LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XX

Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7

Esto dice el Señor:

«Observad el derecho, practicad la justicia, porque mi salvación está por llegar, y mi justicia se va a manifestar.

A los extranjeros que se han unido al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que observan el sábado sin profanarlo y mantienen mi alianza, los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración; sus holocaustos y sacrificios serán aceptables sobre mi altar; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos».

Salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8

R./ Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. R./

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra. R./

Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga;
que le teman todos los confines de la tierra. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 13-15. 29-32

Hermanos:

A vosotros, gentiles, os digo: siendo como soy apóstol de los gentiles, haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a algunos de ellos.

Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida?

Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.

En efecto, así como vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios, pero ahora habéis obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se os ha otorgado a vosotros, para que también ellos alcancen ahora misericordia.

Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

«Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

«Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó:

«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella se acercó y se postró ante él diciendo:

«Señor, ayúdame».

Él le contestó:

«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Pero ella repuso:

«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús le respondió:

«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.

COMENTARIO

¿Cúal es la fe grande? La fe grande es aquella que lleva la propia historia, marcada también por las heridas, a los pies del Señor pidiéndole que la sane, que le dé sentido. Cada uno de nosotros tiene su propia historia y no siempre es una historia limpia; muchas veces es una historia difícil, con muchos dolores, muchos problemas y muchos pecados. ¿Qué hago, yo, con mi historia? ¿La escondo? ¡No! Tenemos que llevarla delante del Señor: «¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!» (Papa Francisco 16-08-2020)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

La primera lectura del libro de Isaías es un texto de reconciliación y compromiso; es la reconciliación entre el templo como casa de oración y como lugar de sacrificios. En el tiempo del exilio, los sacrificios rituales se habían vuelto imposibles (en el destierro) o al menos difíciles (en Jerusalén). La gente había comenzado a tomar conciencia de una relación con Dios mediante la oración, y probablemente también mediante la lectura y la explicación de la Torá.

En cuanto casa de oración, el templo está abierto a todos los que tienen necesidad de ella (Is 56, 6-7). El signo palpable de la apertura de este «nuevo templo» a todos es la aceptación también de eunucos y extranjeros, tradicionalmente excluidos. El texto propugna así la reconciliación entre grupos que de otro modo estarían condenados al odio mutuo por ciertas leyes sacerdotales (Ex 12,43; Dt 23,2; Ex 44,7-9). Esta reconciliación se extiende a todos los pueblos invitados a la montaña santa (Is 56,7).

En la segunda lectura a los Romanos, Pablo es consciente de que el objetivo final es siempre la salvación de todo el pueblo israelita y de toda la humanidad. Entre ambos procesos salvíficos existe -por decisión divina- una estrecha relación; se trata de algo misterioso, algo que pertenece a los designios profundos de Dios. Pero al mismo tiempo es algo que se encuadra perfectamente en el proyecto salvífico general de un Dios que ha permitido que todos seamos rebeldes para tener misericordia de todos (Rom 11,32; ver Gal 3,22).

Evangelio según san Mateo 15, 21-28 La mujer cananea. La oposición de los fariseos y maestros de la ley hace que Jesús se retire y se dirija a territorio pagano (Tiro y Sidón; véase Mt 11,21). Como en otros casos, Mateo abrevia el relato de Marcos e introduce algunos cambios significativos que intentan subrayar la fe de la mujer y el papel de los discípulos.

El relato del milagro realizado por Jesús se ha convertido para Marcos, y más para Mateo, en un motivo para mostrar la llegada del evangelio a los paganos. El apelativo de cananea, que Mateo da a la mujer, designa en el Antiguo Testamento a los paganos; y lo mismo sucede con la palabra perro, que para los judíos tenía un sentido despectivo. Mateo subraya el diálogo entre Jesús y esta mujer pagana, que por tres veces solicita su ayuda, reconociéndole de palabra como Señor e Hijo de David (Mt 15,22.25), y adorándole como Dios (Mt 15,25). Todos estos gestos hacen que finalmente Jesús alabe su fe (Mt 15,28) y se realice la curación. La fe, como en los relatos de milagros de Mt 8-9, es la condición necesaria para que se manifiesten los signos del reino.

En el diálogo de Jesús con la mujer aparece de nuevo el tema del pan, que está muy presente en toda esta sección. Aquí tiene claramente un sentido simbólico, pues se refiere a los signos que Jesús realiza. Comer las migajas que caen de la mesa de los hijos equivale a recibir de Jesús el don de la curación de su hija. Esta connotación simbólica ofrece algunas pistas para leer toda la sección en una clave distinta: el pan que Jesús reparte es algo más que pan material; es el pan del reino: su enseñanza y sus signos que lo hacen presente.

El papel de los discípulos en el relato es cada vez más importante, y Mateo lo subraya añadiendo los vv. 23-24, que no se encuentran en Marcos. Hacen de intermediarios entre Jesús y la mujer. La petición que le hacen a Jesús no debe entenderse en el sentido de despedir a la mujer, pues en ese caso la respuesta de Jesús no tendría sentido. Más bien lo que los discípulos le dicen es que atienda su petición, y por eso Jesús les responde con la objeción de que su misión se dirige sólo a Israel. Mateo está respondiendo a una situación concreta de su comunidad. Se dirige a los sectores que aceptaban con dificultad la entrada de los paganos en la Iglesia, y apoyaban su postura en las palabras de Jesús: Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Les recuerda que Jesús también se acercó a los paganos y descubrió en ellos una fe ejemplar (véase Mt 8,10), anunciando con aquellos encuentros la conversión a la fe de todos los pueblos y su entrada en la Iglesia (Mt 8,11-13; 28,16-20).

ACTUALIZAMOS

  1. «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David»

En tu historia ¿ves que en tus debilidades, Dios ha tenido compasión de ti, ha tenido misericordia?

  1. «Señor, ayúdame»:

En tus dificultades ¿pides ayuda al Señor, pones tus problemas en sus manos, se los presentas?

  1. «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas»:

¿Le pides a Dios que aumente tu fe, que aumente tu confianza en Él?

  1. Todas las lecturas de hoy nos hablan de la apertura de la salvación a todos (extranjeros, gentiles, cananea):

¿Cuál es tu actitud para vivir esta palabra de Dios hoy: con los migrantes, con la diversidad de personas y pueblos, con quienes se sienten y/o son excluidos en la sociedad y muchas veces también en la Iglesia?

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XIX

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a

En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».

Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.

Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.

Salmo 84, 9abc y 10. 11-12. 13-14

R./ Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R./

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justica y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R./

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5

Hermanos:

Digo la verdad en Cristo, no miento -mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo-: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo: «Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento.

Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

COMENTARIO

La barca a merced de la tormenta es la imagen de la Iglesia, que en todas las épocas encuentra vientos contrarios, a veces pruebas muy duras: pensemos en ciertas persecuciones largas y amargas del siglo pasado, y también hoy, en algunas partes. En esas situaciones, puede tener la tentación de pensar que Dios la ha abandonado. Pero en realidad es precisamente en esos momentos que resplandece más el testimonio de la fe, el testimonio del amor, el testimonio de la esperanza. Es la presencia de Cristo resucitado en su Iglesia que dona la gracia del testimonio hasta el martirio, del que brotan nuevos cristianos y frutos de reconciliación y de paz por el mundo entero. (Papa Francisco 09-08-2020).

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

La primera lectura del libro de los Reyes. Elías en el Horeb. Esta escena es el centro nuclear de todo el capítulo y contiene una clara alusión a las tradiciones de Moisés en el Sinaí (véase Ex 19,16ss; 33,18-23; 34,5-8): lo mismo que Moisés experimentó la presencia de Dios en el Sinaí en medio de terroríficos fenómenos naturales, así también (aunque con significado diferente) Elías asiste a la teofanía en el mismo lugar. Moisés se convirtió en instrumento privilegiado de Dios en la constitución del pueblo, y Elías aparece como el reformador que sigue las huellas del predecesor. La alianza que Dios concluyó con el pueblo por medio de Moisés se ve ahora seriamente amenazada de ruptura, según las palabras del profeta (1 Re 19,10.14), y por su medio habrá de ser conservada (1 Re 19,18). Hay que advertir que este paralelo entre Moisés y Elías es recogido en el Nuevo Testamento y reflejado especialmente en el relato de la transfiguración de Jesús (véase Mc 9,2-13 y par.).

