LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XIX

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 4-8

En aquellos días, Elías anduvo por el desierto una jornada de camino, hasta que, sentándose bajo una retama, imploró la muerte diciendo:

«¡Ya es demasiado, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!».

Se recostó y quedó dormido bajo la retama, pero un ángel lo tocó y le dijo:

«Levántate, come».

Miró alrededor y a su cabecera había una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y volvió a recostarse. El ángel del Señor volvió por segunda vez, lo toco y de nuevo dijo:

«Levántate y come, pues el camino que te queda es muy largo».

Elías se levantó, comió, bebió y, con la fuerza de aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9

R./ Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R./

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R./

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R./

El ángel del Señor acampa
en torno a quienes lo temen y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2

Hermanos:

No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final.

Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.

Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 41-51

En aquel tiempo, los judíos murmuraban de Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían:

«¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»

Jesús tomó la palabra y les dijo:

«No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado.

Y yo lo resucitaré en el último día.

Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios».

Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.

No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

COMENTARIO

Nos sorprende, y nos hace reflexionar esta palabra del Señor: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre”, “el que cree en mí, tiene la vida eterna”. Nos hace reflexionar. Esta palabra introduce en la dinámica de la fe, que es una relación: la relación entre la persona humana, todos nosotros, y la persona de Jesús, donde el Padre juega un papel decisivo, y naturalmente, también el Espíritu Santo, que está implícito aquí. No basta encontrar a Jesús para creer en Él, no basta leer la Biblia, el Evangelio, eso es importante ¿eh?, pero no basta. No basta ni siquiera asistir a un milagro, como el de la multiplicación de los panes. Muchas personas estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron, es más, también lo despreciaron y condenaron. Y yo me pregunto: ¿por qué, esto? ¿No fueron atraídos por el Padre? No, esto sucedió porque su corazón estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Y si tú tienes el corazón cerrado, la fe no entra. Dios Padre siempre nos atrae hacia Jesús. Somos nosotros quienes abrimos nuestro corazón o lo cerramos.

En cambio la fe, que es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a Él” con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios; entonces reconocemos en su rostro el rostro de Dios y en sus palabras la palabra de Dios, porque el Espíritu Santo nos ha hecho entrar en la relación de amor y de vida que hay entre Jesús y Dios Padre. Y ahí nosotros recibimos el don, el regalo de la fe.

Entonces, con esta actitud de fe, podemos comprender el sentido del “Pan de la vida” que Jesús nos dona, y que Él expresa así: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6,51). En Jesús, en su “carne” –es decir, en su concreta humanidad– está presente todo el amor de Dios, que es el Espíritu Santo. Quien se deja atraer por este amor va hacia Jesús, y va con fe, y recibe de Él la vida, la vida eterna. (Papa Francisco, 09-08-2015)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 4-8. La imagen del profeta tocando los límites de la existencia resulta entrañable y conmovedora, sobre todo a nivel humano (un interesante paralelo en Jon 4,3).

No menos conmovedores son los cuidados de Dios hacia el profeta, brindándole comida y aliento por medio de un ángel en una doble escena que nos recuerda la del torrente Querit (1 Re 19,5-9). Ya en el desierto, la huida de Elías se convierte en peregrinación hacia el Horeb, la montaña de Dios. La mención de los cuarenta días y cuarenta noches alude a la estancia de Moisés en la montaña santa y a la larga peregrinación del pueblo durante cuarenta años por el desierto. Elías parece desandar el camino del pueblo en busca de los orígenes de la fe.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4,30-5, 2. El cristiano ha de evitar con todo esmero entristecer al Espíritu Santo, que ha establecido en él su morada y le distingue como propiedad divina (1 Cor 3,16; Ef 3,14). En fin, el cristiano tiene que evitar  cualquier actitud que se oponga al amor, que ha de ser el distintivo del discípulo de Cristo. Y ha de practicar la compasión y el perdón, a imitación de Cristo que perdonó incluso a los que le crucificaban (Lc 23,34).

[…]

En medio de las exhortaciones una importante fundamentación teológica: sed imitadores de Dios (Ef 5,1), que evoca el sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48). Dios Padre es el modelo que han de imitar los cristianos pues son sus hijos muy queridos. Y tal imitación ha de tener como campo principal la caridad, en la que Cristo nos ha enseñado que consiste la perfección cristiana (Mc 12,28ss). Él nos dio el más impresionante ejemplo de amor ofreciéndose en sacrificio por nosotros en la cruz. Por ello también nosotros tenemos que estar dispuestos a poner la vida por nuestros hermanos (1 Jn 3,16).

Evangelio según san Juan 6, 41-51. Ante su incredulidad, justificada porque conocen el origen humano de Jesús, nueva exigencia de fe en él en cuanto el único pan de vida (Jn 6,40-51.59). La gente pide la demostración de que se halla presente aquello que se esperaba para cuando llegase el Mesías. Según las esperanzas judías, el Mesías debía renovar los milagros realizados por Moisés, el maná sería el alimento permanente. Pero esta demostración equivaldría a negar la verdadera fe, ya que ésta exige aceptar a Jesús como el verdadero maná: yo soy el pan de vida.

En esta autopresentación, Jesús se manifiesta como la respuesta a las necesidades y esperanzas del hombre. Para que sea así, la única condición que se impone al hombre es la fe. Lo manifiestan las mismas palabras de Jesús expuestas en claro paralelismo en Jn 6,35b: El creer o ir a él es gracia concedida por el Padre (Jn 6,37.39; 17,2.7.24) y al mismo tiempo quehacer humano (Jn 3,19-21; 7,17). Estamos ante un excelente resumen de la historia de la salvación. Destaca la iniciativa de Dios, que se realiza en su Hijo y que se hace eficaz gracias a la fe.

Por primera vez utiliza el evangelista el célebre yo soy, que es una fórmula de revelación y pone de relieve lo que es Jesús para el hombre. La aceptación del yo soy nos introduce en el terreno de la revelación, de la fe y de la vida.

La frase yo le resucitaré en el último día aparece en este evangelio a modo de estribillo. Se trata de una adición que pretende armonizar la concepción de Juan sobre la llegada de la salvación con la visión más futurista de los sinópticos. Los lugares en que es utilizada (Jn 6,39-40.44.54; 12,48) demuestran que se trata de algo añadido. Las frases en cuyo contexto aparecen tienen pleno sentido aunque se omita dicho estribillo.

ACTUALIZAMOS

  1. «Levántate y come, pues el camino que te queda es muy largo».

¿Cómo alimentas tu vida espiritual para recorrer el camino de la vida?

  1. «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.»

¿Qué dicen estas palabras a tu vida?

  1. «No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado».

¿Criticas, juzgas a los demás?

¿Abres tu corazón a la acción de Dios?

  1. «El que coma de este pan vivirá para siempre».

¿Cómo te alimentas del pan que es Jesús: en su palabra, en los sacramentos, en la vida de la Iglesia, en los hermanos…?

¿Tienes fe en que él te da la vida eterna?

  1. «Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Jesús se nos ha dado para darnos vida. ¿Te entregas, te das para dar vida a los demás?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XVIII

Lectura del libro del Éxodo 16, 2-4. 12-15

En aquellos días, la comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:

«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda la comunidad».

El Señor dijo a Moisés:

«Mira, haré llover pan del cielo para vosotros: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba, a ver si guarda mi instrucción o no.

He oído las murmuraciones de los hijos de Israel. Diles: «Al atardecer comeréis carne, por la mañana os hartaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor Dios vuestro»».

Por la tarde una bandada de codornices cubrió todo el campamento; y por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, como escamas, parecido a la escarcha sobre la tierra. Al verlo, los hijos de Israel se dijeron:

«¿Qué es esto?».

Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo:

«Es el pan que el Señor os da de comer».

Salmo 77, 3 y 4bc. 23-24. 25 y 54

R./ El Señor les dio pan del cielo.

Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
lo contaremos a la futura generación:
las alabanzas del Señor, su poder. R./

Pero dio orden a las altas nubes,
abrió las compuertas del cielo:
hizo llover sobre ellos maná,
les dio pan del cielo. R./

El hombre comió pan de ángeles,
les mandó provisiones hasta la hartura.
Los hizo entrar por las santas fronteras,
hasta el monte que su diestra había adquirido. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 17. 20-24

Hermanos:

Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya, como es el caso de los gentiles, en la vaciedad de sus ideas.

Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que lo habéis oído a él y habéis sido adoctrinados en él, conforme a la verdad que hay en Jesús. Despojados del hombre viejo y de su anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras; renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 24-35

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:

«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».

Jesús les contestó:

«En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».

Ellos le preguntaron:

«Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».

Respondió Jesús:

«La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado»

Le replicaron:

«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».

Jesús les replicó:

«En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».

Entonces le dijeron:

«Señor, danos siempre de este pan».

Jesús les contestó:

«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

COMENTARIO

Él, verdadero «pan de la vida» (v. 35), quiere saciar no solamente los cuerpos sino también las almas, dando el alimento espiritual que puede satisfacer el hambre profunda. Por esto invita a la multitud a procurarse no la comida que no dura, sino esa que permanece para la vida eterna (cf. v. 27). Se trata de un alimento que Jesús nos dona cada día: su Palabra, su Cuerpo, su Sangre.

La multitud escucha la invitación del Señor, pero no comprende el sentido —como nos sucede muchas veces también a nosotros— y le preguntan: «¿qué hemos de hacer para llevar a cabo las obras de Dios?» (v. 28).

Los que escuchan a Jesús piensan que Él les pide cumplir los preceptos para obtener otros milagros como ese de la multiplicación de los panes. Es una tentación común, esta, de reducir la religión solo a la práctica de las leyes, proyectando sobre nuestra relación con Dios la imagen de la relación entre los siervos y su amo: los siervos deben cumplir las tareas que el amo les ha asignado, para tener su benevolencia. Esto lo sabemos todos.

Por eso la multitud quiere saber de Jesús qué acciones debe hacer para contentar a Dios. Pero Jesús da una respuesta inesperada: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado» (v. 29). Estas palabras están dirigidas, hoy, también a nosotros: la obra de Dios no consiste tanto en el «hacer» cosas, sino en el «creer» en Aquel que Él ha mandado. Esto significa que la fe en Jesús nos permite cumplir las obras de Dios. Si nos dejamos implicar en esta relación de amor y de confianza con Jesús, seremos capaces de realizar buenas obras que perfumen a Evangelio, por el bien y las necesidades de los hermanos.

El Señor nos invita a no olvidar que, si es necesario preocuparse por el pan, todavía más importante es cultivar la relación con Él, reforzar nuestra fe en Él que es el «pan de la vida», venido para saciar nuestra hambre de verdad, nuestra hambre de justicia, nuestra hambre de amor. (Papa Francisco, 05-08-2018)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

En el libro del Éxodo el pueblo añora unos manjares que utópicamente comieron en Egipto: dicen que allí nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos. […] El Señor promete pan y la promesa está relacionada con el descanso del sábado. […] Los líderes aseguran que el Señor los alimentará y además verán su gloria para que crean. Subraya el don el hecho de representar a Dios como mayordomo perfecto que da a cada uno lo que necesita y aporta lo que le falta a quien no ha sido previsor. Por otro lado, la presencia de la «gloria» presta trascendencia a todo el episodio: estos dones divinos, el pan y la carne son signos que, como las plagas, deben conducir a la fe, a contemplar la gloria del Señor.

La carta de Pablo a los Efesios es la diferencia entre el hombre viejo y el hombre nuevo. Aquél es el que vive en pecado, bajo la acción de la concupiscencia de la carne, de la codicia, de la ira, de la maldad, conforme a la imagen del primer hombre pecador (Col 3,5-9). El hombre nuevo es el hombre interior (Ef 3,16), creado a imagen de Dios, regenerado por Cristo, que bajo la acción del Espíritu Santo adopta una nueva manera de pensar y de actuar que se manifiesta en obras de bondad y misericordia, de humildad y mansedumbre, de pureza y sobre todo de amor (Col 3,10-14). Estas dos expresiones -hombre viejo, hombre nuevo- «están inspiradas en el simbolismo del bautismo, con su doble rito de inmersión y emersión, doble rito que está señalando nuestra muerte a la antigua vida de pecado y nuestra resurrección a la nueva vida de gracia comunicada por Cristo (Rom 6,3-11)».

Esto ya se ha realizado inicial y radicalmente con el bautismo. Pero despojarse cada vez más del hombre viejo y revestirse del nuevo es tarea que el cristiano tiene que ir realizando y perfeccionando cada día. Perdonado el pecado por el bautismo o la penitencia, permanece actuando en el hombre e inclinándole al pecado la triple concupiscencia de que habla 1 Jn 2,16. Frente a ella está la acción del Espíritu Santo que habita en el justo e impulsa su voluntad a una vida cristiana y virtuosa conforme a la voluntad de Dios. En medio permanece el hombre con su voluntad libre. Según que se deje conducir por el atractivo de las concupiscencias o por la acción del Espíritu Santo, viene a ser el hombre viejo o el hombre nuevo de que habla el apóstol. «Es alentador observar cómo Pablo es plenamente consciente de que en la vida cristiana no se trata sólo de un impulso inicial, de una conversión de una vez para siempre, sino que debemos perseverar en la decisión, en la constante vuelta hacia Dios, y que, sobre todo, nuestra mentalidad de creyentes (como fuente de nuestro obrar) necesita de una constante renovación».

Evangelio según san Juan 6, 24-35. Jesús no se siente halagado ni mucho menos entusiasmado porque le buscaba toda aquella multitud. Habría que hablar, más bien, de decepción por su parte y del consiguiente reproche que se manifiesta en sus «palabras de saludo». Jesús les dice con toda claridad que no le buscaban a él. Se interesaban únicamente por los beneficios que podían recibir de él. Una búsqueda interesada y egoísta, que nunca puede entusiasmar a la persona que es buscada. En el fondo se buscaban a sí mismos, no a él.

En el terreno de la revelación, los dones no pueden ser separados del dador de los mismos. Lo más importante es lo segundo. Jesús lo dijo con estas palabras: …me buscáis, no por los signos que habéis visto, sino porque comisteis pan hasta saciaros (Jn 6,26). Además del alimento transitorio que mantiene nuestra existencia terrena, es indispensable aspirar al alimento que nos proporciona el autor de la vida, que quiere plenificar la nuestra. Dimensión de eternidad, vida eterna, participación en la misma vida de aquel que puede concedernos el alimento permanente, el que da la vida eterna. 

Es Jesús, el Hijo del hombre, el acreditado por el Padre con el sello de su autoridad, el único que puede proporcionar al hombre el alimento mencionado. El mismo Jesús es dicho alimento. Él exige ser aceptado de forma personal; que se convierta en el centro de gravedad de la fe para que pueda producirse el encuentro adecuado entre el hombre y Dios; para que el hombre descubra en él al revelador-manifestador-dador del Padre.

ACTUALIZAMOS

  1. «Al atardecer comeréis carne, por la mañana os hartaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor Dios vuestro».

¿Reconoces a Dios como tu Señor, ves signos de que cuida de ti y de todos nosotros? ¿Confías en Él?

  1. «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado».

¿Crees en Jesús, enviado por Dios a nosotros?

  1. «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

¿Acudes a Jesús como el alimento que da vida eterna y que calma la sed?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XVII

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 42-44

En aquellos días, acaeció que un hombre de Baal Salisá vino trayendo al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco en espiga. Dijo Eliseo:

«Dáselo a la gente y que coman».

Su servidor respondió:

«¿Cómo voy a poner esto delante de cien hombres?».

Y él mandó:

«Dáselo a la gente y que coman, porque así dice el Señor: “Comerán y sobrará”».

Y lo puso ante ellos, comieron y aún sobró, conforme a la palabra del Señor.

Salmo 144, 10-11. 15-16. 17-18

R./ Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R./

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente. R./

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 1-6

Hermanos:

Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados.

Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 1-15

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.

Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:

«¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?»

Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.

Felipe le contestó:

«Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:

«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es eso para tantos?».

Jesús dijo:

«Decid a la gente que se siente en el suelo».

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil.

Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:

«Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda».

Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:

«Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».

Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

COMENTARIO

El Evangelio de la Liturgia de este domingo narra el célebre episodio de la multiplicación de los panes y los peces, con los que Jesús sacia el hambre de cerca de cinco mil personas que se habían congregado para escucharlo (cf. Jn 6,1-15). Es interesante ver cómo ocurre este prodigio: Jesús no crea los panes y los peces de la nada, no, sino que obra a partir de lo que le traen los discípulos. Dice uno de ellos: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tantos?» (v. 9). Es poco, no es nada, pero le basta a Jesús.

