LECTIO DIVINA – CICLO B – PASCUA DOMINGO VI

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 25-26. 34-35. 44-48

Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio le salió al encuentro y, postrándose, le quiso rendir homenaje. Pero Pedro lo levantó, diciéndole:

«Levántate, que soy un hombre como tú».

Pedro tomó la palabra y dijo:

«Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea».

Todavía estaba hablando Pedro, cuando bajó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra, y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles, porque los oían hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios.

Entonces Pedro añadió:

«¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?».

Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo.

Entonces le rogaron que se quedara unos días con ellos.

Salmo 97, 1bcde, 2-3ab. 3cd-4

R./ El Señor revela a las naciones su salvación.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R./

El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R./

Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 4, 7-10

Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 15, 9-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.

Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.

Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.

De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé.

Esto os mando: que os améis unos a otros».

COMENTARIO

Nos acercamos al corazón del mensaje de Jesús y a la motivación más profunda de toda su vida. Tanto el evangelio como la primera carta de Juan, con un enfoque de fondo plenamente coincidente, nos hablan del amor. Ambas lecturas concuerdan en destacar que el origen de todo amor se encuentra en el Padre y a través de Jesús se manifiesta a los creyentes que han de responder a este don gratuito amándose mutuamente. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ayuda a profundizar aún más en ese misterio cuando afirma que el amor de Dios no conoce fronteras, y el salmo responsorial acaba de completar este cuadro al afirmar que el Señor es fiel y por eso no puede olvidarse de su misericordia hacia Israel. Nosotros que hemos sido privilegiados con esa experiencia, no deberíamos nunca dejar de ahondar en ella.

COMPRENDER EL TEXTO

A partir del v. 9 el simbolismo de la vid cede su lugar a la realidad del amor. Si la sección anterior (vv.1-8) acaba diciendo que «con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos», ahora Jesús retorna al amor con que el Padre lo ama, base de su propio amor a los hombres. La frase «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» es mucho más que una comparación de semejanza. Jesús nos ama con el mismo amor con que el Padre lo ama. Hay un vínculo de identidad entre el amor del Padre al Hijo, el amor del Hijo a los discípulos y el amor de los discípulos entre ellos. El amor precedente de Dios implica la exhortación: «Permaneced en mi amor»; con un criterio de verificación: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor». Mantenerse en el amor de Jesús pertenece al orden de la comunión de voluntades, porque «vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (v. 15).

En el centro del discurso Jesús evoca su muerte como acto supremo de amor: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». ¿Por quién da la vida Jesús? ¿Sólo por sus amigos que responden con amor al amor que él les tiene? (porque amigo lo es sólo quien responde con amor al amor recibido).

¿O por sus amados, que lo son absolutamente todos? (es la otra posible traducción del original griego).

«La Iglesia enseña que Cristo murió por todos los hombres sin excepción: «No hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Jesucristo»» (CCE 605).

Con la garantía cierta de ser todo el mundo amado por Jesús, sigue ahora la invitación a pasar de amados a amigos: «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando».

UNA ALEGRÍA DIFERENTE

Las primeras generaciones cristianas cuidaban mucho la alegría. Les parecía imposible vivir de otra manera. Las cartas de Pablo de Tarso que circulaban por las comunidades repetían una y otra vez la invitación a «estar alegres en el Señor». El evangelio de Juan pone en boca de Jesús estas palabras inolvidables: «Os he hablado… para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».

¿Qué ha podido ocurrir para que la vida de los cristianos aparezca hoy ante muchos como algo triste, aburrido y penoso? ¿En qué hemos convertido la adhesión a Cristo resucitado? ¿Qué ha sido de esa alegría que Jesús contagiaba a sus seguidores? ¿Dónde está?

La alegría no es algo secundario en la vida de un cristiano. Es un rasgo característico. Una manera de estar en la vida: la única manera de seguir y de vivir a Jesús. Aunque nos parezca «normal», es realmente extraño «practicar» la religión cristiana sin experimentar que Cristo es fuente de alegría vital.

Esta alegría del creyente no es fruto de un temperamento optimista. No es el resultado de un bienestar tranquilo. No hay que confundirlo con una vida sin problemas o conflictos. Lo sabemos todos: un cristiano experimenta la dureza de la vida con la misma crudeza y la misma fragilidad que cualquier otro ser humano.

El secreto de esta alegría está en otra parte: más allá de esa alegría que uno experimenta cuando «las cosas le van bien». Pablo de Tarso dice que es una «alegría en el Señor», que se vive estando enraizado en Jesús. Juan dice más: es la misma alegría de Jesús dentro de nosotros.
La alegría cristiana nace de la unión íntima con Jesucristo. Por eso no se manifiesta de ordinario en la euforia o el optimismo a todo trance, sino que se esconde humildemente en el fondo del alma creyente. Es una alegría que está en la raíz misma de nuestra vida, sostenida por la fe en Jesús.
Esta alegría no se vive de espaldas al sufrimiento que hay en el mundo, pues es la alegría del mismo Jesús dentro de nosotros. Al contrario, se convierte en principio de acción contra la tristeza. Pocas cosas haremos más grandes y evangélicas que aliviar el sufrimiento de las personas y contagiar alegría realista y esperanza.

ACTUALIZAMOS

  1. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”.

¿Qué sentimientos y qué convicciones de fe suscitan en ti estas palabras de Jesús?

  1. “Os améis unos a otros como yo os he amado”.

¿Hasta qué punto el mandamiento nuevo de Jesús inspira y motiva tu compromiso cristiano?

  1. “Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”.

¿Qué frutos de amor te está pidiendo el Señor en estos momentos en cada uno de los lugares y ambientes donde vives y trabajas?

LECTIO DIVINA – CICLO B – PASCUA DOMINGO V

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 9, 26-31

En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera discípulo.

Entonces Bernabé, tomándolo consigo, lo presentó a los apóstoles y Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había actuado valientemente en el nombre de Jesús.

Saulo se quedó con ellos y se movía con libertad en Jerusalén, actuando valientemente en el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los helenistas, que se propusieron matarlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso.

La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba construyendo y progresaba en el temor del Señor, y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo.

Salmo 21, 26b-27. 28 y 30. 31-32

R./ El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

Cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan.
¡Viva su corazón por siempre! R./

Lo recordarán y volverán al Señor
hasta de los confines del orbe;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos.
Ante él se postrarán los que duermen en la tierra,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo. R./

Mi descendencia lo servirá;
hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
«Todo lo que hizo el Señor». R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 18-24

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.

En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestro corazón ante él, en caso de que nos condene nuestro corazón, pues Dios es mayor que nuestro corazón y lo conoce todo.

Queridos, si el corazón no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.

Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó.

Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 15, 1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

COMENTARIO

La liturgia de hoy presenta la Pascua como “paso”, como transformación de la existencia. Jesús pasa a una existencia transfigurada, gloriosa. A esto estamos llamados todos los que creemos en él. De esta nueva existencia hablan las lecturas de hoy. Pablo pasó de perseguidor a misionero; los cristianos pasamos de la esterilidad a la fecundidad permaneciendo en Jesús y dando así fruto de amor. El evangelio recoge esta idea con una hermosa alegoría: la de la viña y los sarmientos.

COMPRENDER EL TEXTO

Igual que la alegoría del buen pastor que leíamos el domingo pasado, la de la vid y los sarmientos está cargada de resonancias bíblicas. Con ella la comunidad joánica expresó la relación cercana y personal que debe establecerse entre Jesús Resucitado y el auténtico discípulo.

El discurso comprende dos partes centradas respectivamente al interior (vv. 1-17) y al exterior de la comunidad (vv. 15. 18-19). En la primera parte el elemento dominante es la interacción mutua del Hijo y sus discípulos, condición para el fruto que es necesario dar en abundancia. Es frecuente la referencia al Padre (vv. 1,8,9,10,15), a «permaneced en mí» (vv. 4,5,7,9,10), a «dar fruto» (vv. 2,4,5,8,16), a «amar» (vv. 9,10,12,13,17). Comienza con palabras simbólicas de Revelación: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador». La vid, con el olivo y la higuera, son característicos de la vegetación Palestina y símbolo del Pueblo Elegido. Oseas, en el capítulo 10, es el primer profeta que describe a Israel como «una viña frondosa, y que daba fruto». Evidentemente Juan 15 se inspira en la tradición bíblica sobre la viña. Israel con la historia de elección y alianza en la que «dar fruto» se repite constantemente como «hilo conductor».

En Juan, el «Yo soy…» de Jesús es fórmula de auto-revelación divina (el «pan de vida» 6,35; la «luz del mundo» 8,12; «la puerta» 10,7.9; «el buen pastor» 10,11; «el camino», 14,6). Jesús es la única «vid» que no defrauda al «Padre y labrador» con una fidelidad también posible a los que viven en él –como «sarmientos en la vid»–.