La teofanía propiamente dicha, el pasar del Señor (1 Re 19,11), es descrita en términos sorprendentes, no carentes de polémica (1 Re 19,11-13). Sucesivamente se niegan tres fenómenos naturales (el huracán, el fuego, la tormenta) tradicionalmente teofánicos (véase Ex 19,16.18; 2 Sm 22,7-16; Is 29,6; Sal 49,3; 96,2-5), para terminar afirmando la manifestación de Dios en un ligero susurro (1 Re 19,12), lo que provoca la respuesta adecuada de Elías; se cubre el rostro (1 Re 19,13), ya que nadie puede ver a Dios y seguir vivo (Ex 33,20). La polémica, sin embargo, no va dirigida contra las concepciones tradicionales de la teofanía, sino contra la concepción fenicio-cananea que representaba a Baal como el dios del trueno y de la tormenta, y ante cuya voz potente temblaba la tierra (según la mitología ugarítica). La divinidad de Yahvé-el Señor es bien distinta: su presencia no se percibe tanto en los fenómenos tumultuosos y extraordinarios, cuanto en la voz casi silenciosa que sobrecoge y refleja la misma intimidad que experimentaron los profetas.

Segunda lectura de san Pablo a los Romanos. El dolor de Pablo ante la sangrante situación de su pueblo, amado por Dios y sin embargo rebelde, es tal que no duda en poner por testigos del mismo a Cristo y al Espíritu. Nadie como ellos para garantizar la sinceridad y la profundidad de su drama interior. La solidaridad con sus hermanos de raza (véase Flp 3,5) llega al punto de hacerle expresar un deseo imposible: experimentar en su persona la separación de Cristo y la maldición de Dios, con tal de que se salve el pueblo judío. Y realmente, si en el ámbito de las relaciones comunitarias no hay peor maldición-destrucción que el ser excluido de la comunidad, en el de las personales lo más lacerante es sentirse uno separado de la persona que más quiere. Uno se siente inclinado a pensar que Pablo habla aquí hiperbólicamente, pero cuando un amor es grande y sincero como el de Pablo, busca la expresión suprema.

Pero no es sólo la voz de la sangre. Hay razones poderosas para pensar que los israelitas no pueden ser definitivamente rechazados por Dios. La más poderosa es que Cristo, el Salvador, el que está sobre todas las cosas y es Dios bendito por siempre, es israelita (Rom 9,5).

Evangelio según san Mateo 14, 22-33 Jesús camina sobre las aguas. Una clave importante para leer este pasaje son las dos modificaciones que introduce Mateo sobre el relato paralelo de Marcos (Mc 6,45-52): el episodio de Pedro caminando sobre las aguas y el reconocimiento de Jesús como Hijo de Dios por parte de sus discípulos. Ambos detalles imprimen a este relato un tinte claramente eclesial y un valor simbólico.

La escena inicial (Mt 14,22-27) presenta de manera simbólica la situación en la que se encuentra la comunidad de Mateo después de la resurrección de Jesús: él está lejos, mientras ellos se encuentran a merced del mar y de los vientos. Las olas y el mar representan en el Antiguo Testamento las fuerzas del mal que Dios vence con su poder (Sal 77; Job 9,8; 38,16). Pero ahora es Jesús quien vence a esta fuerza maligna. Su manifestación a los discípulos tiene todos los rasgos de los relatos de apariciones: la escena tiene lugar de noche, lo mismo que la resurrección del Señor; Jesús viene a los suyos (véase Jn 20,19); los discípulos creen ver un fantasma (véase Lc 24,37-38); finalmente, Jesús se presenta afirmando su identidad: no temáis, soy yo. Mateo sólo habla de la oración de Jesús en dos ocasiones: aquí y en Getsemaní (Mt 26,36-44); y en ambos casos su oración precede a un momento de prueba para los discípulos.

El episodio del encuentro entre Jesús y Pedro (Mt 14,28-31) sólo se narra en Mateo y concuerda con otros pasajes en los que Pedro aparece como portavoz del grupo de los Doce (Mt 15,15; 16,16; 26,33), o recibe una instrucción de Jesús en privado (Mt 17,24-27), o el encargo de una tarea especial en la Iglesia (Mt 16,17-19). Esta es la primera vez que Pedro aparece en el evangelio como protagonista de un relato. Mateo quiere resaltar la fragilidad de su fe. Pedro se debate entre la confianza en Jesús y el miedo. El verbo que utiliza para describir su actitud aparece de nuevo en el relato del encuentro del resucitado con sus discípulos (Mt 28,17). Allí se refiere a la actitud de todos los discípulos con Pedro a la cabeza, que en el trance de la pasión se debatieron entre seguir a Jesús o abandonarlo. Mateo describe aquí la experiencia de muchos discípulos: siguen a Jesús decididamente, pero las dificultades hacen que sucumban y que tengan que ser sostenidos por Jesús.

En la última escena (Mt 14,32-33) el desconcierto inicial de los discípulos se convierte en una confesión de fe: verdaderamente eres Hijo de Dios. Estas palabras van acompañadas por unos gestos más fáciles de imaginar en las celebraciones litúrgicas de la comunidad de Mateo, que en una pequeña barca en medio del lago. Las palabras pronunciadas por los discípulos son las mismas que pronunciará Pedro en nombre de los Doce (Mt 16,16) y el centurión pagano al pie de la cruz (Mt 24,57). Esta confesión de fe refleja, pues, la convicción de la comunidad de Mateo, que reconocía a Jesús como Hijo de Dios frente a los judíos que dudaban de dicha divinidad. No es casualidad que éste sea uno de los títulos preferidos por Mateo para referirse a Jesús.

El relato de la tempestad calmada contiene, pues, una enseñanza dirigida a la comunidad cristiana, para que afronte con valentía, como Pedro, el riesgo del encuentro con Jesús; y para que, sintiendo siempre su presencia, no vacile ni tenga miedo ante las dificultades que la acosan.

ACTUALIZAMOS

  1. «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!»:

¿Confías en Jesús, sabiendo que Él te sostiene para que no tengas miedo?

  1. «Realmente eres Hijo de Dios»:

¿Reconoces que Jesús es el Hijo de Dios?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO X

Lectura del libro del Génesis 3, 9-15

Cuando Adán comió del árbol, el Señor Dios lo llamó y le dijo:

«¿Dónde estás?»

Él contestó:

«Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».

El Señor Dios le replicó:

«¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?»

Adán respondió:

«La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».

El Señor Dios dijo a la mujer:

«¿Qué has hecho?».

La mujer respondió:

«La serpiente me sedujo y comí».

El Señor Dios dijo a la serpiente:

«Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón».

Salmo 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8

R./ Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R./

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor. R./

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R./

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R./

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4,13 – 5,1

Hermanos:

Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él.

Pues todo esto es para vuestro bien, a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.

Por eso, no nos acobardamos, sino que, aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día.

Pues la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria, ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.

Porque sabemos que si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 3, 20-35

En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer.

Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.

Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:

«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».

Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:

«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.

En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».

Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.

La gente que tenía sentada alrededor le dice:

«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».

Él les pregunta:

«¿Quienes son mi madre y mis hermanos?».

Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:

«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

COMENTARIO

Jesús ha formado una nueva familia, que ya no se basa en vínculos naturales, sino en la fe en Él, en su amor que nos acoge y nos une entre nosotros, en el Espíritu Santo. Todos aquellos que acogen la palabra de Jesús son hijos de Dios y hermanos entre ellos. Acoger la palabra de Jesús nos hace hermanos entre nosotros y nos hace ser la familia de Jesús. Hablar mal de los demás, destruir la fama de los demás nos vuelve la familia del diablo. (Papa Francisco, 10-06-2018)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

Lectura del Génesis. Dios está a la vista, el hombre y su mujer escondidos. Dios lo llama. La pregunta ¿Dónde estás? marca la ruptura definitiva: el hombre ya no está con Dios.

