LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO IX «SANTÍSIMA TRINIDAD»

Lectura del libro del Éxodo 34, 4b-6. 8-9

En aquellos días, Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra.

El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor.

El Señor pasó ante él proclamando:

«Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».

Moisés, al momento, se inclinó y se postró en tierra.

Y le dijo:

«Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya».

Salmo Dan 3, 52a y c. 53a. 54a. 55a. 56a

R./ ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres.
Bendito tu nombre, santo y glorioso. R./

Bendito eres en el templo de tu santa gloria. R./

Bendito eres sobre el trono de tu reino. R./

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines
sondeas los abismos. R./

Bendito eres en la bóveda del cielo. R./

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 13, 11-13

Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros.

Saludaos mutuamente con el beso santo.

Os saludan todos los santos.

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

COMENTARIO

Las lecturas de este día nos invitan a contemplar la Trinidad no como un dogma abstracto, sino como un Misterio de amor que se ha comprometido totalmente en la salvación de la humanidad. El libro del Éxodo nos descubre que la revelación del Dios “compasivo y misericordioso” no es patrimonio exclusivo del Nuevo testamento. No obstante, es en Jesús, el Hijo único del Padre donde contemplamos el icono más expresivo de su amor y fidelidad hacia nosotros, según nos recuerda el evangelio de Juan. Por eso Pablo, saludando a la comunidad de Corinto, expresa con una fórmula trinitaria esa donación total de Dios, que, saliendo de sí mismo, se nos ha manifestado como gracia, amor y comunicación de dones espirituales.

El pasaje del evangelio de Juan contiene una síntesis muy condensada del mensaje cristiano, leerlo con atención nos puede ayudar a celebrar con más sentido la fiesta de la Santísima Trinidad.

COMPRENDER EL TEXTO

Estos versículos forman parte de la entrevista nocturna entre Jesús y Nicodemo que podemos leer en Jn 3, 1-21. A través de este diálogo con un destacado representante del fariseísmo, el evangelista refleja el debate existente entre la comunidad cristiana y el judaísmo oficial de su época, que se negaba a acoger el testimonio de Cristo. Jesús trata de hacer entender a Nicodemo que él es mucho más que un maestro que enseña de parte de Dios o un mago que hace milagros en su nombre. Es el Hijo que revela lo que ha visto junto al Padre. No basta, por tanto, con admirar sus signos o reconocer la autoridad de su doctrina (Jn 2, 23-25). Es necesario creer en él como condición para entrar en el Reino de Dios y acceder así a la salvación. Ése y no otro es el tema de fondo que recorre toda la conversación.

El evangelista juega con el doble sentido de las palabras, dando pie a malentendidos que precisan una aclaración posterior. A través del lenguaje de los símbolos, a veces enigmático y misterioso, Jesús explica a Nicodemo que para acoger esa revelación de la que él es portador es preciso “nacer de nuevo” (o bien “nacer de lo alto”). Este nuevo nacimiento que supone la renovación radical de la persona es, por tanto, obra de Dios, que, por medio “del agua y del Espíritu”, engendra y comunica así su misma vida –la “vida eterna”- al creyente. Se trata de un nacimiento espiritual que se celebra en el bautismo e inaugura una existencia marcada por la fe en Jesús.

Nicodemo es “maestro de Israel” (Jn 3, 10) pero no sabe de qué manera se realiza ese “nuevo nacimiento”. Por eso pregunta: “¿Cómo puede ser esto?”. Con ironía, Jesús le echa en cara su ignorancia y comienza así un monólogo en el que explica cómo ha acontecido la salvación, vinculándola a su propia muerte (Jn 3, 14-21). El pasaje de hoy debe ser comprendido en este contexto próximo y viene a ser una explicación de los versículos precedentes, donde la crucifixión de Jesús, humanamente escandalosa, es contemplada como exaltación pascual y fuente de vida eterna.

El texto de hoy comienza con una afirmación sorprendente (v. 16). Es la única vez que el evangelista utiliza el verbo “amar” para hablar de la relación entre Dios y el mundo. Queda claro, en todo caso, que la iniciativa de la salvación parte del Padre, que su motivación no es otra sino el amor que siente hacia la humanidad entera y que la finalidad de su actuación es salvar, nunca condenar; es decir, comunicar su misma vida: eterna, auténtica, plena…, una vida que ya no puede ser amenazada ni vencida por la muerte. Para realizar ese proyecto a favor del género humano da lo mejor que tiene, a su Hijo único, de modo que el mundo se salve por medio de él; se descubre así el sentido más profundo de la misión de Jesús. Su entrega total hasta la muerte no fue el resultado de una fatalidad o de la traición de Judas, ni siquiera de una decisión personal suya. Es el Padre quien lo ha enviado como don. No cabe por su parte mayor prueba de amor. La primera carta de Juan volverá a hacer eco de estas afirmaciones (1ª Jn 4, 8-10)

Dios no desea condenar a nadie, pero hay que dejarse salvar por Él. Su oferta de vida eterna está siempre abierta, y puede ser acogida o rechazada por el ser humano. Se trata de una elección fundamental que orienta la propia existencia hacia la vida o hacia la muerte. La posible condenación es, por tanto, fruto de la decisión libre y personal de cada uno. Por eso, para el evangelio de Juan, el juicio no es un acontecimiento futuro, sino que se realiza en el presente. Es cada persona la que se juzga así misma optando entre la fe o la incredulidad frente a Jesús, el Hijo que nos revela al Padre. Creer o no creer en Cristo equivale a aceptar o rechazar el amor de Dios, que lo ha enviado para salvar y dar sentido a la vida humana. Los versículos siguientes, no incluidos en la lectura de hoy, explican mejor las razones de esa posible condenación (Jn 3, 19-21).

La síntesis de la fe cristiana que se recoge en estos versículos es perfecta, aunque muy condensada. En ellos aparece claramente cómo se han implicado el Padre, el Hijo y el Espíritu (Jn 3, 5) en la salvación de la humanidad y cómo ésta debe acoger ese don desde la fe. Por desgracia, el ser humano se auto excluye muchas veces de esta oferta salvífica y se aleja de la luz, condenándose a sí mismo a las tinieblas, al sin sentido. En eso consiste el juicio. Ojalá que nosotros, bautizados en el nombre de la Trinidad, vivamos coherentemente nuestra fe de modo que pueda ser para nosotros fuente de vida verdadera.

ACTUALIZAMOS

El misterio de Dios es un misterio de amor que ofrece a las personas un camino de vida en plenitud. Este proyecto de salvación parte de la iniciativa del Padre y se realiza por medio de la entrega total del Hijo. Nosotros, los bautizados, hemos sido engendrados a esa “vida nueva” sumergiéndonos en las aguas del Espíritu. Nuestra fe es la respuesta con la que acogemos ese don gratuito e inmerecido.

  1. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”:

¿Cómo te ayuda este texto a entender el misterio de la Santísima Trinidad?

  1. … para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”:

¿Qué significa para ti que la fe es fuente de vida? ¿Cómo lo experimentas en tu existencia cotidiana?

  1. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”:

¿Qué puedes aprender de ese modo de actuar de Dios? ¿A qué te compromete como creyente?

LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO VIII «PENTECOSTÉS»

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:

«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?

Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34

R./ Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R./

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R./

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos:

Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.

Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.

Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

COMENTARIO

Cincuenta días después de haber celebrado la resurrección de Jesús, concluimos hoy el tiempo de Pascua. Pentecostés es la “Pascua granada”, la Pascua madura que produce su mejor fruto: el envío del Espíritu Santo. Y de ello hablan las lecturas que hoy hacemos, cada una desde su perspectiva. Tanto el relato evangélico como el libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen su propia versión de este acontecimiento, resaltando diversos aspectos de un mismo misterio. Más allá de toda diferencia existe una coincidencia de fondo. En ambos casos se resalta que el Espíritu es el don que el Señor hace a sus discípulos para que puedan continuar su misión. El salmo nos invita a entender este momento como una “nueva creación”, y Pablo nos recuerda que la acción del Espíritu se manifiesta de múltiples maneras, todas ellas para el bien de la comunidad.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio es el mismo del segundo domingo de Pascua, aunque abreviado, hoy destacamos los aspectos más relacionados con la fiesta de Pentecostés.

Algunos comentaristas han llamado a esta página del evangelio de Juan el “Pentecostés del cuarto evangelio”, pues parece una presentación diferente del mismo acontecimiento que Lucas nos describe en el pasaje de Hechos proclamado hoy como primera lectura. Aunque cada autor sitúa en un momento, temporalmente diferente, el acontecimiento. Si, para Lucas, el marco de la venida del Espíritu es la fiesta de Pentecostés, en Juan no se establece un plazo de tiempo entre la Pascua y la venida del Espíritu, ni tampoco sitúa esta venida en el marco de la fiesta de Pentecostés. A diferencia de Hechos, presenta las cosas como si todo hubiera sucedido el mismo día de la resurrección. Recordamos a propósito de esto, que los evangelios no son “crónicas” estrictamente históricas y que las diferencias que encontramos entre ellos se explican por las diversas perspectivas teológicas propias de cada uno. De hecho, en lo que Juan está sumamente interesado es en mostrar la estrecha relación que existe entre la resurrección de Jesús y la efusión del Espíritu como aspectos complementarios de una misma realidad.

La imagen utilizada por el evangelista es significativamente gráfica. El Espíritu Santo no aparece aquí simbolizado por un viento impetuoso o por llamas de fuego, como en Hechos, sino por el mismo aliento vital del Resucitado, que “sopla” sobre sus discípulos. Esto nos recuerda el mismo gesto que Dios hizo al crear al ser humano (Gn 2,7).

El don del Espíritu hace de los discípulos personas recreadas, los libera de su vieja condición de “encerrados” y los prepara para asumir nuevos desafíos. Si leemos con atención este pasaje descubriremos que el relato de Juan vincula este acontecimiento con el envío a la misión, pues sitúa una cosa inmediatamente a continuación de la otra.

En este aspecto del envío, el cuarto evangelio coincide en gran parte con la perspectiva del libro de los Hechos (Hch 1,8). Jesús envía a los discípulos como él ha sido enviado por el Padre, pero no los deja solos, sino que les entrega el Espíritu para que puedan llevar a cabo la misión. Sin la garantía del Espíritu, la comunidad no hubiera superado sus “miedos” y la Iglesia quizás no se hubiera puesto en marcha. Pero el evangelio de Juan añade un detalle significativo, introduce junto a la recepción del Espíritu el tema del perdón de los pecados, con lo que la misión encomendada a los discípulos se presenta como una tarea de reconciliación universal.

Recordemos que la donación del Espíritu a los discípulos no es un “relato sorpresa”, es decir, algo totalmente inesperado dentro de la trama del evangelio de Juan. De hecho, Jesús lo había prometido repetidamente a los discípulos durante su despedida en la última cena. Lo podemos leer en Juan 14,15.26; 15,26; 16,7-15.

El acontecimiento de Pentecostés no es algo que pertenece sólo al pasado. El Espíritu Santo continúa vivo y sigue manifestándose en nuestro mundo, en personas y situaciones concretas.

ACTUALIZAMOS

La venida del Espíritu Santo no tiene fecha fija. Juan la sitúa en el momento de la resurrección, y el libro de los Hechos, cincuenta días después de la Pascua. Por eso hoy también puede ser Pentecostés. El Señor Jesús, que derramó su Espíritu sobre nosotros el día de nuestro bautismo, no deja de renovar ese don para que podamos continuar la misión que él mismo recibió del Padre.

  1. El Espíritu Santo ha sido llamado muchas veces “el Gran Desconocido”:

    ¿Cómo te ayudan los textos de hoy para conocer mejor quién es y cómo actúa?

  1. El Espíritu Santo es el aliento vital del Resucitado que actúa en nosotros. Su presencia no se ve, pero…

    ¿De qué modo debería “verse”, es decir, notarse en la vida de los creyentes?

  1. “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados…”:

¿Qué podríamos hacer para concretar en nuestra vida personal y comunitaria esa misión de reconciliación a la que somos enviados?

  1. También hoy los cristianos vivimos a menudo “encerrados, con las puertas cerradas” y con miedo, reacios a la esperanza:

¿No será que nos resistimos a dejarnos mover por el Espíritu?

¿Qué cambiaría en nosotros y en quienes nos rodean si nos hacemos más dóciles a su acción?

LECTIO DIVINA – CICLO B – CUARESMA DOMINGO II

Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán.

Le dijo:

«¡Abrahán!»

Él respondió:

«Aquí estoy».

Dios dijo:

«Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré»

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña.

Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.

Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:

«¡Abrahán, Abrahán!»

Él contestó:

«Aquí estoy».

El ángel le ordenó:

«No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo».

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.

El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo: «Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».

Salmo 115, 10 y 15. 16-17. 18-19

R./ Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!».
Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles. R./

Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor. R./

Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 31b-34

Hermanos:

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios, y que además intercede por nosotros?

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 9, 2-10

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:

«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía qué decir, pues estaban asustados.

Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:

«Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.

COMENTARIO

En el segundo domingo de Cuaresma las lecturas nos hablan de muerte y de vida. Abrahán, el hombre fiel y obediente, no se reservó a su hijo Isaac; Dios Padre entregó a su Hijo único, el predilecto, por todos nosotros; en el relato de la transfiguración subyace el misterio de la muerte de Jesús. Pero subrayar el aspecto de la muerte puede llevarnos a equivocar el sentido de la Cuaresma, porque en todas las lecturas late, el misterio del amor y la vida de Dios. Un Dios que rescata a Isaac, que resucita a Jesús y le pone en nuestra ruta como compañero y modelo, para que podamos encaminarnos hacia la meta que nos espera. Siendo así, las lecturas de este domingo imprimen un carácter gozoso a nuestro camino cuaresmal porque «si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?»

COMPRENDER EL TEXTO

El domingo pasado el evangelio nos llevaba al desierto con Jesús y después nos invitaba a escuchar un resumen de su mensaje sobre el Reino de Dios. Descubríamos el desierto como lugar de encuentro, de conversión, de camino, pero también de tentación. Hoy la Palabra nos arrastra hacia un escenario muy diferente, un monte alto, lugar que sugiere luz, y manifestación de Dios.

Este relato de la transfiguración se entiende mejor en el contexto del episodio que le precede y le sigue: los anuncios de la pasión-resurrección. Por eso es conveniente leer Mc 8,27-9,2, un largo diálogo de Jesús con sus discípulos en el que les pregunta su opinión sobre él y les anuncia su destino de muerte. Ellos no comprenden y se desaniman. Jesús les advierte, además, que si quieren ser sus seguidores tendrán que estar dispuestos a pasar por lo mismo. Es en este momento cuando Jesús les manifiesta su gloria, les anticipa su victoria sobre la cruz, para animarles y darles fuerzas en el camino que están a punto de emprender junto al Maestro. Esta es la función de la transfiguración en el conjunto del evangelio.

