LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XII

Lectura del libro de Jeremías. 20, 10-13

Dijo Jeremías:

«Oía la acusación de la gente:

“Pavor-en-torno, delatadlo, vamos a delatarlo”.

Mis amigos acechaban mí traspié:

“A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él”.

Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes.

Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará.

Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos, pues te he encomendado mi causa!

Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa».

Salmo 68, 8-10. 14 y 17. 33-35

R./ Señor, que me escuche tu gran bondad.

Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí R./

Pero mi oración se dirige a ti,
Señor, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. R./

Miradlo, los humildes, y alegraos;
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-15

Hermanos:

Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…

Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.

Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.

Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehena”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones.

A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

COMENTARIO

Todas las lecturas de hoy nos hablan de un Dios extremadamente solícito que cuida de todas las personas, especialmente de aquellas que están pasando por momentos difíciles, así lo expone el profeta Jeremías, que, viéndose rodeado de enemigos, entona un himno de alabanza al Señor que lo salva. Una certeza que también canta el salmo y que actualiza Pablo a partir del don que se nos ha dado en Jesucristo, el salvador por excelencia. El evangelista Mateo, dejando la palabra al mismo Jesús, recuerda a su comunidad misionera que cuando aceche la dificultad no tienen por qué temer, pues el Padre del cielo vela por ellos.

COMPRENDER EL TEXTO

Mateo se dirige a una comunidad misionera que necesitaba ser animada y fortalecida, pues algunos de sus miembros habían sucumbido a la persecución. Para hacer frente a aquella situación compuso una especie de “manual del misionero cristiano”, que hace alusión a experiencias vividas y trata de iluminarlas desde la palabra de Jesús. El discurso comienza con el envío de los mensajeros del evangelio (Mt 10, 1-15), pero a renglón seguido el evangelista se hace eco de las dificultades que encuentra dicha misión (Mt 10, 16-25). El pasaje que hoy leemos trata de exhortar a los mensajeros del evangelio a no sucumbir ante estas dificultades.

Los últimos versículos del fragmento de hoy vuelven de nuevo la mirada al juicio final (vv.32-33), estableciendo una estrecha relación entre lo que ocurra ahora y lo que pasará después “delante de mi Padre celestial”. El mismo Jesús se convertirá entonces en defensor de quienes ahora se declaren a su favor en medio de las dificultades y persecuciones, pero negará a quienes hayan sucumbido al miedo y renegado de él. Evidentemente, estas instrucciones de Jesús tendrían una especial resonancia en la comunidad de Mateo, que se vio enfrentada con los líderes del judaísmo y con las autoridades del Imperio. Pero su mensaje, que habla de confianza en el Padre y de compromiso misionero frente al rechazo, continúa manteniendo su actualidad hasta hoy.

ACTUALIZAMOS

NUESTROS MIEDOS

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.

Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas, tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.

Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.

Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.

La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.

La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.

Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.

  1. “No tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones»:

¿Cuáles son tus miedos más habituales?

¿Cómo te ayuda a superarlos el Dios que se revela en este pasaje?

  1. “Pregonadlo desde la azotea”:

¿Qué invitación percibes personalmente y como comunidad cristiana al leer este pasaje?

  1. “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo”:

¿Somos conscientes de que vivimos rodeados de cosas que nos cuidan el cuerpo y nos pueden matar por dentro? ¿Qué podemos hacer?

  1. “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos”:

¿En qué medida coloco las decisiones que to

LECTIO DIVINA – CICLO B – PASCUA DOMINGO II

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 4, 32-35

El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.

Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor.

Y se los miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba.

Salmo 117, 2-4. 16-18. 22-24

R./ Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor:
eterna es su misericordia. R./

«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte. R./

La piedra que desecharon los arquitectos,
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 5,1-6

Queridos hermanos:

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él.

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.

Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.

¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

«¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

COMENTARIO

Las lecturas de hoy nos hablan del poder transformador de la fe pascual. El evangelio nos recuerda que esa fe es capaz de hacer que el grupo de los discípulos, cerrado sobre sí mismo, se transforme, por la fuerza del Espíritu, en una comunidad misionera. Los Hechos de los Apóstoles insisten en que esa experiencia transformadora ha de traducirse en una comunión de vida, de misión y de bienes entre los creyentes. Tal es el cambio radical que opera en nosotros la fe en Jesucristo que la primera carta de Juan lo considera como un “nuevo nacimiento” que es obra de Dios y nos capacita para “vencer al mundo”.

COMPRENDER EL TEXTO

El pasaje de hoy debe entenderse en relación con el contexto del capítulo al que pertenece (Jn 20). Es muy significativo que todo cuanto en él se narra acontece en domingo (“el primero de la semana”). Ese era el día en el que los primeros cristianos recordaban la resurrección de Jesús y se reunían para celebrar la eucaristía. De hecho, no debemos leer estas escenas de apariciones como “crónica histórica”, sino como una mediación pascual que la comunidad cristiana hace en torno a la mesa del Señor, lugar privilegiado de encuentro con el Resucitado para aquellos que creen en él aun sin haberlo visto.

  • Cristo muere para quitar el pecado del mundo, resucitado, deja a los suyos el poder de perdonar.
  • En el Antiguo Testamento se ofrecían animales para aplacar a Dios, pero eso no lograba destruir el pecado. Las ceremonias y los ritos no limpian el corazón ni daban el Espíritu Santo.
  • Pero ahora, en la persona de Jesús resucitado, ha llegado un mundo nuevo. Aunque la humanidad siga pecando, Jesús nos muestra el camino para superar el pecado y llegar al Padre.
  • El perdón de los pecados es una de las riquezas más grandes de la Iglesia.

La capacidad de perdonar es la fuerza que permite solucionar las grandes tensiones de la humanidad. «Quien no sabe perdonar no saber amar«. «En la reconciliación se muestra al prójimo el amor más auténtico«.

LA DUDA DE TOMAS

Uno de los 12, testigo de lo que dijo e hizo Jesús, cenó con él, lo vio morir. Aunque Jesús lo dijo y estaba escrito con antelación, ni Tomás ni los demás entendieron nada. Tomás no esperaba que Jesús resucitara, no pudo creer a sus compañeros y nosotros tampoco terminamos de entenderlo ni de creerlo.

NUESTROS TEMORES

Nos parecemos mucho a Tomás, tenemos dudas. ¿Estamos convencidos de la resurrección?, ¿Creemos en la vida eterna? Se nos hace difícil creer en la resurrección, sobre todo cuando nos acercamos a ella, porque nos acercamos inexorablemente a la muerte. Sabemos que estamos en lista de espera, y sin esperanza, la fe en la vida eterna no deja huella en nuestra vida. No se nos nota demasiado, no hay alegría, ni ilusión, ni estímulo en nuestra vida rutinaria, pues vivimos como si no tuviéramos esperanza.

CREER PARA VER

Jesús disipó los temores de Tomás, apareciéndosele. En presencia de Jesús los temores desaparecen. Él nos dice: «Bienaventurados los que crean sin haber visto». Lo definitivo no es ver, sino AMAR, sólo el amor puede hacer que veamos y creamos. La fe no es un puro saber, sino una experiencia. Es el amor lo que nos hace descubrir al amigo. La fe es una apuesta, no hay ninguna seguridad para creer, lo que si hay es certeza en la fe.

El creyente no vive atormentado por la duda, sino que se va cerciorando y descubriendo el sentido de su opción, conforme va viviendo la fe en la práctica, que es emprender el camino del resucitado, seguirle hasta la muerte, entonces comprenderemos que el que da la vida, la gana resucitando con él.

¿HEMOS VISTO AL SEÑOR?

Jesús es quien toma la iniciativa. Él es quien decide la ocasión y elige los medios. Los creyentes vemos a Jesús porque se nos da a conocer, porque quiere, porque nos ama. Y así acontece en nuestros días, hoy: AQUÍ ESTÁ JESÚS, EN NUESTRA COMUNIDAD.

Hemos escuchado su palabra. Ha elegido el pan y el vino como signos de su presencia y encuentro con nosotros, pero no sólo aquí. JESÚS se nos aparece también en el otro, en el prójimo, en el pobre, en el que nos necesita. Se nos aparece, se nos hace presente. Otra cosa es que queramos reconocerlo. Y sólo podremos reconocerlo si lo amamos, si amamos al prójimo, si practicamos el mandamiento del amor. Porque el amor es el fundamento de nuestra fe cristiana. El que no ama, decía S. Juan, está muerto.

ACTUALIZAMOS

  1. Jesús declara bienaventurados a los que creen sin haber visto.

¿De qué manera interpelan estas palabras tu vida de fe y tu relación personal con Jesús?

  1. En Tomás vemos reflejadas las dificultades que tenemos para creer.

¿Qué dudas experimento en mi proceso de fe y cómo intento superarlas?

  1. Jesús se hace reconocible en sus llagas e invita a Tomás a tocarlas.

¿Qué te sugiere este gesto en medio de un mundo como el nuestro dónde las llagas de Jesús siguen frescas todavía?