Comienza la investigación; los implicados son remisos y el juez tiene que repetir tres veces su acusación (Gn 3, 11. 13. 14). Dios descubre y establece los hechos pero todavía no emite juicio. El acto, acorde con el tema, tiene forma de procedimiento judicial. Dios actúa como acusador y como juez: interroga a los inculpados, escucha su defensa y pronuncia la sentencia. A la pregunta divina el hombre confiesa con medias verdades; pero, al aceptar que está desnudo, se traiciona y descubre su secreto culpable: sólo desobedeciendo ha podido alcanzar el conocimiento que le lleva al miedo y a la vergüenza. La segunda interrogación es retórica: el Señor asegura que el hombre ha comido del árbol prohibido. Al defenderse, el varón rehuye su responsabilidad, se escuda en la mujer y acusa verdaderamente a Dios: La mujer que tú me diste por compañera, tuvo la culpa. Le reprocha como si la mujer hubiera sido una trampa; como diciendo: Si tú no me hubieras dado esa compañera, si no me hubieras puesto en esta situación, no habría comido del fruto prohibido. Ha olvidado el grito gozoso del encuentro y lo cambia en un despectivo: La que tú me diste. La humanidad tipificada en los sexos, rompe su unidad; se instaura la cobardía, la insolidaridad y el odio. El pecado, en lugar de unir a los humanos, los aísla traicionándose unos a otros; rompe su unidad.

Tampoco la mujer afronta su responsabilidad y acusa a la serpiente: ruptura con el mundo animal. Siempre hay alguien a quien culpar. En la pregunta a la mujer resuena la que Dios hará a Caín (véase Gn 4,9). Ya no quedan más preguntas. Como juez inteligente, Dios descubre y establece los hechos con rapidez. Son responsables ambos, el hombre y su mujer. A la serpiente no la interroga. Ella ha cumplido el papel que se le encomendó en la tragedia: como animal, no tenía sentido del pecado; como enemigo de Dios, no tiene esperanza de perdón. Tras el juicio viene el veredicto, formado por tres oráculos en prosa rítmica, dirigidos a cada uno de los responsables.

3, 14-15 Maldición de la serpiente. Una de las pocas veces en que Dios maldice: ¡son tantas en las que bendice! La expresión maldita entre todos los animales corresponde sarcásticamente a la sabia entre todos los animales (Gn 3,1). Hay una asonancia en hebreo entre maldita y sabia: ‘arur-‘arum.

En la lectura de san Pablo a los Corintios los mensajeros del evangelio deben saber que sus limitaciones, sus sufrimientos, sus aparentes fracasos y en última instancia su misma muerte física, son generadores de vida para sí mismos y para los demás. A partir de Cristo, que no sólo lo proclamó de palabra (Jn 12,24) sino que lo verificó en su propia existencia, la muerte de uno es la vida de otro. Pablo lo ha constatado en su propia y personal experiencia apostólica y ahora lo expresa de forma apasionada. […]

[…] La confianza de Pablo -y la nuestra- estriba en la fuerza de Dios que ya se ha hecho presente en la resurrección de Cristo y se hará presente en los cristianos.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 3, 20-35

Jesús regresa del monte a la casa, de la cercanía de Dios a la proximidad con los hombres. La multitud sigue necesitándole y se aglomera a su alrededor. Su actividad es extenuante, y encomiable su celo por la causa que se le ha confiado. Pero surgen de nuevo las críticas. Ahora provienen de sus propios parientes, a quienes apoyan de buen grado los maestros jerosolimitanos de la ley, es decir, el bastión de la sabiduría israelita. El evangelista narra esta doble oposición en forma concéntrica o de inclusión, procedimiento literario que le es familiar.

3,20-21 Jesús y sus familiares. Jesús está en casa, pero los suyos le ven fuera de su casa e incluso fuera de sí. Este es su diagnóstico. Desde el momento en que uno no está en el puesto que los suyos le han señalado, comienza a preocupar. Ya no es él. Ha perdido la cabeza.

Este breve relato proyecta un rayo de luz, no sobre el estado anímico de Jesús, sino sobre la mentalidad de unos familiares que carecen de sentido para percibir las exigencias absolutas de Dios en Jesús. No las comprenden. Tal incomprensión sigue vigente con frecuencia en los familiares de aquellos a quienes Dios llama para un servicio especial. El relato se convierte así en un aviso contra la pretensión de juzgar las cosas de Dios desde los criterios puramente humanos o desde mezquinas preocupaciones por la fama, la salud o el negocio.

3,22-30 Jesús y los maestros de la ley. Los maestros de la ley, más suspicaces que los familiares, emiten un diagnóstico mucho más sofisticado sobre Jesús: es un agente de Satanás.

La acusación, aunque inconsistente, era grave. Estaba castigada con la muerte por lapidación. Jesús se ve obligado a defenderse, y lo hace adoptando el lenguaje parabólico. Con él desenmascara la falacia de sus adversarios y desvela una vez más su identidad. Superior a Satanás, él es el depositario y administrador de las fuerzas divinas. Por él queda Satanás reducido a la impotencia y con él irrumpe ya el reino de Dios entre los hombres. Quien se obstine en verlo como endemoniado está tergiversando los hechos, cayendo en el único pecado imperdonable, el pecado de quien rechaza la verdad con los ojos abiertos, rehusando a la vez toda oferta de perdón y salvación. Cerrarse al arrepentimiento, disfrazando el pecado de virtud, es cerrarse a toda posibilidad de perdón.

3,31-35 Jesús y su verdadera familia. Los familiares de Jesús habían manifestado ya sobre él su parecer y su propósito, pero aún no habían recibido de sus labios ninguna respuesta. La reciben ahora ante la visita, quizás con propósito distinto, de su madre y sus más allegados. Las palabras de Jesús no revelan frialdad de sentimientos o desprecio de los vínculos familiares, tan estrechos en Palestina. Revelan más bien las exigencias que lleva consigo la llamada divina, a través de la cual se va constituyendo la nueva y verdadera familia de Jesús. Se trata, en consecuencia, de una exhortación a los allí sentados y, a través de ellos, a la comunidad cristiana de todos los tiempos. La escucha atenta de su palabra y el cumplimiento de la voluntad de Dios serán los rasgos que caractericen siempre al auténtico cristiano.

ACTUALIZAMOS

  1. En este mundo:

¿Qué es lo que me sostiene, fundamento mi fe en Dios, en Jesús?

  1. Cuando haces oración:

¿Eres sincero con Dios?

¿Buscas hacer la voluntad de Dios?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO IX «CORPUS CHRISTI»

Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8

En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todos sus decretos; y el pueblo contestó con voz unánime:

«Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor».

Moisés escribió todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes de los hijos de Israel ofrecer al Señor holocaustos e inmolar novillos como sacrificios de comunión. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó el documento de la alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió:

«Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos».

Entonces Moisés tomó la sangre y roció al pueblo, diciendo:

«Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras».

Salmo 115, 12-13. 15-16. 17-18

R./ Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R./

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas. R./

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
<Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R./

Lectura de la carta a los Hebreos 9, 11-15

Hermanos:

Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su «tienda» es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.

No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.

Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo!

Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 14, 12-16. 22-26

El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:

«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»

Él envió a dos discípulos, diciéndoles:

«Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa adonde entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?”.

Os enseñará una habitación grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí».

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua.

Mientras comían, Jesús tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo:

«Tomad, esto es mi cuerpo».

Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron.

Y les dijo:

«Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».

Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos.

COMENTARIO

En esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, las lecturas que se proclaman nos sirven para entender mejor lo que celebramos cada domingo en la Eucaristía. En todas ellas parecen vinculados los conceptos de “sangre” y de “alianza”, aunque con un sentido diverso en cada caso. El libro del Éxodo nos sitúa en el Sinaí, donde Moisés utiliza la sangre de los animales sacrificados para ratificar la alianza que Yahvé ha establecido con su pueblo. El evangelio de Marcos, en cambio, nos introduce en la última cena, donde Jesús mismo afirma que es su sangre la que sella la nueva y definitiva alianza de Dios con todos los hombres. La carta a los Hebreos interpreta esta novedad desde su propia perspectiva teológica.

COMPRENDER EL TEXTO

La eucaristía es el memorial de la cena del Señor. Por eso no es extraño que en esta festividad del cuerpo y la sangre de Cristo la Iglesia quiera recordar, a través de la narración del evangelista Marcos, lo que Jesús hizo y dijo en aquella ocasión memorable.

En el relato de hoy se presentan dos escenas distintas. La primera habla de los preparativos de la cena (Mc 14, 12-16) y en la segunda de lo que sucedió durante esa cena (Mc 14, 22-26). Los preparativos, relacionados con la celebración judía de la Pascua, ocupan un lugar desproporcionadamente amplio en la narración y Marcos parece recrearse en los detalles.

