gracias al Padre y ofrece a los suyos, el pan, que es su propio cuerpo, su propia vida, la Palabra definitiva, que Dios pronuncia en su persona. Por eso dirá sobre el pan: “Tomad y comed; esto es mi carne”, es decir, mi ser mortal de hombre, ofrecido por vosotros. “Haced vosotros lo mismo en memoria mía”. Jesús explica así el significado de su entrega en la cruz: su persona, su “cuerpo”, es como un pan partido que sirve para alimentar a los demás, para darles vida; y su sangre (su vida) es vertida, es empleada, en provecho de todos los hombres.

En adelante la fe será otra cosa. Pasará necesariamente por Jesucristo, y consistirá en la unión con Él, en dar la vida por los hermanos. Comulgar a Cristo es entrar en comunión con todos los desheredados de este mundo; es comenzar en este momento una vida nueva, siempre dispuesto a afanarse, para hacer de este mundo una familia de hermanos.

Este es el relato más antiguo de la Cena del Señor, escrito hacia el año 56. Pronto, entre los cristianos, fue tomando cuerpo la costumbre de juntarse por casas a celebrar la fracción del pan o Eucaristía, la acción de gracias porque Dios se nos ha acercado en la persona de Jesús.

Pero no hay que olvidar la fuerte crítica que hace Pablo a los cristianos de Corinto por la manera de celebrar la Eucaristía: con divisiones (v18); diferencias entre ricos y pobres (v 21); sin ser conscientes de las exigencias que aquella comportaba (v 27). Pablo exhorta a los cristianos a vivir la comida del Señor con total conciencia de lo que significa. Pablo recuerda que Jesús pidió que sus discípulos hicieran sus mismos gestos en memorial, pero no como un rito vacío, sino como identificación con su entrega a los demás por amor. Ofender al “cuerpo de Cristo” que es la comunidad, despreciando a los más pobres que hay en ella, o creando divisiones, es una profanación de la cual los cristianos tendrán que responder ante Dios mismo.

Juan nos presenta el lavatorio en sustitución de la Eucaristía. Viene a ser lo mismo, porque en la Eucaristía, la clave es la entrega: “Este es mi cuerpo (vida) que se entrega”. Y en el lavatorio, la clave es también la entrega, el servicio. Jesús presenta la cruz como un servicio por amor. El amor por los demás significa con frecuencia humillarse, hacerse servidor. Lavar los pies era un trabajo reservado a los esclavos.

Jesús sabe lo que va a hacer: morir por amor. Se siente plenamente confiado en el Padre (v 13,1)

Pedro se revela contra lo que hace Jesús, aún no ha comprendido bien que el mesianismo de Jesús es un mesianismo de servicio y no de poder. Jesús le dice que ahora no lo entiende, que ya lo comprenderá más tarde. ¿Cuándo es este después? Será después de la resurrección de Jesús, cuando los discípulos interpretarán lo que ha pasado y cuál es el significado profundo de los gestos y de las palabras de Jesús. Pedro, según el evangelio de Juan, comprenderá a Jesús cuando se le aparece cerca del lago de Galilea, cuando le pregunta sobre su amor y le encarga la misión de pastorear su rebaño también hasta la muerte (Jn 21,15-19).

Es interesante constatar cómo entre los discípulos a quienes Jesús lava los pies, también está Judas. Su servicio de amor es para todos los discípulos, incluso para Judas, a quien el diablo ha puesto ya en el corazón la resolución de la traición (Jn 13,2). El amor de Jesús no está condicionado por la respuesta de los demás: Jesús ama, sirve, se da, porque forma parte de su ser más íntimo.

El lavatorio no es solo un gesto, representa toda la vida de Jesús, que fue un servicio. Hay, pues, una referencia al estilo y a la actividad de la vida de Jesús.

La comunidad de Juan meditó mucho sobre la persona de Jesús. En vida de Jesús, los discípulos se muestran ambiciosos (“¡A ver quién es el mayor de todos!”). Pero al releer el Antiguo Testamento se encuentran con los pasajes de Isaías del siervo doliente, que toma sobre sí las flaquezas de los demás. Y ven reflejada, en esa lectura, la vida y persona de Jesús, el hombre pleno, por su servicio y por su amor.

¡Que el Hijo de Dios sea así es algo inconcebible!

Esto es un escándalo permanente. Es una inversión total de los valores. Así, pues, la auténtica Eucaristía tiene lugar cuando uno se pone a servir a los hermanos; sin el servicio, sin la entrega, sin el perdón, sin el amor, se queda en puro rito.

MEDITAMOS y ACTUALIZAMOS

  • Día del amor fraterno  
  • Institución de la Eucaristía
  • Institución del sacerdocio

Habiendo amado hasta el extremo a los que se le habían dado, ofreció su cuerpo y su sangre bajo las especies del PAN Y DEL VINO y mandó a los suyos que continuaran esta tradición hasta el final de los tiempos.”

La Pascua (paso de Dios por la vida) es posible en Jesús, desde su entrega total y absoluta hasta la muerte y resurrección. Sin ENTREGA, no hay ni amor ni pasión, ni muerte ni resurrección. Sin entrega no hay libertad.

La disposición de Jesús a la entrega debe provocar en nosotros una inquietante pregunta: ¿Qué estoy haciendo yo con mi vida y de mi vida? Este es el punto de partida para avanzar en el misterio Pascual.

LA FRATERNIDAD no es algo añadido a la Eucaristía, es Eucaristía porque es actitud permanente de entrega. Pablo la define como memorial del que se ha entregado por todos. Y lo que él ha hecho, la Pascua que él realizó, es lo que nos manda realizar.

Debemos preguntarnos, si como Jesús, entrego mi vida, si gasto mi vida en los demás o sólo en mí mismo. Porque esto es la Eucaristía, no es sólo asistir a misa. Hay que “Hacer eucaristía” vivir eucarísticamente, entregadamente, dando gracias al Padre por el amor que ha puesto en nosotros y que nos invita a repartir entre los demás.

Lo malo del amor es que nos cuesta situarlo en la realidad, lo vivenciamos más como deseo ideal que como dinámica de realidad. El amor se aprende amando. La limosna que doy, que no sea por tranquilizar mi conciencia, sino porque los otros me importan. Cuando nos demos la paz, que no sea un gesto que toca hacer, sino apertura del corazón que comparte.

Tenemos un puesto cada uno de nosotros en este mundo, y nuestra misión es poner nuestro granito de amor. El amor cristiano no se alimenta de simpatía, sino de detalles significativos, algo tan simple como mirar a las personas con otra actitud.

Jesús nos invita a la Eucaristía, quiere compartir con nosotros su amor, sabiendo que soy pecador. Que le niego, que le traiciono, quizá por eso me ofrece su pan y su vino, su sangre y su cuerpo, toda su vida. La cruz solo es el signo final de una vida de entrega, de una vida de amor y por amor.

Estamos llamados como él, a entregar nuestra vida, a gastarla, no en nosotros sino en los demás.

Por eso todos participamos del único sacerdocio de Cristo, que se ofreció a sí mismo, entregó su vida.

No hay pascua sin cruz” (S. Juan de la Cruz). Eucaristía = cruz y resurrección unidas. Llamados a vivir esto en lo cotidiano.

LECTIO DIVINA – CICLO A – DOMINGO DE RAMOS

Lectura del libro de Isaías 50, 4-7

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.

El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.

El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R./ Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere.» R./

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R./

Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R./

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel».R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11

Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.

Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

[La división por secciones en letra roja es para facilitar la oración, por pasajes, que se corresponden con los de las notas del comentario comprender el texto; no es división litúrgica, sino bíblica]

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo, 26, 14—27, 66

Traición de Judas

C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. — «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

La Cena de pascua

C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. — «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
C. Él contestó:
+ — «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: «El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos»».
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían, dijo:
+ — «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
C. Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. — «¿Soy yo acaso, Señor?».
C. Él respondió:
+ — «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. — «¿Soy yo acaso, Maestro?».
C. Él respondió:
+ — «Tú lo has dicho».
C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:
+ — «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».
C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ — «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
C. Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.

En el monte de los Olivos

C. Entonces Jesús les dijo:
+ — «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, porque está escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño». Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».
C. Pedro replicó:
S. — «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
C. Jesús le dijo:
+ — «En verdad te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces».
C. Pedro le replicó:
S. — «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
C. Y lo mismo decían los demás discípulos. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ — «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».
C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
+ — «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».
C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ — «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
C. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
+ — «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ — «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:
+ — «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. — «AI que yo bese, ese es: prendedlo».
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. — «¡Salve, Maestro!».
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ — «Amigo, ¿a qué vienes?».
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ — «Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ — «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».
C. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

El proceso judío

C. Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver como terminaba aquello.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. — «Éste ha dicho: «Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días».»
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. — «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. — «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
C. Jesús le respondió:
+ — «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. — «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».
C. Y ellos contestaron:
S. — «Es reo de muerte».
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. — «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. — «También tú estabas con Jesús el Galileo».
C. Él lo negó delante de todos diciendo:
S. — «No sé qué quieres decir».
C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. — «Éste estaba con Jesús el Nazareno».
C. Otra vez negó él con juramento:
S. — «No conozco a ese hombre».
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. — «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. — «No conozco a ese hombre».
C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

El proceso romano

C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:
S. — «He pecado entregando sangre inocente».
C. Pero ellos dijeron:
S. — «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».
C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. — «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre».
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».
Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. — «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús respondió:
+ — «Tú lo dices».
C. Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. — «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. — «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. — «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. — «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».
C. Ellos dijeron:
S. — «A Barrabás».
C. Pilato les preguntó:
S. — «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
C. Contestaron todos:
S. — «Sea crucificado».
C. Pilato insistió:
S. — «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. — «¡Sea crucificado!».
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
S. — «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!».
C. Todo el pueblo contestó:
S. — «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. — «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

Crucifixión, muerte y sepultura de Jesús

C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, decían:
S. — «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
S. — «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: «Soy Hijo de Dios»».
C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ — «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».
C. (Es decir:
+ — «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. — «Está llamando a Elías».
C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían:
S. — «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».
C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. — «Verdaderamente éste era Hijo de Dios».
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. — «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré». Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: «Ha resucitado de entre los muertos». La última impostura sería peor que la primera».
Pilato contestó:
S. — «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».
C. Ellos fueron, aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.

COMENTARIO

La liturgia del Domingo de Ramos tiene cierto sabor agridulce. Comienza conmemorando la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y acaba narrando la historia dolorosa de su pasión y muerte, una historia que este año leeremos según la versión de Mateo y en la que resuena aquella otra del justo sufriente, tal como ha quedado plasmada en los “Cantos del siervo” de Isaías o en el salmo 21, que tantas similitudes presentan con el relato de la pasión de Jesús. La Carta a los Filipenses nos ayuda a contemplar este drama de fracaso y sufrimiento humano desde sus motivaciones más profundas, como fruto de la obediencia a la voluntad del Padre, que por eso mismo exaltó a su Hijo y no lo abandonó al poder de la muerte.

COMPRENDER EL TEXTO

NOTAS:

Previo:

El mejor modo de orar la pasión es “estar”, permanecer en cada escena, mirar, oír, sentir, y pedir sensibilidad para percibir que todo esto lo sufrió el Señor “por mí”.

Al redactar los últimos capítulos de su evangelio, Mateo tuvo muy en cuenta el relato anterior de Marcos, que a su vez depende de una tradición muy antigua. Mateo introdujo ligeros retoques: sus personajes están mejor caracterizados, algunos episodios ganan en claridad, y pone muchas más referencias al AT. Lo que quiere subrayar Mateo en su relato de la pasión es que Jesús es el Hijo que lleva hasta sus últimas consecuencias la obediencia a la voluntad del Padre; muestra las diversas actitudes que se dan ante él en este momento crítico de su vida. Leyendo el relato con detenimiento, es difícil permanecer fuera del drama; los cristianos de cualquier época pueden reconocer su propia respuesta a Jesús en las de aquellos que le rodearon en sus últimos momentos. Vamos a analizarlo según las secciones que están indicadas en letra roja para facilitar la meditación.

Traición de Judas

El plan de los sacerdotes y de los ancianos del pueblo para matar a Jesús (Mt 26,3-5) encuentra un aliado entre los mismos discípulos de Jesús. Es importante en este pasaje el verbo “entregar”, que ha ido apareciendo en los anuncios de la pasión, y que es un tema que atraviesa todo el relato. Judas es descrito sistemáticamente como “el que lo entregó”. Mateo presenta la figura de Judas no sólo como el discípulo que traicionó a Jesús, sino también como tipo de los discípulos que rompen definitivamente su vinculación con el Maestro. Judas entrega a Jesús a cambio de dinero: este dato se subraya y recuerda las advertencias de Jesús a sus discípulos sobre el peligro de las riquezas; pero lo más importante ahora es que, en la entrega de estas treinta monedas, se cumple una profecía del AT en Zacarías 11,12 (una alegoría de la ruptura de la alianza, en la que un pastor cobra treinta monedas por ovejas que van al matadero). Pero la entrega que Judas hace de Jesús es sólo una parte del drama. En realidad, es Jesús mismo quien se entrega, ya que es consciente de lo que va a suceder y asume desde el principio su destino. Más adelante, el evangelista descubrirá que la raíz de dicha entrega de Jesús se encuentra en la voluntad del Padre, asumida por Jesús como Hijo obediente. Hay también, pues, una entrega del Padre.

La Cena de pascua

Mateo sitúa los acontecimientos siguientes en el marco de la cena pascual que era el acontecimiento principal de la fiesta de pascua; era una celebración familiar –Jesús se reúne con su nueva familia, sus discípulos-, en la que se recordaba la liberación de Egipto. El primer día de la fiesta estaba dedicado a los preparativos de la cena. Jesús, que no tenía casa en Jerusalén, tiene que procurarse un lugar donde celebrarla. En estos preparativos, Mateo no da explicaciones, sobresale sólo la voluntad de Jesús.

En el marco de la cena, “mientras comían”, Jesús anuncia la traición; Jesús conoce lo que han tramado contra él. De este modo se manifiesta lo que va a ocurrir como una entrega voluntaria de Jesús, que sabe que corresponde al plan de Dios, manifestado en las Escrituras. Cuando se trata de identificar al traidor, todos los discípulos llaman a Jesús “Señor”, reconociéndole como tal, menos Judas; éste le llama “rabí, Maestro”, un apelativo que utilizan los adversarios de Jesús en este evangelio (en Mt tiene un sentido negativo). Es decir, Judas habla como los enemigos de Jesús porque no ha comprendido que él es el Señor.