El pasaje es un relato de la manifestación de Dios “teofanía”, muy utilizado en el Antiguo Testamento como género literario y que provocan miedo y turbación en quienes la presencian. Los primeros cristianos que estaban acostumbrados a escuchar este tipo de relatos referidos sólo a Dios entendían con este pasaje que Jesús era verdaderamente Dios.

La manifestación de la gloria de Jesús se expresa por medio de tres elementos complementarios:

  1. El color de sus vestidos, de un blanco deslumbrador, es el color de la resurrección. Además, al final del pasaje hay dos alusiones a esta victoria final (9,9-10).
  2. La aparición de Moisés y Elías, personajes a los que la tradición relaciona con la llegada del Ungido (Mal 3,23-24), están revelando que Jesús es el Mesías de Israel.
  3. La voz que viene del cielo y afirma, como en el bautismo, que Jesús es el Hijo de Dios. Es, por tanto, una presentación de Jesús para que los discípulos comprendan quién es.

Jesús llama a Pedro, Santiago y Juan para hacerles entender su camino hacia Jerusalén de forma nueva y reafirmarles en su vocación desde la experiencia de la Pascua. Pero ellos, que antes no habían entendido el significado de la muerte del Hijo del hombre (Mc 8,31), tampoco comprenden ahora el significado de la resurrección. Por eso tras “ver” la victoria de Jesús quieren detener la historia. Quieren llegar a la Pascua sin pasar por la cruz, se resisten a un camino de seguimiento que implique la pasión. Por eso la voz de Dios les sacude y despierta, invitándoles a escuchar al Hijo, a mantenerse detrás de él en un camino de gloria crucificada. Se puede considerar como una escena de fortalecimiento vocacional para los discípulos y para nosotros.

En el camino de la Cuaresma, que tiene como meta la celebración de la Pascua, Jesús se nos muestra transfigurado también a nosotros. Es una llamada para que aprendamos a descubrir su presencia en el camino del seguimiento y para que vivamos con esperanza estos días de conversión.

ACTUALIZAMOS

A los primeros discípulos no les fue fácil entender que su Maestro iba camino de Jerusalén, que moriría en la cruz. Por eso Jesús les hizo subir hasta el monte de la transfiguración, para que vieran, escucharan y experimentaran lo que les esperaba al final del camino. Este pasaje tiene también algo que decirnos a nosotros. Como a los discípulos, hoy Jesús nos anima a subir, ver, escuchar, experimentar y bajar.

  1. En el seguimiento de Jesús.

¿En qué momentos de tu vida se te hace más difícil seguir a Jesús?

¿Encuentras en este pasaje alguna luz que te anime a superar esas dificultades?

  1. En tu camino.

¿Qué experiencias positivas, de luz, te han ayudado a caminar en momentos difíciles?

  1. En la escucha de Jesús.

¿En qué puede cambiar tu vida la escucha de la palabra de Jesús?

¿A qué te compromete?

  1. En la presencia de Dios.

¿A qué montañas has de “subir” para que te sientas transfigurado por la presencia de Dios?

¿A qué lugares has de “bajar” para continuar por el camino del seguimiento?

LECTIO DIVINA – CICLO B – CUARESMA DOMINGO I

Lectura del libro del Génesis 9, 8-15

Dios dijo a Noé y a sus hijos:

«Yo establezco mi alianza con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañan, aves, ganados y fieras, con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Establezco, pues, mi alianza con vosotros: el diluvio no volverá a destruir criatura alguna ni habrá otro diluvio que devaste la tierra».

Y Dios añadió:

«Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco y recordaré mi alianza con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir a los vivientes».

Salmo 24, 4-5a. 6-7cd. 8-9

R./ Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R./

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R./

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 18-22

Queridos hermanos:

Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conduciros a Dios.

Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu; en el espíritu fue a predicar incluso a los espíritus en prisión, a los desobedientes en otro tiempo, cuando la paciencia de Dios aguardaba, en los días de Noé, a que se construyera el arca, para que unos pocos, es decir, ocho personas, se salvaran por medio del agua.

Aquello era también un símbolo del bautismo que actualmente os está salvando, que no es purificación de una mancha física, sino petición a Dios de una buena conciencia, por la resurrección de Jesucristo, el cual fue al cielo, está sentado a la derecha de Dios y tiene a su disposición ángeles, potestades y poderes.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 1, 12-15

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto.

Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían.

Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:

«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».

COMENTARIO

En las lecturas de los cinco domingos de Cuaresma encontramos un programa de catequesis que la Iglesia propone para que los creyentes revisen su fe y su vida. Esta catequesis cuaresmal está orientada a la Pascua, prepara para la celebración del misterio de Cristo y la renovación del compromiso bautismal.

Las lecturas exponen la realidad del pecado y la repuesta amorosa de Dios. A pesar de la perversión humana en tiempos de Noé, Dios decide iniciar una nueva creación y establece un pacto con el ser humano. Esta alianza se recuerda en la segunda lectura, que relee las aguas de muerte del diluvio en clave de historia de salvación, y las interpreta como prefiguración del bautismo. El evangelio presenta a Jesús como el hombre nuevo capaz de vencer al tentador y ofrecer la nueva y definitiva alianza para el mundo: El Reinado de Dios.

COMPRENDER EL TEXTO

Cada año, al iniciar la Cuaresma, se nos propone leer el relato de las tentaciones de Jesús. El de Marcos es muy breve y presenta a Jesús en una encrucijada: optar por el camino propuesto por el Padre o elegir el que le propone el Tentador. Jesús decidió llevar adelante la misión del Padre, proclamando la llegada de su reinado.

Este breve relato de las tentaciones va seguido de un resumen de la predicación de Jesús (Mc 1,14-15). Para comprenderlo mejor debemos leer Mc. 1,1-13.

En los primeros versículos del evangelio de Marcos, Jesús es presentado por una voz humana, Juan Bautista, y por la voz de Dios desde el cielo. El Bautista, el precursor, lo presenta como el Mesías, y lo hace atribuyéndole la fuerza y el bautismo con Espíritu Santo. La voz del cielo lo identifica como Hijo de Dios, acreditado como Mesías por el Espíritu que desciende sobre él (Mc 1,10-11). Inmediatamente Jesús es insertado por el Espíritu en el mundo y en la historia humana.

El Espíritu lleva a Jesús al desierto, que es el escenario en el que tendrá lugar la tentación. En la tradición bíblica el desierto es lugar de prueba (Dt 8,2-6), pero también es el ámbito privilegiado para el encuentro con Dios (Os 2,16). Cuando Marcos dice que Jesús fue tentado allí durante cuarenta días, está pensando en los cuarenta años que el pueblo de Israel pasó en el desierto, y en las tentaciones que los israelitas no fueron capaces de superar. Jesús, sostenido por Dios, abre camino al nuevo pueblo saliendo victorioso de las pruebas que le pone el Adversario y ante las que sucumbió Israel.

Además, esta tentación de Jesús al principio de su ministerio recuerda las veces que fue tentado a lo largo de su vida pública, invitado a alejarse de la voluntad del Padre (Mc 8,31-33). Pero como poseía el Espíritu pudo hacer frente a todo lo que se opusiera a Dios. Y es que las tentaciones son eso, invitaciones a optar por un proyecto que no es el del Padre, propuestas para renegar de la condición de Hijo amado y abandonar la misión encomendada.

Superadas las tentaciones, se abre el tiempo definitivo y último de la historia. Jesús mismo proclama la inauguración de un tiempo nuevo.