Parece que son los discípulos los que se interesan por el tema y por eso le preguntan a Jesús. Pero en realidad es el Maestro quien se ha adelantado y parece tenerlo todo previsto: una casa en Jerusalén donde ellos son forasteros, una sala ya dispuesta en el piso superior y hasta una persona que les servirá de contacto con su dueño. De hecho, los discípulos se limitan a cumplir las instrucciones de Jesús. La intención de Marcos es presentarnos a Jesús como aquel que prevé los acontecimientos; no son estos los que le dominan, sino que es él quien, al preparar la cena, se está preparando también para su propia muerte.

En la segunda parte, la institución de la eucaristía se desarrolla en un contexto lleno de tensión que hace intuir ya próximo el horizonte de la pasión. Marcos lo sitúa muy significativamente entre tres anuncios proféticos: el de la traición de Judas (Mc 14, 17-21), el del abandono de todos los discípulos (Mc 14, 27-28) y el de la negación de Pedro (Mc 14, 29-31), aunque el texto de hoy no los incluye. El dramatismo de esta escena se revela sobre todo en los gestos que realiza Jesús.

Jesús que tantas veces había hecho de las comidas escenario de sus enseñanzas, aprovecha una cena de despedida con sus amigos para impartir su última lección de vida. Para ello utiliza algunos elementos típicos de la cena pascual –pan y vino-, aunque modifica profundamente los gestos y las palabras previstos para ellos en la tradición israelita. Identificando el pan partido con su cuerpo y la copa de vino compartida con su sangre, Jesús está resumiendo el sentido de su vida y anticipando el significado de su muerte como entrega y donación sin límites de toda su persona. De este modo, el ritual de la vieja Pascua judía, centrada en el cordero sacrificado en el templo, se transforma en celebración de la nueva alianza entre Dios y los hombres sellada con la sangre que Cristo derramó por todos.

ACTUALIZAMOS

Es importante que las manifestaciones populares de esta fiesta no nos alejen del sentido original de la eucaristía. Para no perder la memoria, lo mejor es volver al evangelio y releer los relatos de la última cena. De este modo, cuando al final de la consagración el sacerdote dice: “haced esto en conmemoración mía”, entenderemos que no basta repetir materialmente los gestos y las palabras de Jesús. Más aún, nos sentiremos invitados a identificarnos con las actitudes de forma que le llevaron a entregar su vida por todos. Si no, la “comunión” con él no será expresión de “alianza”, es decir, de un modo nuevo de entender las relaciones con Dios y con los demás, sino un rito vacío de contenido.

  1. La celebración de la eucaristía es un rito de “alianza” y los que participamos de él nos comprometemos a estrechar la comunión con el Señor.

¿De qué manera te ayuda a “comulgar” con Jesús la celebración de la eucaristía?

  1. Un pan que se parte y una copa de vino que se derrama. Una persona entregada, una vida para los demás. Éste es Jesús.

Y a ti, ¿Cómo te interpelan estos gestos? ¿Cómo te identificas con ellos en el día a día?

  1. La eucaristía podría convertirse en un acto de culto que poco o nada tiene que ver con nuestra vida cotidiana.

¿Qué significa llevar una vida “eucarística” que sea prolongación y expresión de lo que celebramos?

La eucaristía es fuente y culmen de toda oración y la celebración de la fe por excelencia.

Celebrar la eucaristía es revivir la última cena que Jesús celebró con sus discípulos la víspera de su ejecución. Ninguna explicación teológica, ninguna ordenación litúrgica, ninguna devoción nos ha de alejar de la intención original de Jesús. ¿Cómo diseñó él aquella cena? ¿Qué es lo que quería dejar grabado para siempre en sus discípulos? ¿Por qué y para qué debían seguir reviviendo una vez y otra vez aquella despedida inolvidable?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO VIII «LA SANTÍSIMA TRINIDAD»

Lectura del libro del Deuteronomio 4, 32-34. 39-40

Moisés habló al pueblo diciendo:

«Pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra; pregunta desde un extremo al otro del cielo, ¿sucedió jamás algo tan grande como esto o se oyó cosa semejante? ¿Escuchó algún pueblo, como tú has escuchado, la voz de Dios, hablando desde el fuego, y ha sobrevivido? ¿Intentó jamás algún dios venir a escogerse una nación entre las otras mediante pruebas, signos, prodigios y guerra y con mano fuerte y brazo poderoso, con terribles portentos, como todo lo que hizo el Señor, vuestro Dios, con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos?

Así pues, reconoce hoy, y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Observa los mandatos y preceptos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos, después de ti, y se prolonguen tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre».

Salmo 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22

R./ Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R./

La palabra del Señor hizo el cielo;
el aliento de su boca, sus ejércitos.
Porque él lo dijo, y existió;
él lo mandó y todo fue creado. R./

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R./

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 14-17

Hermanos:

Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios.

Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!».

Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.

Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

COMENTARIO

Esta fiesta nos invita a introducirnos en el misterio de Dios. Un misterio que sería imposible de entender para nosotros si él mismo no nos lo hubiera dado a conocer. Esta revelación comienza ya en el Antiguo testamento con la afirmación de la unicidad de Dios frente al politeísmo de otros pueblos, tal y como se contiene en la primera lectura del libro del Deuteronomio. Pero es Jesús quien nos permite comprende que ese Dios único es a la vez comunión entre personas al hablarnos del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Pablo nos recuerda, además, que también nosotros vivimos sumergidos en ese misterio trinitario y que es en su seno donde podemos entender y experimentar lo que significa ser hijos de Dios.

COMPRENDER EL TEXTO

La liturgia nos presenta el final del evangelio de Mateo para ser proclamado en la fiesta de la Santísima Trinidad. La razón es porque la formula trinitaria aparece claramente expresada en las palabras con las que Jesús envía a sus discípulos a continuar su misión después de la resurrección.

El último encuentro entre Jesús y sus discípulos reviste, según el evangelio de Mateo, una importancia muy especial. La iniciativa de esta cita parte de Jesús, que se reúne con los suyos en el lugar en el que los había convocado previamente. (Mt 28,7.10).

Galilea es el lugar donde Jesús llamó por primera vez a sus discípulos (Mt 4,18-22) y desarrolló con ellos gran parte de su misión. Por otro lado, la mención del monte recuerda aquel momento fundamental de la historia de salvación en el que Dios congregó a su pueblo en el Sinaí. Con esas dos alusiones, el evangelista indica que nos encontramos en un momento decisivo. Se trata del nacimiento de la Iglesia, pueblo nuevo, nacido tras la Pascua, convocado por la autoridad de Cristo resucitado y llamado a continuar la misión de su Señor.

Para entender el alcance de las palabras con las que Jesús envía a sus apóstoles tras la Pascua es necesario recordar que, durante su vida terrena, su misión había quedado limitada a “las ovejas descarriadas de Israel” (Mt 10,5-6). Ahora, en cambio, son enviados “a todos los pueblos”. El fuerte contraste entre aquel particularismo y la universalidad de este encargo final pone de manifiesto la inauguración de una realidad totalmente nueva. Esa novedad se manifiesta también en el modo en el que los apóstoles reaccionan ante el Resucitado.

Mateo destaca la transformación interior que el encuentro con el Resucitado opera en los discípulos, que antes “habían dudado” pero ahora “se postraron”, adoran al Señor. Este cambio revela la actitud de fe con la que ellos acogen esta experiencia y la mentalidad renovada con la que se disponen a obedecer el mandato de Jesús. Sin esta transformación, la misión universal que se les encarga hubiera resultado estéril.

El objetivo del envío misionero es “haced discípulos”, lo cual no se ha de entender en un sentido proselitista. Lo que Jesús quiere es ofrecer a todos la oportunidad de establecer con él esa relación única de intimidad y seguimiento que caracteriza la vida cristiana y que puede dar plenitud a la existencia humana. Y para ello se establecen dos medios: el bautismo y la enseñanza. En cuanto a lo segundo, los discípulos son enviados a transmitir lo mismo que han aprendido de Jesús. Y esto debe entenderse no tanto como doctrina teórica, sino como algo que se ha de “poner en obra”. En cuento al bautismo se subraya que es una “consagración”, es decir, una estrecha vinculación al Dios que se ha manifestado como Trinidad, al Dios Comunidad, al Dios Amor, al Dios de Jesús.