«Yo soy la verdadera vid» expresa lo que es Jesús como salvador para los hombres. Después el v. 5 distinguirá entre vid y sarmientos: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos», destacando la condición para que el sarmiento dé fruto: que permanezca en la vid («en mí»). El texto de hoy repite hasta siete veces la expresión «permanecer» en el sentido de adhesión fiel. Juan activa la trasposición de la colectividad de un Pueblo (Israel es la viña de Dios) a la individualidad de Jesús, en quien los cristianos son herederos de la Promesa divina (Gal 3,16).

La afirmación «Yo soy la verdadera vid» se complementa con otra afirmación: «Mi padre es el labrador», que evoca más claramente el lenguaje de los profetas. El peso de la afirmación recae en el calificativo «verdadera» que implica la noción de exclusividad: sólo Jesucristo es la «vid» que aporta fecundidad a los sarmientos, porque sólo él es la vid definitiva que el Padre como labrador ha cultivado y nos ha regalado.

La imagen es de una fuerza extraordinaria. Jesús es la «vid», los que creemos en él somos los «sarmientos». Toda la vitalidad de los cristianos nace de él. Si la savia de Jesús resucitado corre por nuestra vida, nos aporta alegría, luz, creatividad, coraje para vivir como vivía él. Si, por el contrario, no fluye en nosotros, somos sarmientos secos.

Éste es el verdadero problema de una Iglesia que celebra a Jesús resucitado como «vid» llena de vida, pero que está formada, en buena parte, por sarmientos muertos. ¿Para qué seguir distrayéndonos en tantas cosas, si la vida de Jesús no corre por nuestras comunidades y nuestros corazones?

Nuestra primera tarea hoy y siempre es «permanecer» en la vid, no vivir desconectados de Jesús, no quedarnos sin savia, no secarnos más. ¿Cómo se hace esto? El evangelio lo dice con claridad: hemos de esforzarnos para que sus «palabras» permanezcan en nosotros.

La vida cristiana no brota espontáneamente entre nosotros. El evangelio no siempre se puede deducir racionalmente. Es necesario meditar largas horas las palabras de Jesús. Sólo la familiaridad y afinidad con los evangelios nos hace ir aprendiendo poco a poco a vivir como él.

Este acercamiento frecuente a las páginas del evangelio nos va poniendo en sintonía con Jesús, nos contagia su amor al mundo, nos va apasionando con su proyecto, va infundiendo en nosotros su Espíritu. Casi sin darnos cuenta, nos vamos haciendo cristianos.

Esta meditación personal de las palabras de Jesús nos cambia más que todas las explicaciones, discursos y exhortaciones que nos llegan del exterior. Las personas cambiamos desde dentro. Tal vez, éste sea uno de los problemas más graves de nuestra religión: no cambiamos, porque sólo lo que pasa por nuestro corazón cambia nuestra vida; y, con frecuencia, por nuestro corazón no pasa la savia de Jesús.

ACTUALIZAMOS

La vida de la Iglesia se trasformaría si los creyentes tuviéramos como libro de cabecera los evangelios de Jesús.

  1. Para ser discípulo de Jesús no basta con estar informado sobre él, es necesario “permanecer” en él.

¿Qué facilidades y qué dificultades encuentras para estar unido a él?

¿Dónde se alimenta tu vida, de dónde recibo la savia que necesitas para ser un sarmiento injertado en Cristo?

  1. Una de las expresiones que más se repiten en este pasaje es “dar fruto”.

¿Qué frutos te sientes llamado a dar en este momento de tu vida?

  1. Este pasaje nos invita a vivir desde la hondura de nuestro ser cristiano, que es la unión con Cristo, y desde ahí dar fruto.

¿Cómo te anima a vivir desde la esperanza el saber que lo importante no es la cantidad de fruto sino la calidad?

LECTIO DIVINA – CICLO B – PASCUA DOMINGO IV “EL BUEN PASTOR”

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 4, 8-12

En aquellos días, lleno de Espíritu Santo, Pedro dijo:

«Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros.

Él es “la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular”; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».

Salmo 117, 1 y 8-9. 21-23. 26 y 28-29

R./ La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los jefes. R./

Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R./

Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor.
Tú eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-2

Queridos hermanos:

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 10, 11-18

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor.

Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

COMENTARIO

En los domingos anteriores de este tiempo de Pascua, los evangelios han ofrecido las acciones (apariciones) del Resucitado para que sus discípulos le reconocieran. Con el domingo 4º las lecturas empiezan otra etapa, no lo que el resucitado hace para ser confesado y reconocido como vivo, sino lo que es. Y la primera afirmación es YO SOY EL BUEN PASTOR.

El pastor es una imagen que los contemporáneos de Jesús entendían muy bien; a nosotros nos cuesta más porque hemos pasado de una sociedad agrícola y ganadera a una sociedad industrial y de servicios. Pero nos será fácil acercarnos a lo que Jesús revela cuando se define como “Buen Pastor”.

En la tradición de Israel, Moisés, Saúl, David y otros líderes habían sido pastores. Al pueblo le agradaba imaginar a Dios como un «pastor» que cuida a su pueblo, lo alimenta y lo defiende.

Con el tiempo, el término «pastor» comenzó a utilizarse para designar también a los jefes del pueblo. Sólo que éstos no se parecían siempre a Dios, ni mucho menos. No sabían cuidar al pueblo y velar por las personas como lo hacía él.

COMPRENDER EL TEXTO

Todos recordaban las duras críticas del profeta Ezequiel a los dirigentes de su tiempo: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar las ovejas? Os coméis las partes mejores, os vestís con su lana; matáis las más gordas, pero no apacentáis el rebaño. No habéis robustecido a las débiles, ni curado a la enferma, ni vendado a la herida; no habéis recogido a la descarriada, ni buscado a la que se había perdido, sino que con fuerza y violencia las habéis dominado». El profeta anunciaba un porvenir diferente: «Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar».

Cuando en las primeras comunidades cristianas comenzaron los conflictos y disensiones, los seguidores de Jesús sintieron la necesidad de recordar que sólo él es Pastor Bueno, bella alegoría para presentarlo como el pastor modelo, capaz de desenmascarar a todos aquellos que no son como él.

Jesús había actuado solo por amor. Todos recordaban todavía su entrega a las «ovejas perdidas de Israel»: las más débiles, las más enfermas y heridas, las más descarriadas. El pastor bueno siempre trata a las ovejas con cuidado y amor. El pastor que se preocupa de sus propios intereses es un «asalariado». En realidad, «no le importan las ovejas» ni su sufrimiento. En el enfrentamiento con los dirigentes judíos a los que interpela y condena con dureza les dice: pastores ciegos –enfrentamiento de Jesús y los fariseos por la curación del ciego de nacimiento (Jn 9,1-10.21)-, que no saben conducir al pueblo ni servirle, que cargan pesados fardos-leyes sobre ellos, que amontonan normas pero que no saben amar.

Jesús no había actuado como un jefe dedicado a dirigir, gobernar o controlar. Lo suyo había sido «dar vida», curar, perdonar. No había hecho sino «entregarse», desvivirse, terminar crucificado dando la vida por las ovejas. El que no es verdadero pastor piensa en sí mismo, «abandona las ovejas», evita los problemas, «huye».

La alegoría del «buen pastor» arroja una luz decisiva: quien tenga alguna responsabilidad pastoral ha de parecerse a Jesús. En este pasaje bíblico al buen pastor se le conoce por tres comportamientos complementarios:

  1. Dar la vida: la prueba de la bondad del pastor, desde la perspectiva de Jesús, consiste en dar la vida. Quien da la vida por los otros no engaña, no se aprovecha del otro, no es asalariado. Dar la vida es querer hasta el extremo, gastar la existencia por los otros. El buen pastor guía y sirve porque está dispuesto a entregar la vida. También significa que les hace partícipes de la vida de Dios aquí y ahora, vida sobrenatural
  2. Conocer a las ovejas: la entrega es posible porque se acompaña de un conocimiento que lleva a amar y de un amor que lleva a conocer profundamente. “Solo se ama lo que se conoce”. El amor del Buen Pastor no es “en general”; entabla una relación individual, un trato diferenciado y personal. La relación del Resucitado llega a la singularidad con el individuo. Es de trato cercano, de convivencia, de comprensión. “Conocer” en la Biblia alude a una íntima comunión entre las personas, profunda y personal, de un amor recíproco como el que existe entre Jesús y el Padre.
  3. Reconocer que hay ovejas que están en otros rediles: el Buen Pastor sabe que hay otros que no le siguen, que han salido del redil o que no han llegado a entrar. “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil”. La postura ante ellas no es de crítica ni de abandono a su suerte; es el pastor el que las tiene que “traer” y “atraer”. Hay un inmenso respeto y una confiada espera. Nada se hace a la fuerza, nada se hace por presión.