La escena siguiente –la institución de la eucaristía-, revela más claramente que es Jesús quien se entrega y descubre a sus discípulos el sentido profundo de esta entrega. En la cena de pascua, el padre de familia repartía a todos el pan sin levadura, en recuerdo de la liberación de Egipto, y pasaba varias veces la copa acompañando el gesto con oraciones. Jesús da a estos gestos un significado nuevo a través de las palabras que pronuncia sobre ellos: no se refieren ya al acontecimiento del éxodo, sino a su propia muerte. Jesús pronuncia sobre el pan la oración con la que se bendecía a Dios por el maná con que alimentó a su pueblo, pero, al entregárselo a sus discípulos, le da un significado nuevo: este pan partido y entregado es su propio cuerpo. Cuando les entrega la copa, explicita aún más el sentido de su entrega. El vino es su sangre “derramada por todos”. Mt añade: “para el perdón de los pecados”. Jesús se presenta a sí mismo como el nuevo cordero pascual, a través del cual Dios va a establecer una alianza nueva. Estas palabras de Jesús son compendio de lo que había sido su vida y su misión: una vida entregada y derramada por todos. Pero al mismo tiempo son una explicación del sentido de su muerte, pues su entrega será la realización definitiva de la misión que el Padre le había confiado antes de nacer: salvar a los hombres del pecado (Mt 1,21: “le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”). Los gestos de Jesús nos sitúan en el horizonte de su muerte, pero ésta no es la palabra definitiva: detrás de ella se encuentra el reino del Padre, en el que Jesús beberá un vino nuevo junto con sus discípulos. Es ésta la primera alusión a la resurrección, que introduce en el marco de la cena un clima de espera confiada.

En el monte de los Olivos

Después de cantar los himnos con que concluía la cena de pascua (Sal 114-118), Jesús y sus discípulos abandonan la ciudad y se dirigen hacia el monte de los Olivos, situado al otro lado del torrente Cedrón, en la parte oriental de Jerusalén.

Lo primero que tiene lugar aquí es que Jesús anuncia el abandono de sus discípulos y la negación de Pedro, lo mismo que había hecho con la traición de Judas. Mateo insiste en esta consciencia de Jesús para que se vea con claridad que él acepta libremente su destino. Más adelante se cumplirá todo esto. El abandono de los discípulos revela el escándalo, la piedra en la que se puede tropezar, en el seguimiento de Jesús. Pero incluso esto entra en el designio de Dios: ante la cruz, el rebaño de Jesús se dispersará (es una profecía de Zac 13,7). Pero él los congregará de nuevo en Galilea. Pedro, en nombre de los discípulos, manifiesta el deseo de no sucumbir; es una actitud que manifiesta su adhesión a Jesús, pero su fe es todavía débil, y por eso no podrá cumplir sus promesas. Los demás discípulos, que corroboran las palabras de Pedro, le abandonaron antes que él.

La oración de Jesús en Getsemaní es una de las escenas más impresionantes del relato de la pasión. Se acerca el momento en que lo anticipado en la cena se tiene que cumplir en la entrega de su vida por todos. Es un trago amargo, que le hace experimentar intensamente el miedo y la angustia. Getsemaní es paso obligado en el camino que va del cenáculo al calvario. A lo largo de todo el relato de la pasión, Mateo subrayará el dominio de Jesús, su valor y decisión, pero esta escena deja entrever la otra cara de la realidad y nos introduce en el drama profundo. Jesús experimenta la dificultad de aceptar su muerte como camino para que se manifieste el designio salvador de Dios. La oración es el ámbito en el que Jesús busca, descubre y acepta la voluntad de Dios. Las palabras con las que se expresa esta aceptación, “hágase tu voluntad”, son las mismas que él había enseñado a sus discípulos. Es esta obediencia un rasgo fundamental para reconocerle como “Hijo”.

Aparece también la relación más cercana de Jesús con un pequeño grupo de discípulos a los que manifiesta su angustia. Ellos son incapaces de mantenerse en vela unidos a él (“velad conmigo” sólo en Mt). Por eso no serán capaces de seguirle en su pasión. Así se ve que también los discípulos sólo podrán encontrar en el diálogo con el Padre la fuerza para cumplir su voluntad. Este episodio tiene una estrecha relación con el padrenuestro: en ambas se llama a Dios “Padre” y el centro está en cumplir su voluntad, y en ambas está el peligro de caer en tentación.

Tras esta oración, entregado a la voluntad del Padre, Jesús podrá dirigirse voluntariamente hacia el que va a entregarle. Comienza a cumplirse el plan tramado por Judas y los jefes de los sacerdotes, con el arresto de Jesús. También aquí se subraya la voluntad de Jesús, el cumplimiento de la Escritura; incluso se inserta una enseñanza al impedir a sus discípulos imponerse por la fuerza: les exhorta a no utilizar la violencia ni siquiera para defender una causa justa. Él ha elegido el camino del amor y la misericordia, que rompen la espiral que genera la violencia. A partir de aquí todo el relato será una sucesión de entregas: Judas no sólo ha abandonado el seguimiento, sino que entrega a Jesús, y lo hace con un gesto hipócrita pactado con los jefes de los sacerdotes; éstos lo entregarán al procurador romano, que a su vez lo entregará al pueblo. Consumado el arresto, “todos los discípulos lo abandonaron y huyeron”.

El proceso judío

El escenario se traslada a la ciudad, a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se han reunido los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los miembros del Consejo de Ancianos. Después del abandono de los discípulos, Pedro “le sigue” (verbo que denota su condición de discípulo) pero de lejos.

Mateo subraya la injusticia de este proceso contra Jesús; no es un proceso limpio, pues el objetivo es buscar una acusación falsa contra él (las palabras de que le acusan nunca aparecen en Mt en labios de Jesús); los líderes judíos han rechazado a Jesús y su enseñanza y buscan por todos los medios acabar con él.

El pasaje contiene una de las confesiones de fe más completas de todo el evangelio: en las acciones y palabras de Jesús y de sus adversarios van apareciendo los títulos con los que la comunidad de Mateo confesaba su fe en Jesús: Siervo, Mesías, Hijo de Dios e Hijo del hombre. Su actitud silenciosa ante la primera acusación recuerda la figura del Siervo sufriente, lo mismo que las burlas de que es objeto. Más adelante, en su respuesta al sumo sacerdote, Jesús revela que es el Mesías esperado, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, título que en este evangelio se refiere a su condición de juez escatológico. Sorprendentemente, en el momento en que Jesús es condenado, es cuando manifiesta su verdadera identidad.

La respuesta del sumo sacerdote es una nueva acusación: de blasfemia, el mismo cargo de que le habían acusado los testigos falsos. La resolución de los jefes de los sacerdotes es la condena a muerte, aunque los lectores saben que la condena no es fruto del juicio, sino algo previamente acordado (Mt 26, 4.59). A la condena siguen las burlas.

Las negaciones de Pedro cumplen lo anunciado por Jesús. La situación a la que se enfrenta Pedro describe muy bien la “tentación” de la que Jesús había hablado en Getsemaní. La tentación, la única gran tentación, consiste en abandonar el camino del seguimiento de Jesús. Los que rodean a Pedro le reconocen como uno de los discípulos de Jesús, pero él lo niega públicamente; sus negaciones van creciendo en intensidad: primero no sabe de qué le hablan, luego niega con juramento conocer a Jesús, y finalmente prorrumpe en maldiciones y juramentos asegurando no conocerle. Al negar a Jesús, Pedro está negando su condición de discípulo, se está negando a sí mismo. El canto del gallo le hace caer en la cuenta de lo que acaba de hacer. No ha sido capaz de acompañar a Jesús hasta la cruz, su fe es débil porque no supo orar con Jesús en Getsemaní, ha sucumbido a la tentación. Por eso llora amargamente, y su llanto recoge las lágrimas de todos los discípulos vacilantes que en los momentos de prueba siguen negando a Jesús.