Las últimas palabras del Resucitado son sumamente consoladoras. La resurrección no aleja a Jesús de los suyos, sino que inaugura un nuevo modo de estar con ellos. Aunque desde el momento de la encarnación el evangelista lo ha presentado como el Enmanuel (Mt 1,23) es ahora, gracias a la resurrección, cuando los discípulos podrán entender de verdad que Jesús es “Dios-con-nosotros”. Sin esa presencia permanente, “yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”, que no es física pero sí absolutamente real y que sólo puede entenderse desde la comunión trinitaria, la Iglesia se sentiría ineficaz para llevar a cabo la misión encomendada.

ACTUALIZAMOS

Este misterio que nos ocupa hoy ha sido presentado con frecuencia como algo imposible de entender, solo asequible a mentes iluminadas. Pero no es la elucubración intelectual, sino la experiencia vital de la fe la que nos permite “entenderlo”. Que Dios, siendo uno, sea a la vez una comunidad de amor entre tres personas tiene consecuencias muy claras a la hora de comprender lo que significa ser y actuar como cristianos. Sumergidos en ese misterio desde el día de nuestro bautismo, estamos llamados a ser hijos como lo fue Jesús, el Hijo, y movidos por su Espíritu atrevernos como él a ver en Dios a un Padre. Solo así podremos construir un mundo de hermanos, donde nuestras relaciones estén fundadas, como las de la Trinidad, en el amor.

  1. “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos”…,

¿Qué te sugieren estas palabras en este momento de tu vida?

¿A qué te comprometen?

  1. “…bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

¿Qué significa para ti haber sido bautizado en el nombre de la Trinidad?

¿Cómo te ayuda a comprender tu misión como cristiano en este mundo?

  1. “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”.

¿Qué sentimientos provoca en ti esta promesa de Jesús?

¿De qué modo te anima a seguir construyendo el Reino cuando te desmoralizas o desanimas?

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XVII

Lectura del primer libro de los Reyes 3, 5. 7-12

En aquellos días, el Señor se apareció de noche en sueños a Salomón y le dijo:

«Pídeme lo que deseas que te dé».

Salomón respondió:

«Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».

Agradó al Señor esta súplica de Salomón.

Entonces le dijo Dios:

«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti».

Salmo 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130

R./ ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

Mi porción es el Señor;
he resuelto guardar tus palabras.
Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R./

Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo;
cuando me alcance tu compasión, viviré,
y tu ley será mi delicia. R./

Yo amo tus mandatos
más que el oro purísimo;
por eso aprecio tus decretos
y detesto el camino de la mentira. R./

Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma;
la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 28-30

Hermanos:

Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio.

Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.

Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.

El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.

Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

¿Habéis entendido todo esto?»

Ellos le responden:

«Sí».

Él les dijo:

«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

COMENTARIO

El Reino de los cielos es lo contrario de las cosas superfluas que ofrece el mundo, es lo contrario de una vida banal: es un tesoro que renueva la vida todos los días y la expande hacia horizontes más amplios. De hecho, quien ha encontrado este tesoro tiene un corazón creativo y buscador, que no repite sino que inventa, trazando y recorriendo caminos nuevos, que nos llevan a amar a Dios, a amar a los otros, a amarnos verdaderamente a nosotros mismos (Papa Francisco 26-07-2020)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

En la primera lectura del primer libro de los Reyes el sueño de Salomón (1 Re 3,5-15) está estructurado a partir de un diálogo en el que, tras una invitación de Dios (1 Re 3,5), Salomón, consciente de la magnitud de su tarea y de sus propias limitaciones, pide un corazón sabio para gobernar, como cualidad preferida a otros bienes y dones (1 Re 3,6-9). La respuesta de Dios subraya la concesión de tal petición (1 Re 3,10-12).

Quedan así sentadas las bases para el desarrollo de uno de los motivos más firmes y populares del reinado de Salomón: su proverbial sabiduría, entendida de forma amplia y variada. En primer lugar, esta sabiduría es el arte de gobernar e impartir justicia (1 Re 3,16ss; 4,1ss); pero también consiste en saber hacer (proyecto y construcción del templo) y en saber decir, como se refleja en su actividad literaria y específicamente sapiencial (véase 1 Re 5,9-14).

En cuanto a la segunda lectura de san Pablo a Rom. 8,28-30, que nadie descubra en estos versículos una afirmación restrictiva del proyecto salvador de Dios. Dicho proyecto está abierto a todo el que quiera acogerlo. Lo que Pablo subraya es que se trata de don gratuito y no de acontecimiento casual. Y si hasta la misma glorificación futura es expresada por un verbo en pasado, ello se debe a que desde el punto de vista de Dios la salvación está totalmente asegurada.

El Evangelio de san Mateo:

13,44-46 El tesoro y la perla. Comienza una nueva serie de tres parábolas, que son propias de Mateo. Las tres tienen exactamente la misma introducción, que revela su propósito: manifestar el misterio del reino de Dios.

La unión de las dos primeras parábolas es obra de Mateo. El punto más destacable es el descubrimiento de algo verdaderamente valioso, que provoca una reacción inmediata en los protagonistas de la historia. Con el reino de los cielos sucede lo mismo: una vez que ha sido descubierto en todo su valor, hay que tomar postura, y ningún precio es demasiado alto.

Ambas parábolas pueden situarse muy bien en el contexto de la invitación de Jesús a dejarlo todo y seguirle (Mt 8,18-22; 19,16-30). En ellas se descubre la otra cara de la invitación de Jesús: el reino de Dios, que es la motivación por la que se deja todo. Mateo, por su parte, invita a los cristianos, que ya han descubierto el reino, a que sean consecuentes con la elección que han hecho y a que la vivan con alegría. Es cierto que cabe la posibilidad de rechazar esta oferta, como hizo el joven rico (Mt 19,21-22), pero la actitud del verdadero discípulo ante el descubrimiento del reino de Dios no puede ser otra que la conversión, el cambio de orientación de la propia vida, que tiene lugar en un clima de alegría.

13,47-50 La gran pesca. Esta parábola es muy semejante a la del trigo y la cizaña que crecen juntos (Mt 13,24-30. 36-43). Aquí, sin embargo, la parábola y su aplicación van unidas. La pesca representa la oferta del reino, que se hace a todos. Son muchos los que entran en él, pero la clave está en cómo se vive después. La aplicación que hace Mateo, refiriéndose al juicio final, es, de nuevo, una exhortación dirigida a los miembros de su comunidad para que vivan poniendo en práctica las enseñanzas de Jesús.

13,51-52 Lo nuevo y lo viejo. Este breve diálogo de Jesús con sus discípulos, colocado al final de las parábolas, resume la intención de todo el capítulo y presenta el modelo ideal del discípulo. En primer lugar, los verdaderos discípulos son capaces de entender los misterios del reino; en segundo lugar, son capaces de sacar oportunamente lo viejo y lo nuevo.

Las actitudes que Jesús propone aquí reflejan muy bien los criterios que Mateo ha seguido en la composición de su evangelio, buscando relacionar la vida y predicación de Jesús (lo nuevo) con las promesas del Antiguo Testamento (lo viejo). Por otro lado, el hecho de que un maestro de la ley que se ha hecho discípulo sea presentado como modelo, revela la existencia de escribas cristianos que conservaban, transmitían y comentaban las palabras de Jesús y los libros del Antiguo Testamento, utilizando técnicas muy parecidas a las que utilizaban los escribas judíos para comentar las Escrituras.

ACTUALIZAMOS

  1. El Señor le dijo a Salomón: «Pídeme lo que deseas que te dé»:

¿Qué pides a Dios, que es lo que deseas que te dé?

  1. “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”.

¿El Reino de Dios es un tesoro para ti?

¿Qué haces cuando lo encuentras?

  1. El Reino de los cielos es lo contrario de las cosas superfluas que ofrece el mundo, es lo contrario de una vida banal: es un tesoro que renueva la vida todos los días y la expande hacia horizontes más amplios.

¿Qué es importante para ti?

¿Estás dispuesto a tomar tus opciones desde el valor del Reino?

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XVI

Lectura del libro de la Sabiduría 12, 13. 16-19

Fuera de ti no hay otro Dios que cuide de todo, a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente.