En dos versículos, Marcos resume la predicación de Jesús (Mc 1,14-15) y le presenta como heraldo de una noticia gozosa: el Reino de Dios. Jesús habla de este Reino como de una realidad conocida, presente y futura a la vez, pero no la define porque los judíos esperaban un reino de justicia y paz inaugurado por Yahvé en el que los oprimidos serían liberados. Jesús reaviva esta esperanza y proclama con palabras y obras la llegada de la soberanía de Dios sobre todos los pueblos, un Dios que se muestra especialmente cercano a los más débiles y marginados. A este anuncio le sigue una invitación.

El Reino irrumpe en nuestra historia como un don que recibimos y una tarea que se nos encarga. La conversión implica un doble movimiento. Supone por una parte el esfuerzo del ser humano en cambiar de vida y por otra la apertura a lo gratuito. Igual que la fe se nos regala y a la vez la cultivamos, la conversión comienza cuando acogemos el Reinado de Dios que transforma nuestra vida y se fortalece en la medida en que nos implicamos en su construcción. Reinado de Dios, fe y conversión son, por tanto, realidades íntimamente entrelazadas.

La Cuaresma es un tiempo de desierto para los cristianos. En este desierto uno se queda con lo esencial y se ve obligado a entrar dentro de sí mismo para ver cuáles son las dificultades que pretenden desviarnos del camino del seguimiento. Pero la Cuaresma es también lugar de conversión y de encuentro con Dios, momento privilegiado para dejarnos convertir y recrear a imagen de Jesús, el Hijo que salió victorioso de todas las tentaciones.

ACTUALIZAMOS

Jesús sale vencedor de las tentaciones. A nosotros, seguidores suyos, la Cuaresma se nos presenta como tiempo de desierto, de conversión, de encuentro con Dios.

  1. El Espíritu es quien empuja con fuerza a Jesús.

¿Qué lugar ocupa en mi vida el Espíritu Santo? ¿Me dejo conducir por él?

  1. Jesús fue tentado porque asumió en su vida el proyecto del Padre, el Reino.

¿Cuáles son las dificultades o tentaciones más frecuentes que nos amenazan, personalmente y como comunidad, si nos implicamos en el Reinado de Dios?

  1. Jesús se enfrenta durante toda su vida a la tentación, pero sale vencedor.

¿Qué motivo de esperanza suscita en ti este pasaje para iniciar un camino de conversión en esta Cuaresma?

Quienes se dejan guiar por el Espíritu como Cristo, salen victoriosos. Si se lo permitimos, Dios puede reinar en nuestras vidas, en nuestro mundo.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2024

A través del desierto Dios nos guía a la libertad

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando nuestro Dios se revela, comunica la libertad: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud» (Ex 20,2). Así se abre el Decálogo dado a Moisés en el monte Sinaí. El pueblo sabe bien de qué éxodo habla Dios; la experiencia de la esclavitud todavía está impresa en su carne. Recibe las diez palabras de la alianza en el desierto como camino hacia la libertad. Nosotros las llamamos “mandamientos”, subrayando la fuerza del amor con el que Dios educa a su pueblo. La llamada a la libertad es, en efecto, una llamada vigorosa. No se agota en un acontecimiento único, porque madura durante el camino. Del mismo modo que Israel en el desierto lleva todavía a Egipto dentro de sí ―en efecto, a menudo echa de menos el pasado y murmura contra el cielo y contra Moisés―, también hoy el pueblo de Dios lleva dentro de sí ataduras opresoras que debe decidirse a abandonar. Nos damos cuenta de ello cuando nos falta esperanza y vagamos por la vida como en un páramo desolado, sin una tierra prometida hacia la cual encaminarnos juntos. La Cuaresma es el tiempo de gracia en el que el desierto vuelve a ser ―como anuncia el profeta Oseas― el lugar del primer amor (cf. Os 2,16-17). Dios educa a su pueblo para que abandone sus esclavitudes y experimente el paso de la muerte a la vida. Como un esposo nos atrae nuevamente hacia sí y susurra palabras de amor a nuestros corazones.

LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO VII «LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR»

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11

En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo.

Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.

Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».

Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?».

Les dijo: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y “hasta el confín de la tierra”».

Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».

Salmo 46, 2-3. 6-7. 8-9.

R./ Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra. R./

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
tocad para Dios, tocad;
tocad para nuestro Rey, tocad. R./

Porque Dios es el rey del mundo:
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R./

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Efesios 1, 17-23

Hermanos: El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.

Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

Conclusión del santo Evangelio según san Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.

Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos».

COMENTARIO

Todas las lecturas de hoy iluminan el misterio de la Ascensión. El inicio del libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que, al separarse de los suyos, Jesús les promete el Espíritu para que puedan ser sus testigos “hasta los confines de la tierra”. El salmo se acomoda perfectamente a la fiesta y nos ayuda a entender que, subiendo al cielo, Jesús es entronizado como “rey de toda la tierra”. Este aspecto está aún mejor desarrollado en la Carta a los Efesios, donde se insiste en que la resurrección ha otorgado a Cristo la plenitud del poder junto a Dios. Lo mismo que proclama el resucitado en el evangelio de Mateo cuando envía a sus discípulos “a todos los pueblos” y les promete quedarse con ellos para siempre.

COMPRENDER EL TEXTO

Ya casi al final del tiempo pascual, contemplamos hoy la escena conclusiva del evangelio de Mateo. El Resucitado reúne a sus discípulos en Galilea y los envía a la misión universal. Pero contrariamente a lo que cabría esperar, no se despide de ellos. Se trata de una visión de la Ascensión de Jesús algo diferente de la que encontramos en Lucas o Marcos.

Esta escena es como una síntesis final en la que se recapitulan los temas más importantes del primer evangelio. Los primeros en aparecer en ella son los “once discípulos”. Al llamarlos así, Mateo subraya la ausencia de Judas.  Por otro lado, resulta chocante que no los designe como “apóstoles” –que significa “enviados”-, sobre todo si tenemos en cuenta que pronto van a recibir un mandato misionero de parte del Señor. De este modo el evangelista antepone su condición de “alumnos”, presentando la misión cristiana como la tarea propia de discípulos que hacen otros discípulos y les enseñan lo que ellos mismos han aprendido de Jesús.

El escenario donde los Once se encuentran con el Maestro responde a una cita previa que Jesús les había indicado tanto antes de su muerte (Mt 26,32) como después de la resurrección (Mt 28, 7.10). La razón es fácil de imaginar. Galilea es el lugar donde Jesús inició y llevó a cabo gran parte de su misión terrena (Mt 4,12-17). Y allí convocó a sus discípulos para que le ayudasen en la tarea de anunciar la Buena Noticia del Reino (Mt 4,18-22). Es como si al final del evangelio se les invitase a volver al principio, a fin de recomenzar una misión en parte ya ensayada y en parte totalmente nueva. Lejos de Judea, donde fue rechazado y asesinado por las autoridades del pueblo, Jesús reúne a los suyos en la “Galilea de los paganos”, un trampolín perfecto para enviarlos a “todos los pueblos” y manifestar así la universalidad del Reino. Pero Jesús no los cita en un lugar cualquiera, sino en “el monte”. La elección no es casual. Hay otros momentos muy significativos de la vida de Jesús que tienen lugar en un escenario semejante. En Mt 4,8-11; 5,1-2; 17,1-9 descubrimos la relación que tienen con este pasaje.