El proceso romano

De la casa de Caifás, Jesús es conducido a la casa del procurador romano, Pilato. Pudo ser porque los judíos no tenían jurisdicción para ejecutar la pena capital (así en Jn 18,31, aunque esto no está históricamente probado con seguridad), o como una maniobra de los jefes de los sacerdotes para evadir su responsabilidad ante el pueblo. Pilato fue procurador de Judea desde el año 26 hasta el 36 d.C. Habitualmente residía en Cesarea, pero con motivo de las grandes fiestas se trasladaba a Jerusalén, para vigilar posibles disturbios, más frecuentes entonces por la afluencia de peregrinos. Es el cumplimiento de que Jesús “sería entregado a los paganos” (Mt 17,22).

Mateo ha situado el episodio de la muerte de Judas después de la entrega de Jesús para su proceso ante el procurador romano; situado en este punto, el cambio de actitud de Judas –remordimiento- revela la iniquidad del proceso y la inocencia de Jesús. Mateo alude a la desesperación. El precio de la sangre inocente significa la responsabilidad por la muerte de Jesús, responsabilidad que ahora nadie quiere aceptar; pero en esto también se cumple la profecía de Zac 11,12-13 (aunque el autor la atribuye a Jeremías).

Se retoma el hilo y se narra el proceso romano ante Pilato. Aquí todavía aparece con más claridad la inocencia de Jesús y la responsabilidad del pueblo. La tradición sitúa el interrogatorio en el Pretorio, en la Fortaleza Antonia, que se alzaba al norte de la explanada del templo. La pregunta que Pilato hace a Jesús revela que los jefes de los sacerdotes han cambiado la acusación religiosa –es un blasfemo- por otra política –dice ser el rey de los judíos-; la primera no habría sido motivo para que el procurador lo condenara a muerte. El título “rey de los judíos” expresa una concepción política del Mesías, que era común en aquel tiempo. Jesús reconoce que es rey, pero su reino se rige por la voluntad de Dios, y en este momento él vuelve a su actitud silenciosa ante los que le acusan, la actitud del Siervo. Esto extraña a Pilato, que comienza a descubrir la inocencia de Jesús; esto se desprende de algunas alusiones que introduce Mt, aunque es menos probable históricamente que Pilato se tomara molestias por salvarle; en todo caso, Mt dice que Pilato “sabía que se lo habían entregado por envidia”; el sueño de su mujer insiste en esta línea; Pilato no se refiere a Jesús como “el rey de los judíos” (título de la acusación) sino como “el llamado Cristo”; finalmente, se lava las manos.

Los jefes de los sacerdotes han convencido al pueblo para que pida la muerte de Jesús; ahora se hace realidad el drama de la parábola de los viñadores malvados (Mt 21, 22-46): el pueblo de Dios matará al Hijo, como hizo con los profetas, y como hará con los mensajeros del evangelio (Mt 23, 34-35). Una lectura interesada a utilizado en la historia este pasaje de Mt para justificar el antisemitismo de tipo religioso, aduciendo que el pueblo judío fue el causante de la muerte de Jesús; pero esta lectura no está en la intención de Mateo, cuyo propósito es otro: mostrar cómo en Jesús, el Justo, el Mesías, se cumple la voluntad de Dios, y en ese plan misterioso, Dios cuenta con que se produce el rechazo de su pueblo.

El proceso termina con el escarnio de Jesús, de igual modo que había terminado el proceso judío. La burla tiene como motivo la acusación falsa que han hecho contra Jesús y ha motivado su condena: pretender ser el rey de los judíos. La ironía está –como también en el caso anterior sobre el título de Mesías- en que se juega con la identidad de Jesús: los creyentes reconocen que en esta brutalidad de los gestos aparece el misterio de porqué Jesús ha sido rechazado: él es Rey, pero su reinado no es de este mundo, y es precisamente en el momento de la más profunda humillación cuando se manifiesta su misterio, el del que ha venido a derramar su vida por todos.

Crucifixión, muerte y sepultura de Jesús

El escenario de los acontecimientos se traslada del Pretorio al Gólgota, una cantera abandonada, situada en las afueras de la ciudad, cerca de la Puerta del Agua, donde solían ajusticiar a los condenados a muerte. El camino hacia el Gólgota apenas se describe: el reo era conducido por las calles de la ciudad llevando sobre sus hombros la parte trasversal de la cruz y un cartel con el motivo de la condena. Este camino no sólo era algo doloroso, sino tremendamente ultrajante. En el camino aparece fugazmente Simón de Cirene, a quien obligan a llevar la cruz de Jesús: los evangelios han conservado este detalle porque Simón cumple, sin saberlo, la recomendación que Jesús había hecho a sus discípulos de cargar con la cruz (Mt 10,38: 16,24); es un personaje secundario que en la pasión está más cerca de Jesús que sus propios discípulos.

En el relato de la crucifixión, Mateo está más interesado en el sentido de los acontecimientos que en narrar los hechos. Por eso se fija en el valor simbólico de todo lo que sucede alrededor. Su relato es una confesión de fe manifestada a través de tres convicciones: a) la muerte de Jesús responde al designio de Dios manifestado en las Escrituras, b) fue condenado injustamente, c) y al morir manifestó su condición de Hijo de Dios. La escena de la crucifixión está llena de referencias al texto del AT en los que los primeros cristianos encontraron un anuncio de la muerte de Jesús: el vino mezclado con una sustancia amarga (Sal 69,21); los vestidos echados a suertes (Sal 22,19); toda la escena de las burlas (Is 53,12; Sal 22,7-9); el cielo se oscurece (Am 8,9). La muerte de Jesús fue interpretada, pues, como cumplimiento de un designio misterioso de Dios que estaba manifestado en las Escrituras. Vuelven a aparecer las dos acusaciones falsas, con lo que se insiste en la injusticia de la condena. Finalmente, las burlas de los transeúntes son un eco de las tentaciones: los que pasan delante de la cruz, como Satanás entonces, relacionan la condición de Hijo de Dios con el poder y la gloria. Pero Jesús está manifestando su condición de Hijo en la obediencia al Padre.

La muerte de Jesús es para Mt el momento culminante de la historia de la salvación. Sus últimas palabras corresponden al comienzo del Salmo 22. La interpretación de este grito de Jesús –“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”- ocupa un lugar importante: para los presentes es un grito de desesperación; según ellos, Jesús llama a Elías para que venga a salvarle; sin embargo, el grito desgarrado con que comienza el salmo se convierte después en una oración confiada. Al escuchar estas palabras, los primeros cristianos ponían en boca de Jesús el salmo completo, y desde él comprendían la confianza de Jesús en este momento decisivo. La descripción de la muerte es muy breve. Mateo ha cambiado el verbo utilizado por Marcos (expiró) por el de “entregó el espíritu”, para subrayar definitivamente la entrega voluntaria de Jesús.

La enumeración de los signos que acompañan a la muerte sólo se encuentra en este evangelio: es el tipo de signos que, según la tradición apocalíptica, precederían a la manifestación de Dios al final de los tiempos: la sustitución del templo, la conmoción de toda la tierra, y sobre todo la resurrección de los justos, que anuncia la de Jesús. Estos signos extraordinarios revelan la presencia de Dios cuando parece estar más ausente, y son una respuesta al aparente abandono de Jesús.