  1. Gracias al Espíritu del Resucitado el miedo de los discípulos se transformó en paz, el pesimismo en alegría.

¿En qué sentido nos anima este relato a vivir más abiertos y esperanzados?

LECTIO DIVINA – DOMINGO DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

«Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

Salmo 117, 1-2. 16-17. 22-23

R/ Éste es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R./

«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R./

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

Hermanos:

Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

COMENTARIO

El Crucificado, no otro, es el que ha resucitado. Dios Padre resucitó a su Hijo Jesús porque cumplió plenamente su voluntad de salvación: asumió nuestra debilidad, nuestras dolencias, nuestra misma muerte; sufrió nuestros dolores, llevó el peso de nuestras iniquidades. Por eso Dios Padre lo exaltó y ahora Jesucristo vive para siempre, y Él es el Señor. Los testigos señalan un detalle importante: Jesús resucitado lleva las llagas impresas en sus manos, en sus pies y en su costado. Estas heridas son el sello perpetuo de su amor por nosotros. Todo el que sufre una dura prueba, en el cuerpo y en el espíritu, puede encontrar refugio en estas llagas y recibir a través de ellas la gracia de la esperanza que no defrauda. (Papa Francisco, 04-04-2021).

COMPRENDER EL TEXTO

Los primeros cristianos expresaron la certeza de la resurrección de Jesús mediante dos tipos de relatos: las tradiciones del sepulcro vacío y las de las apariciones. Son, más que una mera “crónica histórica”, la confesión y celebración de una fe sobre la que no abrigaban duda alguna.

El pasaje de hoy narra la resurrección de Jesús. En él se relata la experiencia de fe que proclamaban los cristianos de la comunidad de Juan y que recibieron de quienes fueron testigos de primera mano. Por eso es importante profundizar en los tres primeros testigos de la tumba vacía, según el cuarto evangelio. Los tres miraron los signos de resurrección, pero no todos vieron lo que eso significaba.

Todo lo que se relata en el capítulo 2º del evangelio de Juan sucede en domingo, que para los cristianos es el día del Señor, el día en que las primeras comunidades se reunían para celebrar la eucaristía. María Magdalena, que ha sido testigo de la muerte de Jesús, va al sepulcro y encuentra que ha sido desplazada la gran piedra circular que lo sellaba. No sabe interpretar correctamente el signo de la tumba vacía y corre, desconsolada a contar lo que ocurre. El significado de la resurrección de Jesús le será desvelado por el mismo Resucitado poco después (Jn 20,10-18). Ahora convoca a dos discípulos de gran autoridad y los invita a implicarse de nuevo en la causa de Jesús.

Entre Pedro y el discípulo amado se inicia una especie de rivalidad encubierta que se nota en el hecho de correr juntos, de llegar uno primero y ceder la entrada al otro, y, sobre todo, en el “ver y creer” de uno de ellos.

Los evangelios hablan de la vida de Jesús, pero también reflejan la vida de las comunidades a las que fueron dirigidos. Eso se aprecia claramente en este pasaje del evangelio de Juan. El discípulo amado lideró la comunidad joánica, convirtiéndose para ella en el punto de referencia. Su autoridad en el grupo llegó a ser más que la del mismo Pedro, lo que dificultó la integración de estas comunidades en la gran Iglesia, donde la figura de Pedro gozaba de gran autoridad. Tanto el pasaje de hoy como algunos otros manifiestan a la vez la dificultad y el enriquecimiento mutuo que supuso dicha integración.

Pedro y su enseñanza sobre Jesús gozaron en la primera Iglesia cristiana de gran autoridad, de enorme preeminencia. Esto ha quedado reflejado en los evangelios, y el presente pasaje lo manifiesta desde la perspectiva de la comunidad joánica y de su situación histórica concreta. Por eso, aunque Pedro llega más tarde al sepulcro, le corresponde entrar primero, comprobar el estado de los lienzos funerarios y certificar la tumba vacía. Pero este apóstol, aunque miró, no sabe ver; la autoridad y su puesto al frente de la gran Iglesia no son suficientes para descubrir lo que se esconde tras esos signos. El sepulcro vacío y los lienzos producen en él asombro, pero no la fe pascual.

El discípulo al que Jesús tanto quería entra también en el sepulcro. Los lienzos tendidos y el sudario enrollado en un sitio aparte encienden una luz en su interior: ¡Jesús ha resucitado! ¡No han podido robar el cadáver, pues un ladrón no se habría detenido en dejar recogidos los lienzos mortuorios!

A través de los signos que no supo interpretar Pedro, el discípulo amado ve y cree. El amor y la intimidad que le unieron con Jesús de Nazaret le han abierto los ojos. Hasta entonces no había entendido la Escritura, pero a partir de ahora va a ser testigo de aquello que ha visto y oído, incluso que ha tocado (1Jn 1,1-3). De este modo, otros muchos, vinculados por la fe y el amor a Jesucristo, podrán creer aun sin haber visto (Jn 20,29).

ACTUALIZAMOS

El relato del sepulcro vacío ayudó a las primeras comunidades a expresar su fe. También nosotros confesamos que Jesús ha resucitado y que es urgente leer los signos de la resurrección de Cristo que aparecen en nuestra existencia cotidiana:

  1. La tumba vacía y los lienzos ordenados sirven de signo al discípulo amado. Porque supo mirar, pudo ver y creer:

¿Descubro yo en este pasaje algo que me ayude a seguir creyendo con más firmeza en la resurrección de Jesús?

  1. En este mundo:

¿Con qué mirada busco a Jesús, con qué ojos trato de descubrir su presencia en medio de la realidad?

¿Por qué a veces no lo reconozco cuando sale a mi encuentro?

  1. Celebramos con la Iglesia la certeza de que Jesús ha vencido a la muerte:

¿Influye mi fe en la resurrección en la vida cotidiana?

¿Cómo se nota?

  1. En nuestra sociedad:

¿Qué signos de vida y esperanza, de resurrección, descubrimos a nuestro alrededor?

LECTIO DIVINA – JUEVES SANTO

Lectura del libro del Éxodo 12, 1-8. 11-14

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto:

«Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de los hijos de Israel: “El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino más próximo a su casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo.

Será un animal sin defecto, macho, de un año; lo escogeréis entre los corderos o los cabritos.

Lo guardaréis hasta el día catorce del mes y toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer”. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas.

Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor.

Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.

La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora, cuando yo hiera a la tierra de Egipto.

Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis».

Salmo 115, 12-13. 15-16. 17-18

R/ El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo.

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R/.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas. R/.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R/.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 23-26

Hermanos:

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo:

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:

«Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dice:

«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».

Jesús le replicó:

«Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».

Pedro le dice:

«No me lavarás los pies jamás».

Jesús le contestó:

«Si no te lavo, no tienes parte conmigo».

Simón Pedro le dice:

«Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dice:

«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

COMPRENDER EL TEXTO

Éxodo 12,1-8.11-14. Prescripciones sobre la cena pascual

Este pasaje del Éxodo ofrece un conjunto de textos litúrgicos para la celebración del memorial de la salida de Egipto. Se trata de diversas prácticas acompañadas de la celebración de «la fiesta en honor del Señor» (v. 14). El memorial evoca todo un conjunto de aspectos que estaban relacionados con esta salida: la pascua, el sacrificio del cordero, los panes sin fermentar, el rescate de los primogénitos.

El primer mes es el mes de las espigas (marzo-abril). El origen del nombre de Pascua está relacionado en este texto con el paso del Señor, que «pasa de largo» y guarda la vida de los primogénitos de los que la celebraban. La fiesta se convirtió en el memorial también de la acción salvadora de Dios que les hacía pasar de la esclavitud a la libertad.

El acto de comer el cordero con panes sin fermentar muestra la unión de dos antiguas fiestas, una relacionada con el mundo de los pastores y la otra con el mundo de los agricultores, que la celebraban después de la cosecha de la cebada. El texto del Éxodo remarca el acto liberador de la salida de Egipto.

1ª Corintios 11,23-26. Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Este pasaje de Pablo recuerda a los corintios de qué manera les transmitió la tradición de la Cena del Señor. Pablo empieza presentándose como receptor de la tradición para, seguidamente, describir la tradición recibida (vv. 23b-26). Finalmente, en el v. 26 vuelve a hablar el que escribe, el cual acentúa la interpretación teológica de la celebración, que es un anuncio de la muerte del Señor hasta que vuelva.

Jesús mismo es el protagonista de la sección central del fragmento, con las palabras que dice y los gestos que realiza «en la noche en que iba a ser entregado». Las palabras sobre el pan dan la interpretación de su entrega: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». Y después de cenar, las palabras sobre el cáliz inauguran una nueva alianza. Tanto las palabras sobre el pan como las palabras sobre el vino servirán de memorial para celebrar la entrega de Jesucristo y para anunciar su muerte hasta que vuelva.