El Nuevo Testamento presenta a Jesús como único y verdadero Pastor. Es una de las representaciones de Jesús más antiguas en las catacumbas (hasta el siglo V no se representa la cruz).

  • Jesús compara la actitud del buen pastor con la del pastor asalariado. Jesús se compara a sí mismo con los fariseos, que en vez de servir al pueblo se han servido de él, lo han abandonado a su propia suerte y han mirado solo por su interés.
  • La meditación sobre Jesús como Buen Pastor nos invita, en primer lugar, al agradecimiento. Gracias a su entrega por nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene.
  • El papa, obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, agentes de pastoral… estamos llamados a reproducir en medio de la comunidad la imagen de Cristo Buen Pastor.

ACTUALIZAMOS

  1. “Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen”.

¿ Qué sentimientos y actitudes provocan en ti el saberte conocido y amado por el Señor?

  1. El buen pastor da la vida por las ovejas.

¿A que estilo de compromiso deberían conducirnos estas palabras de Jesús?

¿En qué ocasiones deberíamos ser buen pastor para quienes nos rodean?

  1. Jesús nos dice: “Yo soy el Buen Pastor”.

¿Me siento salvado, pastoreado por Jesús, Buen Pastor?

LECTIO DIVINA – CICLO B – PASCUA DOMINGO III

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 3, 13-15. 17-19

En aquellos días, Pedro dijo al pueblo:

«El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.

Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.

Ahora bien, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados».

Salmo 4, 2. 4. 7. 9

R./ Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro.

Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia;
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración. R./

Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque. R./

Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?» R./

En paz me acuesto y enseguida me duermo,
porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 2, 1-5a

Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis.

Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.

Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos.

Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él.

Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:

«Paz a vosotros».

Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.

Y él les dijo:

«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:

«¿Tenéis ahí algo de comer?».

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.

Y les dijo:

«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.

Y les dijo:

«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».

COMENTARIO

Las lecturas de hoy hacen hincapié en los mismos contenidos que la semana pasada.

En todas hay un estrecho vínculo entre experiencia pascual y dar testimonio de ella. Sobre todo en Hechos y el Evangelio.

La primera de Juan nos dice que ese testimonio es fruto del verdadero conocimiento de Dios y ha de traducirse en el cumplimiento de sus mandamientos.

Nosotros hoy nos debemos preguntar si nuestra fe nos empuja a ser testigos del Señor en medio de este mundo.

COMPRENDER EL TEXTO

El pasaje de S. Lucas se encuentra a continuación del encuentro de Jesús resucitado con los discípulos de Emaús, imprescindible para comprender el pasaje de hoy, que aclara y complementa al de Emaús. Así lo recuerda el primer versículo. Ayuda leer seguidos los dos relatos (Lc 24, 13-48) puesto que el primero prepara el segundo y el segundo aclara detalles que apenas se explican en el primero. De esa forma podremos observar las relaciones que hay entre ellos y los elementos que tienen en común (no reconocen a Jesús, la comida, se les abren los ojos para comprender las Escrituras).

Este relato de aparición de Jesús a sus discípulos tiene bastantes semejanzas no sólo con el episodio de Emaús que le precede inmediatamente, sino también con el que leímos el domingo pasado en el evangelio de Juan.

Primera parte de la escena: (24, 36-43) centrada en el reconocimiento de Jesús, que choca con ciertas dificultades. A pesar de que ya se había aparecido a alguno de ellos, todavía les cuesta reconocerlo. Su actitud recuerda a la del incrédulo Tomás. Esta situación se desbloquea gracias a las iniciativas del resucitado. A pesar de que la Presencia del Resucitado no puede entenderse en un sentido físico, el evangelista quiere resaltar que se trata del mismo Jesús que ellos conocieron y trataron. Su presencia es nueva y diferente (por eso no lo reconocen al principio) pero es real. No es un fantasma.

Segunda escena: (24, 44-48) Jesús les ofrece una explicación de su pasión a partir de la interpretación de la Escritura. De este modo les proporciona las claves para entender que la muerte de Mesías y la resurrección son acontecimientos previstos misteriosamente en el proyecto de Dios. Y esa es la Buena Noticia que ellos, sus testigos, tendrán que anunciary se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. Esto mismo se dice en Hch 1,8 donde se describe también el programa evangelizador que el Señor propone a su Iglesia.

El versículo 49, no incluido en el texto litúrgico, dice que el Señor enviará la Promesa de su Padre, y que se queden en la ciudad hasta que sean revestidos de poder desde lo alto.

ACTUALIZAMOS

Reconocer al Resucitado en nuestras vidas no siempre es tan fácil ni inmediato. A veces necesitamos de un largo proceso, en el que vamos captando y entendiendo poco a poco los signos de su presencia entre nosotros. El evangelio de hoy nos muestra, además, que este encuentro no es un privilegio para nuestro disfrute personal, sino el inicio de una misión, de un testimonio acerca de él y de su proyecto reconciliador ante todo tipo de personas y en todas las circunstancias.

  1. Fe: Creer en el Resucitado implica saber reconocer los signos de su presencia hoy, aquí, entre nosotros.

¿Dónde y cómo reconoces tú esos signos en tu vida y en los acontecimientos de cada día?

  1. Caridad: las apariciones del Resucitado siempre van ligadas al envío misionero.

¿Hasta qué punto los creyentes vivimos esta relación entre fe pascual y la necesidad de dar testimonio de lo que hemos experimentado?

En su nombre se anunciará… la conversión y el perdón de los pecados. ¿Cómo traducir hoy esta misión reconciliadora que nace de la Pascua?

  1. Esperanza: El Resucitado no es un fantasma, sino alguien vivo y presente en nuestras vidas.

¿Hasta qué punto estamos convencidos de ello? ¿De qué fantasmas deberíamos liberarnos para vivir a fondo el mensaje de la Pascua?

No estamos solos en la tarea de construir el Reino. Contamos con la fuerza de Dios, con su Espíritu. ¿Sientes esa presencia? ¿De qué modo te anima a seguir adelante?

El Señor está en medio de nosotros y nos comunica su paz. Eso nos libera de nuestros fantasmas y de nuestros miedos. Por eso oramos con confianza sabiendo que su Espíritu nos fortalece para dar testimonio.

Se apareció cuando partió el pan a los dos que lo habían acogido por el camino como huésped, pensando que era un extraño. Y se nos presenta también a nosotros cuando voluntariamente damos parte de todo lo que tenemos a los pobres y peregrinos, cuando partimos el pan y nos alimentamos del sacramento de su Cuerpo.

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XII

Lectura del libro de Jeremías. 20, 10-13

Dijo Jeremías:

«Oía la acusación de la gente:

“Pavor-en-torno, delatadlo, vamos a delatarlo”.

Mis amigos acechaban mí traspié:

“A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él”.

Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes.

Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará.

Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos, pues te he encomendado mi causa!

Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa».

Salmo 68, 8-10. 14 y 17. 33-35

R./ Señor, que me escuche tu gran bondad.

Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí R./

Pero mi oración se dirige a ti,
Señor, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. R./

Miradlo, los humildes, y alegraos;
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-15

Hermanos:

Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…

Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.

Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.

Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehena”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones.

A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

COMENTARIO

Todas las lecturas de hoy nos hablan de un Dios extremadamente solícito que cuida de todas las personas, especialmente de aquellas que están pasando por momentos difíciles, así lo expone el profeta Jeremías, que, viéndose rodeado de enemigos, entona un himno de alabanza al Señor que lo salva. Una certeza que también canta el salmo y que actualiza Pablo a partir del don que se nos ha dado en Jesucristo, el salvador por excelencia. El evangelista Mateo, dejando la palabra al mismo Jesús, recuerda a su comunidad misionera que cuando aceche la dificultad no tienen por qué temer, pues el Padre del cielo vela por ellos.

COMPRENDER EL TEXTO

Mateo se dirige a una comunidad misionera que necesitaba ser animada y fortalecida, pues algunos de sus miembros habían sucumbido a la persecución. Para hacer frente a aquella situación compuso una especie de “manual del misionero cristiano”, que hace alusión a experiencias vividas y trata de iluminarlas desde la palabra de Jesús. El discurso comienza con el envío de los mensajeros del evangelio (Mt 10, 1-15), pero a renglón seguido el evangelista se hace eco de las dificultades que encuentra dicha misión (Mt 10, 16-25). El pasaje que hoy leemos trata de exhortar a los mensajeros del evangelio a no sucumbir ante estas dificultades.