Después, el evangelista menciona a dos grupos de personas que son testigos de estos acontecimientos. Por una parte, el centurión con sus soldados: él es un pagano, y se le unen los demás soldados, y sus palabras las pronuncia justo en el momento de la muerte de Jesús: “realmente éste era Hijo de Dios”. Esta confesión, puesta en labios de un pagano, expresa la fe cristiana: Jesús es el Hijo de Dios, y lo es precisamente en la cruz. Por otra parte, las mujeres, que serán también testigos de la sepultura. Mateo las presenta como discípulas de Jesús, al decir que “le seguían” (el verbo que expresa la condición de discípulo) y “le servían” (la actitud que mejor caracteriza a los seguidores de Jesús). Ellas no le han abandonado, sino que le han seguido hasta el final.

El cuerpo de Jesús es colocado en un sepulcro nuevo. Mateo presenta a José de Arimatea como un discípulo capaz de arriesgar su posición y su fortuna para servir a Jesús. Es el último de una serie de “personajes secundarios” que han sabido acompañar y reconocer a Jesús en el trance de su pasión: la mujer de Betania, la mujer de Pilato e incluso éste (en cuanto que ve su inocencia), los soldados al pie de la cruz, Simón de Cirene, las mujeres. Mateo establece un contraste intencionado entre la actitud de estos personajes y la actitud cobarde del grupo de discípulos, que han abandonado a Jesús en el momento de la prueba.

El sepulcro de Jesús tiene en Mateo una importancia excepcional. Ello se explica por las diversas interpretaciones que se dieron al sepulcro vacío: para los cristianos será un signo (no prueba) de que Jesús ha resucitado; sin embargo, algunos grupos judíos difundieron el rumor de que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús. El evangelista explica el origen de este rumor y quiere demostrar su falsedad. El motivo que los jefes de los sacerdotes y los fariseos aducen para custodiar el sepulcro hace referencia a los anuncios de la pasión, en los que se habla de la resurrección “al tercer día” (Dios se manifestará como Dios de la vida que vence a la muerte el día “en que actúa”). Pilato, de nuevo, se queda al margen y les encarga la vigilancia. El sellado de la piedra y la guarda del sepulcro son el fin de la actuación humana sobre el cuerpo de Jesús. Más allá de esa piedra sellada, más allá de la muerte, sólo Dios puede actuar.

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO IV

Lectura del libro del Deuteronomio 18, 15-20

Moisés habló al pueblo diciendo:

«El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb el día de la asamblea: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor mi Dios, ni quiero ver más ese gran fuego, para no morir”.

El Señor me respondió: “Está bien lo que han dicho. Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que yo le mande. Yo mismo pediré cuentas a quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá”».

Salmo 94, 1-2. 6-7c. 7d-9

R./ Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R./

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R./

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 7, 32-35

Hermanos:

Quiero que os ahorréis preocupaciones: el no casado se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido.

También la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, de ser santa en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido.

Os digo todo esto para vuestro bien; no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 1, 21b-28

En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.

Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:

«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».

Jesús lo increpó:

«¡Cállate y sal de él!»

El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:

«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».

Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

COMENTARIO

En la primera lectura se nos habla de la promesa de un profeta para el pueblo de Dios, un portavoz de su palabra, fiel al mensaje del Señor. En el evangelio, Jesús se manifiesta como el gran profeta prometido. En su palabra y en su actuación se expresa la autoridad del Padre, su voluntad de liberar definitivamente a la humanidad de toda opresión. La respuesta del salmista es una invitación a escuchar y acoger la palabra y a comprometernos en la misión salvadora de Jesús.

Que la Palabra de Dios cambie nuestras vidas y nos ayude a buscar, como discípulos del único Maestro, cumplir siempre su voluntad.

COMPRENDER EL TEXTO

Después de haber superado las tentaciones en el desierto, Jesús proclama la cercanía del Reino y elige a los primeros discípulos. Con ellos, comienza a dar pruebas de la autenticidad de su mensaje: habla con una autoridad desconocida y hasta los espíritus inmundos se le someten. Verdaderamente el Reino está cerca. En adelante nada esclavizará a los hijos de Dios.

Después del primer anuncio y de la llamada a los primeros discípulos, dos pasajes en los que se condensa el programa de Jesús, Marcos relata una serie de episodios que suceden en el trascurso de un día (el día para los judíos comienza y termina con la puesta del sol, no con el amanecer). Es bastante poco probable que Jesús hiciera todas estas cosas en un solo día, y por eso suele pensarse que los episodios reunidos en él forman una especie de “jornada ejemplar”. En ella, el anuncio de la llegada del Reino de Dios comienza a hacerse realidad a través de la actividad de Jesús. Son los episodios que leemos este domingo y el siguiente.

La actividad de Jesús comienza con la sanación de un hombre que estaba poseído por un espíritu impuro. Lo primero que tenemos que hacer para entender su significado es quitarnos de la cabeza las imágenes que tenemos de los endemoniados. Esto es otra cosa. En tiempos de Jesús la gente creía en la existencia de espíritus. Los desequilibrios psicológicos, la experiencia de grandes tensiones…, eran en ocasiones interpretados como posesiones de ciertos espíritus y esto convertía a algunas personas en marginadas.

Además es muy importante que tengamos en cuenta que este, como los demás exorcismos que encontramos en Marcos (el hombre poseído por una legión, la hija de la mujer sirofenicia…), son expresión de la definitiva victoria de Jesús sobre Satanás que se narra en el breve relato de la tentación, al principio del evangelio. Estos exorcismos serían como una “operación de limpieza”.

El marco que elige el evangelista para el exorcismo es la enseñanza de Jesús, un sábado en la sinagoga. Del contenido de la enseñanza no se dice nada: ya se ha adelantado su esencia unos versículos antes (Mc 1,14-15). Al principio y al final del pasaje se recogen las reacciones de la gente a esta enseñanza.

Es importante descubrir cómo, tras el exorcismo, los presentes ponen en relación la enseñanza de Jesús y su poder sobre los espíritus. Es importante ver como hacen esto. Se trata de expresar que Jesús, con su palabra y su actuación es vida allí donde hay opresión. Él actúa con la fuerza del Espíritu Santo (Mc 1,10) por eso puede expulsar a los espíritus impuros (no sanos).

Aquí vemos como enseñanza y sanación van unidas, que las palabras sin los hechos no tienen mucha fuerza. También hemos descubierto el poder de Jesús sobre todo lo que oprime a hombres y mujeres. Como discípulos suyos, contemplamos la llegada del Reinado de Dios y nos sentimos llamados a imitar su ejemplo.

ACTUALIZAMOS

Jesús habla y actúa con autoridad. Su vida es una lucha del “Santo de Dios” contra lo que esclaviza al ser humano. Como discípulos suyos, acogemos la Palabra comprometiéndonos con la liberación de nuestros hermanos, sorprendidos y agradecidos porque su autoridad dura por siempre.

  1. Jesús, en el pasaje de hoy, actúa con la fuerza de Dios y así es el Señor.

¿Cómo se expresa en nuestras vidas que Jesús es el único Señor?

  1. La misión de Jesús es encargada a los discípulos en el relato de la elección de los Doce y también, otra vez, al final del evangelio. Es una tarea actual.

¿Cuáles son los espíritus inmundos que oprimen a los hombres y mujeres de nuestro tiempo?