La celebración, que es memorial de la nueva alianza, será un camino para fortalecer más y más el vínculo de los participantes con su Señor, que ha dado su vida por ellos. El ámbito de una comida fraterna ha de ayudar a renovar la adhesión a Jesucristo y a participar de los frutos de su donación.

Juan 13,1-15. Los amó hasta el extremo

Dentro del evangelio de Juan, el capítulo 13 sitúa a Jesús en las vísperas de la fiesta de Pascua, en el momento en que llega su hora de pasar de este mundo al Padre. El conocimiento que Jesús tiene de este momento lo lleva a vivir más intensamente la relación de amor que siempre ha mantenido por los suyos. Con el lavatorio de los pies les muestra ahora este afecto. Este acto se realiza, según dice Juan, en íntima unión con el Padre, hacia el cual Jesús volverá con su pasión, la mayor acción salvadora para aquellos que amará hasta el final.

En un ambiente de gran intensidad dramática, Jesús se dispone a actuar como un sirviente y empieza a lavar los pies a sus discípulos incluyendo incluso a Judas, que lo iba a traicionar (vv. 4-5). Sorprende que Pedro no se deje lavar los pies, pero esta resistencia da pie a un diálogo en el cual Jesús le manifiesta que lo que no comprende ahora lo comprenderá más tarde, lo comprenderá cuando Jesús sea glorificado.

El empecinamiento de Pedro choca, sin embargo, con la palabra de Jesús: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (v. 8). Entonces el discípulo accede no sólo a que le laven los pies, sino también las manos y la cabeza… Jesús, con paciencia, explica a Pedro que los que se han bañado no necesitan ser lavados de nuevo. Ahí puede haber una alusión al hecho de que los judíos «subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse» (Jn 11,55), aunque en tiempo del evangelio de Juan, la imagen del baño contiene una referencia al bautismo.

La parte final del lavatorio deja muy claro que el ejemplo de Jesús debe ser seguido por sus discípulos: ellos han de comprender el significado de la acción de Jesús y, muy concretamente, han de procurar ponerla en práctica en máxima sintonía, dentro de lo posible, con lo que han aprendido de su maestro.

  • El acierto de arrodillarse

El señor lavando los pies al esclavo. El amo sirviendo al criado en la mesa. El rey hospedando al mendigo. Es un cambio maravilloso en las relaciones entre Dios y la persona humana. A partir de la última cena solamente habrá una clase de creyentes: los que aman y se dejan amar. Habrá intensidades de este amor, pero el que quiera seguir a Jesús ha de reproducirlo en su vida, ha de demostrar hasta qué punto es capaz de amar y ser amado.

Más allá de los discursos, el ejemplo de Jesús es muy claro. Hay que abajarse. Hay que ponerse de rodillas y no precisamente ante la grandeza sino ante la pequeñez y la insignificancia de las personas. No se trata de reverenciar o halagar a quien más tiene (que es una forma muy sutil de esclavitud) sino de acariciar, reanimar y servir sin hacer cálculos a quienes más necesiten (que es la forma más espléndida de libertad). Quien se hinca de rodillas comprende las heridas del hermano, tanto las físicas como las afectivas y espirituales. Y se convierte en mensajero de la fortaleza y la ternura de Dios. Quien se arrodilla se coloca en la postura justa para aprender a callar, a no perder el tiempo con palabrería vacía. Quien se pone de rodillas comienza a descubrir un rostro más auténtico de Dios.

  • Presencia velada

«Es propio del amor abajarse» afirmaba Teresa del Niño Jesús. El día de Navidad lo descubríamos en la fragilidad de un niño indefenso. Ese amor de Dios se va a hacer todavía más patente el viernes santo, cuando hundirá sus raíces en el desprecio más profundo y morirá en el suplicio de la cruz. Pero, ese amor se hace permanente, sostenible, en su presencia en la Eucaristía. Una presencia velada, pero no menos cierta y real. Es una invitación a todos nosotros a transformar las realidades inmediatas de la vida –nuestro pan y nuestro vino cotidianos– en presencia de paz, de perdón, de bendición. En la Eucaristía es Cristo quien nos quiere celebrar como personas que somos sacramento de unidad, de gozo en la fe compartida, de fiesta ante la certeza del triunfo definitivo del bien. Todo ello, ciertamente, queda como velado, como escondido, a causa de nuestras pobrezas, pecados y limitaciones. Pero no por ello estamos menos seguros de que esa es la misión que nos encomendó en la intimidad de aquella última cena.

  • La riqueza del presente

Se funden en una misma realidad servicio y sacramento, misión y testimonio, intimidad en torno a la mesa y soledad en la cruz. Todo, en la vida, adquiere sentido. Nada se pierde en el absurdo. Jesús lo asume todo: la cálida amistad del cenáculo y la fría desnudez de la cruz. Todo es pan y vino de nuevas eucaristías. Necesitamos, como Jesús, ver más allá de las apariencias y descubrir la huella de Dios, aunque esté velada por tantas oscuridades.

Jueves Santo, jueves de testamento, de responsabilidades, de misión para todo cristiano que ocupe un asiento en la mesa de la eucaristía. Pero al mismo tiempo, esa misma eucaristía es garantía de que él, Jesús, está con nosotros como alimento y como bebida, como camino, como verdad y como vida.

LECTIO DIVINA – CICLO B – DOMINGO DE RAMOS

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 11, 1-10

(Para la bendición de ramos)

Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles:

«Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto”».

Fueron y encontraron el pollino en la calle atado a una puerta; y lo soltaron. Algunos de los presentes les preguntaron:

«¿Qué hacéis desatando el pollino?»

Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron.

Llevaron el pollino. le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás, gritaban:

«¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!».

EUCARISTÍA

Lectura del libro de Isaías 50, 4-7

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.

El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.

El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R./ Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere.» R./

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R./

Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R./

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel». R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11

Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.

Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 14,1-15,47

[La división por secciones en letra roja es para facilitar la oración, por pasajes; es división litúrgica; no se lee al proclamar la lectura]

 Andaban buscando cómo prender a Jesús a traición y darle muerte

C. Faltaban dos días para la Pascua y los Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando cómo prender a Jesús a traición y darle muerte. Pero decían:
S.— «No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo».

Se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura

C. Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y se lo derramó sobre la cabeza. Algunos comentaban indignados:
S.— «¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres».
C. Y reprendían a la mujer. Pero Jesús replicó:
+ — «Dejadla, ¿por qué la molestáis? Una obra buena ha hecho conmigo. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no me tenéis siempre. Ella ha hecho lo que podía: se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. En verdad os digo que, en cualquier parte del mundo donde se proclame el Evangelio, se hablará de lo que esta ha hecho, para memoria suya».

Prometieron a Judas Iscariote darle dinero

C. Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron darle dinero. Él andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

¿Cuál es la habitación dónde voy a comer la Pascua con mis discípulos?

C. El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
S.— «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?».
C. Él envió a dos discípulos diciéndoles:
+ — «Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa adonde entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?”.
Os enseñará una habitación grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí».
C. Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua.

Uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo

C. Al atardecer fue él con los Doce. Mientras estaban a la mesa comiendo dijo Jesús:
+ — «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo».
C. Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro:
S.— «¿Seré yo?».
C. Respondió:
+ — «Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre será entregado!; ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre de la alianza

C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo;
+ — «Tomad, esto es mi cuerpo».
C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron.
Y les dijo:
+ — «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».

Antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres

C. Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos. Jesús les dijo:
+ — «Todos os escandalizaréis, como está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”.
Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».
C. Pedro le replicó:
S.— «Aunque todos caigan, yo no».
C. Jesús le dice:
+ — «En verdad te digo que hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres».
C. Pero él insistía:
S.— «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
C. Y los demás decían lo mismo.

Empezó a sentir espanto y angustia

C. Llegan a un huerto, que llaman Getsemaní, y dice a sus discípulos:
+ — «Sentaos aquí mientras voy a orar».
C. Se lleva consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir espanto y angustia, y les dice:
+ — «Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad».
C. Y, adelantándose un poco, cayó en tierra y rogaba que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y decía:
+ — «¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz.
Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres».
C. Vuelve y, al encontrarlos dormidos, dice a Pedro:
+ — «Simón ¿duermes?, ¿no has podido velar una hora? Velad y orad, para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
C. De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió y los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se les cerraban. Y no sabían qué contestarle. Vuelve por tercera vez y les dice:
+ «Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

Prendedlo y conducidlo bien sujeto

C. Todavía estaba hablando, cuando se presenta Judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos, mandada por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:
S.— «Al que yo bese, es él: prendedlo y conducidlo bien sujeto».
C. Y en cuanto llegó, acercándosele le dice:
S. — «¡Rabbí!»
C. Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo prendieron. Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo:
+ — «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como si fuera un bandido? A diario os estaba enseñando en el templo y no me detuvisteis. Pero, que se cumplan las Escrituras».
C. Y todos lo abandonaron y huyeron.
Lo iba siguiendo un muchacho envuelto solo en una sábana; y le echaron mano, pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.

¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?

C. Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los escribas y los ancianos. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del patio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados a la lumbre para calentarse.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban. Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban. Y algunos, poniéndose de pie, daban falso testimonio contra él diciendo:
S.— «Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este templo, edificado por manos humanas, y en tres días construiré otro no edificado por manos humanas”».
C. Pero ni siquiera en esto concordaban los testimonios.
El sumo sacerdote, levantándose y poniéndose en el centro, preguntó a Jesús:
S.— «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
C. Pero él callaba, sin dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote:
S.— «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?».
C. Jesús contestó:
+ — «Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo».
C. El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice:
S.— «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?».
C. Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:
S.— «Profetiza».
C. Y los criados le daban bofetadas.

No conozco a ese hombre del que habláis

C. Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llega una criada del sumo sacerdote, ve a Pedro calentándose, lo mira fijamente y dice:
S.— «También tú estabas con el Nazareno, con Jesús».
C. Él lo negó diciendo:
S.— «Ni sé ni entiendo lo que dices».
C. Salió fuera al zaguán y un gallo cantó. La criada, al verlo, volvió a decir a los presentes:
S.— «Este es uno de ellos».
C. Pero él de nuevo lo negaba. Al poco rato, también los presentes decían a Pedro:
S.— «Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo».
C. Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:
S.— «No conozco a ese hombre del que habláis».
C. Y enseguida, por segunda vez, cantó el gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús:
«Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres», y rompió a llorar.

¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, hicieron una reunión. Llevaron atado a Jesús y lo entregaron a Pilato.
Pilato le preguntó:
S.— «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Él respondió:
+ — «Tú lo dices».
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
S.— «¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan».
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba extrañado. Por la fiesta solía soltarles un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los rebeldes que habían cometido un homicidio en la revuelta. La muchedumbre que se había reunido comenzó a pedirle lo que era costumbre.
Pilato les preguntó:
S.— «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S.— «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?».
C. Ellos gritaron de nuevo:
S.— «Crucifícalo».
C. Pilato les dijo:
S.— «Pues ¿qué mal ha hecho?».
C. Ellos gritaron más fuerte:
S.— «Crucifícalo».
C. Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Le ponen una corona de espinas, que habían trenzado

C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio -al pretorio- y convocaron a toda la compañía. Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S.— «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacan para crucificarlo.

Conducen a Jesús al Gólgota

C. Pasaba uno que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo; y lo obligan a llevar la cruz.
Y conducen a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»),

«Fue contado entre los enemigos»

C. y le ofrecían vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucifican y se reparten sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.
Era la hora tercia cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.

A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar

C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S.— «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz».
C. De igual modo, también los sumos sacerdotes comentaban entre ellos, burlándose:
S.— «A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos».
C. También los otros crucificados lo insultaban.

Jesús, dando un fuerte grito, expiró

C. Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente:
+ — «Eloí Eloí, lemá sabaqtaní?».
C. (Que significa:
+ — «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S.— «Mira, llama a Elías».
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo:
S.— «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo».
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S.— «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».
C. Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas María la Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de Joset, y Salomé, las cuales, cuando estaba en Galilea, lo seguían y servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

José rodó una piedra a la entrada del sepulcro

C. Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro noble del Sanedrín, que también aguardaba el reino de Dios; se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.
Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto.
Informado por el centurión, concedió el cadáver a José. Este compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de Joset, observaban dónde lo ponían.

 COMENTARIO

Con el Domingo de Ramos iniciamos el recorrido pascual con la entrada de Jesús en Jerusalén. Fue un triunfo relativo, al estilo de Jesús, vestido de humildad, paz y mansedumbre. Pero podemos verlo como proclamación de su mesianismo.

En la Eucaristía escucharemos ya el primer relato de la Pasión del Señor.

COMPRENDER EL TEXTO

Evangelio de la procesión de los ramos: Marcos 11, 1-10

Antes de la procesión de Ramos, el fragmento evangélico de san Marcos nos hace asistir a los preparativos de la entrada de Jesús en Jerusalén. No se tratará de una entrada triunfal, sino de una entrada mesiánica llena de humildad, en la cual el Mesías entrará montado sobre un borrico (Zacarías 9,9). Jesús encarga a los discípulos ir a buscar a la aldea de enfrente a este animal, y los discípulos lo recogen y lo llevan al maestro.

Una vez Jesús en su montura, la gente le alfombraba el camino por donde pasaba, el mismo camino que lo llevará a la pasión. Con una doble aclamación la gente le gritaba «Hosanna», y después ¡Hosanna en el cielo!, es decir, cerca de Dios, de quien viene Jesús, «el que viene en nombre del Señor» (salmo 117,26). Como «hijo de David», Jesús es aclamado como rey pacífico que se encamina al Templo.

Isaías 50,4-7: No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado

Se trata de una escena vivida por uno de los discípulos del Segundo Isaías o bien por el mismo Siervo del Señor, que sabe escuchar como un discípulo la Palabra de Dios y que, con su propia palabra, sabe «decir al abatido una palabra de aliento» (v. 4), inicialmente durante el exilio en Babilonia. Pero él mismo ha de soportar maltratos de sus propios compañeros, como tantos otros profetas.

En tanto que «discípulo» el profeta ha de escuchar y experimentar las mismas palabras y enseñanzas que él mismo buscará transmitir a los demás. «El Señor Dios me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás» (v. 5), y esto le ha comportado azotes, ofensas y salivazos. Pero, «el Señor Dios me ayuda… por eso endurecí el rostro como pedernal» (v. 7), como confiesan también otros profetas, a quien el Señor les dice: «Mira, hago tu rostro tan duro como el de ellos, y tu cabeza terca como la de ellos; como el diamante, más dura que el pedernal hago tu cabeza» (Ezequiel 3, 8-9).

Filipenses 2,6-11. Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo

El conocido himno de la carta a los Filipenses presenta el fuerte contraste entre la humillación hasta la muerte a que se ve sometido Jesús y la exaltación por encima de cualquier otro nombre que le da Dios. Su «condición divina» Cristo no quiso guardársela para él solo, sino que se hizo igual a todos los hombres e incluso se rebajó más que ninguno hasta «la condición de esclavo», como un servidor de sus hermanos, abnegado hasta el extremo, hasta una muerte injusta en la cruz.

La respuesta de Dios toma una forma positiva, hasta dar al Siervo sufriente el nombre más grande, el nombre de «Kyrios» o «Señor», nombre que merece inclinación y reconocimiento, y que es la más grande expresión de alabanza «para gloria de Dios Padre».

No nos cansamos de meditar este himno cristológico, recogido por Pablo. Cristo el Hijo de Dios que no quiso presentarse como Dios, sino como Hijo de hombre. Se despojó de lo divino y se vistió de lo humano. Parece locura, pero es misterio.

No sólo aceptó la dramática condición humana, sino la insoportable crueldad humana, sometiéndose a la muerte más indigna e injusta.

Dios lo ensalzó y lo constituyó Señor y Salvador del mundo.

Marcos 14,1-15.47. Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos

En el evangelio de Marcos, el relato de la pasión de Jesús está construido con mucha atención. Incluso es probable que se base en un texto anterior. De hecho, es un relato del camino de Jesús hacia la muerte y quiere ayudar a integrar el ministerio del Mesías con la paradoja de la cruz.

Para dar un pleno sentido a la fe cristiana, la predicación y la catequesis necesitaban un relato de los últimos acontecimientos del camino del Hijo del hombre, un camino que pasa por la crucifixión pero llega hasta la resurrección. En este acontecimiento está condensado el núcleo de la fe cristiana.

El relato de Marcos es el más cercano a los hechos. Lo hace con sobriedad y respeto a los sufrimientos de Jesús en su cuerpo y en su alma. No mitiga la crueldad de los acontecimientos. Al final, después del velo rasgado, recoge la confesión de fe del centurión. Difícil creer en un Mesías y un Hijo de Dios que muere en cruz, dando un fuerte grito.

Desde el episodio de la unción de Betania (vv. 1-11) el lector y el oyente son conducidos hasta el ágape pascual (vv. 12-25), momento del anuncio profético del sentido de la muerte del Maestro, que le ha de llevar a participar en el Reino de su Padre.

La plegaria de Getsemaní, el arresto, la comparecencia ante el sanedrín, las negaciones de Pedro, la presentación de Jesús ante Pilato, los maltratos, la crucifixión, la muerte y el entierro son las etapas de este camino del Señor en solidaridad redentora con el camino de toda la humanidad. En el horizonte hay, sin embargo, una esperanza que no será defraudada.