Mateo tiene una especial predilección por los montes, pues en ellos se enmarcan algunas de las escenas más importantes de su evangelio. No obstante, hemos de recordar aquí aquel “monte alto” donde Jesús fue tentado por el diablo (Mt 4,9-10). Si entonces –en su vida terrena- renunció al poder universal que le ofrecía Satanás, ahora –tras la resurrección- lo recibe en plenitud de parte de Dios (v. 18), un acontecimiento que ya se presentaría en el “monte de la transfiguración” (Mt 17,1ss). En el fondo, se retoma aquí la tradición bíblica según la cual el monte es lugar privilegiado para las revelaciones de Dios, aunque ahora es el Resucitado quien se manifiesta apareciéndose a los suyos. Como en otros relatos de apariciones podemos distinguir tres momentos: encuentro (vv .16-18), misión (vv. 19-20a) y promesa (v. 20b).

El encuentro (vv. 16-18): Al ver a Jesús los discípulos se postran. Este gesto de adoración implica el reconocimiento del Resucitado y se contrapone a la actitud vacilante que les había caracterizado hasta ahora. De hecho, son muchas las escenas en el evangelio donde los apóstoles son calificados como “hombres de poca fe” (por ejemplo, Mt 14,24). La Pascua hace posible un reencuentro en el que se confirma la fe de quienes habían dudado hasta el punto de abandonar a Jesús durante la pasión (Mt 26,56). Pero no son reproches lo que se escucha en este momento. Al contrario, Jesús se acerca a los discípulos como en la transfiguración (Mt 17,7) y hace una declaración solemne que preparará lo que vendrá después. Él es el Señor resucitado a quien se le ha entregado plena autoridad sobre cielo y tierra. Por eso puede poner en marcha una misión universal.

La misión (vv. 19-20a): el encargo que Jesús encomienda a los suyos consiste en “hacer discípulos”, desglosando este mandato en dos aspectos señalados por este orden: “bautizar” y “enseñar”. El bautismo sella la íntima vinculación de los discípulos con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La enseñanza no se agota en la catequesis prebautismal, sino que es una actitud permanente en una Iglesia de discípulos que no pueden dejar de escuchar y poner en práctica la Palabra de Jesús, el único Maestro (Mt 7,21-22). Además, los discípulos son enviados “a todos los pueblos” y no sólo a Israel (como en Mt 10,5-6). Jesús quiere que su Iglesia sea misionera y viva siempre “en camino”, abierta al futuro y a la universalidad.

La promesa (v. 20b): la última aparición del Resucitado narrada por Mateo se diferencia bastante de la que encontramos en otros evangelios. Jesús no se despide de sus discípulos, ni se dice expresamente que suba al cielo. En vez de prometerles el Espíritu Santo para que les guíe, les promete quedarse con ellos “todos los días”, siendo fiel “hasta el fin de los tiempos” a su nombre de “Enmanuel” (Mt 1,23). Se acredita así como el “Dios-con-nosotros”, como constantemente presente en la comunidad de los discípulos (Mt 18,20), dispuesto a acompañar a la Iglesia en su misión universal.

ACTUALIZAMOS

Celebrar la Ascensión del Señor es motivo de esperanza, pero también implica una llamada a ser sus testigos en medio del mundo. Ayer como hoy, él sigue enviándonos a “todos los pueblos” con la fuerza de su Palabra y la promesa de estar siempre con nosotros.

  1. “Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron”:

¿Te sientes reflejado en estas actitudes de los discípulos cuando piensas en tu relación con Jesús?

  1. “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos”:

¿Cómo te compromete esta fiesta y este pasaje a vivir tu compromiso cristiano?

  1. “Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”:

¿De qué manera tratas de vivir este último encargo de Jesús en la familia, profesión, comunidad…?

  1. “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos”:

¿Cómo experimentas esta presencia de Jesús en tu vida concreta?

LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO VI

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 8, 5-8. 14-17

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Salmo 65, 1b-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20

R./ Aclamad al Señor, tierra entera.

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!» R./

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. R./

Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él.
Con su poder gobierna eternamente. R./

Los que teméis a Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 15-18

Queridos hermanos:

Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo.

Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal.

Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conduciros a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 15-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros.

No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

COMENTARIO

La liturgia de hoy quisiera prepararnos ya para la próxima celebración de Pentecostés. Las lecturas abundan en referencias al Espíritu. A la vez que anima a los cristianos a dar razón de su esperanza, la primera carta de Pedro destaca el papel del Espíritu en el misterio pascual, constatando su intervención en la resurrección de Cristo. El libro de los Hechos nos presenta a los apóstoles transmitiendo ese mismo Espíritu mediante la imposición de manos. Finalmente, es el evangelio de Juan quien nos muestra a Jesús despidiéndose de los discípulos y prometiéndoles que intercederá ante el Padre para que les envíe «otro Paráclito» que se quede siempre con ellos.

En continuidad con el evangelio del domingo pasado, Jesús promete a sus discípulos que a pesar de su partida de este mundo no los dejará solos. El dinamismo puesto en marcha por la Pascua posibilitará nuevas presencias del Señor, que establecerá con los suyos una relación de comunión semejante a la que le une al Padre.

COMPRENDER EL TEXTO

Aunque el texto litúrgico ha recortado los vv. 13-14, la página evangélica que acabamos de leer es continuación casi inmediata de la que leímos el domingo pasado (Jn 14,1-12). Vale aquí, por tanto, todo lo que se decía sobre los «discursos de despedida», que siguen siendo el contexto en el que debemos entender estas palabras. Gracias a ellas comprenderemos mejor el sentido de la ausencia temporal de Jesús y los modos en los que Él seguirá haciéndose presente en medio de sus discípulos después de la Pascua. El pasaje de hoy está delimitado por una «inclusión», es decir, comienza y acaba de forma muy semejante.

Tanto el primer versículo del pasaje como el último insisten en la idea de que «amar» a Jesús implica «cumplir» sus mandamientos. Para captar el alcance de esta afirmación es preciso recordar que el Antiguo Testamento se expresa de idéntica manera cuando habla de la alianza entre Yahvé e Israel (por ejemplo, Dt 6,5-6; 7,9). Lo sorprendente es que aquí es Jesús el que reclama para sí lo que la tradición bíblica exige para Dios. Se apunta así desde el principio del texto hacia el misterio personal del Hijo y su comunión única con el Padre, aunque luego se explicará mejor. Este amor a Jesús, que debe traducirse y concretarse en hacer su voluntad y acoger con fe lo que él ha revelado mediante su palabra, viene a ser la condición para que Él se manifieste a sus discípulos y el Padre haga posible su presencia entre ellos de un modo nuevo. De eso habla el resto del pasaje.

Cuando Jesús sea glorificado junto al Padre intercederá ante Él y éste enviará a los discípulos el don de «otro Paráclito». Se cumple así la antigua profecía referida a la alianza nueva y definitiva prometida por Dios (por ejemplo, Ez 36,26-27). Respecto al sentido preciso de este término, con el que el evangelio de Juan se refiere al Espíritu, podríamos apuntar los significados de «ayudante», «protector», «abogado», «defensor», «intercesor» … para hacernos una idea más exacta de su función a favor de los creyentes; deberíamos leer los cinco anuncios de su venida distribuidos a lo largo de los «discursos de despedida» (Jn 14,16-17; 14,25-26; 15,26-27; 16,4b-11; 16,12-15). Allí queda claro que la actuación del Espíritu está en continuidad con la de Jesús (que también es llamado «paráclito» en 1ª Jn 2,1). Cuando Él ya no esté físicamente presente entre los suyos será «otro» Paráclito quien hará que los discípulos no olviden la enseñanza del Maestro, pues les ayudará a recordarla, a interpretarla con más profundidad y a actualizar su sentido.