¿Cómo podemos desempeñar el encargo de Jesús?

  1. La victoria de Jesús es signo de la llegada del Reinado de Dios. Hasta los espíritus inmundos le están sometidos. El Espíritu del Santo de Dios penetra y transforma la creación entera.

¿Qué signos de la victoria de Cristo vemos en nuestra historia personal y en nuestro mundo?

¿Sabemos mirar con esperanza desde esos signos de victoria?

LECTIO DIVINA – CICLO A – CUARESMA DOMINGO V

Lectura de la profecía de Ezequiel 37, 12-14

Esto dice el Señor Dios:

«Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel.

Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor.

Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago -oráculo del Señor-».

Salmo 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8

R./ Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R./

Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor. R./

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R./

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 8-11

Hermanos:

Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.

Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo».

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.

Sólo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea».

Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?».

Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».

Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo».

Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará».

Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.

Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro».

Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él».

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.

Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día».

Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama».

Apenas lo oyó se levantó y salió adonde estaba él, porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».

Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?».

Le contestaron: «Señor, ven a verlo».

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!».

Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».

Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa».

Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».

Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».

Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera».

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

COMENTARIO

Al finalizar esta Cuaresma tan “bautismal”, las lecturas de hoy nos ayudan a celebrar y actualizar la vida nueva que recibimos en esa fuente regeneradora. El profeta Ezequiel se hace portavoz de un Dios que saca a su pueblo de la tumba y le infunde su Espíritu para que viva. En el Evangelio de Juan es el mismo Jesús quien asume esa tarea al librar a su amigo Lázaro de las ataduras de la muerte, revelándose, así como “resurrección y vida”. Y en esa misma línea, Pablo nos recuerda que, si vivimos según el Espíritu de Cristo, Dios nos hará participar en su mismo destino de resurrección. Esa es la esperanza que nosotros, los creyentes, tenemos puesta en el Señor. La misma que el salmista nos invita a cantar con toda nuestra alma.

La resurrección de Lázaro es el último de los 7 signos narrados en la primera parte del evangelio de Juan. Aquí, Jesús se nos revela como vencedor de la muerte y adelanta así su propia Pascua, la hora en que será glorificado por el Padre.

COMPRENDER EL TEXTO

Con la resurrección de Lázaro culmina un proceso en el que Jesús se ha ido dando a conocer a través de sus “signos”. Siendo el último de 7 (que en la Biblia significa totalidad), muestra plenamente lo que ya estaba anunciado en los demás, y a la vez, anticipa el signo por excelencia, su propia resurrección. Sacando a su amigo del sepulcro, Jesús se acredita como Señor de la vida, una revelación ya preparada desde el prólogo (Jn 1,4), pero que sólo se entenderá del todo cuando Él mismo sea glorificado. Ésta es, además, la narración más extensa del cuarto evangelio, a excepción de la pasión, con el que está claramente relacionado. Tras una introducción en la que dialoga con sus discípulos, Jesús se encuentra con Marta y con María. Finalmente se acerca al sepulcro de Lázaro y le devuelve la vida.

Juan es el único evangelista que presenta a Lázaro, Marta y María como hermanos y vecinos de Betania, una aldea próxima a Jerusalén. Los 3 pertenecen al grupo de los discípulos y son amigos de Jesús. La acción empieza cuando a Jesús le llega la noticia de que Lázaro está enfermo. En principio, resulta extraño que el Maestro no vaya a curarle inmediatamente y lo haga sólo cuando ya ha fallecido. Se trata de un recurso narrativo que sirve para aumentar la tensión del relato. A la vez que subraya la realidad de la muerte de Lázaro y realza la magnitud del hecho, nos ofrece las claves de comprensión que ayudan a interpretar su sentido. En este último signo queda aún más patente que la finalidad de todos ellos es “manifestar la gloria de Dios”, a través de la cual se da a conocer también la de su Hijo. A esta revelación del Padre, que muestra su rostro a través de la persona y las obras de Jesús, han de responder sus seguidores con una fe cada vez más plena (v 15). El uso del malentendido y las palabras con doble sentido (“dormir”, “morir”) nos recuerdan, que para captar el verdadero significado de estos signos no podemos quedarnos en una comprensión superficial de lo que vemos y oímos.

En el encuentro de Jesús con Marta y María, especialmente en el primero (vv 17-27), estas le reciben lamentando su tardanza y se refleja una confianza más bien limitada en el poder de Jesús. De él se esperaba que curase a Lázaro, pero no que le devuelva la vida. Se trata de una fe que aún debe crecer. Y será a partir de ahí desde donde comenzará un camino de maduración creyente guiado por Jesús. En efecto, cuando Marta le oye hablar de resurrección piensa, a la manera judía, en algo que sucederá “al final de los tiempos”. El Maestro invita a ir más allá, a superar los conceptos aprendidos para centrarse en su persona. Al revelar que Él mismo es “la resurrección y la vida” afirma que la vida eterna prometida no es sólo una esperanza para el futuro, sino una realidad ya presente y actuante en todo aquel que cree en Él. Y es ahí donde la fe inmadura de Marta (que personifica la de todos los discípulos) se encuentra ante un desafío: “¿Crees esto?”. Su respuesta es la más completa confesión de fe que ningún personaje del evangelio ha pronunciado hasta ahora, aunque no acabara de comprenderla del todo (v. 39)

En la escena de la resurrección de Lázaro (vv 38-44) se nota que el “signo” se verifica aquí después de los diálogos que explican su sentido, y no al revés, como en otros casos, su función es confirmar de modo gráfico la revelación del v. 25, que es el centro de todo el relato. La respuesta que Jesús da a Marta cuando ésta se opone a que la piedra del sepulcro sea retirada y la oración que formula luego en voz alta vuelven a insistir en la finalidad de lo que va a hacer a continuación: mostrar la gloria de Dios y suscitar la fe en Él como enviado del Padre. Por otra parte, nadie esperaba ni había pedido a Jesús que liberase a Lázaro de la muerte. El don de Dios sobrepasa las expectativas humanas. Lázaro (como el ciego y la samaritana) es una figura representativa a través de la cual se muestra lo que le ocurre a todo discípulo cuando cree en Jesús. No ha de esperar al “final de los tiempos” para ver la resurrección, sino que ya ahora comienza a experimentar la vida nueva que viene de Él.

Los judíos que forman el “cortejo fúnebre” en torno a Marta y María contemplan la escena y actúan en calidad de testigos. Pero su reacción ante el signo no es unánime. Muchos creen en Jesús, siendo ésta la única respuesta que queda recogida en el texto litúrgico (v 45). Otros, en cambio, van a acusarlo ante los fariseos (v. 46), provocando una reunión del sanedrín en la que deciden matarlo (v 53). Explota así una tensión ya insinuada desde el principio del episodio (vv 7-8). La persona de Jesús no deja a nadie indiferente. Unos lo aceptan como enviado de Dios y le responden con fe; otros lo rechazan violentamente, a pesar de haber visto sus obras. Paradójicamente, el signo en el que Jesús se ha revelado como dador de vida provocará su propia muerte. Se da paso así a la 2ª parte del evangelio, llamado “Libro de la pasión y de la gloria” (Jn 13,20). Ahí se verá que lo que Jesús ha hecho con Lázaro (devolverle a la vida mortal) no hace sino adelantar simbólicamente su propia resurrección, su victoria sobre “el último enemigo”, su acceso definitivo a una vida que no se acaba.