Tratemos ahora de ponernos en el lugar de ese muchacho. Los discípulos le piden que comparta todo lo que tiene para comer. Parece una propuesta sin sentido, es más, injusta. ¿Por qué privar a una persona, sobre todo a un muchacho, de lo que ha traído de casa y tiene derecho a quedárselo para sí? ¿Por qué quitarle a uno lo que en cualquier caso no es suficiente para saciar a todos? Humanamente es ilógico. Pero no para Dios. De hecho, gracias a ese pequeño don gratuito y, por tanto, heroico, Jesús puede saciar a todos. Es una gran lección para nosotros. Nos dice que el Señor puede hacer mucho con lo poco que ponemos a su disposición. Sería bueno preguntarnos todos los días: “¿Qué le llevo hoy a Jesús?”. Él puede hacer mucho con una oración nuestra, con un gesto nuestro de caridad hacia los demás, incluso con nuestra miseria entregada a su misericordia. Nuestras pequeñeces a Jesús, y Él hace milagros. A Dios le encanta actuar así: hace grandes cosas a partir de las pequeñas, de las gratuitas. (Papa Francisco, 25-07-2021)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 42-44 Multiplicación de los panes. Quizá lo más interesante de este relato sea que nos ofrece el modelo literario en que se inspirarán las multiplicaciones evangélicas (véase Mc 6,30-44; 8,1-10 y paralelos), así como sus distintos elementos (orden de Eliseo / pregunta del criado / nueva orden / reparto satisfactorio).

Carta de san Pablo a los Efesios. Esta sección de la carta contiene la parte moral y parenética que está basada en la cristología y eclesiología tan profundamente expuestas en la primera parte. Comienza con una exhortación a la unidad dentro de la pluralidad de dones (Ef 4,1-13) y una invitación a vivir conforme a la condición del hombre nuevo en Cristo (Ef 4,14-15,14). […] La evocación al principio de su condición de prisionero de Cristo le hace más digno de ser escuchado en sus recomendaciones.

Evangelio según san Juan 6, 1-15 multiplicación de los panes. Sobre el presente relato el evangelista intenta destacar el conocimiento sobrehumano de Jesús, Jesús aparece como el Señor. Toda la situación se halla bajo su control: él sabe perfectamente lo que tiene que hacer, Jesús tiene la iniciativa en todo momento. Él se adelanta a la necesidad que, en la presentación que hacen los sinópticos de la misma escena (Mc 6,35-36 y paralelos), le es manifestada a Jesús por sus discípulos. El relato de Juan es como una parábola en acción que pretende destacar la finalidad por la que Jesús vino a este mundo. Esta acentuación hace que la escena se «deshumanice» en gran medida. Desaparecen los rasgos humanos, como la compasión por una gente que lleva mucho tiempo sin comer y se halla desfallecida. Son los sinópticos los que han recogido la dimensión más «humanitaria» de la escena.

Se acentúa su preocupación por el hombre para responder a sus necesidades más profundas. La gente seguía a Jesús porque veía los signos que hacía con los enfermos. Este hecho extraordinario evoca en la gente la figura de Moisés dando de comer al pueblo en el desierto. Deducen que Jesús es el profeta semejante a Moisés, y quieren hacerle rey (Jn 6, 14s). Jesús aparece como el personaje central del relato.

En el evangelio de Juan el papel de los discípulos queda reducido al de «acomodadores». Naturalmente deben recoger también los doce cestos «sobrantes».

Se intenta destacar también el universalismo de la persona de Jesús. El número mil designa una gran muchedumbre. Esta se ve multiplicada por cinco en el caso de las personas saciadas. Los números pretenden subrayar el aspecto simbólico del relato. El número siete, cinco panes y dos peces, presenta a Jesús como la plenitud de la gracia de Dios. Esta gracia es inagotable y permanece en la Iglesia para siempre. A esta realidad apunta el simbolismo de los doce cestos sobrantes. Deben servir para dar de comer a todo el pueblo de Dios, simbolizado en los Doce apóstoles.

El cuarto evangelio es el que nos ofrece más pistas sobre la relación de este pasaje con la eucaristía: la lectura de Jn 6,11 nos suena ya a celebración eucarística. Dentro del mismo merece mención especial el verbo «eujaristein», que nosotros traducimos por «dar gracias». Es el verbo utilizado en la última cena (Mc 14,23 y paralelos) y en la referencia que Pablo hace a ella (1 Cor 11,24). A comienzos del siglo II ya se había convertido en término técnico para designar la celebración eucarística.

Más que de la multiplicación de los panes habría que hablar de la multiplicación del «pan». Es evidente que el interés del narrador no está centrado en el hecho en sí, sino en su significado. En la mente del evangelista el milagro debe ser considerado como signo, que apunta a otro pan que puede saciar toda clase de hambre. Así lo pondrán de relieve tanto el discurso sobre el pan de la vida como el discurso eucarístico. Pero es todo el conjunto el que nos ofrece la base para afirmar que el evangelista intenta que sus lectores entiendan el relato como el signo de la salvación, que Jesús ha traído para los hombres. Es el cumplimiento de las esperanzas asociadas a la pascua: la liberación total del hombre de sus esclavitudes, incluida la de la muerte; es la superación de lo que parece imposible a los hombres (sólo se les ocurre pensar en el dinero: doscientos denarios, o lo que es igual, doscientos jornales, no servirán de mucho); es un gesto sólo comprensible desde la fe.

El poder de Jesús no debe ser mal entendido. Acepta ser «el profeta que había de venir». Niega ser el rey, que ellos esperaban. Se anticipa aquí la afirmación que hace el mismo Jesús ante Pilato. Mi reino no es de este mundo (Jn 18,36). Jesús, en cuanto el enviado del Padre, no tiene pretensiones políticas; no entra en colisión con el César; el campo de sus competencias es distinto. De este modo se defendía también a la comunidad cristiana, que estaba siendo acusada por los judíos ante Roma de ser un movimiento político-revolucionario en lucha contra el imperio (Hch 17,7).

ACTUALIZAMOS

  1. “Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.”

¿Eres humilde, amable, comprensivo contigo mismo y con los demás?

  1. “Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos.”

Para ti, ¿Dios es tu Padre y también Padre de todos, que nos cuida a todos?

  1. “Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.”

¿Compartes lo que tienes con otras personas?, es la forma de que se multiplique lo que tenemos para ayudar a los demás.

 

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XVI

Lectura del libro de Jeremías 23, 1-6

¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño! – oráculo del Señor -.

Por tanto, esto dice el Señor, Dios de Israel a los pastores que pastorean a mi pueblo:

«Vosotros dispersasteis mis ovejas y las dejasteis ir sin preocuparos de ellas. Así que voy a pediros cuentas por la maldad de vuestras acciones – oráculo del Señor -.

Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las apacienten, y ya no temerán ni se espantarán. Ninguna se perderá – oráculo del Señor -».

Mirad que llegan días – oráculo del Señor – en que daré a David un vástago legítimo: reinará como monarca prudente, con justicia y derecho en la tierra.

En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro.

Y le pondrán este nombre:

«El-Señor-nuestra-justicia».

Salmo 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6

R./ El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R./

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R./

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R./

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2, 13-18

Hermanos:

Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos estáis cerca por la sangre de Cristo.

Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad.

Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad.

Vino a anunciar la paz: paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre por medio de él en un mismo Espíritu.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo:

«Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco».

Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.

Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.

Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

COMENTARIO

La compasión nace de la contemplación. Si aprendemos a descansar de verdad, nos hacemos capaces de compasión verdadera; si cultivamos una mirada contemplativa, llevaremos adelante nuestras actividades sin la actitud rapaz de quien quiere poseer y consumir todo; si nos mantenemos en contacto con el Señor y no anestesiamos la parte más profunda de nuestro ser, las cosas que hemos de hacer no tendrán el poder de dejarnos sin aliento y devorarnos. (Papa Francisco 18-07-2021)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

En la lectura del libro de Jeremías los reyes han pastoreado mal al pueblo y lo han dispersado. El Señor lo reunirá de nuevo mediante pastores como David que, ejerciendo el derecho y la justicia, devolverán al pueblo el descanso (=la tierra). Jugando con el nombre de Sedecías (=“El Señor, es mi justicia”; véase Is 9,6), se evoca al rey ideal (Jr 23,6): por su medio el Señor hará justicia (=salvará) a su pueblo.