Porque tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.

Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto y confundes la osadía de los que lo conocen.

Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres.

Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores.

Salmo 85, 5-6. 9-10. 15-16a

R./ Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende la voz de mi súplica. R./

Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios». R./

Pero tú, Señor,
Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 26-27

Hermanos:

El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.

Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:

«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:

“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.

Él les dijo:

“Un enemigo lo ha hecho”.

Los criados le preguntan:

“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.

Pero él les respondió:

“No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».

Les propuso otra parábola:

«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».

Les dijo otra parábola:

«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta».

Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta:

«Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».

Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:

«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».

Él les contestó:

«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

COMENTARIO

El Evangelio de hoy presenta dos modos de actuar y de vivir la historia: por un lado, la mirada del amo, que ve lejos; por otro, la mirada de los siervos, que ven el problema. Los criados se preocupan por un campo sin malezas, el amo se preocupa por el buen trigo. El Señor nos invita a asumir su misma mirada, la que mira al buen trigo, que sabe custodiarlo también en las malas hierbas. (Papa Francisco, 19-07-2020)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

El Evangelio de Mateo.

13,24-30 El trigo bueno y la cizaña. Comienza una serie de tres parábolas, introducidas con la misma fórmula (Mt 13,24.31.33). La primera de ellas, que sólo se encuentra en Mateo y en el Evangelio de Tomás (véase introducción a Mt 13,1-52), cuenta una escena de la vida cotidiana: el dueño del campo que manda sembrar, el enemigo que trata de perjudicarle, las relaciones entre el patrón y sus clientes-siervos; todo parece normal, excepto la sorprendente reacción del dueño del campo: ¡dejar que ambas semillas crezcan juntas! Esto es lo que más llamaría la atención de los oyentes de Jesús; seguramente les haría pensar si la extraña decisión del dueño del campo había sido acertada. Es cierto que la cizaña puede impedir o dificultar el crecimiento del trigo, pero ambas plantas se parecen mucho al principio, y es posible que al arrancar la cizaña los segadores arranquen también el trigo. Hay que esperar hasta el momento de la cosecha (término que en los profetas designa muchas veces el momento de juicio de Dios; véase Mt 3,12) para separar el trigo de la cizaña.

La parábola puede comprenderse en el contexto del ministerio de Jesús, que no reunió una comunidad de puros, sino que dirigía su mensaje a los pecadores. Esta actitud provocó entre sus adversarios una dura oposición. Con esta parábola, Jesús justifica su actuación: mientras llega el momento final, hay tiempo para la conversión y la misericordia, pues Dios ofrece un plazo de gracia a los pecadores. Leída en el contexto de la comunidad de Mateo, la parábola pudo contribuir a explicar la existencia de diversas tendencias dentro de la comunidad. Es irremediable que todas ellas coexistan en la situación actual. Hay que esperar hasta el final para distinguir el grano bueno de las plantas inútiles.

13,31-33 El grano de mostaza y la levadura. Estas dos parábolas son muy parecidas en su contenido y en su forma. Marcos sólo transmite la primera, mientras que en Lucas se encuentran las dos ya unidas (Lc 13, 18-21).

El aspecto más llamativo en ambas parábolas es el contraste que existe entre la situación inicial y el resultado final. Un grano de mostaza, siendo la más pequeña de las semillas, puede hacer surgir un árbol grande, y lo mismo ocurre con la levadura, que tiene capacidad para hacer fermentar una gran cantidad de masa. A través de estas comparaciones, Jesús habla de la presencia del reino, que está comenzando a llegar: su presencia es por ahora germinal; su apariencia, como la de la semilla y la levadura, es insignificante, pero lleva dentro una fuerza transformadora, que ha prendido ya en la historia, y su crecimiento es irreversible.

Es probable que en labios de Jesús estas parábolas respondieran a las objeciones de los que no veían llegar el reino que él anunciaba, y que con ellas el Señor quisiera infundir esperanza y ánimo a sus discípulos (véase Mt 13,1-9). Sin embargo Mateo, que conocía ya el éxito de la misión cristiana entre los paganos, pudo ver en estas parábolas un anuncio de la difusión del evangelio, y un estímulo para seguir haciendo presente en medio del mundo la fuerza transformadora del reino.

13,34-35 Finalidad de las parábolas. Esta pequeña reflexión sobre el sentido de las parábolas es paralela a la de Mt 13,10-17, y como ella precede a una explicación reservada a los discípulos. Aquí, sin embargo, la explicación no responde a una pregunta de los discípulos, sino al interés del evangelista, el cual introduce una cita de reflexión para explicar, no el sentido de las parábolas, sino el hecho de que Jesús hablara en parábolas. En este hecho ve Mateo el cumplimiento de las Escrituras, y tal vez un argumento contra quienes objetaban que esta forma de enseñar no se ajustaba a la tradición judía.

13,36-43. Explicación de la parábola del trigo y la cizaña. Como en el caso de la parábola del sembrador, Jesús explica en privado a sus discípulos el significado de la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,18-23). Se trata, también aquí, de una aplicación de dicha parábola a la situación posterior de la Iglesia, como indica el escenario en que tiene lugar y el cambio de perspectiva que se advierte con respecto al sentido original de la parábola.

La explicación tiene lugar en la casa, muy probablemente una referencia al ámbito en el que los primeros cristianos conservaban y transmitían las enseñanzas de Jesús. El contexto es de enseñanza, con una clara intención de descubrir el mensaje de la parábola para una situación concreta. En esta nueva interpretación el acento se ha desplazado hacia el futuro, tal vez aprovechando la mención de la cosecha, que en los profetas se refiere muchas veces al juicio de Dios. La cuestión no es ya, si el trigo y la cizaña pueden crecer juntos, sino el discernimiento que tendrá lugar en el día del juicio. Lo que era una historia sencilla con un sólo aspecto llamativo (que el dueño dejara crecer juntos el trigo y la cizaña) se ha convertido en una complicada alegoría, en la que cada elemento de la parábola tiene un significado figurado.

Mateo alude con frecuencia al juicio y a la recompensa final (Mt 6,4.6.18; 13,47-50; 25,31-46; etc…) para reforzar su exhortación a poner en práctica las enseñanzas de Jesús. Para él lo que será determinante en el momento del juicio no es la pertenencia a la Iglesia, ni siquiera conocer a Jesús (Mt 7,21-23), sino la práctica del amor al prójimo (Mt 25,34-40). El evangelista dirige esta exhortación a su iglesia, para que no descuide nunca las exigencias éticas, pues ellas son su signo de autenticidad.

ACTUALIZAMOS

  1. “El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad”:

El Espíritu Santo es el paráclito, el ayudador; cuando te sientes débil ¿acudes a su ayuda?

  1. “El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas”.

¿Ves el Reino de Dios en lo pequeño, en lo humilde, o lo buscas en lo grandioso?

  1. El Señor nos invita a asumir su misma mirada, la que mira al buen trigo, que sabe custodiarlo también en las malas hierbas.

¿Miras a los demás con misericordia, los cuidas, o los juzgas con dureza?

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XV

Lectura del libro de Isaías 55, 10-11

Esto dice el Señor:

«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo».

Salmo 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14

R./ La semilla cayó en tierra buena, y dio fruto.

Tú cuidas la tierra, la riegas
y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua,
preparas los trigales. R./

Así preparas la tierra.
Riegas los surcos,
igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes. R./

Coronas el año con tus bienes,
tus carriles rezuman abundancia;
rezuman los pastos del páramo,
y las colinas se orlan de alegría. R./

Las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses,
que aclaman y cantan. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23

Hermanos: Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.

Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 1-23

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.

Les habló muchas cosas en parábolas:

«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.

Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.

Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.

Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.

El que tenga oídos, que oiga».

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?»

Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.

Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:

“Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”.

Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.

Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

COMENTARIO

La parábola del sembrador es un poco la «madre» de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la Palabra. Nos recuerda que la Palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el corazón de Dios! Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra, ¡sin excluir a nadie! La Palabra es dada a cada uno de nosotros. (Papa Francisco, 12-07-2020)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

En la lectura de Isaías la palabra del Señor es eficaz, como la lluvia que hace germinar la tierra.