ENTRADA TRIUNFAL

La entrada de Jesús en Jerusalén se presenta como triunfal. Es un reconocimiento público, popular, de Jesús como el Mesías, el Ungido de Dios. Fueron gente sencilla, los discípulos, quizá los niños, quienes, en una reacción espontánea, levantaron sus voces y sus ramos dando vivas a Jesús. Fue un entusiasmo popular. Jesús iba montado en un borrico. Como nada estaba preparado, utilizaron ramas cortadas en el campo y sus propios mantos para alfombrar el camino, la gente iba detrás y delante de Jesús y del borrico. Los discípulos, inicialmente sorprendidos, se convirtieron después en protagonistas de la procesión.

ENTRADA MESIÁNICA

La entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un pollino, no es un triunfo que pudiera ser reseñado en los libros de historia, tampoco aparecería hoy en las portadas de nuestros medios de comunicación. Su importancia fue más bien teológica. No hay epifanías ni voces del cielo, pero sí se recoge la voz del pueblo, de ese pueblo pobre y humilde, pueblo mesiánico de Dios. El salmo 117 y el profeta Zacarías anuncian este acontecimiento:

  • “Escuchad, hay cantos de victoria en las tiendas de los justos…
  • Abridme las puertas de la salvación, y entraré para dar gracias al Señor…
  • La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular…
  • Éste es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo…
  • Bendito el que viene en nombre del Señor…
  • Ordenad una procesión con ramos” (Salmo 117,15.19.22.24.26-27).

El profeta Zacarías nos describe el estilo, el perfume y las circunstancias de esta procesión:

“¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna. Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; romperá el arco guerrero y proclamará la paz a los pueblos”. (Zac 9,9-10)

UN TRIUNFO, PERO AL REVÉS

Humanamente hablamos de triunfo cuando se consigue victoria sobre el enemigo, sea militar, sea político o cultural. Se emplea la fuerza, la palabra, la riqueza, el saber. Aquí es la victoria de la no violencia, de la no fuerza, de la no riqueza, del no éxito, del no orgullo, de la no sabiduría. Un no rotundo a la soberbia y a la autosuficiencia humanas. Un sí pleno a la voluntad del Padre y a los valores del Reino de Dios.

El triunfo de la paz. El triunfo de la bendición. El triunfo de la mansedumbre. El triunfo de la humildad. El triunfo de la pobreza y la solidaridad. El triunfo de la alegría. El triunfo de Jesús, el Mesías.

El mismo Jesús encarna en plenitud estos valores:

  • “Él mismo será la paz” (Mq 5,4)
  • “nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos” (Ef 1,3)
  • “Soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29)
  • “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9,58)
  • Cristo es hijo de las Bienaventuranzas, que son bendiciones y alegres noticias.
  • Cristo es el Amor, servicial y entregado hasta el fin.
  • Cristo es el Rey que no avasalla ni se impone, sino que sirve y libera; es el Rey que hace reyes.

ACTUALIZAMOS

COMPENETRADOS CON JESÚS

Las lecturas de este domingo nos hacen ser testigos de una situación paradójica, la de un Mesías muy alejado de lo que se esperaba de él. Así es Jesús y así es el Dios de Jesús. Estas lecturas nos ayudarán a reflexionar y profundizar sobre las ideas que tenemos de Dios y de Jesús y sobre cómo somos sus discípulos, en medio de una sociedad que promueve valores muy diferentes.

  1. Jesús entra en Jerusalén realizando un gesto profético.

¿Qué gestos proféticos estamos llamados a realizar durante este tiempo?

¿Cómo contar a otros con hondura y claridad lo que nos dicen los textos de hoy?

  1. La entrada de Jesús en Jerusalén a lomos de un borriquillo habla de un Mesías pacífico y humilde.

¿La paz y la humildad son valores importantes en mi vida?

¿Cómo puedo favorecerlos en mi ambiente?

  1. La gente de la época de Jesús esperaba un Mesías todopoderoso que instaurara su reinado, liberase a Israel y lo colocara a la cabeza de las naciones. Y yo,

¿Espero un Mesías que nos de poder y fama?

¿Cómo es el Reinado de Dios que aguardo?

LECTIO DIVINA – CICLO B – CUARESMA DOMINGO V

Lectura del libro de Jeremías 31, 31-34

Ya llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor -oráculo del Señor-.

Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días -oráculo del Señor-: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo:

«Conoced al Señor»,  pues todos me conocerán,  desde el más pequeño al mayor  -oráculo del Señor-, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados.

Salmo 50, 3-4. 12-13. 14-15

R./ Oh, Dios, crea en mí un corazón puro.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R./

Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R./

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R./

Lectura de la carta a los Hebreos 5, 7-9

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.

Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 12, 20-33

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:

«Señor, queremos ver a Jesús».

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.

Jesús les contestó:

«Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.

En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna.

El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre».

Entonces vino una voz del cielo:

«Lo he glorificado y volveré a glorificarlo».

La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

Jesús tomó la palabra y dijo:

«Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

COMENTARIO

El término que expresa las relaciones entre Dios y los hombres es Alianza. Desde los tiempos de Noé, alianza es sinónimo de salvación de Dios para su pueblo, y recuerda a la vez la constante infidelidad del pueblo con su Dios. El tema de la alianza del que habla con hondura nueva Jeremías recorre, por tanto, toda la Biblia. El profeta anuncia que el Señor quiere pactar una vez más, sellar una Alianza que no podrá romperse, cuyas condiciones quedan escritas en el corazón humano. Esa aproximación de Dios salvador para sellar la alianza se ha realizado de forma nueva y definitiva en Jesucristo, aunque por caminos inesperados e impensables: el servicio, el sufrimiento y la obediencia por amor que engendran, en la cruz, frutos de vida eterna.

El camino de Cristo, que sigue siendo inaudito como vía de salvación y de vida, se nos presenta también a nosotros como norma de vida plena.

COMPRENDER EL TEXTO

Estamos en el último domingo de Cuaresma, y al final de la primera parte del evangelio de Juan (Jn 11-12). La sección en la que se inserta el pasaje de hoy comienza narrando el signo de la resurrección de Lázaro, que es en cierto modo un anticipo de la de Jesús. Pero para llegar a la resurrección hay que pasar por la muerte y justamente en Juan 12 ya todo habla más claramente de la entrega y muerte de Jesús.

Hay dos tiempos a los que se refiere el evangelio de Juan: el tiempo de Jesús y el tiempo de la comunidad de Juan. El cristianismo naciente surge en un primer momento como un fenómeno judío y para judíos, pero después se abre al mundo griego y pagano. En esa misión Felipe y Andrés, que son dos discípulos con nombres griegos, serán instrumentos de evangelización de este nuevo mundo.

Andrés y Felipe sirven de enlace entre los griegos y Jesús, a quien comunican los deseos de aquellos. Pero Jesús sorprende con su repuesta: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”.

Jesús habla de su pasión, muerte y resurrección con dos términos muy presentes en el cuarto evangelio: la “hora” y la “glorificación”. Siente próxima la presencia de esa hora, que es la de la cruz. Será entonces cuando el mensaje salvífico alcance a todos los rincones de la tierra, cuando el mundo griego y el mundo pagano en general, verán a Jesús. En el mismo sentido está tomada la metáfora del grano de trigo, que acentúa la necesidad de la muerte para dar fruto.

Jesús aplica a la vida del discípulo lo que dice de sí mismo. El creyente ha de vivir, como el Maestro, desde el servicio y el seguimiento más radical, sabiendo que correrá su misma suerte. El recuerdo de este camino hace mella momentáneamente en Jesús y nos recuerda el pasaje de Getsemaní que relatan los otros evangelios (Mc 14, 32-42 y paralelos). Pero él, que es Señor y domina totalmente la situación, asume su destino porque sabe que ésta es la voluntad del Padre. La respuesta de éste es inmediata.

La voz del cielo habla de glorificación, una palabra que ha aparecido en versículos anteriores y que está muy relacionada con la “hora”. Como se podía ver en el evangelio del domingo pasado, en la cruz se expresa el triunfo definitivo de Jesús, el momento de su mayor gloria, porque en la cruz está presente la “elevación”. Dicho de otro modo, para Juan el Crucificado es a la vez el Resucitado.

Desde la cruz Jesús da la vida eterna al que cree (Jn 3, 17) y también se realiza el juicio del mundo. La cruz es posibilidad de salvación. Gracias al Crucificado y glorificado Dios atrae hacia sí a un nuevo pueblo que puede “ver” a Jesucristo. Misioneros como Felipe y Andrés y cada uno de los miembros de la comunidad joánica, harán posible este deseo que se coloca, al comienzo del pasaje del evangelio de hoy, en boca de “algunos griegos”. La Buena Noticia desborda el marco histórico de Jesús para dirigirse a los contemporáneos del evangelista y a los creyentes de todos los tiempos.

ACTUALIZAMOS

Casi al final de la Cuaresma aparece ante nuestros ojos cada vez con más claridad el destino de muerte de Jesús. Junto al anuncio de su glorificación tenemos un programa de vida cristiana y también un camino para dar fruto abundante y participar en su resurrección.