Se destaca que el Paráclito es enviado para «estar siempre» con los discípulos. Esta función recuerda a la de Jesús durante su vida mortal (Jn 14,9). Por eso, cuando Él se vaya al Padre, será el Espíritu quien hará posible ese «yo estaré contigo» que resuena como promesa divina a lo largo de toda la Biblia (Ex 3,12). En un segundo momento se le califica también como «Espíritu de la verdad» porque su función es iluminar y hacer comprender «la verdad completa» (Jn 16,12-15). Aquí se subraya la diferente acogida que el «mundo» y los discípulos le dispensarán. Los que se niegan a aceptar a Jesús como verdad (Jn 14,6) tampoco pueden recibir a quien les resulta desconocido. Los discípulos, en cambio, lo conocen porque vive y está en ellos.

El envío del Espíritu y su presencia permanente en los creyentes no implica la ausencia definitiva de Jesús.

Como ya había anunciado (Jn 14,3), Él mismo volverá a los suyos y así remediará la orfandad que les causará su muerte. Esta separación será solo temporal, aunque no todos lo interpreten así. Para el mundo que le ha rechazado Jesús va a desaparecer definitivamente. La fe de los discípulos, en cambio, pondrá en ellos unos ojos nuevos que les permitirán seguir «viéndolo» y creyendo que él vive. Por eso cuando Jesús habla aquí de su vuelta, no se refiere a su regreso al final de los siglos, sino a su presencia actual como Resucitado en medio de la comunidad cristiana.

La presencia del Resucitado entre los suyos hará posible una nueva relación del creyente con Dios, caracterizada por la cercanía, el amor y la ausencia de otra mediación que no sea el mismo Jesús. La fe en el Viviente por excelencia será para ellos fuente de su misma vida (v. 19). Además, “comprenderán” la relación absolutamente única que le vincula con el Padre, de la que Jesús había hablado ya en Jn 14,10-11. Una relación de íntima unión que servirá de patrón para la que Él mismo establecerá con sus discípulos, de modo que también ellos participen de esa comunión divina (v. 20). La última consecuencia enunciada en este pasaje afirma que el Padre y Jesús mismo responderán con su amor a todos aquellos que le amen de verdad y lo demuestren poniendo en práctica su Palabra (v. 21).

ACTUALIZAMOS

Las palabras de Jesús que hemos leído no solo afectan a los primeros testigos de la Pascua o a la comunidad cristiana a la que Juan dirige su evangelio, sino a los creyentes de todos los tiempos. Por eso también nosotros somos beneficiarios de sus promesas, el Espíritu está con nosotros. Jesús está con nosotros. Vivimos sumergidos en la vida de Dios.

  1. “Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito”:

¿Qué rasgos de la función del Espíritu como “paráclito” descubres más presentes en tu vida?

¿Puedes decir que conoces y vive en ti ese que para muchos es el gran desconocido?

  1. “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”:

¿Cómo tratas de concretar estas palabras de Jesús en tu compromiso de cada día?

¿Vives “amando” o “cumpliendo”?

  1. “No os dejaré huérfanos”:

¿Qué clase de esperanza despierta en ti el saber que Jesús no nos ha dejado solos?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO VI

Lectura del libro del Levítico 13, 1-2. 44-46

El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

«Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca una llaga como de lepra, será llevado ante el sacerdote Aarón, o ante uno de sus hijos sacerdotes.

Se trata de un leproso: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza.

El enfermo de lepra andará con la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y gritando: «¡Impuro, impuro!». Mientras le dure la afección, seguirá siendo impuro. Es impuro y vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento».

Salmo 31, 1b-2. 5. 11

R./ Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito
y en cuyo espíritu no hay engaño. R./

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R./

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10,31 – 11,1

Hermanos:

Ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios.

No deis motivo de escándalo ni a judíos, ni a griegos, ni a la Iglesia de Dios; como yo, que procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven.

Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

«Si quieres, puedes limpiarme».

Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:

«Quiero: queda limpio».

La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente:

«No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».

Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

COMENTARIO

En el libro del Levítico se nos muestra la terrible existencia de los enfermos de lepra en el judaísmo. El sufrimiento por la enfermedad estaba acompañado por la marginación absoluta. Jesús, en el pasaje del evangelio, sana al leproso y lo integra de nuevo en la vida de su pueblo. De esta manera es restaurada su vida y su condición social.

Pablo, en la carta a los Corintios, nos invita a actualizar el compromiso de Jesús: seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. La Palabra de Dios nos lleva a leer nuestra historia personal comprometidos con nuestros hermanos.

COMPRENDER EL TEXTO

Seguimos con el capítulo primero del evangelio de Marcos. Se nos presenta a Jesús actuando de nuevo en la vida y en la historia de las personas, esta vez para limpiar a un leproso. Incluso, Jesús va más allá, porque no solo es necesaria la curación de la enfermedad física de este hombre, sino también la devolución de la dignidad de la persona y la superación de la completa marginación a la que estaba sometido por sus paisanos. El contacto con Jesús regenera radicalmente la vida del ser humano.

Con estas curaciones se nos recuerda cuál era la intención de Jesús al salir a los pueblos cercanos, anunciar el mensaje en las sinagogas y por todo el pueblo y expulsar los demonios (Mc 1, 38-39).

El relato se puede dividir en dos partes, la primera cuenta la curación y la segunda recoge un diálogo de Jesús con el hombre curado.

Se trata de un enfermo con lepra. Esta enfermedad tenía entonces connotaciones que no tiene ahora. Los capítulos 13 y 14 del Levítico son muy ilustrativos y aclaran esto. La lepra fue una de las plagas del éxodo y era considerada en el Antiguo Testamento como un castigo de Dios por los pecados de los israelitas. Contrasta la imagen que tenían de Dios aquellos hombres y el amor que trasparenta la acción de Jesús.

Los leprosos eran impuros y transmitían su impureza, por lo que eran forzados a vivir fuera de la ciudad. Por eso sorprende que Jesús deje que se acerquen a él, e incluso le toquen para curarles. Lo normal es que hubiera quedado contaminado y, sin embargo, es el leproso el que resulta curado. Hay que darse cuenta de que la vida de Jesús sí queda “tocada”. Al rebelarse contra las normas sociales que esclavizan al ser humano él mismo queda situado en los márgenes de la sociedad.

La fama de Jesús se extiende y son cada vez más los que acuden a él para ser curados de enfermedad o posesión, aunque Jesús intenta que no divulguen los milagros para que no se difundan comprensiones parciales y erróneas acerca de su predicación sobre el Reino.

Una vez más podemos constatar la cercanía de Jesús hacia los marginados, los enfermos, los endemoniados y sobre todo los leprosos, que estaban en ese grupo de personas a las que se excluía de la vida social y religiosa, porque eran impuros. El Reinado de Dios, que Jesús hace presente, llega, sin embargo, hasta ellos. Hemos de preguntarnos a la luz de la Palabra quiénes son hoy estos marginados a los que debe llegar la Buena Noticia del Reinado de Dios.

ACTUALIZAMOS

En nuestros días también hay gente que malvive, como el leproso del evangelio, en los márgenes de la sociedad; son personas rechazadas por razones políticas, sociales, religiosas… la historia del encuentro de Jesús con aquel leproso es, sin duda, hoy más que nunca nuestra historia.