Los últimos versículos del fragmento de hoy vuelven de nuevo la mirada al juicio final (vv.32-33), estableciendo una estrecha relación entre lo que ocurra ahora y lo que pasará después “delante de mi Padre celestial”. El mismo Jesús se convertirá entonces en defensor de quienes ahora se declaren a su favor en medio de las dificultades y persecuciones, pero negará a quienes hayan sucumbido al miedo y renegado de él. Evidentemente, estas instrucciones de Jesús tendrían una especial resonancia en la comunidad de Mateo, que se vio enfrentada con los líderes del judaísmo y con las autoridades del Imperio. Pero su mensaje, que habla de confianza en el Padre y de compromiso misionero frente al rechazo, continúa manteniendo su actualidad hasta hoy.

ACTUALIZAMOS

NUESTROS MIEDOS

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.

Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas, tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.

Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.

Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.

La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.

La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.

Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.

  1. “No tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones»:

¿Cuáles son tus miedos más habituales?

¿Cómo te ayuda a superarlos el Dios que se revela en este pasaje?

  1. “Pregonadlo desde la azotea”:

¿Qué invitación percibes personalmente y como comunidad cristiana al leer este pasaje?

  1. “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo”:

¿Somos conscientes de que vivimos rodeados de cosas que nos cuidan el cuerpo y nos pueden matar por dentro? ¿Qué podemos hacer?

  1. “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos”:

¿En qué medida coloco las decisiones que to

LECTIO DIVINA – CICLO B – PASCUA DOMINGO II

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 4, 32-35

El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.

Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor.

Y se los miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba.

Salmo 117, 2-4. 16-18. 22-24

R./ Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor:
eterna es su misericordia. R./

«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte. R./

La piedra que desecharon los arquitectos,
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 5,1-6

Queridos hermanos:

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él.

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.

Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.

¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

«¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

COMENTARIO

Las lecturas de hoy nos hablan del poder transformador de la fe pascual. El evangelio nos recuerda que esa fe es capaz de hacer que el grupo de los discípulos, cerrado sobre sí mismo, se transforme, por la fuerza del Espíritu, en una comunidad misionera. Los Hechos de los Apóstoles insisten en que esa experiencia transformadora ha de traducirse en una comunión de vida, de misión y de bienes entre los creyentes. Tal es el cambio radical que opera en nosotros la fe en Jesucristo que la primera carta de Juan lo considera como un “nuevo nacimiento” que es obra de Dios y nos capacita para “vencer al mundo”.

COMPRENDER EL TEXTO

El pasaje de hoy debe entenderse en relación con el contexto del capítulo al que pertenece (Jn 20). Es muy significativo que todo cuanto en él se narra acontece en domingo (“el primero de la semana”). Ese era el día en el que los primeros cristianos recordaban la resurrección de Jesús y se reunían para celebrar la eucaristía. De hecho, no debemos leer estas escenas de apariciones como “crónica histórica”, sino como una mediación pascual que la comunidad cristiana hace en torno a la mesa del Señor, lugar privilegiado de encuentro con el Resucitado para aquellos que creen en él aun sin haberlo visto.

  • Cristo muere para quitar el pecado del mundo, resucitado, deja a los suyos el poder de perdonar.
  • En el Antiguo Testamento se ofrecían animales para aplacar a Dios, pero eso no lograba destruir el pecado. Las ceremonias y los ritos no limpian el corazón ni daban el Espíritu Santo.
  • Pero ahora, en la persona de Jesús resucitado, ha llegado un mundo nuevo. Aunque la humanidad siga pecando, Jesús nos muestra el camino para superar el pecado y llegar al Padre.
  • El perdón de los pecados es una de las riquezas más grandes de la Iglesia.

La capacidad de perdonar es la fuerza que permite solucionar las grandes tensiones de la humanidad. «Quien no sabe perdonar no saber amar«. «En la reconciliación se muestra al prójimo el amor más auténtico«.

LA DUDA DE TOMAS

Uno de los 12, testigo de lo que dijo e hizo Jesús, cenó con él, lo vio morir. Aunque Jesús lo dijo y estaba escrito con antelación, ni Tomás ni los demás entendieron nada. Tomás no esperaba que Jesús resucitara, no pudo creer a sus compañeros y nosotros tampoco terminamos de entenderlo ni de creerlo.

NUESTROS TEMORES

Nos parecemos mucho a Tomás, tenemos dudas. ¿Estamos convencidos de la resurrección?, ¿Creemos en la vida eterna? Se nos hace difícil creer en la resurrección, sobre todo cuando nos acercamos a ella, porque nos acercamos inexorablemente a la muerte. Sabemos que estamos en lista de espera, y sin esperanza, la fe en la vida eterna no deja huella en nuestra vida. No se nos nota demasiado, no hay alegría, ni ilusión, ni estímulo en nuestra vida rutinaria, pues vivimos como si no tuviéramos esperanza.

CREER PARA VER

Jesús disipó los temores de Tomás, apareciéndosele. En presencia de Jesús los temores desaparecen. Él nos dice: «Bienaventurados los que crean sin haber visto». Lo definitivo no es ver, sino AMAR, sólo el amor puede hacer que veamos y creamos. La fe no es un puro saber, sino una experiencia. Es el amor lo que nos hace descubrir al amigo. La fe es una apuesta, no hay ninguna seguridad para creer, lo que si hay es certeza en la fe.

El creyente no vive atormentado por la duda, sino que se va cerciorando y descubriendo el sentido de su opción, conforme va viviendo la fe en la práctica, que es emprender el camino del resucitado, seguirle hasta la muerte, entonces comprenderemos que el que da la vida, la gana resucitando con él.

¿HEMOS VISTO AL SEÑOR?

Jesús es quien toma la iniciativa. Él es quien decide la ocasión y elige los medios. Los creyentes vemos a Jesús porque se nos da a conocer, porque quiere, porque nos ama. Y así acontece en nuestros días, hoy: AQUÍ ESTÁ JESÚS, EN NUESTRA COMUNIDAD.

Hemos escuchado su palabra. Ha elegido el pan y el vino como signos de su presencia y encuentro con nosotros, pero no sólo aquí. JESÚS se nos aparece también en el otro, en el prójimo, en el pobre, en el que nos necesita. Se nos aparece, se nos hace presente. Otra cosa es que queramos reconocerlo. Y sólo podremos reconocerlo si lo amamos, si amamos al prójimo, si practicamos el mandamiento del amor. Porque el amor es el fundamento de nuestra fe cristiana. El que no ama, decía S. Juan, está muerto.

ACTUALIZAMOS

  1. Jesús declara bienaventurados a los que creen sin haber visto.

¿De qué manera interpelan estas palabras tu vida de fe y tu relación personal con Jesús?

  1. En Tomás vemos reflejadas las dificultades que tenemos para creer.

¿Qué dudas experimento en mi proceso de fe y cómo intento superarlas?

  1. Jesús se hace reconocible en sus llagas e invita a Tomás a tocarlas.

¿Qué te sugiere este gesto en medio de un mundo como el nuestro dónde las llagas de Jesús siguen frescas todavía?

  1. Gracias al Espíritu del Resucitado el miedo de los discípulos se transformó en paz, el pesimismo en alegría.

¿En qué sentido nos anima este relato a vivir más abiertos y esperanzados?

LECTIO DIVINA – DOMINGO DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

«Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

Salmo 117, 1-2. 16-17. 22-23

R/ Éste es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R./

«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R./

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

Hermanos:

Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

COMENTARIO

El Crucificado, no otro, es el que ha resucitado. Dios Padre resucitó a su Hijo Jesús porque cumplió plenamente su voluntad de salvación: asumió nuestra debilidad, nuestras dolencias, nuestra misma muerte; sufrió nuestros dolores, llevó el peso de nuestras iniquidades. Por eso Dios Padre lo exaltó y ahora Jesucristo vive para siempre, y Él es el Señor. Los testigos señalan un detalle importante: Jesús resucitado lleva las llagas impresas en sus manos, en sus pies y en su costado. Estas heridas son el sello perpetuo de su amor por nosotros. Todo el que sufre una dura prueba, en el cuerpo y en el espíritu, puede encontrar refugio en estas llagas y recibir a través de ellas la gracia de la esperanza que no defrauda. (Papa Francisco, 04-04-2021).

COMPRENDER EL TEXTO

Los primeros cristianos expresaron la certeza de la resurrección de Jesús mediante dos tipos de relatos: las tradiciones del sepulcro vacío y las de las apariciones. Son, más que una mera “crónica histórica”, la confesión y celebración de una fe sobre la que no abrigaban duda alguna.