En la Lectura de la carta a los Efesios, san Pablo clarifica la reconciliación de judíos y paganos llevada a cabo por Cristo. Se refiere en primer lugar a los paganos que, sin Cristo, se encontraban privados de las promesas mesiánicas y de su influjo salvador. Eran ajenos a la alianza que Dios estableció con Israel y a la que vinculó aquellas promesas. Se encontraban realmente sin Dios; aunque adoraban a muchos ídolos y tenían convicciones religiosas, desconocían al verdadero Dios (Rom 1,19ss). Estaban lejos y han sido acercados. Las expresiones «estar cerca» y «estar lejos», que se encuentran ya en Is 57,19, eran frecuentes en los rabinos para designar a los judíos y a los paganos respectivamente. De los prosélitos se decía que «habían sido acercados».

Para llevar a cabo la reconciliación entre judíos y paganos y poder formar de los dos pueblos uno solo, tuvo que derribar el muro de separación, la enemistad proverbial que existía entre unos y otros (Ef 2,14-18). Los judíos aborrecían a los paganos y no se mezclaban con ellos. […] En el templo de Jerusalén un muro de piedra separaba el atrio de los judíos del atrio de los paganos. Estos no podían traspasarlo bajo pena de muerte (Hch 21, 27ss).

Hay que resaltar la tajante afirmación de Ef 2,14: Cristo es nuestra paz. Isaías lo había anunciado como el príncipe de la paz (Is 9,6). Miqueas afirma solemnemente que el Mesías será la paz (Miq 5,4).  Y Zacarías testifica que el Mesías proclamará la paz a las naciones (Zac 9,10). Y uno de los títulos que los rabinos daban al Mesías era «Paz». Traer la paz a los hombres, la paz con Dios, la paz de los hombres entre sí, es el programa que celebran los ángeles apenas nacido en Belén (Lc 2,14). Pues bien, Cristo derribó ese muro de separación: la ley antigua, no en cuanto a los preceptos de orden natural o moral (Mt 5), sino en cuanto a las leyes ceremoniales y prescripciones rituales (circuncisión, purificaciones, alimentos…). Estas eran tan numerosas que su cumplimiento era prácticamente imposible para los mismos judíos (Jn 7,19; Hch 7,53; 15,10; Rom 2,17ss). Exigirlas a los paganos habría sido cerrarles toda posibilidad de conversión a la religión cristiana. Ahora ya, unidos en un mismo Espíritu, judíos y paganos tienen acceso al Padre común. El Espíritu se refiere al Espíritu Santo como sugiere la mención de las tres personas: al Padre, por Cristo, en el Espíritu. El Espíritu Santo, lazo de unión del Padre y del Hijo, es el alma de la Iglesia que mantiene unidos a los miembros del cuerpo místico entre sí y con Dios.

En el Evangelio según san Marcos los Doce regresan de su misión y se reúnen de nuevo con Jesús. Se han convertido en «apóstoles», designación que el evangelista les da sólo en esta ocasión. Su actividad parece haber tenido éxito. Son muchos los que ahora acuden hacia ellos. Merecen un descanso, y Jesús se lo concede complacido, llevándoles a un lugar solitario. Nada permite precisar este lugar. El reposo de los apóstoles, más que ambientado en un escenario geográfico concreto, es situado junto a una persona. Junto a Jesús es donde recuperan sus fuerzas y se reaniman, gozando de su intimidad.

En este caso, sin embargo, el intento de estar a solas con Jesús fracasa. Su reposo consistirá en hacer reposar a los otros, compartiendo la compasión y solicitud amorosa de Jesús por un pueblo que se asemeja a un rebaño sin pastor. Comienza así una narración característica en el evangelio de Marcos, comúnmente denomina «sección de los panes» por ser el pan la nota dominante de toda una serie de relatos perfectamente orquestados.

ACTUALIZAMOS

  1. “Cristo Jesus es nuestra paz.”

Cuando presentas a Jesús tus dificultades, tus circunstancias, tus acontecimientos, ¿acoges la paz que Jesús te quiere dar?

  1. “Vino a anunciar la paz: paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca.”

En tu familia, en tu trabajo, en los ambientes en que estás, ¿eres signo de paz o de discordia?

  1. “Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco.”

Cuando estás cansado y agobiado y pones tu vida en sus manos ¿descansas en la compañía y en la presencia de Jesús?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XIV

Lectura de la profecía de Ezequiel 2, 2-5

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía:

«Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han ofendido hasta el día de hoy. También los hijos tienen dura la cerviz y el corazón obstinado; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor”. Te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos.»

Salmo 122, 1b-2b. 2cdefg. 3-4

R./ Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores. R./

Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia. R./

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos. R./

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 7b-10

Hermanos:

Para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido:

«Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad».

Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo.

Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 1-6

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.

Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:

«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».

Y se escandalizaban a cuenta de él.

Les decía:

«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.

Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

COMENTARIO

El profeta Ezequiel es enviado por Dios a un pueblo rebelde y testarudo que rechaza la Palabra. También Jesús tropieza con la misma experiencia y se sorprende de la falta de fe de sus paisanos. La primera y la última lectura hablan, por tanto, de rechazo de profetas. ¿Se vendrá abajo por eso el mensajero de la Palabra? Responde san Pablo en la lectura de la segunda carta a los corintios: ¡De ninguna manera! En medio de todas las dificultades, incluso de las propias debilidades, obra la fuerza y la gracia de Cristo. Esta certeza puede ayudarnos a ponernos al servicio de la Palabra de Dios con valentía.

COMPRENDER EL TEXTO

La liturgia nos ha venido mostrando en los dos últimos domingos cómo Jesús expresaba, con parábolas y con signos, que la soberanía de Dios se ha hecho presente en la historia. Hoy descubrimos cómo la novedad que trae Jesús es rechazada por sus paisanos y familiares, que mantienen frente a él una actitud muy parecida a la de los fariseos y maestros de la ley.

Después del relato de la curación de la hija de Jairo en presencia de sus padres y discípulos (Mc 5, 21-23. 35-43), Marcos narra un episodio que podríamos titular “el rechazo de Nazaret”. Los de su mismo pueblo no aceptaron a Jesús. No podían entender que un paisano suyo, de origen humilde y ninguna reputación social, fuese el enviado de Dios. Algunos dirían, una visita inútil de Jesús, el Mesías, a su pueblo.

Mc 6, 1-6 no se limita a narrar una anécdota que pone de manifiesto la tendencia humana a menospreciar los seres y los valores cercanos. No en vano el mismo Jesús cita una variante del proverbio “nadie es profeta en su tierra” aplicándoselo a sí mismo. La intención de Marcos, en cambio, es mucho más profunda: quiere convertir esa anécdota en un paradigma o imagen arquetípica de la incredulidad no solo de Nazaret sino de todo el pueblo de Israel. Nuestro texto podría entenderse como ilustración del severo juicio que resuena en Jn 1,11: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.”.

Los suyos, los de Nazaret, pasaron según el relato de Marcos por tres fases sucesivas en cuanto a su actitud con Jesús se refiere: admiración, desconfianza e incredulidad. En un primer momento reconocen su sabiduría y los milagros que realizan sus manos. No son, pues, indiferentes a su doctrina y sus acciones admirables. Pasada la euforia inicial, es lógico que se hagan la pregunta fundamental: “¿Quién es éste?”. Y al darse ellos mismos la respuesta, desconfiaron de él. El texto griego dice “se escandalizaron”, lo que significa que tropezaron y cayeron en el camino de la fe. He aquí el obstáculo que les impidió creer: un carpintero de humilde origen, sin gloria ni poder no podía, según su parecer, ser el Mesías. Paradójicamente, su incredulidad provoca el asombro de Jesús que “se admiraba de su falta de fe”, pues no se esperaba esta reacción de parte de sus conciudadanos.

Jesús se nos presenta en una apariencia sencilla, humilde, desprovista de poder, igual en todo a nosotros, como se presentó en Nazaret. Pero ese es el que venció en la cruz, el que siguió venciendo en la debilidad de Pablo y el que ha vencido en los cristianos que a lo largo de los siglos lo soportaron todo por su amor.

Dios vence desde la cruz, desde la sencillez, desde la verdad y el amor. Su poder no es prepotencia. Quizá sea esta la obra más grande de su poder: un Dios que se encierra en la debilidad y que, a nosotros, débiles, nos reviste del poder de su divinidad.