  1. En el evangelio de hoy Jesús ora al Padre.

¿En qué se parece mi oración a la de Jesús?

  1. La norma del vivir de Cristo y del cristiano es la del grano de trigo.

¿Cómo somos en nuestro estilo de vida cristiano “grano de trigo que muere”?

  1. En este mundo.

¿Qué hacemos personalmente y como Iglesia para que otros “vean” a Jesús?

¿El Jesús que presentamos es el que se revela en el pasaje de hoy?

La necesidad de la fe y la dinámica de servicio, renuncia y entrega para fructificar que hoy la Palabra de Dios ha puesto ante nuestros ojos, sólo pueden ser descubiertas y aceptadas por medio de la oración.

LECTIO DIVINA – CICLO B – CUARESMA DOMINGO IV «LAETARE»

Lectura del segundo libro de las Crónicas 36, 14-16. 19-23

En aquellos días, todos los jefes, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando las aberraciones de los pueblos y profanando el templo del Señor, que él había consagrado en Jerusalén.

El Señor, Dios de sus padres, les enviaba mensajeros a diario porque sentía lástima de su pueblo y de su morada; pero ellos escarnecían a los mensajeros de Dios, se reían de sus palabras y se burlaban de sus profetas, hasta que la ira del Señor se encendió irremediablemente contra su pueblo.

Incendiaron el templo de Dios, derribaron la muralla de Jerusalén, incendiaron todos sus palacios y destrozaron todos los objetos valiosos. Deportó a Babilonia a todos los que habían escapado de la espada. Fueron esclavos suyos y de sus hijos hasta el advenimiento del reino persa. Así se cumplió lo que había dicho Dios por medio de Jeremías:

«Hasta que la tierra pague los sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta cumplirse setenta años».

En el año primero de Ciro, rey de Persia, para cumplir lo que había dicho Dios por medio de Jeremías, el Señor movió a Ciro, rey de Persia, a promulgar de palabra y por escrito en todo su reino:

«Así dice Ciro, rey de Persia:

El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a ese pueblo, puede volver. ¡Que el Señor, su Dios, esté con él!»

Salmo 136, 1-2. 3. 4-5. 6

R./ Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.

Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar
con nostalgia de Sion;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. R./

Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sion» R./

¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. R./

Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2, 4-10

Hermanos:

Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo -estáis salvados por pura gracia-; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir.

Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.

En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

COMENTARIO

Dios crea al ser humano por amor. Y este amor es la esencia de su actuación en toda la historia de la salvación. Por amor, Dios perdona al pueblo a pesar de su infidelidad y le permite regresar del exilio, como leemos en el pasaje del libro de las Crónicas. Y tanto amó Dios al mundo que entregó a la muerte a su Hijo para que creyendo en él tengamos vida eterna, dice el evangelio. La misma idea recoge el texto de Efesios: por amor, cuando estábamos muertos por el pecado, él nos devolvió la vida con la resurrección de Jesús.

En nuestro camino cuaresmal, la Palabra de Dios es invitación a creer en el Señor Jesús y a aprender a vivir en el amor del Padre.

COMPRENDER EL TEXTO

Tras la intervención de Jesús en el templo, llegamos al relato del encuentro de Nicodemo. En este cuarto domingo de Cuaresma, vamos a leer la parte final de ese pasaje: la invitación del Maestro a creer en él para tener vida eterna.

Con la visita de Nicodemo a Jesús comienza el capítulo 3 del evangelio de Juan. El pasaje de hoy es la parte final de ese relato en el que, del diálogo entre los dos protagonistas, se pasa a un monólogo de Jesús.

El mensaje central de las palabras de Jesús lo encontramos en el versículo 16: Dios entregó a su Hijo para que todos los hombres y mujeres que había creado, aquí los denomina “el mundo”, creyendo en él tuvieran vida eterna.

La cruz tiene en el evangelio de Juan un sentido especial. La elevación en la cruz expresa el triunfo definitivo de Jesús, el momento de su glorificación. Desde ella, igual que si de un trono se tratara, Jesús da la vida eterna a la humanidad. Como imagen de la entrega de Jesús en la cruz, el evangelista comienza recordando la escena de la serpiente de bronce que Dios mandó hacer a Moisés en el desierto (Num 21, 4-9): los que habían sufrido la picadura de una serpiente, miraban a la de bronce colocada en lo alto de un asta y quedaban curados. La condición para ser curados era mirar la serpiente.

La voluntad inequívoca de Dios es la salvación de todo ser humano. Así se expresa con contundencia en el v. 17 pero está en la decisión de cada uno de aceptar o no. De hecho, la oferta de salvación pone en “crisis” a todo el mundo, es decir, coloca al ser humano en una situación crítica: la necesidad de juzgar qué prefieren, si la vida eterna o la condenación. Es el planteamiento que se desarrolla en los versículos siguientes.

El final de texto da un paso más. Desde el versículo 19, “luz” es la palabra que más se repite. La luz ha venido al mundo y ha hecho que se manifieste en dos tipos de personas: las que hacen el mal, que viven en las tinieblas, y las que actúan conforme a la verdad, la voluntad de Dios, que quieren permanecer en la luz. De esa manera, la fe y la vida van unidas. El que cree en Jesús, actúa inspirado por Dios y vive en la luz. El que no cree, hace lo malo y vive en las tinieblas. Esta oposición entre la luz y las tinieblas aparece en lugares muy significativos de la Biblia: en el primer momento de la creación (Gn 1,1-5) o al final del Apocalipsis (Ap 22,5). También se puede leer en el principio del evangelio de Juan (Jn 1,4-14).

El evangelio nos va señalando un camino para vivir la Cuaresma. El domingo pasado nos invitaba a revisar nuestro culto, y en éste nos anima a explorar nuestra fe en Jesús y nuestro estilo de vida. Nos anuncia que Jesús ha venido para salvar a todos, pero que esta salvación depende en cierto modo de nosotros. Podemos aceptarla y vivir en la luz o podemos rechazarla y vivir en las tinieblas. Dios nos deja a nosotros la decisión.

ACTUALIZAMOS

Buscamos vivir más años, deseamos una mayor calidad de vida… El evangelio de hoy nos ayuda a plantearnos el tema de la vida con mayor profundidad, en otros términos: vivir desde la fe en Jesús, vivir conforme a la verdad, vivir en plenitud. La luz del Señor ilumina la meditación y la actualización que nos sugiere el pasaje evangélico de hoy.

  1. El que cree en él tiene vida eterna. La fe no es una opción más, ni es un regalo más de los que recibimos. En la fe nos jugamos la vida, siendo conscientes de su importancia.

¿Qué podemos hacer para crecer en nuestra vida de fe?

  1. La lucha entre la luz y las tinieblas llega hasta nuestros días. Como creyentes estamos comprometidos con la victoria de la luz.

¿Qué estamos haciendo para vivir conforme a la verdad?

  1. La vida eterna no es solo una promesa que hallará cumplimiento en el final de nuestras vidas. Aquí y ahora, en nuestra opción de fe, estamos anticipando la vida eterna.

¿Cómo afecta a nuestra esperanza cristiana poder vivir el presente como adelanto de lo que será vivir en plenitud con el Señor?

El amor que Dios nos tiene se expresa en su forma más intensa en la muerte en cruz de su Hijo. Muere para que la humanidad tenga vida. Nuestra oración es de agradecimiento al Padre por su amor, por la vida que nos da. También es de petición: Señor, aumenta nuestra fe.

 

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XI

Lectura del libro del Éxodo 19, 2-6a

En aquellos días, llegaron los hijos de Israel al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña.

Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo:

«Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: “Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».

Salmo 99, 1b-2. 3. 5

R./ Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores. R./

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R./

El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 6-11

Hermanos: Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!

Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!

Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 9, 36-10, 8

En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:

«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:

«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.

Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

COMENTARIO

Siempre debemos orar al «dueño de la mies», que es Dios Padre, para que envíe obreros a trabajar en su campo, que es el mundo. Y cada uno de nosotros lo debe hacer con un corazón abierto, con una actitud misionera; nuestra oración no debe limitarse solo a nuestras peticiones, a nuestras necesidades: una oración es verdaderamente cristiana si también tiene una dimensión universal (Papa Francisco, 07-07-2019)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

En la lectura del Éxodo el pueblo llega al Sinaí, lugar importante por la revelación. Moisés sube a presencia de Dios: las subidas y bajadas tienen un sentido espiritual: Moisés sube y Dios le habla, baja al pueblo y comunica las palabras de Dios.

En la propuesta divina se revela el aspecto dialogal: el uso de los pronombres yo-vosotros indica una relación personal muy estrecha; y también el aspecto temporal: pasado, presente y futuro, es decir, la totalidad.

La primera parte mira al pasado, a las hazañas divinas de que han sido testigos los israelitas: habéis visto lo que he hecho con los egipcios, o sea, el poder liberador de Dios; su asistencia amorosa: os he llevado sobre alas de águila… y, definitivamente, la llamada a la intimidad divina: os he traído a mí. Se trata de un objetivo más trascendental que la llegada al Sinaí, pues lo esperado sería: «os he traído hasta aquí». El plan divino abraza la elección, la libertad, el pacto y la consagración definitiva de Israel.