El pasaje de hoy narra la resurrección de Jesús. En él se relata la experiencia de fe que proclamaban los cristianos de la comunidad de Juan y que recibieron de quienes fueron testigos de primera mano. Por eso es importante profundizar en los tres primeros testigos de la tumba vacía, según el cuarto evangelio. Los tres miraron los signos de resurrección, pero no todos vieron lo que eso significaba.

Todo lo que se relata en el capítulo 2º del evangelio de Juan sucede en domingo, que para los cristianos es el día del Señor, el día en que las primeras comunidades se reunían para celebrar la eucaristía. María Magdalena, que ha sido testigo de la muerte de Jesús, va al sepulcro y encuentra que ha sido desplazada la gran piedra circular que lo sellaba. No sabe interpretar correctamente el signo de la tumba vacía y corre, desconsolada a contar lo que ocurre. El significado de la resurrección de Jesús le será desvelado por el mismo Resucitado poco después (Jn 20,10-18). Ahora convoca a dos discípulos de gran autoridad y los invita a implicarse de nuevo en la causa de Jesús.

Entre Pedro y el discípulo amado se inicia una especie de rivalidad encubierta que se nota en el hecho de correr juntos, de llegar uno primero y ceder la entrada al otro, y, sobre todo, en el “ver y creer” de uno de ellos.

Los evangelios hablan de la vida de Jesús, pero también reflejan la vida de las comunidades a las que fueron dirigidos. Eso se aprecia claramente en este pasaje del evangelio de Juan. El discípulo amado lideró la comunidad joánica, convirtiéndose para ella en el punto de referencia. Su autoridad en el grupo llegó a ser más que la del mismo Pedro, lo que dificultó la integración de estas comunidades en la gran Iglesia, donde la figura de Pedro gozaba de gran autoridad. Tanto el pasaje de hoy como algunos otros manifiestan a la vez la dificultad y el enriquecimiento mutuo que supuso dicha integración.

Pedro y su enseñanza sobre Jesús gozaron en la primera Iglesia cristiana de gran autoridad, de enorme preeminencia. Esto ha quedado reflejado en los evangelios, y el presente pasaje lo manifiesta desde la perspectiva de la comunidad joánica y de su situación histórica concreta. Por eso, aunque Pedro llega más tarde al sepulcro, le corresponde entrar primero, comprobar el estado de los lienzos funerarios y certificar la tumba vacía. Pero este apóstol, aunque miró, no sabe ver; la autoridad y su puesto al frente de la gran Iglesia no son suficientes para descubrir lo que se esconde tras esos signos. El sepulcro vacío y los lienzos producen en él asombro, pero no la fe pascual.

El discípulo al que Jesús tanto quería entra también en el sepulcro. Los lienzos tendidos y el sudario enrollado en un sitio aparte encienden una luz en su interior: ¡Jesús ha resucitado! ¡No han podido robar el cadáver, pues un ladrón no se habría detenido en dejar recogidos los lienzos mortuorios!

A través de los signos que no supo interpretar Pedro, el discípulo amado ve y cree. El amor y la intimidad que le unieron con Jesús de Nazaret le han abierto los ojos. Hasta entonces no había entendido la Escritura, pero a partir de ahora va a ser testigo de aquello que ha visto y oído, incluso que ha tocado (1Jn 1,1-3). De este modo, otros muchos, vinculados por la fe y el amor a Jesucristo, podrán creer aun sin haber visto (Jn 20,29).

ACTUALIZAMOS

El relato del sepulcro vacío ayudó a las primeras comunidades a expresar su fe. También nosotros confesamos que Jesús ha resucitado y que es urgente leer los signos de la resurrección de Cristo que aparecen en nuestra existencia cotidiana:

  1. La tumba vacía y los lienzos ordenados sirven de signo al discípulo amado. Porque supo mirar, pudo ver y creer:

¿Descubro yo en este pasaje algo que me ayude a seguir creyendo con más firmeza en la resurrección de Jesús?

  1. En este mundo:

¿Con qué mirada busco a Jesús, con qué ojos trato de descubrir su presencia en medio de la realidad?

¿Por qué a veces no lo reconozco cuando sale a mi encuentro?

  1. Celebramos con la Iglesia la certeza de que Jesús ha vencido a la muerte:

¿Influye mi fe en la resurrección en la vida cotidiana?

¿Cómo se nota?

  1. En nuestra sociedad:

¿Qué signos de vida y esperanza, de resurrección, descubrimos a nuestro alrededor?

LECTIO DIVINA – JUEVES SANTO

Lectura del libro del Éxodo 12, 1-8. 11-14

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto:

«Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de los hijos de Israel: “El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino más próximo a su casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo.

Será un animal sin defecto, macho, de un año; lo escogeréis entre los corderos o los cabritos.

Lo guardaréis hasta el día catorce del mes y toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer”. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas.

Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor.

Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.

La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora, cuando yo hiera a la tierra de Egipto.

Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis».

Salmo 115, 12-13. 15-16. 17-18

R/ El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo.

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R/.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas. R/.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R/.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 23-26

Hermanos:

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo:

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:

«Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dice:

«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».

Jesús le replicó:

«Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».

Pedro le dice:

«No me lavarás los pies jamás».

Jesús le contestó:

«Si no te lavo, no tienes parte conmigo».

Simón Pedro le dice:

«Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dice:

«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

COMPRENDER EL TEXTO

Éxodo 12,1-8.11-14. Prescripciones sobre la cena pascual

Este pasaje del Éxodo ofrece un conjunto de textos litúrgicos para la celebración del memorial de la salida de Egipto. Se trata de diversas prácticas acompañadas de la celebración de «la fiesta en honor del Señor» (v. 14). El memorial evoca todo un conjunto de aspectos que estaban relacionados con esta salida: la pascua, el sacrificio del cordero, los panes sin fermentar, el rescate de los primogénitos.

El primer mes es el mes de las espigas (marzo-abril). El origen del nombre de Pascua está relacionado en este texto con el paso del Señor, que «pasa de largo» y guarda la vida de los primogénitos de los que la celebraban. La fiesta se convirtió en el memorial también de la acción salvadora de Dios que les hacía pasar de la esclavitud a la libertad.

El acto de comer el cordero con panes sin fermentar muestra la unión de dos antiguas fiestas, una relacionada con el mundo de los pastores y la otra con el mundo de los agricultores, que la celebraban después de la cosecha de la cebada. El texto del Éxodo remarca el acto liberador de la salida de Egipto.

1ª Corintios 11,23-26. Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Este pasaje de Pablo recuerda a los corintios de qué manera les transmitió la tradición de la Cena del Señor. Pablo empieza presentándose como receptor de la tradición para, seguidamente, describir la tradición recibida (vv. 23b-26). Finalmente, en el v. 26 vuelve a hablar el que escribe, el cual acentúa la interpretación teológica de la celebración, que es un anuncio de la muerte del Señor hasta que vuelva.

Jesús mismo es el protagonista de la sección central del fragmento, con las palabras que dice y los gestos que realiza «en la noche en que iba a ser entregado». Las palabras sobre el pan dan la interpretación de su entrega: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». Y después de cenar, las palabras sobre el cáliz inauguran una nueva alianza. Tanto las palabras sobre el pan como las palabras sobre el vino servirán de memorial para celebrar la entrega de Jesucristo y para anunciar su muerte hasta que vuelva.

La celebración, que es memorial de la nueva alianza, será un camino para fortalecer más y más el vínculo de los participantes con su Señor, que ha dado su vida por ellos. El ámbito de una comida fraterna ha de ayudar a renovar la adhesión a Jesucristo y a participar de los frutos de su donación.

Juan 13,1-15. Los amó hasta el extremo

Dentro del evangelio de Juan, el capítulo 13 sitúa a Jesús en las vísperas de la fiesta de Pascua, en el momento en que llega su hora de pasar de este mundo al Padre. El conocimiento que Jesús tiene de este momento lo lleva a vivir más intensamente la relación de amor que siempre ha mantenido por los suyos. Con el lavatorio de los pies les muestra ahora este afecto. Este acto se realiza, según dice Juan, en íntima unión con el Padre, hacia el cual Jesús volverá con su pasión, la mayor acción salvadora para aquellos que amará hasta el final.

En un ambiente de gran intensidad dramática, Jesús se dispone a actuar como un sirviente y empieza a lavar los pies a sus discípulos incluyendo incluso a Judas, que lo iba a traicionar (vv. 4-5). Sorprende que Pedro no se deje lavar los pies, pero esta resistencia da pie a un diálogo en el cual Jesús le manifiesta que lo que no comprende ahora lo comprenderá más tarde, lo comprenderá cuando Jesús sea glorificado.