En la lectura a los Romanos acaba de afirmar Pablo que el supremo objetivo de la vida nueva de resucitados con Cristo, es la glorificación con Cristo. Pero en el camino se cruzan los padecimientos del tiempo presente. Y al decir padecimientos Pablo incluye cualquier obstáculo que pueda impedirnos alcanzar la meta. La dificultad, que es real, no es, sin embargo, insuperable. Todo lo contrario, ya que nuestra esperanza está apoyada en cuatro pilares a cual más sólido: la esperanza de la misma creación -que marcada también por el pecado y la muerte- está segura de participar en la liberación universal; nuestro propio ser que no se resigna a una destrucción aniquiladora; el Espíritu de Dios que ilumina y fortalece la plegaria cristiana; y finalmente el Padre que no puede menos de ser fiel a su proyecto salvador.

Tal vez lo más sorprendente de este pasaje es la solidaridad que Pablo supone entre el universo y los creyentes. No explica cómo, pero afirma con suficiente rotundidad que el universo físico no se limitará a ser simple espectador de la salvación y la gloría del hombre redimido. De forma para nosotros desconocida, pero cierta, compartirá con los hijos de Dios esa gloria y esa salvación.

El Evangelio de Mateo comienza el primer bloque (Mt 13,1-23), en el que la parábola del sembrador va seguida de una reflexión sobre la función de las parábolas y de una explicación de esta parábola en concreto. Es importante notar el marco narrativo en el que el evangelista sitúa las parábolas (Mt 13, 1-2). Jesús aparece sentado, en actitud de enseñar, y sus destinatarios no son un grupo reducido, sino la multitud. La enseñanza de Jesús no consiste sólo en normas de comportamiento (Mt 5-7), sino en el anuncio de algo más profundo y misterioso, que sólo puede expresarse a través de comparaciones. Los discípulos y la gente, que han visto sus signos, van a conocer ahora la realidad profunda que manifiestan dichos signos: el reino de Dios.

La parábola del sembrador es, probablemente, la más representativa de cuantas pronunció Jesús. Fue transmitida, aprendida y comentada en muchas comunidades cristianas. Aunque en ningún momento se hace referencia en ella al reino de Dios, es claro que trata de mostrar cómo este reino se ha hecho presente y cuál es su fuerza. Para entender su sentido original hemos de dejar a un lado la explicación que la acompaña (Mt 13,18-23), pues esta explicación, como veremos, es fruto de una reflexión posterior realizada en el seno de las primeras comunidades cristianas.

La parábola describe una situación real, que refleja las técnicas agrícolas que se utilizaban en Palestina en tiempos de Jesús. (p.e. se sembraba antes de arar la tierra, y eso explica que parte de la semilla cayera fuera del terreno cultivable). Lo más llamativo de la parábola no es cómo es acogida la semilla, sino la magnífica cosecha que produce la que cae en tierra buena. Teniendo presente que por entonces en Palestina una cosecha del siete por uno era considerada una buena cosecha, el treinta, sesenta o ciento por uno de que habla la parábola, debió resultar exagerado y sorprendente a los oyentes de Jesús. Este es el detalle que les haría reflexionar.

Es probable que esta parábola fuera pronunciada por Jesús para responder a las objeciones de quienes no veían llegar el reino que él anunciaba. La parábola pone ante los ojos de sus discípulos la grandiosa cosecha final, diciéndoles: ¡Ánimo! ¡No hay que desanimarse! A pesar del fracaso aparente, y de su presencia oculta, la llegada del reino es imparable, y el resultado final será maravilloso e incalculable.

Las palabras de Mt 13,12: al que tiene se le dará y tendrá de sobra; pero al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitará parecen injustas y poco cristianas. Sin embargo, son la clave para entender el misterio de la acogida y el rechazo del reino. Se trata de un proverbio campesino, que procede del ámbito económico: el que tiene puede aumentar su patrimonio, pero el que tiene muy poco acaba perdiéndolo todo. Jesús aplica este refrán a la acogida del reino: los que han acogido el reino con fe, cada vez descubrirán más profundamente su misterio, mientras que aquellos que sólo lo han acogido superficialmente, acabarán por abandonarlo.

En la visión de Mateo, los discípulos encarnan la postura de los que acogen el reino. Ellos comprenden y pueden profundizar en el significado de las parábolas, porque son su verdadera familia, que hace la voluntad del Padre (Mt 12,48-50); son los sencillos, a quienes Dios ha revelado los misterios del reino (Mt 13,11; 11,25). Jesús les declara dichosos, porque han sabido abrir sus oídos para escuchar su mensaje, y han abierto sus ojos para ver en los signos que él realiza la llegada del reino de Dios. Sin embargo, la gente no entiende nada, porque su corazón está embotado, y sus ojos y sus oídos permanecen cerrados. Jesús les habla por medio de parábolas para hacerles más accesible el misterio del reino, pero es inútil: en ellos se cumple la profecía de Isaías que anunciaba, según Mateo, este rechazo.

ACTUALIZAMOS

  1. En este mundo donde hay tantas voces y palabras:

¿Escuchas la Palabra de Dios?

  1. “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver”:

Para poder oír y ver lo que te dice Dios, ¿interiorizas la Palabra de Dios, haces oración?

LECTIO DIVINA – CICLO B – PASCUA DOMINGO VIII «PENTECOSTÉS»

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:

«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?

Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34

R./ Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R./

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R./

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R./

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos:

Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.

Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.

Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

COMENTARIO

Cincuenta días después de haber celebrado la resurrección de Jesús, concluimos hoy el tiempo de Pascua. Pentecostés es la “Pascua granada”, la Pascua madura que produce su mejor fruto: el envío del Espíritu Santo. Y de ello hablan las lecturas que hoy hacemos, cada una desde su perspectiva. Tanto el relato evangélico como el libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen su propia versión de este acontecimiento, resaltando diversos aspectos de un mismo misterio. Más allá de toda diferencia existe una coincidencia de fondo. En ambos casos se resalta que el Espíritu es el don que el Señor hace a sus discípulos para que puedan continuar su misión. El salmo nos invita a entender este momento como una “nueva creación”, y Pablo nos recuerda que la acción del Espíritu se manifiesta de múltiples maneras, todas ellas para el bien de la comunidad.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio es el mismo del segundo domingo de Pascua, aunque abreviado, hoy destacamos los aspectos más relacionados con la fiesta de Pentecostés.

Algunos comentaristas, han llamado a esta página del evangelio de Juan el “Pentecostés del cuarto evangelio”, pues parece una presentación diferente del mismo acontecimiento que Lucas nos describe en el pasaje de Hechos proclamado hoy como primera lectura. Aunque cada autor sitúa en un momento temporalmente diferente el acontecimiento. Si, para Lucas, el marco de la venida del Espíritu es la fiesta de Pentecostés, en Juan no se establece un plazo de tiempo entre la Pascua y la venida del Espíritu, ni tampoco sitúa esta venida en el marco de la fiesta de Pentecostés. A diferencia de Hechos, presenta las cosas como si todo hubiera sucedido el mismo día de la resurrección. Recordamos a propósito de esto, que los evangelios no son “crónicas” estrictamente históricas y que las diferencias que encontramos entre ellos se explican por las diversas perspectivas teológicas propias de cada uno. De hecho, en lo que Juan está sumamente interesado es en mostrar la estrecha relación que existe entre la resurrección de Jesús y la efusión del Espíritu como aspectos complementarios de una misma realidad.

La imagen utilizada por el evangelista es significativamente gráfica. El Espíritu Santo no aparece aquí simbolizado por un viento impetuoso o por llamas de fuego, como en Hechos, sino por el mismo aliento vital del Resucitado que “sopló” sobre sus discípulos. Esto nos recuerda el mismo gesto que Dios hizo al crear al ser humano (Gn 2,7).

El don del Espíritu hace de los discípulos personas recreadas, los libera de su vieja condición de “encerrados” y los prepara para asumir nuevos desafíos. Si leemos con atención este pasaje descubriremos que el relato de Juan vincula este acontecimiento con el envío a la misión, pues sitúa una cosa inmediatamente a continuación de la otra.

En este aspecto del envío, el cuarto evangelio coincide en gran parte con la perspectiva del libro de los Hechos (Hch 1,8). Jesús envía a los discípulos como él ha sido enviado por el Padre, pero no los deja solos, sino que les entrega el Espíritu para que puedan llevar a cabo la misión. Sin la garantía del Espíritu, la comunidad no hubiera superado sus “miedos” y la Iglesia quizás no se hubiera puesto en marcha. Pero el evangelio de Juan añade un detalle significativo, introduce junto a la recepción del Espíritu el tema del perdón de los pecados, con lo que la misión encomendada a los discípulos se presenta como una tarea de reconciliación universal.