ACTUALIZAMOS

La vida nueva que recibimos en el bautismo nos identifica con Jesús y nos compromete a vivir ya como resucitados. Si nuestra fe es madura, no podemos esperar al final de los tiempos para mostrar que la Pascua de Cristo nos ha sacado de nuestras tumbas y nos ha liberado del poder de la muerte.  

  1. “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”:

¿En qué notas que la fe en Jesús es para ti fuente de vida? ¿De qué “tumbas” debería sacarte?

  1. “… el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”: 

¿Qué significa para ti vivir ya como resucitado? ¿Cómo concretarlo en el día a día?

  1. “Lázaro, sal afuera”:

¿Cómo podríamos ser dadores de vida para otros?

LECTIO DIVINA – CICLO A – CUARESMA DOMINGO IV

Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».

Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo: «Seguro que está su ungido ante el Señor».

Pero el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón».

Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé: «El Señor no ha elegido a estos».

Entonces Samuel preguntó a Jesé: «¿No hay más muchachos?».

Y le respondió: «Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».

Samuel le dijo: «Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga».

Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel: «Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».

Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.

Salmo 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6

R./ El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R./

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R./

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R./

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14

Hermanos: Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.

Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas.

Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz.

Por eso dice: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará».

Lectura del santo Evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?».

Jesús contestó: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?».

Unos decían: «El mismo».

Otros decían: «No es él, pero se le parece».

El respondía: «Soy yo».

Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?».

Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver».

Le preguntaron: «¿Dónde está él?».

Contestó: «No lo sé».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó: «Que es un profeta».

Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?».

Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse».

Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».

Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador»

Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo»

Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?»

Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?»

Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene»

Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder».

Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»

Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él.

Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no vean, vean, y los que ven, se queden ciegos».

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?»

Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecados; pero como decís «vemos», vuestro pecado permanece»

COMENTARIO

En la misma línea de la semana pasada, pero dando un paso más, destacan hoy en las lecturas dos símbolos bautismales: la unción con el aceite y la luz. El primer libro de Samuel nos cuenta que el profeta Samuel ungió a David como Rey de Israel, acción mediante la cual entró en él el Espíritu del Señor. El evangelio de Juan presenta a Jesús como luz del mundo que ilumina los ojos de un ciego de nacimiento, abriéndolos así a la fe. Y Pablo recuerda a los efesios que el bautizado se ha identificado con Cristo, muerto y resucitado. La experiencia pascual le ha liberado de las tinieblas y por eso debe comportarse siempre como hijo de la luz.

COMPRENDER EL TEXTO

Durante la fiesta judía de las Tiendas, en la que el atrio del templo se iluminaba con grandes antorchas, contemplaremos hoy un nuevo signo en el que Jesús se revela como “luz del mundo”. Un ciego de nacimiento recupera la vista. En cambio, los fariseos, que presumen de ver con claridad, permanecen en las tinieblas.

Al igual que la semana pasada, leemos hoy un pasaje sacado del “Libro de los signos” en el que Jesús devuelve la vista a un ciego de nacimiento. Como es habitual en Juan, este signo (el 6º por su orden) dará lugar a diálogos y controversias que ayudan a entender lo sucedido. Entre ellos destacan una serie de duros interrogatorios en los que los fariseos se comportan como verdaderos jueces. Aparentemente procesan al que había sido ciego, pero el auténtico reo es Jesús, que se ha atrevido a curarlo en sábado. Solo al final se invierten los papeles y descubrimos quién es quién en esta historia. De nuevo nos encontramos con un pasaje largo que no se puede explicar con todo detalle. Nos fijaremos en los aspectos más relevantes.

Al encontrarse con aquel mendigo invidente, los discípulos plantean la pregunta sobre el “porqué” de aquella situación. Según la doctrina de la retribución, tal desgracia sólo era explicable como un castigo por el pecado (vv 2 y 34). Jesús, en cambio, rechaza esta creencia y apunta más bien hacia el “para qué”. Más que ser explicado, el mal debe ser combatido. Será la ocasión de que Dios siga realizando su obra y de que él, que es su “enviado”, se manifieste como “luz del mundo” mientras es “de día” (vv 4-5). Por eso, tomando en todo momento la iniciativa, procede a la curación. El “barro” que utiliza recuerda el relato de la creación del ser humano (Gn 2,7). El hecho de “ungirlo” sobre los ojos y la orden de “lavarse” en la “piscina del Enviado” hacen pensar en los ritos del bautismo, fuente de vida nueva. Al recuperar la vista, aquel hombre es recreado. Su primer nacimiento lo arrojó a las tinieblas, y ahora vuelve a ser engendrado para la luz. Su existencia ha sido radicalmente transformada. Tanto es así que hasta sus vecinos tienen dificultades para reconocerlo. Pero no nos podemos quedar en el “milagro”. Ya sabemos que los “signos” de Jesús pretenden revelarnos su identidad más profunda.

Abrir los ojos del cuerpo significa abrir los ojos de la fe. En este sentido, la curación de la ceguera viene a simbolizar todo un proceso que recorre el que cree en Jesús y recibe el bautismo. Los primeros cristianos llamaban a este sacramento “iluminación”. En consecuencia, y como ya le sucediera a la samaritana, el que había sido ciego va descubriendo poco a poco quién es el que le ha devuelto la vista. Aunque al principio habla de él como de “ese hombre que se llama Jesús” (v. 11), pronto lo califica de “profeta” (v 17). Luego sostiene que si lo ha curado es porque “viene de Dios” (v 33). Y finalmente hace un acto de fe en él como “Hijo del hombre” y, postrándose en un gesto de adoración, afirma: “Creo, Señor” (vv 35-37).

A medida que la luz de la fe abre los ojos del ciego, los fariseos van ofuscándose cada vez más en su hostilidad hacia Jesús. Para ellos se trató sólo de “un pecador” (v 24). Imaginan incluso que todo ha sido un fraude y llaman a declarar a los padres para comprobarlo. Pero ellos vuelven a remitir a su hijo a los jueces alegando que tiene edad suficiente para que su testimonio sea válido. Y, en efecto, el ex ciego se conduce en todo momento como un verdadero “testigo de la fe”, un auténtico discípulo que sabe defender su postura frente a quienes le acosan (v 28). El interrogatorio evidencia que los que presumen de saber ignoran lo más importante: los fariseos desconocen el origen de Jesús. El ciego, en cambio, sostiene que “viene de Dios” (v 29-33). Al final, inseguros y faltos de argumentos, deciden “echarlo fuera”. Se refleja en ellos la situación histórica en la que vivía la comunidad de Juan, amedrentada por el judaísmo fariseo, que había decidido expulsar a los cristianos de la sinagoga (v 22).

Jesús, desaparecido de la escena hasta el último momento, vuelve a irrumpir en ella. En primer lugar, para salir al encuentro del ciego y ayudarle a culminar el proceso de fe que había comenzado con su curación. En segundo, para ofrecer las claves que le permiten entender lo que está pasando. Es entonces cuando, con fina ironía, muestra que las cosas no son lo que parecen. Que el verdadero juicio no es el de los fariseos, sino ese que él mismo establece al revelarse como luz. Una luz que alumbra a los ciegos y ciega a los que creen ver. Una luz ante la que es preciso definirse, discerniendo así entre quienes la acogen y quienes la rechazan (v. 39). El ciego personifica la actitud de los que desean ser iluminados por Jesús y acceden así a la visión de la fe. Los fariseos, en cambio, son ciegos que no quieren ver: se apartan de la luz. Por eso su ceguera es culpable y no lo es la del que no veía. Son ellos los que, negándose a creer, permanecen en su pecado. (vv. 40-41)

ACTUALIZAMOS

Quien recibe el bautismo es una persona “iluminada” por Cristo que, a la vez, se compromete a ser “luminosa” viviendo de un modo nuevo. Si el Señor nos ha liberado de nuestras cegueras es para que nuestros ojos vean todo de otra manera, con la lucidez propia de la fe, que pone luz donde tantos sólo ven tinieblas.