El empecinamiento de Pedro choca, sin embargo, con la palabra de Jesús: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (v. 8). Entonces el discípulo accede no sólo a que le laven los pies, sino también las manos y la cabeza… Jesús, con paciencia, explica a Pedro que los que se han bañado no necesitan ser lavados de nuevo. Ahí puede haber una alusión al hecho de que los judíos «subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse» (Jn 11,55), aunque en tiempo del evangelio de Juan, la imagen del baño contiene una referencia al bautismo.

La parte final del lavatorio deja muy claro que el ejemplo de Jesús debe ser seguido por sus discípulos: ellos han de comprender el significado de la acción de Jesús y, muy concretamente, han de procurar ponerla en práctica en máxima sintonía, dentro de lo posible, con lo que han aprendido de su maestro.

  • El acierto de arrodillarse

El señor lavando los pies al esclavo. El amo sirviendo al criado en la mesa. El rey hospedando al mendigo. Es un cambio maravilloso en las relaciones entre Dios y la persona humana. A partir de la última cena solamente habrá una clase de creyentes: los que aman y se dejan amar. Habrá intensidades de este amor, pero el que quiera seguir a Jesús ha de reproducirlo en su vida, ha de demostrar hasta qué punto es capaz de amar y ser amado.

Más allá de los discursos, el ejemplo de Jesús es muy claro. Hay que abajarse. Hay que ponerse de rodillas y no precisamente ante la grandeza sino ante la pequeñez y la insignificancia de las personas. No se trata de reverenciar o halagar a quien más tiene (que es una forma muy sutil de esclavitud) sino de acariciar, reanimar y servir sin hacer cálculos a quienes más necesiten (que es la forma más espléndida de libertad). Quien se hinca de rodillas comprende las heridas del hermano, tanto las físicas como las afectivas y espirituales. Y se convierte en mensajero de la fortaleza y la ternura de Dios. Quien se arrodilla se coloca en la postura justa para aprender a callar, a no perder el tiempo con palabrería vacía. Quien se pone de rodillas comienza a descubrir un rostro más auténtico de Dios.

  • Presencia velada

«Es propio del amor abajarse» afirmaba Teresa del Niño Jesús. El día de Navidad lo descubríamos en la fragilidad de un niño indefenso. Ese amor de Dios se va a hacer todavía más patente el viernes santo, cuando hundirá sus raíces en el desprecio más profundo y morirá en el suplicio de la cruz. Pero, ese amor se hace permanente, sostenible, en su presencia en la Eucaristía. Una presencia velada, pero no menos cierta y real. Es una invitación a todos nosotros a transformar las realidades inmediatas de la vida –nuestro pan y nuestro vino cotidianos– en presencia de paz, de perdón, de bendición. En la Eucaristía es Cristo quien nos quiere celebrar como personas que somos sacramento de unidad, de gozo en la fe compartida, de fiesta ante la certeza del triunfo definitivo del bien. Todo ello, ciertamente, queda como velado, como escondido, a causa de nuestras pobrezas, pecados y limitaciones. Pero no por ello estamos menos seguros de que esa es la misión que nos encomendó en la intimidad de aquella última cena.

  • La riqueza del presente

Se funden en una misma realidad servicio y sacramento, misión y testimonio, intimidad en torno a la mesa y soledad en la cruz. Todo, en la vida, adquiere sentido. Nada se pierde en el absurdo. Jesús lo asume todo: la cálida amistad del cenáculo y la fría desnudez de la cruz. Todo es pan y vino de nuevas eucaristías. Necesitamos, como Jesús, ver más allá de las apariencias y descubrir la huella de Dios, aunque esté velada por tantas oscuridades.

Jueves Santo, jueves de testamento, de responsabilidades, de misión para todo cristiano que ocupe un asiento en la mesa de la eucaristía. Pero al mismo tiempo, esa misma eucaristía es garantía de que él, Jesús, está con nosotros como alimento y como bebida, como camino, como verdad y como vida.

LECTIO DIVINA – CICLO B – DOMINGO DE RAMOS

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 11, 1-10

(Para la bendición de ramos)

Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles:

«Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto”».

Fueron y encontraron el pollino en la calle atado a una puerta; y lo soltaron. Algunos de los presentes les preguntaron:

«¿Qué hacéis desatando el pollino?»

Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron.

Llevaron el pollino. le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás, gritaban:

«¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!».

EUCARISTÍA

Lectura del libro de Isaías 50, 4-7

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.

El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.

El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R./ Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere.» R./

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R./

Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R./

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel». R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11

Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.

Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 14,1-15,47

[La división por secciones en letra roja es para facilitar la oración, por pasajes; es división litúrgica; no se lee al proclamar la lectura]

 Andaban buscando cómo prender a Jesús a traición y darle muerte

C. Faltaban dos días para la Pascua y los Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando cómo prender a Jesús a traición y darle muerte. Pero decían:
S.— «No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo».

Se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura

C. Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y se lo derramó sobre la cabeza. Algunos comentaban indignados:
S.— «¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres».
C. Y reprendían a la mujer. Pero Jesús replicó:
+ — «Dejadla, ¿por qué la molestáis? Una obra buena ha hecho conmigo. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no me tenéis siempre. Ella ha hecho lo que podía: se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. En verdad os digo que, en cualquier parte del mundo donde se proclame el Evangelio, se hablará de lo que esta ha hecho, para memoria suya».

Prometieron a Judas Iscariote darle dinero

C. Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron darle dinero. Él andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

¿Cuál es la habitación dónde voy a comer la Pascua con mis discípulos?

C. El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
S.— «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?».
C. Él envió a dos discípulos diciéndoles:
+ — «Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa adonde entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?”.
Os enseñará una habitación grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí».
C. Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua.

Uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo

C. Al atardecer fue él con los Doce. Mientras estaban a la mesa comiendo dijo Jesús:
+ — «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo».
C. Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro:
S.— «¿Seré yo?».
C. Respondió:
+ — «Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre será entregado!; ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre de la alianza

C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo;
+ — «Tomad, esto es mi cuerpo».
C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron.
Y les dijo:
+ — «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».

Antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres

C. Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos. Jesús les dijo:
+ — «Todos os escandalizaréis, como está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”.
Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».
C. Pedro le replicó:
S.— «Aunque todos caigan, yo no».
C. Jesús le dice:
+ — «En verdad te digo que hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres».
C. Pero él insistía:
S.— «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
C. Y los demás decían lo mismo.

Empezó a sentir espanto y angustia

C. Llegan a un huerto, que llaman Getsemaní, y dice a sus discípulos:
+ — «Sentaos aquí mientras voy a orar».
C. Se lleva consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir espanto y angustia, y les dice:
+ — «Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad».
C. Y, adelantándose un poco, cayó en tierra y rogaba que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y decía:
+ — «¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz.
Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres».
C. Vuelve y, al encontrarlos dormidos, dice a Pedro:
+ — «Simón ¿duermes?, ¿no has podido velar una hora? Velad y orad, para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
C. De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió y los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se les cerraban. Y no sabían qué contestarle. Vuelve por tercera vez y les dice:
+ «Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

Prendedlo y conducidlo bien sujeto

C. Todavía estaba hablando, cuando se presenta Judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos, mandada por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:
S.— «Al que yo bese, es él: prendedlo y conducidlo bien sujeto».
C. Y en cuanto llegó, acercándosele le dice:
S. — «¡Rabbí!»
C. Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo prendieron. Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo:
+ — «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como si fuera un bandido? A diario os estaba enseñando en el templo y no me detuvisteis. Pero, que se cumplan las Escrituras».
C. Y todos lo abandonaron y huyeron.
Lo iba siguiendo un muchacho envuelto solo en una sábana; y le echaron mano, pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.

¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?

C. Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los escribas y los ancianos. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del patio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados a la lumbre para calentarse.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban. Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban. Y algunos, poniéndose de pie, daban falso testimonio contra él diciendo:
S.— «Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este templo, edificado por manos humanas, y en tres días construiré otro no edificado por manos humanas”».
C. Pero ni siquiera en esto concordaban los testimonios.
El sumo sacerdote, levantándose y poniéndose en el centro, preguntó a Jesús:
S.— «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
C. Pero él callaba, sin dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote:
S.— «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?».
C. Jesús contestó:
+ — «Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo».
C. El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice:
S.— «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?».
C. Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:
S.— «Profetiza».
C. Y los criados le daban bofetadas.