Recordemos que la donación del Espíritu a los discípulos no es un “relato sorpresa”, es decir, algo totalmente inesperado dentro de la trama del evangelio de Juan. De hecho, Jesús lo había prometido repetidamente a los discípulos durante su despedida en la última cena. Lo podemos leer en Juan 14,15.26; 15,26;16,7-15.

El acontecimiento de Pentecostés no es algo que pertenece sólo al pasado. El Espíritu Santo continúa vivo y sigue manifestándose en nuestro mundo, en personas y situaciones concretas.

ACTUALIZAMOS

La venida del Espíritu Santo no tiene fecha fija. Juan la sitúa en el momento de la resurrección, y el libro de los Hechos cincuenta días después de la Pascua. Por eso hoy también puede ser Pentecostés. El Señor Jesús, que derramó su Espíritu sobre nosotros el día de nuestro bautismo, no deja de renovar ese don para que podamos continuar la misión que él mismo recibió del Padre.

  1. El Espíritu Santo ha sido llamado muchas veces “el Gran Desconocido”:

¿Cómo te ayudan los textos de hoy para conocer mejor quién es y cómo actúa?

  1. El Espíritu Santo es el aliento vital del Resucitado que actúa en nosotros. Su presencia no se ve, pero…

¿De qué modo debería “verse”, es decir, notarse en la vida de los creyentes?

  1. “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados…”:

¿Qué podríamos hacer para concretar en nuestra vida personal y comunitaria esa misión de reconciliación a la que somos enviados?

  1. También hoy los cristianos vivimos a menudo “encerrados” y con miedo, reacios a la esperanza:

¿No será que nos resistimos a dejarnos mover por el Espíritu?

¿Qué cambiaría en nosotros y en quienes nos rodean si nos hacemos más dóciles a su acción?

LECTIO DIVINA – CICLO B – PASCUA DOMINGO VII «LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR»

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11

En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo.

Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.

Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».

Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:

«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?»

Les dijo:

«No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, y Samaría y “hasta el confín de la tierra”».

Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».

Salmo 46, 2-3. 6-7. 8-9

R./ Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra. R./

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
tocad para Dios, tocad;
tocad para nuestro Rey, tocad. R./

Porque Dios es el rey del mundo:
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 17-23

Hermanos:

El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.

Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

Conclusión del santo Evangelio según san Marcos 16, 15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los once y les dijo:

«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.

El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.

A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».

Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

COMENTARIO

Las lecturas de hoy nos presentan dos versiones distintas de la Ascensión de Jesús. La primera se encuentra al inicio del libro de los Hechos de los Apóstoles, la segunda al final del evangelio de Marcos. Para Jesús, este acontecimiento significa la plenitud de la Resurrección. Por eso, subir al cielo y sentarse “a la derecha de Dios” no ha de entenderse en un sentido físico o espacial. Supone culminar su tarea en este mundo, situarse para siempre junto al Padre e inaugurar un nuevo modo de presencia entre los suyos. Para los discípulos, la Ascensión es el inicio que pone en marcha la misión de la Iglesia. Y para nosotros supone a la vez una buena noticia y un compromiso. Buena noticia porque nos ayuda a comprender, como leemos en la segunda lectura, “la esperanza a la que os llama” y compromiso porque nos empuja a ser testigos de la Buena Noticia.

COMPRENDER EL TEXTO

Nos encontramos ante los últimos versículos del evangelio de Marcos tal y como los encontramos en la Biblia. Pero este evangelio acababa originalmente en Mc 16,8 lo que resultaba chocante porque dejaba sin contar las apariciones del Resucitado y su ascensión al cielo como hacen Mateo, Lucas o el libro de los Hechos. Eso hizo que en el siglo II se añadiese un apéndice, a veces llamado “final largo de Marcos”. Aunque no forme parte de la obra primitiva, la Iglesia lo ha considerado siempre como inspirado.

Para entender este pasaje evangélico es bueno compararlo con el de la primera lectura (Hch 1, 1-11), buscando las semejanzas y las diferencias.

Se distinguen dos escenas.

  1. Encontramos un relato muy parecido al de semanas anteriores de Pascua: Jesús resucitado se aparece a sus discípulos y les encarga la misión de anunciar el evangelio. En sus palabras destaca la universalidad de sus anuncios y la mención de los signos que acompañarán a los que crean en él. Algunos pueden resultar un tanto extraños para nuestra mentalidad moderna. Necesitaríamos actualizarlos teniendo en cuenta que hace referencia a experiencias de los primeros cristianos, expresadas con fórmulas y símbolos de la mentalidad de entonces. Todos ellos son, en definitiva, signos de vida y liberación, que nos recuerdan la coherencia que debe existir entre lo que se anuncia y lo que se practica.
  2. Se refiere a la Ascensión de Jesús con un esquema espacial (abajo – arriba). Pero, Jesús Resucitado no ocupa ya un lugar físico ni se encuentra en ninguna de las dimensiones que nosotros conocemos. Lo importante es que vive la misma vida de Dios y eso es lo que el evangelista trata de decir.
    • Con todo, la descripción de este misterio no es lo importante, sino el hecho de que los discípulos cumplieran el encargo misionero de Jesús.
    • La Ascensión no significa que Jesús se desentienda de la tarea encomendada. El evangelio señala que los cristianos contamos con la asistencia del Resucitado.
    • La Ascensión en Marcos tiene un fuerte acento misionero. Por eso, debemos preguntarnos cómo nos afecta a nosotros y a qué nos compromete.

MEDITAMOS Y ACTUALIZAMOS

Esta fiesta es, ante todo, motivo de esperanza, lo que ya es verdad para Cristo, Cabeza de la Iglesia, se cumplirá también un día en nosotros, miembros de su Cuerpo. Pero mientras, no podemos quedarnos como los apóstoles, “mirando al cielo”. Nos espera un mundo que aguarda la Buena Noticia, y nosotros, cada uno a su manera, estamos llamados a tomar el relevo, sabiendo que no estamos solos en esta tarea. El Señor, por medio de su Espíritu, coopera con nosotros.

  1. “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

¿En qué medida te sientes comprometido por este mandato misionero?

¿Cómo tratas de vivirlo en tu vida cotidiana, personal y comunitariamente?

  1. “A los que crean, les acompañarán estos signos”.

¿Cómo traducirías en categorías actuales las señales que aparecen en el evangelio?

¿Qué signos de liberación está esperando nuestro mundo de los creyentes?

La historia de la humanidad no se contaría a partir de la fundación de Roma, sino del nacimiento de Augusto porque había sido “Buena Noticia” (euangelion) para todos, había traído la paz al mundo y un orden nuevo.

Los cristianos empezaron a proclamar que la “Buena Noticia no era Augusto sino Jesús” por eso Marcos tituló así su evangelio: “Buena Noticia de Jesús, el Mesías, Hijo de Dios” y por eso en el evangelio, el mandato final del resucitado es éste: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

Buena Noticia” es algo que, en medio de tantas experiencias malas, trae a la vida de la gente una esperanza nueva. Las “buenas noticias” aportan luz, despiertan la alegría, dan un sentido nuevo a todo, animan a vivir de manera más abierta y fraterna. Todo esto y más es Jesús, pero ¿cómo proclamarlo hoy como Buena Noticia? Podemos explicar doctrinas sublimes acerca de Jesús, pero eso no basta aun siendo verdad. Debemos hacer que la gente pueda experimentar a Jesús como algo “nuevo” y “bueno” en su propia vida. La gente sentía a Jesús como “Buena Noticia” porque todo lo que él decía les hacía bien: les quitaba el miedo a Dios, les hacía sentir su misericordia, les ayudaba a vivir comprendidos y perdonados. En su manera de ser era bueno para todos: era compasivo y cercano, acogía a los más olvidados, abrazaba a los más pequeños, bendecía a los enfermos, se fijaba en los últimos. Toda su actuación introducía en la vida de las personas algo bueno: salud, perdón, verdad, fuerza interior, esperanza. ¡Era una suerte encontrarse con él!