  1. El leproso del texto llega a Jesús desde la fe. “Si quieres, puedes limpiarme”, le suplica de rodillas.

¿Cómo nos acercamos nosotros a Jesús?

¿Desde qué actitudes? ¿Qué esperamos de él?

  1. Las normas del judaísmo segregaban a mucha gente por diversos motivos. Jesús, por el contrario, integra, busca devolver la comunión. Podemos revisar nuestras actitudes con los marginados de nuestro entorno.

¿Quiénes son esos marginados?

¿Qué podemos hacer para que vuelvan a ser limpios a los ojos de todos?

  1. Un leproso era considerado como un muerto viviente. Su vida, sin nada de esperanza, no merecía la pena ser vivida.

¿Cómo es el Reino de Dios que propone el pasaje que hemos leído para los hombres y mujeres de hoy?

  1. Todos nosotros también tenemos alguna mancha en nuestras vidas,

¿De qué nos gustaría ser limpiados?

Como cristianos, hacemos una lectura creyente de la realidad que nos rodea, una lectura desde el corazón de Dios. A él nos acercamos como el leproso, desde la fe hecha súplica, buscando que nos limpie, que sane las enfermedades de nuestro mundo; también pidiéndole fuerza para que nos ayude a transformar radicalmente la realidad que nos rodea.

LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO V

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 6, 1-7

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas. Los Doce, convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron:

«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra».

La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.

La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

Salmo 32, 1-2. 4-5. 18-19

R./ Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas. R./

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R./

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 4-9

Queridos hermanos:

Acercándoos al Señor, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo.

Por eso se dice en la Escritura:

«Mira, pongo en Sión una piedra angular, elegida y preciosa; quien cree en ella no queda defraudado».

Para vosotros, pues, los creyentes, ella es el honor, pero para los incrédulos «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular», y también «piedra de choque y roca de estrellarse»; y ellos chocan al despreciar la palabra. A eso precisamente estaban expuestos.

Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14, 1-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice:

«Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde:

«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Felipe le dice:

«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica:

«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre».

COMENTARIO

La experiencia de la Pascua no deja las cosas como estaban, sino que transforma profundamente a los creyentes y afecta a sus relaciones con Dios y con los demás. El libro de los Hechos nos presenta a la comunidad cristiana de Jerusalén, que, después de la resurrección, se organiza para atender mejor a sus necesidades, según los carismas y dones que cada uno ha recibido. Se vivían momentos de tensión, como en cualquier comunidad normal, lo que es muy aleccionador es ver el modo como lo resolvían. No se asustan, se sientan a dialogar y deciden en consecuencia. La comunidad perfecta no es aquella en la que no hay problemas, sino aquella que sabe superarlos desde el diálogo y el amor, en nombre de Cristo, buscando todos el bien común.

La primera carta de Pedro revela la gran dignidad y responsabilidad de los que se han identificado con Cristo resucitado mediante el Bautismo. Y Jesús, en el evangelio de Juan, quiere preparar a los discípulos para el momento en el que ya no esté físicamente con ellos, de modo que puedan continuar la obra que él comenzó sin dejar de reconocerle como único mediador que hace posible el encuentro con el Padre.

COMPRENDER EL TEXTO

Este domingo y el próximo, leemos dos pasajes tomados de los “discursos de despedida” de Jesús, según aparecen reseñados en el evangelio de Juan. Al llegar la hora de separarse de los suyos, el Señor les ayuda a interpretar el verdadero sentido de su muerte y las nuevas posibilidades que se abren para los creyentes después de su partida.

DESCUBRIMOS LO QUE DICE EL TEXTO

Ante la perspectiva de su muerte, y en un largo paréntesis de sobremesa, el Maestro instruye a sus discípulos sobre el auténtico significado de lo que está por venir. Por eso, sus palabras son como un “testamento espiritual” en el que orienta a los suyos sobre lo que sucederá cuando ya no esté con ellos. El primero de estos discursos (Jn 13,31-14,31) tiene forma de diálogo, pues es interrumpido varias veces con preguntas y dudas que dan pie a sucesivas aclaraciones por parte de Jesús. La primera de esas preguntas suscita el anuncio de las negaciones de Pedro (Jn 13,36-38), tras el cual se sitúa el pasaje de hoy, en el que el Señor tranquiliza a los discípulos a la vez que les anuncia su partida:

La primera parte del texto (vv. 1-4) va encabezada por una petición de serenidad a la que Jesús añade enseguida una clara demanda de fe hacia su persona. Esta exigencia de confianza plena se entenderá mejor al final del pasaje, pero de momento va ligada a una explicación sobre el sentido de su marcha. Jesús no ve su muerte como el fracaso de su misión, sino como la culminación de la misma. Además, su despedida no es definitiva. Si se va es para preparar un sitio a los discípulos. Luego volverá resucitado y llevará a los suyos hacia ese mismo «lugar». Estas palabras provocan la intervención de Tomás, que no acaba de entender (v. 5).

Tomás parece ignorar cual es la meta a la que se dirige y, por tanto, el camino que se debe recorrer para llegar hasta ella. Se diría que ha interpretado todo literalmente, de un modo físico y superficial. En realidad, esta incomprensión responde a una técnica literaria llamada «malentendido«. Más que expresar una duda real, da pie a que Jesús responda con una explicación que ayuda a profundizar en el sentido de sus palabras. EI Padre es el destino hacia el que se orientan todos los creyentes. Pero el único itinerario que conduce a esa meta es Jesús, que se presenta como «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (v. 6). Por eso es preciso conocerle a él para conocer al Padre, algo que los discípulos han conseguido porque «ya lo han visto» (v. 7). Esta última afirmación de Jesús suscita una nueva interrupción del discurso por parte de Felipe (v. 8).

Cuando Jesús da por sentado que sus discípulos ya han visto al Padre, está afirmando algo que choca con la tradición bíblica, donde se sostiene que a Dios nadie lo ha visto jamás (Is 45,15; Jn 1,18). Y eso significa no sólo que Dios sea físicamente invisible, sino que el ser humano no puede conocerlo por sí mismo. La petición de Felipe expresa, por tanto, el deseo que anida en el corazón de todo creyente (Sal 42 (41), 3). La respuesta de Jesús niega la posibilidad de una visión directa de Dios, pero afirma que el Padre se ha hecho visible en su persona. Que él mismo es la única «teofanía» en la que Dios se ha manifestado y dado a conocer (v. 9). Al realizar esta afirmación sobre la íntima unión que existe entre el Padre y él, Jesús pide que esta revelación sea acogida con fe (vv. 10-11). Con esta nueva solicitud de confianza, el discípulo es invitado a dar credibilidad a las palabras de su Señor, que a su vez se acreditan gracias a las obras que él mismo hace.

El último versículo del pasaje parece descolgado del resto. En realidad, forma parte de una unidad diferente que el texto litúrgico ha recortado (Jn 14,12-14) y en la que Jesús trata de mostrar las perspectivas de futuro que se abrirán para los discípulos cuando él se vaya al Padre. Esta ausencia aparente posibilitará un nuevo tipo de presencia gracias al Espíritu, sobre la que se puede profundizar con el texto de la semana que viene (Jn 14,15-17). En ese contexto se han de entender las palabras del v. 12, donde Jesús promete a los creyentes la posibilidad de continuar y extender -por eso habla de «el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores»- la misión que él ha iniciado.