No conozco a ese hombre del que habláis

C. Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llega una criada del sumo sacerdote, ve a Pedro calentándose, lo mira fijamente y dice:
S.— «También tú estabas con el Nazareno, con Jesús».
C. Él lo negó diciendo:
S.— «Ni sé ni entiendo lo que dices».
C. Salió fuera al zaguán y un gallo cantó. La criada, al verlo, volvió a decir a los presentes:
S.— «Este es uno de ellos».
C. Pero él de nuevo lo negaba. Al poco rato, también los presentes decían a Pedro:
S.— «Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo».
C. Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:
S.— «No conozco a ese hombre del que habláis».
C. Y enseguida, por segunda vez, cantó el gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús:
«Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres», y rompió a llorar.

¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, hicieron una reunión. Llevaron atado a Jesús y lo entregaron a Pilato.
Pilato le preguntó:
S.— «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Él respondió:
+ — «Tú lo dices».
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
S.— «¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan».
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba extrañado. Por la fiesta solía soltarles un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los rebeldes que habían cometido un homicidio en la revuelta. La muchedumbre que se había reunido comenzó a pedirle lo que era costumbre.
Pilato les preguntó:
S.— «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S.— «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?».
C. Ellos gritaron de nuevo:
S.— «Crucifícalo».
C. Pilato les dijo:
S.— «Pues ¿qué mal ha hecho?».
C. Ellos gritaron más fuerte:
S.— «Crucifícalo».
C. Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Le ponen una corona de espinas, que habían trenzado

C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio -al pretorio- y convocaron a toda la compañía. Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S.— «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacan para crucificarlo.

Conducen a Jesús al Gólgota

C. Pasaba uno que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo; y lo obligan a llevar la cruz.
Y conducen a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»),

«Fue contado entre los enemigos»

C. y le ofrecían vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucifican y se reparten sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.
Era la hora tercia cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.

A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar

C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S.— «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz».
C. De igual modo, también los sumos sacerdotes comentaban entre ellos, burlándose:
S.— «A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos».
C. También los otros crucificados lo insultaban.

Jesús, dando un fuerte grito, expiró

C. Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente:
+ — «Eloí Eloí, lemá sabaqtaní?».
C. (Que significa:
+ — «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S.— «Mira, llama a Elías».
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo:
S.— «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo».
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S.— «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».
C. Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas María la Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de Joset, y Salomé, las cuales, cuando estaba en Galilea, lo seguían y servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

José rodó una piedra a la entrada del sepulcro

C. Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro noble del Sanedrín, que también aguardaba el reino de Dios; se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.
Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto.
Informado por el centurión, concedió el cadáver a José. Este compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de Joset, observaban dónde lo ponían.

 COMENTARIO

Con el Domingo de Ramos iniciamos el recorrido pascual con la entrada de Jesús en Jerusalén. Fue un triunfo relativo, al estilo de Jesús, vestido de humildad, paz y mansedumbre. Pero podemos verlo como proclamación de su mesianismo.

En la Eucaristía escucharemos ya el primer relato de la Pasión del Señor.

COMPRENDER EL TEXTO

Evangelio de la procesión de los ramos: Marcos 11, 1-10

Antes de la procesión de Ramos, el fragmento evangélico de san Marcos nos hace asistir a los preparativos de la entrada de Jesús en Jerusalén. No se tratará de una entrada triunfal, sino de una entrada mesiánica llena de humildad, en la cual el Mesías entrará montado sobre un borrico (Zacarías 9,9). Jesús encarga a los discípulos ir a buscar a la aldea de enfrente a este animal, y los discípulos lo recogen y lo llevan al maestro.

Una vez Jesús en su montura, la gente le alfombraba el camino por donde pasaba, el mismo camino que lo llevará a la pasión. Con una doble aclamación la gente le gritaba «Hosanna», y después ¡Hosanna en el cielo!, es decir, cerca de Dios, de quien viene Jesús, «el que viene en nombre del Señor» (salmo 117,26). Como «hijo de David», Jesús es aclamado como rey pacífico que se encamina al Templo.

Isaías 50,4-7: No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado

Se trata de una escena vivida por uno de los discípulos del Segundo Isaías o bien por el mismo Siervo del Señor, que sabe escuchar como un discípulo la Palabra de Dios y que, con su propia palabra, sabe «decir al abatido una palabra de aliento» (v. 4), inicialmente durante el exilio en Babilonia. Pero él mismo ha de soportar maltratos de sus propios compañeros, como tantos otros profetas.

En tanto que «discípulo» el profeta ha de escuchar y experimentar las mismas palabras y enseñanzas que él mismo buscará transmitir a los demás. «El Señor Dios me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás» (v. 5), y esto le ha comportado azotes, ofensas y salivazos. Pero, «el Señor Dios me ayuda… por eso endurecí el rostro como pedernal» (v. 7), como confiesan también otros profetas, a quien el Señor les dice: «Mira, hago tu rostro tan duro como el de ellos, y tu cabeza terca como la de ellos; como el diamante, más dura que el pedernal hago tu cabeza» (Ezequiel 3, 8-9).

Filipenses 2,6-11. Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo

El conocido himno de la carta a los Filipenses presenta el fuerte contraste entre la humillación hasta la muerte a que se ve sometido Jesús y la exaltación por encima de cualquier otro nombre que le da Dios. Su «condición divina» Cristo no quiso guardársela para él solo, sino que se hizo igual a todos los hombres e incluso se rebajó más que ninguno hasta «la condición de esclavo», como un servidor de sus hermanos, abnegado hasta el extremo, hasta una muerte injusta en la cruz.

La respuesta de Dios toma una forma positiva, hasta dar al Siervo sufriente el nombre más grande, el nombre de «Kyrios» o «Señor», nombre que merece inclinación y reconocimiento, y que es la más grande expresión de alabanza «para gloria de Dios Padre».

No nos cansamos de meditar este himno cristológico, recogido por Pablo. Cristo el Hijo de Dios que no quiso presentarse como Dios, sino como Hijo de hombre. Se despojó de lo divino y se vistió de lo humano. Parece locura, pero es misterio.

No sólo aceptó la dramática condición humana, sino la insoportable crueldad humana, sometiéndose a la muerte más indigna e injusta.

Dios lo ensalzó y lo constituyó Señor y Salvador del mundo.

Marcos 14,1-15.47. Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos

En el evangelio de Marcos, el relato de la pasión de Jesús está construido con mucha atención. Incluso es probable que se base en un texto anterior. De hecho, es un relato del camino de Jesús hacia la muerte y quiere ayudar a integrar el ministerio del Mesías con la paradoja de la cruz.

Para dar un pleno sentido a la fe cristiana, la predicación y la catequesis necesitaban un relato de los últimos acontecimientos del camino del Hijo del hombre, un camino que pasa por la crucifixión pero llega hasta la resurrección. En este acontecimiento está condensado el núcleo de la fe cristiana.

El relato de Marcos es el más cercano a los hechos. Lo hace con sobriedad y respeto a los sufrimientos de Jesús en su cuerpo y en su alma. No mitiga la crueldad de los acontecimientos. Al final, después del velo rasgado, recoge la confesión de fe del centurión. Difícil creer en un Mesías y un Hijo de Dios que muere en cruz, dando un fuerte grito.

Desde el episodio de la unción de Betania (vv. 1-11) el lector y el oyente son conducidos hasta el ágape pascual (vv. 12-25), momento del anuncio profético del sentido de la muerte del Maestro, que le ha de llevar a participar en el Reino de su Padre.

La plegaria de Getsemaní, el arresto, la comparecencia ante el sanedrín, las negaciones de Pedro, la presentación de Jesús ante Pilato, los maltratos, la crucifixión, la muerte y el entierro son las etapas de este camino del Señor en solidaridad redentora con el camino de toda la humanidad. En el horizonte hay, sin embargo, una esperanza que no será defraudada.

ENTRADA TRIUNFAL

La entrada de Jesús en Jerusalén se presenta como triunfal. Es un reconocimiento público, popular, de Jesús como el Mesías, el Ungido de Dios. Fueron gente sencilla, los discípulos, quizá los niños, quienes, en una reacción espontánea, levantaron sus voces y sus ramos dando vivas a Jesús. Fue un entusiasmo popular. Jesús iba montado en un borrico. Como nada estaba preparado, utilizaron ramas cortadas en el campo y sus propios mantos para alfombrar el camino, la gente iba detrás y delante de Jesús y del borrico. Los discípulos, inicialmente sorprendidos, se convirtieron después en protagonistas de la procesión.

ENTRADA MESIÁNICA

La entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un pollino, no es un triunfo que pudiera ser reseñado en los libros de historia, tampoco aparecería hoy en las portadas de nuestros medios de comunicación. Su importancia fue más bien teológica. No hay epifanías ni voces del cielo, pero sí se recoge la voz del pueblo, de ese pueblo pobre y humilde, pueblo mesiánico de Dios. El salmo 117 y el profeta Zacarías anuncian este acontecimiento:

  • “Escuchad, hay cantos de victoria en las tiendas de los justos…
  • Abridme las puertas de la salvación, y entraré para dar gracias al Señor…
  • La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular…
  • Éste es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo…
  • Bendito el que viene en nombre del Señor…
  • Ordenad una procesión con ramos” (Salmo 117,15.19.22.24.26-27).