La segunda parte mira al presente y tiene forma dialogal: Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza. El Señor considera al pueblo como un tú-vosotros, capaz de una relación personal y libre; por eso la propuesta es condicional. Dios invita a los hombres libres a ser sus aliados.

La tercera parte mira al futuro de Israel: si ellos cumplen lo pactado, el Señor de toda la tierra los tomará como posesión propia, los convertirá en un reino de sacerdotes y en una nación santa. La expresión «posesión personal» indica en hebreo la parte del rebaño propiedad del pastor, bajo cuya tutela hay otras ovejas. El pastor es responsable de todas: toda la tierra es mía, pero esa parte le pertenece; también esta expresión hebrea pueda tratarse del tesoro personal de un rey.

Un reino de sacerdotes quiere decir que este pueblo -no una élite- será el ministro de la presencia divina: tendrá en el mundo la función que la tribu de Leví tiene en el pueblo. Nación santa significa que Israel constituirá un espacio consagrado al único Santo con unas instituciones por las que será más fácil el acceso a él. Por ser una nación en la historia, su comportamiento exigirá una revisión y renovación continua al compás de los tiempos cambiantes.

En la lectura de san Pablo: En cuanto al contenido estos versículos son de una gran riqueza teológica que será ampliamente desarrollada sobre todo en Rom. 8. Aquí sólo se esboza. ¿Qué supone, pues, para Pablo el que los cristianos, en cuanto creyentes, tengan acceso a la salvación? En primer lugar la paz. No simplemente en el sentido sicológico de tranquilidad y serenidad de ánimo, sino en el sentido teológico semita de positiva relación con Dios y por tanto de plenitud de bienes, ya que Dios es fuente de todo bien. En segundo lugar, la esperanza. La esperanza como realidad presente que nos permite superar las más diversas y duras adversidades, y como apertura a un futuro glorioso. No se trata de alimentar un optimismo fácil o de favorecer una evasión perezosa del presente; al contrario, la apertura al futuro supone la plena asunción de responsabilidades con respecto al presente. Por otra parte, el hecho de haber entrado en comunión con Dios a través de la fe, no va a poner al cristiano a cubierto de toda adversidad; hasta es posible que las contrariedades aumenten. Pero el cristiano sabe que las fuerzas de la vida triunfarán sobre las de la muerte y por eso espera confiado.

En el Evangelio de san Mateo encontramos:

9,36-38 La mies es abundante. Estos versos han sido compuestos por Mateo como introducción al discurso de misión. Contienen abundantes referencias a pasajes del Antiguo Testamento, a través de las cuales el evangelista describe la misión de Jesús en términos muy familiares para los cristianos de origen judío, y explica el sentido de dicha misión como expresión de la solicitud de Dios por su pueblo.

Las primeras frases describen el estado en que se encuentra Israel: como ovejas sin pastor. El proyecto de Jesús, descrito en los capítulos anteriores, contrasta con la situación de un pueblo cansado y abatido. La alusión a la falta de pastores encierra un reproche contra los maestros espirituales del judaísmo (Ez 34; Zac 10,2) y recuerda la imagen de Dios como pastor de su pueblo (Sal 23). Esa es precisamente la tarea que ha asumido Jesús, pues sus sentimientos: sintió compasión de ellos son los mismos que Dios tenía por su pueblo.

La imagen de la recolección de la mies, que en los profetas representan el juicio último de Dios (Is 17,5; Jr 13,24; Jl 4,12-13; Mt 3,12; 13,30-39), pone a la misión de los discípulos un tinte de urgencia. Por su parte, la necesidad de rogar al dueño de la mies subraya que esta tarea no depende de los hombres, sino que es obra de Dios. A través de esta última exhortación, Mateo invita a su comunidad a contemplar la misión desde la perspectiva y los criterios de Dios, y a orar antes de emprender la tarea de anunciar el evangelio.

10,1-4 Llamada de los Doce. Hasta este momento, el evangelista sólo ha nombrado a cinco discípulos de Jesús: Pedro y su hermano Andrés (Mt 4,18), Santiago y su hermano Juan (Mt 4,21), y Mateo (Mt, 9,9). Ahora el grupo se completa hasta llegar al número simbólico de doce. Estos doce discípulos representan a las doce tribus de Israel, y serán las columnas del nuevo pueblo de Dios. Pedro encabeza la lista y Judas Iscariote la cierra. Ambos tendrán un protagonismo especial en el relato de la pasión (véase Mt 26, 27). Pedro, además, aparecerá con un papel especial en otros lugares del evangelio (véase Mt 14,28-31; 16,16-19 y 17,24-27).

Jesús convoca al grupo para entregarles la autoridad que ha de acompañar a sus palabras (Mt 7,28-29) y a sus signos (Mt 9,8). Esta autoridad se manifestará, como la de Jesús, en su dominio sobre las fuerzas de mal: expulsar demonios y curar enfermedades. Mateo subraya así la continuidad entre la misión de Jesús y la de sus discípulos, que aquí representan a la comunidad cristiana, enviada con el mismo poder de Jesús, para hacer presente el reino, cuya venida anuncia.

ACTUALIZAMOS

  1.  “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos”:

¿Te sientes parte de las personas que trabajan por el Reino de Dios?

¿De qué manera ayudas a extender el Reino de Dios?

  1. “…rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”:

¿Haces oración antes de comenzar la tarea de anunciar el Evangelio?

LECTIO DIVINA – CICLO B – CUARESMA DOMINGO III

Lectura del libro del Éxodo 20, 1-17

En aquellos días, el Señor pronunció estas palabras:

«Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud.

No tendrás otros dioses frente a mí.

No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra.

No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo el pecado de los padres en los hijos, hasta la tercera y la cuarta generación de los que me odian.

Pero tengo misericordia por mil generaciones de los que me aman y guardan mis preceptos.

No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso.

Recuerda el día del sábado para santificarlo.

Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas, pero el día séptimo es día de descanso, consagrado al Señor, tu Dios. No harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el emigrante que reside en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y lo que hay en ellos; y el séptimo día descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó.

Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar.

No matarás.

No cometerás adulterio.

No robarás.

No darás falso testimonio contra tu prójimo.

No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo».

Salmo 18, 8. 9. 10. 11

R./ Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. R./

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R./

El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. R./

Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 22-25

Hermanos:

Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 2, 13-25

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:

«Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:

«¿Qué signos nos muestras para obrar así?»

Jesús contestó:

«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré».

Los judíos replicaron:

«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero él hablaba del templo de su cuerpo.

Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

COMENTARIO

La primera lectura y el evangelio de hoy nos sitúan ante los dos pilares fundamentales para el judaísmo: la Ley dada por Moisés, y el templo, lugar sagrado donde se ofrecían los sacrificios rituales. Pero ambos pilares que debían servir para ayudar al pueblo a construir una sociedad justa estaban carcomidos por el legalismo y los intereses humanos. Por eso Jesús proclama una nueva ley que tiene como centro la VOLUNTAD DEL PADRE Y UN NUEVO TEMPLO QUE ES SU CUERPO.

Se nos invita por tanto desde el evangelio de hoy, a reflexionar sobre las implicaciones que este nuevo templo tiene para nuestro culto y nuestra vida.

COMPRENDER EL TEXTO

Cerca de la Pascua, una fiesta judía que recordaba la pascua (liberación de Egipto y paso por el desierto a la tierra prometida), Jesús se acerca a Jerusalén y va al templo, lo que allí ve le disgusta profundamente y siente la necesidad de denunciarlo. Como las palabras no son suficientes, recurre a los gestos, siguiendo la forma de actuar de los antiguos profetas.

Este domingo y los dos siguientes leeremos en la liturgia pasajes tomados del evangelio de san Juan que anuncian e interpretan el misterio pascual de Cristo. El que meditamos hoy se sitúa en el templo de Jerusalén y cuenta una de las acciones de Jesús que más llamaron la atención a sus contemporáneos.

Para los Judíos el templo era el lugar más sagrado. En él se daba culto a Dios y se le ofrecían sacrificios. Allí la gente compraba los animales para el sacrificio, pero tenían primero que cambiar sus monedas por la divisa del templo, por eso había mesas de cambistas y luego compraban las víctimas, por eso había vendedores de palomas y otros animales. Este sistema en torno al templo daba lugar a un gran negocio. Es en este contexto donde debemos situar la actuación de Jesús narrada en este episodio.

El relato tiene dos escenas que concluyen con una reflexión del evangelista.

En la primera escena se denuncia que el templo no se ajusta a los planes que Dios tenía. Demasiados intereses económicos, sociales y políticos ocultaban su sentido religioso. Por eso Jesús, con un gesto que recuerda las acciones llamativas y provocadoras de los antiguos profetas, echa fuera del templo a los vendedores y cambistas. Los discípulos interpretan el gesto desde una cita del Antiguo Testamento (Sal 69,10) y ven a Jesús como un apasionado, un devorado por la causa de Dios, lo que le llevará a la muerte.