Creemos en este Dios humilde, sencillo como nosotros, capaz de abrir a todos las puertas de las alturas y de hacernos ciudadanos celestes; el Dios que bajo las apariencias de pan y vino viene a nosotros en la santa Eucaristía. A este Dios admirable lo bendicen nuestros labios:

Señor Jesucristo, manso y humilde de corazón, que pasaste por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal, compadécete de nosotros. Enciende la fe en nuestros corazones para que compartamos tu misma vida.

A ti, Señor Jesús, sean dados el honor y el poder, la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos. Amén.

ACTUALIZAMOS

Las enseñanzas de Jesús, incluso sus curaciones, despiertan rechazo e incredulidad entre la gente de su pueblo. La novedad que trae Jesús, la novedad del Reinado de Dios y su dinámica, también a nosotros nos parece en ocasiones extraña y difícil de poner en práctica.

  1. “Se admiraba de su falta de fe”.

En nuestra vida de fe, ¿de qué se sorprendería Jesús?

  1. La gente de Nazaret no descubre a Dios en lo conocido, en lo habitual.  “¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?”.

¿Qué excusas ponemos nosotros para no creer en él?

  1. En mi vida:

¿He experimentado el rechazo por ser fiel a los valores del Reino?

¿Cómo he reaccionado?

¿Qué podemos hacer cuando encontramos rechazo por el anuncio del evangelio?

El lenguaje de Dios dista mucho de parecerse al nuestro. Desconcierta porque se presenta bajo el ropaje de lo cotidiano, porque rompe estructuras y moldes, porque acarrea indiferencia y escasez de honores. Pero es de vital importancia mantenernos en actitud receptiva para acogerlo y responderle desde la fe.

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XV

Lectura de la profecía de Amós 7, 12-15

En aquellos días, Amasías, sacerdote de Betel, dijo a Amós:

«Vidente: vete, huye al territorio de Judá. Allí podrás ganarte el pan, y allí profetizarás. Pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el santuario del rey y la casa del reino».

Pero Amós respondió a Amasías:

«Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicomoros.

Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: “Ve, profetiza a mi pueblo Israel”».

Salmo 84, 9abc y 10. 11-12. 13-14

R./ Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que lo temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R./

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R./

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-14

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.

Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.

Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.

En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de la gracia que en su sabiduría y prudencia ha derrochado sobre nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad: el plan que había proyectado realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.

En él hemos heredado también los que ya estábamos destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías.

En él también vosotros, después de haber escuchado la palabra de la verdad -el evangelio de vuestra salvación-, creyendo en él habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido.

Él es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 7-13

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y decía:

«Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

COMENTARIO

El Evangelio de hoy narra el momento en el que Jesús envía a los Doce en misión. Después de haberles llamado por su nombre uno por uno, «para que estuvieran con él» (Marcos 3, 14) escuchando sus palabras y observando sus gestos de sanación, entonces les convoca de nuevo para «enviarlos de dos en dos» (6, 7) a los pueblos a los que Él iba a ir. Son una especie de «prácticas» de lo que serán llamados a hacer después de la Resurrección del Señor con el poder del Espíritu Santo. El pasaje evangélico se detiene en el estilo del misionero, que podemos resumir en dos puntos: la misión tiene un centro; la misión tiene un rostro.

El discípulo misionero tiene antes que nada su centro de referencia, que es la persona de Jesús. […] Los apóstoles no tienen nada propio que anunciar, ni propias capacidades que demostrar, sino que hablan y actúan como «enviados», como mensajeros de Jesús.

Este episodio evangélico se refiere también a nosotros, y no solo a los sacerdotes, sino a todos los bautizados, llamados a testimoniar, en los distintos ambientes de vida, el Evangelio de Cristo. Y también para nosotros esta misión es auténtica solo a partir de su centro inmutable que es Jesús. […]

La segunda característica del estilo del misionero es, por así decir, un rostro, que consiste en la pobreza de medios. Su equipamiento responde a un criterio de sobriedad. Los Doce, de hecho, tienen la orden de «que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja» (v. 8). El Maestro les quiere libres y ligeros, sin apoyos y sin favores, seguros solo del amor de Él que les envía, fuerte solo por su palabra que van a anunciar. (Papa Francisco 15-07-2018)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

La Lectura de la profecía de Amós se trata de una pieza fundamental para comprender en el caso de Amós, y de manera más general en la actividad profética, los orígenes del conflicto profético, la tensión entre profecía e institución. Ante el rey, que tiene su santuario oficial, con su sacerdocio institucional, se alza la voz denunciadora del profeta que no cae bajo su control. Es por eso interesante que Amós, en este contexto, haga una alusión breve, pero significativa a su propia vocación y al origen de su misión: él no es profeta profesional o contratado (así responde a la «invitación» que le hace Amasías para ganarse la vida profetizando en Judá); él tiene que profetizar, pero no como si esa fuera su profesión o su oficio habitual, sino como resultado de una acción «violenta» de Dios que interrumpe la normalidad de su vida (el Señor me arrancó de mi rebaño). Él se ganaba la vida como pastor, no como profeta. El que hace de la profecía un medio de vida no es un verdadero profeta y no se atreverá a profetizar contra el pueblo ni contra su rey ya que en ello se juega su sustento. Amós no pertenece a esta clase de profetas.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-14 El plan salvador de Dios. Está expresado en una maravillosa doxología en la que el autor desborda en sentimientos de reconocimiento y alabanza a Dios por los beneficios que tan generosamente nos ha otorgado. 1 Pe 1,3ss. presenta otra doxología semejante. La bendición se dirige al Padre como fuente última de todas las gracias concedidas a los hombres. (…)

El Padre nos elige y predestina (Ef 1,3-6). Desde la eternidad, en acto singular de amor, nos ha elegido para ser su pueblo y en consecuencia para que nos mantengamos sin mancha en su presencia (literalmente para que seamos «santos e intachables»). El primer término expresa la separación del mundo y la consagración a Dios. El segundo recuerda la víctima del sacrificio que había de ser «sin mancilla». Se trata de una santidad no meramente externa sino interior y verdadera, la única que puede agradar a Dios.

A la elección sigue la predestinación cuyo objeto es la adopción de hijos suyos por Jesucristo. Lo que había sido prometido por Dios en el Antiguo Testamento (Ex 4,22; Dt 14,1; 32,6; Jr 31,9; Os 11,1) y poseído sólo en raíz por el pueblo de Israel, se verifica ahora en el Nuevo Testamento y se consumará en la gloria (Rom 8,23), donde «se manifestará lo que hemos de ser» (1 Jn 3,2). Adopción no meramente legal, al estilo de la humana, ni colectiva como la de Israel, sino interior y real que nos hace partícipes de la naturaleza misma de Dios (2 Pe 1,4). Dos notas se mencionan respecto de la predestinación: el carácter gratuito de la misma y, el último fin a que se ordena, la alabanza de la gloria de Dios. La causa final de nuestra predestinación es la glorificación de la benevolencia y liberalidad con que Dios nos ha concedido todos los dones que nos ha otorgado por Cristo y que brillarán de tal manera que causará la admiración de los hombres y de los mismos ángeles.

Evangelio según san Marcos. Resumen de la actividad de Jesús y misión de los Doce. Según el texto de Mc 3,14-15, el grupo de los Doce fue instituido por Jesús para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar a los demonios. Le han acompañado ya durante un prolongado período de tiempo. Han escuchado su enseñanza en parábolas y sus explicaciones complementarias. Han presenciado sus milagros. Ahora deben emprender la segunda fase del programa, predicando la conversión y dando a conocer la oferta divina de salvación. Para ello reciben unas instrucciones concretas, que conservan su sentido y valor en todo tiempo y lugar. Pueden reducirse a una: deben ir provistos abundantemente de falta de seguridades. Los enviados que confíen más en sus propios medios, en su propio equipaje, que en la fuerza del mensaje a comunicar, perderán su credibilidad.

ACTUALIZAMOS

  1. “Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos”:

Y tú, ¿vives como hijo de Dios?

  1. “En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados”:

¿Te sabes redimido por Dios y perdonado?

  1. “Creyendo en él habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido”:

¿Te acompaña el Espíritu Santo en tu discernimiento, en tus elecciones?

  1. “Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos”:

Jesús te llama y te envía, ¿estás llamado y enviado junto con tu comunidad?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XIII

Lectura del libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24

Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos.

Él todo lo creó para que subsistiera y las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra.

Porque la justicia es inmortal.

Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los de su bando.

Salmo 29, 2 y 4. 5-6. 11 y 12a y 13b

R./ Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R./

Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R/

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R./

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 8, 7. 9. 13-15

Hermanos:

Lo mismo que sobresalís en todo -en fe, en la palabra, en conocimiento, en empeño y en el amor que os hemos comunicado-, sobresalid también en esta obra de caridad.

Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza.

Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En este momento, vuestra abundancia remedia su carencia, para que la abundancia de ellos remedie vuestra carencia; así habrá igualdad.

Como está escrito:

«Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba».

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar.

Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:

«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».

Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando:

«Con solo tocarle el manto curaré».

Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba:

«¿Quién me ha tocado el manto?».

Los discípulos le contestaban:

«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”».

Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.

Él le dice:

«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:

«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:

«No temas; basta que tengas fe».

No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:

«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:

«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).

La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.

Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

COMENTARIO

Lo que se desprende de las lecturas de este domingo es que Dios es amigo de la vida. Es el Dios de la inmortalidad, el Dios que llama a compartir fe y bienes materiales, y el Dios que se ha mostrado Señor de la vida en Jesucristo. Acogerle puede colmar de fecundidad nuestra existencia.

COMPRENDER EL TEXTO

El evangelio según san Marcos presenta, entrelazados, dos episodios: la curación de una mujer con pérdidas de sangre, vv. 25-34, y el retorno a la vida de la hija de Jairo, vv. 22-24. 35-43. De entre «la mucha gente que lo apretujaba», «había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años… y se había gastado en eso toda su fortuna; pero… se había puesto peor». Lo más grave es el trasfondo del Antiguo Testamento: «Cuando una mujer tenga flujo de sangre durante muchos días, fuera del tiempo de sus reglas, o cuando sus reglas se prolonguen, quedará impura mientras dure su flujo, como en la menstruación. Toda cama en que se acueste mientras dura su flujo quedará impura como la cama de la menstruación, y cualquier mueble sobre el que se siente quedará impuro como durante la menstruación. Quien los toque quedará impuro y lavará sus vestidos, se bañará y quedará impuro hasta la tarde» (Lv 15,25ss). ¡Quién tocase aquella mujer quedaba impuro!

Pero resulta que la gente lo apretujaba. Todos estaban en contacto con aquella mujer impura.

La curación queda confirmada a un doble nivel: «notó que su cuerpo estaba curado»; Jesús notó que «había salido fuerza de él». En el saludo de despedida Jesús destaca: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Jairo recibe consejos diferentes.

Llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». Jesús le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe». Jairo hace caso a Jesús.

Las narraciones del Antiguo Testamento de retorno a la vida son un buen punto de referencia para el episodio de la hija de Jairo. Más allá de la materialidad del lenguaje es preciso distinguir entre «retorno a la vida mortal de antes» (como en el hijo de la viuda de Sarepta, en la hija de Jairo, en el hijo de la viuda de Naín, en Lázaro) y «resurrección a una vida nueva».

En la Biblia la invitación «No temas» precede a teofanías (manifestaciones de Dios).

La divinidad de Jesús sigue siendo el tema de fondo del evangelio, al igual que el domingo 12º en que se ve a Jesús que dominaba las fuerzas cósmicas: el viento y el mar. Hoy es la enfermedad y la muerte las que aparecen bajo su señorío.

Los dos milagros que ocupan el evangelio de hoy manifiestan la fe de sus protagonistas. Tanto Jairo como la mujer que sufría flujos de sangre están convencidos de que Jesús puede solucionar sus males: la muerte de su hija, el primero; su enfermedad, la segunda. Tienen fe en Jesús. El mismo Cristo alabará la fe de la mujer: «Hija, tu fe te ha salvado». Y a Jairo le pide que tenga fe: «No temas; basta que tengas fe». Ambos miran, por tanto, a Jesús más allá de su aspecto humano-terrenal. Ven en él al Hijo de Dios.

ACTUALIZAMOS

También nosotros podríamos examinar nuestra fe. Vivimos en un tiempo científico-técnico donde sólo lo demostrable y empírico es valorado. En cambio, la fe se mueve en otro horizonte: creer en otro, confiar en su palabra… Dejando de lado nuestras seguridades, nos ponemos en las manos de otro. Antiguamente oíamos hablar de la providencia divina, los fieles confiaban en la preocupación paternal de Dios por ellos. Ahora en cambio deseamos tener todo bajo control y no nos creemos que Dios está continuamente pendiente de sus hijos. Alimentemos, pues, nuestra fe. Dejemos de lado nuestras ansias de dominio de las situaciones que vivimos y creamos con todas nuestras fuerzas en Jesús, el Hijo de Dios, que nos ofrece una vida en plenitud.

Jesús supera tanto la enfermedad como la muerte. La muerte fue vencida para siempre por su pasión y su cruz. Y con todos nosotros ha compartido su triunfo. La inmortalidad late desde entonces en nuestros corazones.

  1. La mujer con hemorragias contaba con una fe decidida y valiente; el jefe de la sinagoga tenía una fe probada en la tribulación. Los discípulos no alcanzan la hondura de la fe.

¿Con qué personaje me identifico?

¿A qué me invita cada uno de ellos?

  1. Jesús “contagia” su pureza, entrega vida y salud a dos “intocables” de su tiempo.

¿Quiénes son los “impuros”, los marginados, en nuestra sociedad?

¿Cómo podemos llevarles vida, dignidad, integración?

  1. Tanto la mujer con hemorragias como Jairo estaban atravesando momentos difíciles, pero supieron mantener la esperanza.

¿Cómo vivo la virtud de la esperanza en tiempos de crisis?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XII

Lectura del libro de Job 38,1. 8-11

El Señor habló a Job desde la tormenta:

«¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando escapaba impetuoso de su seno, cuando le puse nubes por mantillas y nubes tormentosas por pañales, cuando le establecí un límite poniendo puertas y cerrojos, y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas”?».

Salmo 106, 23-24. 25-26. 28-29. 30-31

R./ ¡Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia!

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano. R./

Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
se sentían sin fuerzas en el peligro. R./

Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar. R./

Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres. R./

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 14-17

Hermanos:

Nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron.

Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.

De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así.

Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 4, 35-41

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:

«Vamos a la otra orilla»

Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal.

Lo despertaron, diciéndole:

«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:

«¡Silencio, enmudece!»

El viento cesó y vino una gran calma.

Él les dijo:

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».

Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:

«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».

COMENTARIO

El mar, poderoso y violento, inspiraba temor a los antiguos israelitas, quienes veían en él un enemigo de Dios. Pero Dios no tiene rival, su dominio sobre el mar era indiscutible, y así lo expresa el libro de Job. El evangelio de Marcos, desde la certeza de que Jesús es Dios, lo muestra calmando la tempestad que amenazaba las vidas y la fe de los discípulos. A quienes hemos subido a la barca de Jesús nos siguen amenazando tormentas, nos inunda el miedo y la falta de fe. Sin duda las lecturas de este domingo pueden ayudarnos a confiar en Cristo, a vivir desde él.

COMPRENDER EL TEXTO

Dice Marcos que a los discípulos se les ha concedido conocer los misterios del Reino (Mc 4,11), es decir, conocer a Jesús en quien se hace presente el Reino. Pero ello no les libra de la duda y oscuridad respecto al Maestro. De hecho, cuando les amenaza una tempestad en el lago de Galilea tienen miedo y dudan a pesar de que Jesús está con ellos en la barca.

Jesús toma la iniciativa de cruzar, con sus discípulos, el mar de Galilea. Quiere que la Buena Noticia llegue a territorio pagano, pero la difusión del Reino, del que hablaban las parábolas, se ve obstaculizada por el mal. En el pasaje de este domingo que adopta la forma literaria de relato de milagro, el mal está representado por una gran tempestad.

La experiencia de una tormenta en el mar de Galilea no sería ajena a los discípulos, muchos de ellos eran pescadores. Pero Marcos en su relato va más allá del simple fenómeno meteorológico. El evangelista recoge del Antiguo Testamento el tema de la tormenta para simbolizar las graves amenazas a que se ve expuesta la comunidad de discípulos en su tarea de difundir el Reinado de Dios. De esta manera, cuando las primeras comunidades reflexionan sobre este pasaje, recordaban las dificultades con que se encontraban en su vida como cristianos y en su tarea misionera.