ACTUALIZAMOS

Orientar la propia existencia y tomar las opciones correctas es el desafío de toda vida humana. Los creyentes conocemos la meta que perseguimos y sabemos que el camino que nos conduce hasta ella no está hecho de leyes y normas, sino que es una persona que habló y actuó de un modo muy determinado. Si damos crédito a sus palabras y continuamos su obra, Jesús nos encaminará con él hacia el encuentro con el Padre.

  1. “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?”:

¿Qué te ha aportado la lectura de este pasaje a la hora de conocer a Jesús con más profundidad?

  1. “Yo soy el camino y la verdad y la vida”:

¿Cómo te orientan estas palabras para encaminar tu vida y tomar opciones coherentes con la fe en Jesús?

  1. “El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras”:

¿Eres consciente de que estamos llamados a prolongar como creyentes la obra de Jesús, que es también la obra de Dios? ¿Cómo lo concretas?

LECTIO DIVINA – CICLO A – PASCUA DOMINGO IV

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 14a. 36-41

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose de pie junto a los Once, levantó su voz y declaró:

«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».

Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:

«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»

Pedro les contestó:

«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».

Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:

«Salvaos de esta generación perversa».

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Salmo 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6.

R./ El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R./

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R./

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R./

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 20b-25

Queridos hermanos:

Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.

Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.

Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca.

Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente.

Él llevo nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados.

Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 10, 1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

COMENTARIO

La liturgia de hoy está impregnada de metáforas sacadas del mundo de los pastores. El salmo 22 describe el cuidado amoroso y atento de un Dios-pastor que guía a su pueblo para que no le falte de nada. Y esa misma función la aplican a Jesús tanto la primera carta de Pedro como el evangelio. Ambos para recordarnos la admirable solidaridad de Cristo, que da su vida para que los suyos no anden como ovejas descarriadas ni sean víctimas de “ladrones y salteadores”. Además, Juan completa este cuadro simbólico añadiendo que Cristo es la “puerta” por la que han de pasar las ovejas si quieren acceder a la salvación. De esta manera, la Palabra nos ayuda a comprender mejor el sentido de la Pascua de Jesús y su relación con nosotros, los creyentes.

La imagen del buen pastor queda magistralmente plasmada en el capítulo décimo del evangelio de Juan. Jesús se identifica no sólo con el pastor, sino con la puerta de las ovejas: dos imágenes que esconden una dura crítica a los dirigentes religiosos de Israel.

COMPRENDER EL TEXTO

El “discurso del buen pastor” ocupa la primera mitad del capítulo décimo del evangelio de Juan (Jn 10,1-21). Para entenderlo es preciso situarlo en su contexto literario y recordar que sigue inmediatamente al signo de la curación del ciego de nacimiento que leíamos el cuarto domingo de Cuaresma (Jn 9). Aunque cambien las imágenes y ya no se hable de la luz, tinieblas y ceguera, sino de pastores y rediles, el tono polémico y la temática de fondo siguen siendo los mismos. Por otro lado, el carácter metafórico de este discurso nos pide buscar la clave simbólica que nos aclare su significado.

En la primera parte de este pasaje (vv. 1-5) Jesús propone una “comparación” (v. 6) en la que se habla del pastor en tercera persona. Aunque no llegue a identificarse explícitamente con él (como hará en Jn 10,11.14), está claro que se refiere a sí mismo. Las cualidades que caracterizan a este “buen pastor” serán descritas y completadas a lo largo de todo el discurso, pero ya se adelantan desde el principio. Se dice de él que siempre entra por la puerta en el redil de las ovejas y que una vez dentro llama a las suyas por su nombre y se pone delante de ellas. Éstas, que conocen su voz, la escuchan y le siguen. Son expresiones que hablan de una relación personal de intimidad y confianza absolutamente única entre Jesús y sus discípulos. Pero estas actitudes contrastan con las de otros personajes que aparecen en el pasaje.

La otra cara de la moneda la presentan aquellos que Jesús tacha de “ladrones”, “salteadores” y “extraños”. Para identificar a estos personajes habría que volver a leer la curación del ciego de nacimiento que precede a estas palabras y comprobar que son los fariseos los que se enfrentan con Jesús a propósito de aquel signo (Jn 9,29-41). A ellos se refieren también los duros calificativos con los que Jesús condena la mala gestión de los guías religiosos del pueblo. Por eso la gente no los reconoce como tales, huye de ellos y no les hace caso (v. 8). De hecho, algunos autores señalan que “el redil” simboliza aquí a Israel y que si el pastor “saca fuera” de él a sus ovejas es para librarlas de los abusos de quienes solo las buscan para “robar, matar y destruir” (v. 10). Y lo más grave es que estos ni si quiera se dan por aludidos cuando Jesús denuncia su conducta.

En el Antiguo Testamento, el título de pastor se aplica ante todo a Dios para evocar la solicitud y el cuidado de Yahvé que acompaña y guía a su pueblo a lo largo de la historia. Un ejemplo es el salmo de hoy (22-23). Por otro lado, son llamados con este nombre los reyes y dirigentes políticos y religiosos a quienes el Señor pone delante de su pueblo para que lo conduzcan y gobiernen según su voluntad. No obstante, los profetas tuvieron que denunciar muchas veces sus abusos y llamarlos “falsos pastores” porque se apacientan a sí mismos, se despreocupan del rebaño y lo dejan a merced de cualquier peligro (Ez 34). Esta situación de abandono, provocada por la irresponsabilidad de sus líderes, hace surgir una esperanza. Dios volverá a ser el pastor de su pueblo y suscitará un nuevo David, un Mesías liberador que apacentará el rebaño de Israel y lo protegerá.

En la segunda parte del pasaje, Jesús se identifica dos veces con “la puerta (de las ovejas)”. Desarrolla así lo que ha dicho hasta ahora, retomando la idea de la puerta, que había aparecido en su discurso anterior sobre el pastor (vv. 1-2). Esta imagen evoca seguridad, acogida, defensa ante el peligro, posibilidad de entrar y salir, de quedarse fuera o dentro, con ella Jesús se presenta como el paso obligado por el que deben entrar quienes quieran “estar a salvo” y encontrar todo aquello que necesitan. En cambio, los “ladrones y salteadores” han preferido ignorar que sólo a través de él escuchando su voz, siguiendo sus pasos, identificándose con su proyecto se tiene acceso seguro a la vida.

La dificultad para “visualizar” a la vez la imagen de Jesús como pastor y como puerta no es un problema para el evangelista. En el fondo, nos vienen a decir lo mismo, pues presenta a Jesús como único mediador de la salvación que Dios ofrece a su pueblo. El último versículo del pasaje sintetiza esta manera de presentar la misión de Cristo. Frente a quienes provocan la destrucción y la muerte del rebaño, Jesús ha venido para dar vida en plenitud:  “yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (v. 10).

ACTUALIZAMOS

En este mundo en el que muchos andan como “oveja sin pastor”, los creyentes tenemos la suerte de seguir a uno que es a la vez “pastor” y “puerta”, dos imágenes que Jesús se aplica a sí mismo y que nos asegura que estamos en buenas manos, bien protegidos y acompañados.

  1. Jesús es el pastor y la puerta de las ovejas:

¿Cómo te ayudan estas imágenes a conocer mejor al Señor?

¿Qué tipo de relación te invitan a establecer con él?

  1. Salvando las distancias:

¿Cómo podrías ser para los demás “pastor” y “puerta”?

¿Qué actitudes y acciones te sugieren estas imágenes como seguidor de Jesús?

  1. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará”:

¿De qué esperanza de salvación te habla este pasaje?