Este gesto suscita dos reacciones inmediatas, como muestra la segunda escena de este pasaje (Jn 2,18-21). Los fariseos cuestionan con qué autoridad Jesús ha obrado así. El cuarto evangelista, a la luz del misterio pascual habla de la sustitución del templo por la persona de Jesús resucitado (Jn 2,21-22). Este es el significado más hondo del signo de Jesús. El RESUCITADO es el nuevo lugar de encuentro entre Dios y el hombre. A partir de la muerte y resurrección de Jesús, a las que se alude en el pasaje, Israel no necesitará reconciliarse con Dios a través de los sacrificios de la ley; antes bien, el pueblo quedará reconciliado por la entrega que Jesús, el cordero de Dios, hace de sí mismo. Aunque, esto solo podrá comprenderse a la luz de la resurrección.

Este relato tuvo una gran importancia para los primeros cristianos. Tras la destrucción de Jerusalén y del templo en el año 70, el judaísmo reconoció la LEY como “lugar” de la presencia de Dios. Para los cristianos, sin embargo, Jesús resucitado era el nuevo templo, la nueva presencia de Dios que ponía su morada entre nosotros. Él sigue siendo el nuevo lugar de encuentro entre Dios y la humanidad. Esto es lo que se nos invita a revisar en este camino de Cuaresma.

ACTUALIZAMOS

Algunas personas consideran que la actitud de Jesús en el templo fue violenta. Otros se preguntan si no reaccionaría hoy de manera similar ante muchas realidades de nuestra Iglesia, de nuestras parroquias, de nuestras familias cristianas, de cada uno de nosotros, sus seguidores.

  1. Jesús plantea un nuevo modo de celebrar la religiosidad basado en su persona.

¿Es Jesús y su mensaje el centro de nuestro culto y nuestra vida?

¿Qué deberíamos purificar en nuestras celebraciones?

  1. Jesús expulsa del templo a los vendedores de animales y a los cambistas.

¿Qué queda de mercantilismo en nuestras relaciones con Dios?

  1. Los templos de ladrillo son importantes para el culto. Pero solo tienen sentido cuando se sustentan en “Piedras vivas”

¿Qué debemos cambiar en nuestras vidas y comunidades para ser estas piedras vivas?

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO X «CORPUS CHRISTI»

Lectura del libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a

Moisés habló al pueblo diciendo:

«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no.

Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios.

No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».

Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20

R./ Glorifica al Señor, Jerusalén

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R./

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R./

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 16-17

Hermanos:

El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?

Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Disputaban los judíos entre sí:

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús les dijo:

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

COMENTARIO

El Señor alimenta a su pueblo y le da de beber para que viva y no muera. Ésa es la idea de fondo que resuena en las lecturas de hoy. El Deuteronomio nos recuerda cómo, al salir de Egipto, Dios alimentó a Israel mientas atravesaba el desierto, nutriéndolo con el maná y saciando su sed con el agua que brotó de la roca. El evangelio de Juan se atreve a corregir al Antiguo Testamento y presenta a Jesús como el verdadero pan que ha bajado del cielo. Su carne y su sangre son el auténtico alimento que procura la vida verdadera. Las referencias eucarísticas del pasaje son evidentes. Pablo saca las consecuencias comunitarias que se derivan de la participación en la mesa del Señor. Los que comen juntos de ese pan único que es Jesús no pueden luego vivir desunidos.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio de Juan no incluye un relato de la institución de la eucaristía semejante al que encontramos en Mateo, Marcos o Lucas. En cambio, casi todo su capítulo sexto está ocupado por un discurso de Jesús que, especialmente, en su última parte –el texto de hoy- nos ayuda a profundizar en el sentido de este sacramento.

En este capítulo sexto se nos narra el signo de la multiplicación de los panes (Jn 6,1-15) seguida de un discurso en el que se revela su intención más profunda (Jn 6,26-59). En él, Jesús se identifica con el alimento (“pan”) que Dios ha dado a la humanidad (“bajado del cielo”) y que es preciso asimilar mediante la fe (“comer”) para tener vida eterna. La última parte de este “discurso del pan de vida” -que es la que hoy leemos- suele conocerse como “discurso eucarístico” debido al vocabulario que utiliza. Pero no está fuera de lugar, como algunos piensan. De hecho, tanto el primer versículo (v. 51) como el último (v. 58) resumen las ideas fundamentales que Jesús ha desarrollado antes. Se debe interpretar, por tanto, en continuidad con el resto del discurso, sin olvidar por ello su dimensión eucarística.

Jesús asegura que ese pan que él da es su “carne”. Según la visión bíblica, la “carne” designa a la persona entera en su condición mortal. Por eso, el evangelio de Juan utiliza esta palabra para certificar que el Verbo de Dios se humanizó hasta las últimas consecuencias (Jn 1,14). O sea, que el pan del que habla Jesús es él mismo, su propia vida entregada totalmente desde su encarnación hasta su muerte. Una entrega libre, no impuesta, pues es él quien “da” ese pan, dándose a sí mismo “por la vida del mundo”.

Este discurso del “pan de vida” suscita la incomprensión y el rechazo de los oyentes (Jn 6,41.60.66). En este caso parece ser el realismo del lenguaje lo que provoca el escándalo de los judíos. Pero no sabemos lo que se esconde tras su intenso debate sobre las palabras de Jesús. Quizá las toman al pie de la letra y las reducen a su sentido materialista. O, por el contrario, han captado perfectamente su significado simbólico y rechazan a Jesús como salvador crucificado. En todo caso, este malentendido dará lugar a una aclaración posterior por parte de Jesús. En ella se habla de las consecuencias que tiene para el creyente “comer” y “beber” su “cuerpo” y su “sangre”.

La explicación que Jesús ofrece a los judíos repite las expresiones que les han irritado tanto. Y no sólo eso, pues a la invitación a “comer la carne” se añade también la necesidad de “beber la sangre”, algo abominable para la mentalidad bíblica. La sangre era identificada con la vida y, por lo tanto, pertenecía a Dios. Por eso, cuando se sacrificaba una víctima en el templo, su sangre era derramada sobre el altar, pero jamás consumida. Jesús, en cambio, insiste en que su carne y su sangre son “verdadera” comida y “verdadera” bebida capaces de saciar. Él es la víctima inmolada cuya muerte violenta se ha convertido, paradójicamente, en fuente de vida. Pero no de una vida puramente humana, sino de la misma vida del Hijo del hombre, la que merece el calificativo de “eterna” y se concreta en la promesa de la “resurrección”.

Los vv. 56-57 dan un paso más al explicar los efectos que procede en el discípulo participar de esta comida. Dice Jesús: el creyente “habita en mí y yo en él”. Esta afirmación resulta chocante desde el punto de vista natural, pues aquí es el “alimento” el que asimila al “alimentado”. Todo ello nos obliga a buscar el sentido profundo de estas palabras, seguramente inspiradas en las “fórmulas de alianza” del Antiguo Testamento. En ellas se establecía un pacto entre Yahvé e Israel: “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jr 31,33). Pero Jesús va más allá al plantear una relación de mutua intimidad que elimina toda distancia entre él y el creyente, ya que ambos habitan el uno en el otro. Esta imagen habla de la comunión recíproca con Cristo que debe caracterizar la vida del discípulo (Jn 15,4-7). Más todavía, esta “nueva alianza” apunta hacia el misterio de la Trinidad, pues está inspirada en la vinculación perfecta que el Hijo mantiene con el Padre, que es origen de toda vida y la transmite al creyente por medio de Jesús.

Es imposible leer estos versículos sin pensar en la eucaristía. En ella se actualiza sacramentalmente la muerte y la resurrección de Cristo. Al comer materialmente un pan que es su “carne”, nos solidarizamos con esa entrega total mediante la que Jesús nos ha comunicado su propia vida por amor: lo que nos recuerda el “discurso eucarístico” es que este gesto litúrgico se convierte en un gesto vacío si no va acompañado de una verdadera adhesión creyente a su persona.

ACTUALIZAMOS

Si la celebración de la Eucaristía no es expresión auténtica de nuestra fe en Jesús y de nuestra profunda comunión de amor con él, se transforma en un simulacro. Comemos y bebemos su sangre, pero nos desentendemos de su entrega por nosotros. Vamos a misa, pero no tenemos nada que ver con él.

  1. “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”:

¿Qué aspectos del misterio de Jesús te ayudan a descubrir este texto?

  1. “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”:

¿Vives la eucaristía como rutina o es expresión de tu fe en Jesús?

  1. “Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”:

¿Cómo te ayudan estas palabras a orientar tu compromiso cristiano?

¿Qué significa según estas palabras vivir “eucarísticamente”?