Además, este relato les recordaba dos cosas que Marcos quiere dejar muy claras en su evangelio: quién es Jesús y cuáles son las características del verdadero discípulo.

El Antiguo Testamento relata con frecuencia el poder de Dios sobre la tormenta y el mar, y cómo rescata a su pueblo de situaciones de apuro (ejemplo el salmo responsorial de hoy). Ese poder atribuido a Dios en el Antiguo Testamento se aplica ahora a Jesús, que obra como lo hizo Dios, lo que muestra su divinidad. El descanso que parecía mantenerle ajeno al miedo de los discípulos es, en realidad, expresión de su soberanía, seguridad y dominio. Sin embargo los discípulos no reconocen a ese Jesús y se sienten desamparados.

Seguir a Jesús supone afrontar una existencia llena de adversidades, de tormentas, y a veces el miedo es más fuerte que la confianza. Jesús calma el mar con su palabra y después reprocha a sus discípulos su falta de fe. Sin duda este reproche sería un toque de atención para la comunidad de Marcos: cualquier embate se puede resistir si Jesús está en la barca. Lo importante será mirarle a él, fiarse de él. Por tanto, la fe del discípulo debe ser fuerte y serena, incluso cuando aparece la tempestad y Dios parece guardar silencio.

La pregunta que cierra este pasaje: “¿Quién es éste?” no sólo se la hicieron los contemporáneos de Jesús, también nosotros. Marcos nos invita hoy, desde las tormentas de nuestra vida, a responderla.

MEDITAMOS Y ACTUALIZAMOS

Este relato de la tempestad calmada ha puesto ante nuestros ojos quién es Jesús y nos ha mostrado que la fe en él debe ser una de las características del discípulo. Pero a los seguidores de Jesús, a los embarcados con él en la travesía de ser cristianos, nos siguen azotando las olas y continuamos teniendo miedo. Quizá este pasaje puede ayudarnos a confiar en aquel que llevará la barca a buen puerto.

  1. Fe: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”

¿Qué sentimientos y qué convicciones de fe ha suscitado en ti este pasaje?

¿Qué tempestades azotan mi vida en estos momentos?

¿Y la vida de nuestra comunidad cristiana?

¿Cómo reacciono ante ellas?

¿Soy consciente de la presencia de Jesús?

  1. Caridad: Cuando las tormentas agitan la vida de nuestra comunidad cristiana.

¿Cómo nos implicamos?

¿Encontramos alguna invitación al compromiso desde este pasaje?

  1. Esperanza: Si Jesús sostuvo a sus discípulos en medio de la tempestad.

¿Qué puedo esperar para mi vida?

¿Qué podemos esperar como comunidad cristiana y como Iglesia?

LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XI

Lectura de la profecía de Ezequiel 17, 22-24

Esto dice el Señor Dios:

«También yo había escogido una rama de la cima del alto cedro y la había plantado; de las más altas y jóvenes ramas arrancaré una tierna y la plantaré en la cumbre de un monte elevado; la plantaré en una montaña alta de Israel, echará brotes y dará fruto.

Se hará un cedro magnífico.

Aves de todas clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas.

Y reconocerán todos los árboles del campo que yo soy el Señor, que humillo al árbol elevado y exalto al humilde, hago secarse el árbol verde y florecer el árbol seco.

Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré».

Salmo 91, 2-3. 13-14. 15-16

R./ Es bueno darte gracias, Señor.

Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo;
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad. R./

El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios. R./

En la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
mi Roca, en quien no existe la maldad. R./

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 6-10

Hermanos:

Siempre llenos de buen ánimo y sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor, caminamos en fe y no en visión.

Pero estamos de buen ánimo y preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor.

Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo.

Porque todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir cada cual por lo que haya hecho mientras tenía este cuerpo, sea el bien o el mal.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:

«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».

Dijo también:

«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

COMENTARIO

Las lecturas de este domingo nos hablan por medio de alegorías y comparaciones. Ezequiel anuncia la restauración de la monarquía de David a los deportados en Babilonia, comparándola con un esqueje de cedro que el Señor plantará en Jerusalén. Jesús habla del Reino de Dios mediante dos breves parábolas, asemejándolo a una semilla que crece por si sola y a un pequeño grano de mostaza que se desarrolla hasta convertirse en un frondoso arbusto. Y por si nos parece que el Reino no avanza al ritmo esperado, Pablo nos recuerda la importancia de caminar en la fe, aunque todavía no veamos lo que esperamos.

COMPRENDER EL TEXTO

Desde el comienzo del evangelio queda claro que Jesús quiere anunciar la Buena Noticia, pero hasta ahora no habíamos tenido la oportunidad de escuchar el contenido concreto de su mensaje. De hecho, el evangelio de Marcos no abunda en discursos y nos presenta a un Jesús que actúa más que predica. Hoy descubriremos que su enseñanza sobre el Reino de Dios no está hecha a base de conceptos abstractos o definiciones de diccionario, sino de parábolas pensadas para hacer reflexionar y provocar una opción vital en quienes las escuchaban.

Las parábolas de Jesús hablan del Reino. Pretenden revelarnos el modo en que Dios actúa, “reina” en medio de nuestra realidad para transformarla. Suelen ser relatos breves, a veces simples comparaciones, claros y creíbles, muchas veces inspirados en la vida ordinaria de aquellos que escuchaban el mensaje. En el fondo de cada una de ellas hay una metáfora, puesto que se cotejan dos realidades entre las cuales existe algún tipo de semejanza: la de la parábola y la del Reino. Necesitan, por tanto, una interpretación que nos ayude a descubrir su verdadero sentido.

Las dos parábolas de hoy están inspiradas en imágenes agrícolas y reflejan los conocimientos de la época. La primera se fija en el proceso que va desde la siembra hasta la siega, descargando la fuerza de vida que se encierra en el interior de la semilla. Gracias a ella puede germinar y crecer por sí sola, sin que el sembrador pueda hacer nada para controlar ese proceso, que se realiza “sin que él sepa cómo”. A la hora de la siega recogerá una cosecha cuya abundancia sobrepasará en mucho los esfuerzos que a él le ha costado conseguirla. La segunda parábola subraya el resultado final del proceso de crecimiento poniendo de relieve el contraste entre la pequeñez de la semilla y la frondosidad del arbusto que se ha desarrollado a partir de ella.

El mensaje de la primera parábola es que el crecimiento del Reino depende mucho más de la iniciativa de Dios que de los esfuerzos humanos. Eso no significa que la persona pueda desentenderse del todo, pero no le toca controlar el proceso mediante el cual el Reino avanza. Su tarea es sembrar y segar, pero sólo Dios hace madurar los frutos y asegura la cosecha. La segunda parábola afirma que, en contra de lo que esperaban muchos contemporáneos de Jesús, el Reino no se hace presente de modo espectacular ni grandioso. Un día se hará realidad plenamente, pero mientras tanto, Dios ya está actuando en este mundo a través de hechos aparentemente sencillos e irrelevantes.

En principio las parábolas están pensadas para facilitar la comprensión del mensaje, puesto que tratan de acomodarse a la capacidad de entender del auditorio. Pero sólo pueden ser comprendidas de verdad por quienes se deciden a seguir a Jesús. De ahí que los discípulos reciban una instrucción particular sobre su sentido más profundo. En cambio, para quienes se cierran a la Buena Noticia del Reino, resulta incomprensible (Mc 4, 10-12). Ante las parábolas hay que decidirse. Son historias inacabadas, interrogantes en espera de una respuesta que cada uno de nosotros está llamado a dar con sus opciones de vida y su compromiso personal.

ACTUALIZAMOS

Las parábolas de Jesús no son meros cuentos infantiles, ni un modo más o menos agradable de entretener al público. En ellas se encierra “el misterio del Reino”, puesto que nos revelan el modo de ser de Dios y su manera de actuar en medio de nuestra realidad. Por eso no podemos quedar indiferentes ante ellas, sino que hemos de optar por acoger o rechazar la Buena Noticia que contienen.

  1. Es verdad que el Reino crece “sin que nosotros sepamos cómo” porque es, antes que nada, obra de Dios. Pero eso no significa que podamos cruzarnos de brazos.

¿De qué manera te invitan estas parábolas a enfocar tu compromiso cristiano?

  1. En nuestra sociedad.

¿Qué “semillas” del Reino puedes sembrar en los ambientes en que te mueves?

  1. Las parábolas que hemos escuchado son profundamente optimistas.

¿En qué sentido te ayudan a mantener despierta la esperanza?