El profeta Zacarías nos describe el estilo, el perfume y las circunstancias de esta procesión:

“¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna. Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; romperá el arco guerrero y proclamará la paz a los pueblos”. (Zac 9,9-10)

UN TRIUNFO, PERO AL REVÉS

Humanamente hablamos de triunfo cuando se consigue victoria sobre el enemigo, sea militar, sea político o cultural. Se emplea la fuerza, la palabra, la riqueza, el saber. Aquí es la victoria de la no violencia, de la no fuerza, de la no riqueza, del no éxito, del no orgullo, de la no sabiduría. Un no rotundo a la soberbia y a la autosuficiencia humanas. Un sí pleno a la voluntad del Padre y a los valores del Reino de Dios.

El triunfo de la paz. El triunfo de la bendición. El triunfo de la mansedumbre. El triunfo de la humildad. El triunfo de la pobreza y la solidaridad. El triunfo de la alegría. El triunfo de Jesús, el Mesías.

El mismo Jesús encarna en plenitud estos valores:

  • “Él mismo será la paz” (Mq 5,4)
  • “nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos” (Ef 1,3)
  • “Soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29)
  • “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9,58)
  • Cristo es hijo de las Bienaventuranzas, que son bendiciones y alegres noticias.
  • Cristo es el Amor, servicial y entregado hasta el fin.
  • Cristo es el Rey que no avasalla ni se impone, sino que sirve y libera; es el Rey que hace reyes.

ACTUALIZAMOS

COMPENETRADOS CON JESÚS

Las lecturas de este domingo nos hacen ser testigos de una situación paradójica, la de un Mesías muy alejado de lo que se esperaba de él. Así es Jesús y así es el Dios de Jesús. Estas lecturas nos ayudarán a reflexionar y profundizar sobre las ideas que tenemos de Dios y de Jesús y sobre cómo somos sus discípulos, en medio de una sociedad que promueve valores muy diferentes.

  1. Jesús entra en Jerusalén realizando un gesto profético.

¿Qué gestos proféticos estamos llamados a realizar durante este tiempo?

¿Cómo contar a otros con hondura y claridad lo que nos dicen los textos de hoy?

  1. La entrada de Jesús en Jerusalén a lomos de un borriquillo habla de un Mesías pacífico y humilde.

¿La paz y la humildad son valores importantes en mi vida?

¿Cómo puedo favorecerlos en mi ambiente?

  1. La gente de la época de Jesús esperaba un Mesías todopoderoso que instaurara su reinado, liberase a Israel y lo colocara a la cabeza de las naciones. Y yo,

¿Espero un Mesías que nos de poder y fama?

¿Cómo es el Reinado de Dios que aguardo?

LECTIO DIVINA – CICLO B – CUARESMA DOMINGO V

Lectura del libro de Jeremías 31, 31-34

Ya llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor -oráculo del Señor-.

Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días -oráculo del Señor-: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo:

«Conoced al Señor»,  pues todos me conocerán,  desde el más pequeño al mayor  -oráculo del Señor-, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados.

Salmo 50, 3-4. 12-13. 14-15

R./ Oh, Dios, crea en mí un corazón puro.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R./

Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R./

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R./

Lectura de la carta a los Hebreos 5, 7-9

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.

Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 12, 20-33

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:

«Señor, queremos ver a Jesús».

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.

Jesús les contestó:

«Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.

En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna.

El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre».

Entonces vino una voz del cielo:

«Lo he glorificado y volveré a glorificarlo».

La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

Jesús tomó la palabra y dijo:

«Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

COMENTARIO

El término que expresa las relaciones entre Dios y los hombres es Alianza. Desde los tiempos de Noé, alianza es sinónimo de salvación de Dios para su pueblo, y recuerda a la vez la constante infidelidad del pueblo con su Dios. El tema de la alianza del que habla con hondura nueva Jeremías recorre, por tanto, toda la Biblia. El profeta anuncia que el Señor quiere pactar una vez más, sellar una Alianza que no podrá romperse, cuyas condiciones quedan escritas en el corazón humano. Esa aproximación de Dios salvador para sellar la alianza se ha realizado de forma nueva y definitiva en Jesucristo, aunque por caminos inesperados e impensables: el servicio, el sufrimiento y la obediencia por amor que engendran, en la cruz, frutos de vida eterna.

El camino de Cristo, que sigue siendo inaudito como vía de salvación y de vida, se nos presenta también a nosotros como norma de vida plena.

COMPRENDER EL TEXTO

Estamos en el último domingo de Cuaresma, y al final de la primera parte del evangelio de Juan (Jn 11-12). La sección en la que se inserta el pasaje de hoy comienza narrando el signo de la resurrección de Lázaro, que es en cierto modo un anticipo de la de Jesús. Pero para llegar a la resurrección hay que pasar por la muerte y justamente en Juan 12 ya todo habla más claramente de la entrega y muerte de Jesús.

Hay dos tiempos a los que se refiere el evangelio de Juan: el tiempo de Jesús y el tiempo de la comunidad de Juan. El cristianismo naciente surge en un primer momento como un fenómeno judío y para judíos, pero después se abre al mundo griego y pagano. En esa misión Felipe y Andrés, que son dos discípulos con nombres griegos, serán instrumentos de evangelización de este nuevo mundo.

Andrés y Felipe sirven de enlace entre los griegos y Jesús, a quien comunican los deseos de aquellos. Pero Jesús sorprende con su repuesta: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”.

Jesús habla de su pasión, muerte y resurrección con dos términos muy presentes en el cuarto evangelio: la “hora” y la “glorificación”. Siente próxima la presencia de esa hora, que es la de la cruz. Será entonces cuando el mensaje salvífico alcance a todos los rincones de la tierra, cuando el mundo griego y el mundo pagano en general, verán a Jesús. En el mismo sentido está tomada la metáfora del grano de trigo, que acentúa la necesidad de la muerte para dar fruto.

Jesús aplica a la vida del discípulo lo que dice de sí mismo. El creyente ha de vivir, como el Maestro, desde el servicio y el seguimiento más radical, sabiendo que correrá su misma suerte. El recuerdo de este camino hace mella momentáneamente en Jesús y nos recuerda el pasaje de Getsemaní que relatan los otros evangelios (Mc 14, 32-42 y paralelos). Pero él, que es Señor y domina totalmente la situación, asume su destino porque sabe que ésta es la voluntad del Padre. La respuesta de éste es inmediata.

La voz del cielo habla de glorificación, una palabra que ha aparecido en versículos anteriores y que está muy relacionada con la “hora”. Como se podía ver en el evangelio del domingo pasado, en la cruz se expresa el triunfo definitivo de Jesús, el momento de su mayor gloria, porque en la cruz está presente la “elevación”. Dicho de otro modo, para Juan el Crucificado es a la vez el Resucitado.

Desde la cruz Jesús da la vida eterna al que cree (Jn 3, 17) y también se realiza el juicio del mundo. La cruz es posibilidad de salvación. Gracias al Crucificado y glorificado Dios atrae hacia sí a un nuevo pueblo que puede “ver” a Jesucristo. Misioneros como Felipe y Andrés y cada uno de los miembros de la comunidad joánica, harán posible este deseo que se coloca, al comienzo del pasaje del evangelio de hoy, en boca de “algunos griegos”. La Buena Noticia desborda el marco histórico de Jesús para dirigirse a los contemporáneos del evangelista y a los creyentes de todos los tiempos.

ACTUALIZAMOS

Casi al final de la Cuaresma aparece ante nuestros ojos cada vez con más claridad el destino de muerte de Jesús. Junto al anuncio de su glorificación tenemos un programa de vida cristiana y también un camino para dar fruto abundante y participar en su resurrección.

  1. En el evangelio de hoy Jesús ora al Padre.

¿En qué se parece mi oración a la de Jesús?

  1. La norma del vivir de Cristo y del cristiano es la del grano de trigo.

¿Cómo somos en nuestro estilo de vida cristiano “grano de trigo que muere”?

  1. En este mundo.

¿Qué hacemos personalmente y como Iglesia para que otros “vean” a Jesús?

¿El Jesús que presentamos es el que se revela en el pasaje de hoy?

La necesidad de la fe y la dinámica de servicio, renuncia y entrega para fructificar que hoy la Palabra de Dios ha puesto ante nuestros ojos, sólo pueden ser descubiertas y aceptadas por medio de la oración.