  1. “Creo, Señor”:

¿Cómo vives tu proceso de fe? ¿Lo sientes avanzar o retroceder? ¿Te ayuda el testimonio del ciego de nacimiento?

  1. “Yo soy la luz del mundo”:

¿En qué momentos de oscuridad has experimentado a Jesús como luz?

  1. “…yo era ciego y ahora veo”:

 ¿Qué significa para ti ser testigo de la luz de Jesús en los ambientes donde te mueves?

  1. “¿También nosotros estamos ciegos?”:

¿Qué ceguera percibes en ti y en la sociedad?

LECTIO DIVINA – CICLO A – CUARESMA DOMINGO III

Lectura del libro del Éxodo 17, 3-7

En aquellos días, el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?».

Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Por poco me apedrean».

Respondió el Señor a Moisés: «Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo».

Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meríbá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está el Señor entre nosotros o no?».

Salmo 94, 1-2. 6-7c. 7d-9

R./ Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R./

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R./

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-2. 5-8

Hermanos: Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.

Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve».

La mujer le contesta: «No tengo marido».

Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».

La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».

Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.

Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come».

Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».

Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?».

Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.

¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

COMENTARIO

El carácter bautismal de la Cuaresma del ciclo A se pone especialmente de manifiesto en los 3 últimos domingos de este tiempo. De ahí que las lecturas de hoy estén centradas en el simbolismo del agua. En el libro del Éxodo se nos cuenta que Israel, cuando atravesaba el desierto, murmuró contra el Señor a causa de la sed y éste hizo brotar agua de una roca. En ella se simbolizaron después todos los dones que el pueblo recibió de Dios a lo largo de su travesía histórica, especialmente la ley de Moisés. Pero el Evangelio de Juan se atreve a corregir las antiguas tradiciones al afirmar que el verdadero “don de Dios” es el agua viva del Espíritu que Jesús da a quien se la pide. Y Pablo corrobora esa misma idea al hablar del amor que Dios “derrama” sobre el corazón de los creyentes. Siempre que, como nos advierte el salmo, no sea un corazón endurecido.

COMPRENDER EL TEXTO

Como tantas veces en la Biblia, el brocal de un pozo se convierte en lugar de encuentro. Jesús, judío, pide de beber a una mujer samaritana cuya vida sentimental ponía en duda su moralidad. Pero cuando el diálogo haga saltar por los aires las barreras que se interponen entre ambos, será ella la que desee saciar su sed con el “agua viva” que le ofrece Jesús.

Este pasaje pertenece a la primera parte del evangelio de Juan, conocida como el “libro de los signos” (Jn 2,12). En él se narran una serie de obras portentosas cuyo sentido se aclara a través de los diálogos, debates y discursos que las acompañan. Lo importante no es lo que tienen de “milagros”, sino aquello que revelan sobre la persona de Jesús. Los capítulos que encabezan este “libro” (Jn 2,1-4,42) nos lo presentan como portador de un nuevo orden de cosas que declara superadas las viejas instituciones religiosas del judaísmo. Con él caduca la antigua alianza. El episodio del encuentro con la samaritana sirve de colofón a esta sección y debe ser interpretado en esa misma línea. Pero al ser un relato largo y con denso contenido simbólico, nos fijaremos solo en ciertos aspectos.

Aparte de los prejuicios de sexo, raza y religión que impedían teóricamente la conversación pública entre dos personas tan dispares (vv 9 y 27), resalta el malentendido que se produce en torno al tema del “agua”. Se diría que la búsqueda de la Samaritana está motivada por intereses materiales y prácticos y por eso no entiende el sentido figurado de las palabras de Jesús. La escena se desarrolla junto al “pozo de Jacob”, lugar ligado a las antiguas tradiciones patriarcales, que a pesar de su hostilidad compartían judíos y samaritanos. Además, en una cultura donde el agua era un bien muy preciado, no era raro que sirviera para simbolizar los “dones de Dios” a su pueblo. La tradición de los rabinos comparaba, por ejemplo, la ley de Moisés con un “pozo”. Pues bien, Jesús afirma rotundamente que el agua de ese pozo (el de una religión hecha de normas vacías, lugares privilegiados y ritos excluyentes) ya no tiene capacidad para calmar la sed de Dios que anida en el corazón humano.

El evangelista nos muestra que quien había pedido de beber es, en realidad, la fuente de “agua viva”. Un agua que se da gratuitamente, que se obtiene sin fatiga y que apaga la sed para siempre al convertirse en un surtidor interior del que mana la “vida eterna”. El mismo Jesús aclarará más tarde que esa agua es el Espíritu (Jn 7,37-39). Ése es el auténtico “don de Dios” que la samaritana no conocía. Por eso no puede adorar “en espíritu y en verdad”. El culto que profesa es la expresión de una religión frustrada e incapaz de crear relaciones de filiación con el Padre (vv 20-24). En realidad, sus 5 maridos simbolizan los ídolos tras los que Samaria se había prostituido (2 Re 17,24-41; Os 2,4-25). Por eso, cuando descubre que su deseo más profundo sólo puede saciarse en el “pozo de Jesús”, deja allí su cántaro, porque ya no lo necesita. Ella misma se ha convertido en un manantial de “agua viva” (v 14) y puede dar de beber con ella a sus compatriotas.

La samaritana desconoce el “don de Dios” y, por tanto, ignora “quién es el que le pide de beber” (v 10). Pero a medida que dialoga con Jesús, va descubriendo poco a poco su verdadera identidad. Al principio lo ve simplemente como “un judío”, es decir, como un enemigo (v 9). Mas tarde se cuestiona su superioridad sobre el patriarca Jacob (v 12). Después lo considera un “profeta” (v. 19) y, finalmente, acoge la revelación de Jesús como Mesías (v 25-26.29). He aquí el itinerario de la fe de una mujer que se convierte después en sembradora del Evangelio y en apóstol de su propio pueblo, cuyo testimonio lleva a los samaritanos a hacer experiencia personal de Jesús, a creer en él y a confesarle como el “Salvador del mundo” (vv 29.38-39.42).

ACTUALIZAMOS

La Iglesia ha leído este pasaje en clave bautismal. De ahí que lo incorporara a la liturgia cuaresmal para catequizar a quienes iban a recibir el bautismo en la vigilia pascual. Nosotros, que hemos bebido en las fuentes del Espíritu, debemos ser para otros dadores de agua viva, testigos del Evangelio de Jesús.

  1. “Si conocieras el don de Dios…”:

¿Te identificas en algo con el camino de la fe que hace la samaritana?

¿Cómo te ayuda este pasaje a conocer mejor a Jesús?

  1. “Él te daría agua viva”:

¿Qué significa para ti que Jesús puede darte “agua viva”?

¿Cuál es esa sed que puede saciar tu relación con él?

  1. Como bautizado:

¿Qué pistas te ofrece este relato para vivir tu identidad y vocación de bautizado?

¿A qué te compromete?

  1. Ser fuente de «agua viva»:

¿Cómo puedes ser para otros un manantial de “agua viva” en una sociedad que no sacia nuestra verdadera sed?