  1. Las parábolas hablan del misterio de Dios.

¿Qué aspectos del ser de Dios y de su modo de actuar ves plasmados en las que hemos leído hoy?

Las parábolas son también una fuente de oración. Detrás de su apariencia sencilla e ingenua, se revela el rostro de un Dios que no deja de sorprendernos. Pongámonos delante de ese misterio en actitud orante.

LECTIO DIVINA – CICLO A – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XXI

Lectura del libro de Isaías 22, 19-23

Esto dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio:

«Te echaré de tu puesto, te destituirán de tu cargo.

Aquel día llamaré a mi siervo, a Eliaquín, hijo de Esquías, le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá.

Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá.

Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro, será un trono de gloria para la estirpe de su padre».

Salmo 137, 1bcd-2a. 2bcd-3. 6 y 8bc

R./ Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario. R./

Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R./

El Señor es sublime, se fija en el humilde,
y de lejos conoce al soberbio.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R./

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36

¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!

En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?

Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Ellos contestaron:

«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas»

Él les preguntó:

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Jesús le respondió:

«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

COMENTARIO

Confesar a Jesús es una gracia del Padre. Decir que Jesús es el Hijo del Dios vivo, que es el Redentor, es una gracia que nosotros debemos pedir: «Padre, dame la gracia de confesar a Jesús». Al mismo tiempo, el Señor reconoce la pronta correspondencia de Simón con la inspiración de la gracia y por tanto añade, en tono solemne: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (v. 18). Con esta afirmación, Jesús hace entender a Simón el sentido del nuevo nombre que le ha dado, «Pedro»: la fe que acaba de manifestar es la «piedra» inquebrantable sobre la cual el Hijo de Dios quiere construir su Iglesia, es decir la Comunidad. Y la Iglesia va adelante siempre sobre la fe de Pedro, sobre la fe que Jesús reconoce [en Pedro] y lo hace jefe de la Iglesia. (Papa Francisco 23-08-2020)

COMPRENDER EL TEXTO (Comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia)

Primera lectura del libro de Isaías. Sobná, un mayordomo de palacio (homónimo del escriba que aparece en 2 Re 18,18.37), parece, por su nombre, un funcionario de origen arameo que se ha construido una tumba en un lugar particularmente apreciado. De acuerdo a la cultura del mundo antiguo la posesión de tierras, aunque fuera la del sepulcro, aseguraba la pertenencia a un grupo nacional, y por consiguiente convalidaba todas las propiedades adquiridas. Isaías anuncia su deposición del cargo, su exilio y su muerte en tierra extranjera. Será substituido por otro personaje, Eliaquín, al cual se confía el «poder de las llaves» del palacio (Is 22,22). Eliaquín es descrito con el elogioso título de padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá (Is 22,21) y apodado con el curioso mote de clavo (o «clavija»). La imagen sugiere en un primer momento la firmeza (Is 22,23).

Segunda lectura de san Pablo a los Romanos 11,33-36 Canto a la sabiduría divina.  Magnífico himno de alabanza y reconocimiento a los designios siempre sabios y soberanos, aunque misteriosos, de Dios. Con él concluye Pablo la sección específicamente doctrinal de la carta. En él reconoce, inspirándose de nuevo en la Escritura, que todo cuanto sabemos de Dios es fragmentario. Por tanto nuestra actitud no deberá ser nunca la de pedirle explicaciones sino la de acoger con amorosa humildad su palabra y seguir con sencillez de corazón sus caminos. Dios es siempre más grande. Más grande que nuestros proyectos; más grande que nuestros sueños y esperanzas, más grande que nuestras rebeldías. Pablo podía haber quedado mudo de asombro ante la contemplación de esta increíble realidad divina. Ha querido sin embargo estallar en un gozoso himno de alabanza para enseñarnos que las acciones de Dios, por desconcertantes que a veces nos parezcan, siempre merecen la alabanza de los buenos. 

Evangelio según san Mateo 16, 13-20 Confesión de Pedro. El pasaje de la confesión de Pedro nos sitúa en un momento muy importante de la vida de Jesús, que también ha quedado reflejado en algunas de sus parábolas. Parece que su ministerio tuvo unos comienzos brillantes y que fueron muchos los que le siguieron. Pero después de este triunfo inicial tuvo que afrontar el rechazo de su pueblo y el fracaso aparente de su misión. Es entonces cuando el Señor se dirige a sus discípulos con una serie de preguntas sobre su propia identidad: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? … ¿Quién decís vosotros que soy yo? El sentido de esta doble pregunta puede captarse mejor si tenemos en cuenta que en la cultura en que vivió Jesús la opinión que los demás tenían sobre una persona era muy importante. Los evangelios están llenos de referencias a la fama de Jesús, que crecía y se difundía por todas partes (p. e. Mt 9,26.31). En este contexto, la pregunta tiene una doble función: reafirmar a Jesús en su misión y confirmar a los discípulos en el seguimiento.

El relato, tal como lo leemos en este evangelio, se debe en gran parte a la pluma de Mateo, que ha remodelado y ampliado el texto de Marcos, añadiendo la afirmación de que Jesús es el Hijo de Dios (Mt 16,16) y el encargo confiado a Pedro (Mt 16,17-19). Con estos retoques, el evangelista hace que la atención de los lectores se centre no tanto en Jesús (Marcos), cuanto en la Iglesia, que Jesús convoca en torno a Pedro, como resultado del rechazo de su pueblo y de la acogida de sus discípulos.

La doble pregunta de Jesús hace que aparezca con claridad la diferencia entre la opinión de la gente y la de los discípulos. Pedro, en nombre de estos últimos, reconoce que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Estos dos títulos resumen la fe de la iglesia de Mateo. No basta con afirmar que Jesús es el Mesías esperado por Israel; hay que añadir que es el Hijo de Dios. Así es como Mateo presenta a Jesús en la primera parte de su evangelio (Mt 1,1-4,16), y como le reconocen sus discípulos (Mt 14,33), y los paganos (Mt 27,54).

A esta confesión de Pedro, Jesús responde con una palabra de felicitación y un encargo muy especial de cara a la Iglesia (Mt 16,17-19). Jesús declara dichoso a Pedro, no por sus méritos, sino porque el Padre le ha revelado el misterio de reconocerle como Mesías y como Hijo de Dios (véase Mt 11,25-26); y le confía la misión de ser la roca sobre la que se asentará su Iglesia, reunida en torno a los discípulos. El cambio de nombre produce un juego de palabras (Cefas=roca), que describe plásticamente la tarea que Jesús le encomienda: ser roca firme, para que la Iglesia no sucumba ante las dificultades (véase Mt 7,24-27). Para ello le entrega las llaves del reino y le confiere el poder de «atar y desatar». La entrega de las llaves equivale al nombramiento de mayordomo supremo, como aparece en algunos textos del Antiguo Testamento (véase especialmente Is 22,19-22). Por su parte, la expresión atar y desatar designaba entre los judíos de la época la potestad para interpretar la ley de Moisés con autoridad. Así pues, Jesús nombra a Pedro mayordomo y supervisor de su Iglesia, con autoridad para interpretar la ley según las palabras de Jesús, y adaptarla a nuestras necesidades y situaciones.

La especial tarea que se le confiere a Pedro en este pasaje concuerda con la que aparece en otros pasajes de Mateo: es el portavoz del grupo de los discípulos y tiene una especial relación con Jesús. Al presentar así a Pedro, el evangelista se hace eco del importante papel que desempeñó en la vida de la Iglesia naciente, sobre todo en las comunidades de Siria, a las que se dirige este evangelio. De Pedro han recibido el evangelio y la tradición sobre Jesús; él ha sido la roca sobre la que se ha edificado su comunidad.

Este texto ha suscitado numerosas discusiones entre católicos y protestantes sobre la figura del papa como sucesor de Pedro. La tradición católica sostiene que estas palabras se aplican a Pedro y también a todos los que le suceden en la tarea de presidir a los hermanos en la fe y el amor. La tradición protestante, sin embargo, ha visto en las palabras de Jesús una alabanza y una promesa referidas, no a su persona, sino a su actitud de fe.

ACTUALIZAMOS

  1. «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» 

¿Reconoces a Jesús como Hijo de Dios, como el Mesías?

  1. «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»:

¿Reconoces que la Iglesia está edificada sobre la fe de Pedro?

¿Cómo vives la comunión eclesial?