LECTIO DIVINA – TIEMPO ORDINARIO – 2 DE NOVIEMBRE «TODOS LOS FIELES DIFUNTOS»

Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 1-6

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice:

«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde:

«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

COMENTARIO

Hoy, sin embargo, no estamos aquí sólo para conmemorar a los que han dejado este mundo. La fe cristiana, fundada sobre la Pascua de Cristo, nos ayuda a vivir la memoria más que como un recuerdo del pasado, como una esperanza futura. No es tanto un volverse hacia atrás, sino más bien un mirar hacia adelante, hacia la meta de nuestro camino, hacia el puerto seguro que Dios nos ha prometido, hacia la fiesta sin fin que nos aguarda. Allí, en compañía del Señor Resucitado y de nuestros seres queridos, gustaremos la alegría del banquete eterno. […]

Esta “esperanza futura” anima nuestro recuerdo y nuestra oración en este día. No se trata de una ilusión que sirve para mitigar el dolor por la separación de las personas amadas, ni tampoco un simple optimismo humano. Sino de la esperanza fundada en la resurrección de Jesús, que ha vencido a la muerte y ha abierto también para nosotros el paso hacia la plenitud de la vida. Él —como recordaba en una reciente catequesis— es «el punto de llegada de nuestro caminar. Sin su amor, el viaje de la vida se convertiría en un vagar sin meta, un trágico error con un destino perdido. […] El Resucitado garantiza la llegada, nos conduce a casa, donde somos esperados, amados, salvados» (Catequesis, 15 octubre 2025).

Y este punto final de llegada, el banquete alrededor del cual el Señor nos reunirá, será un encuentro de amor. Por amor, Dios nos ha creado; en el amor de su Hijo, nos salva de la muerte; quiere que vivamos para siempre en la alegría del amor junto con Él y nuestros seres queridos. Precisamente por esto, nosotros caminamos hacia la meta y la anticipamos, en un vínculo invencible con aquellos que nos han precedido, sólo cuando vivimos en el amor y practicamos el amor mutuo, en particular hacia los más frágiles y los más pobres. Jesús nos invita a hacerlo con estas palabras: «porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver» (Mt 25,35-36).

La caridad vence a la muerte. En la caridad Dios nos reunirá junto con nuestros seres queridos. Y, si caminamos en la caridad, nuestra vida será una oración que se eleva y nos une a los difuntos, nos acerca a ellos, en la espera de encontrarlos nuevamente en la alegría de la eternidad.

Queridos hermanos y hermanas, mientras el dolor por la ausencia de quien no está ya con nosotros permanece impreso en nuestro corazón, encomendémonos a la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5); contemplemos a Cristo resucitado y pensemos en nuestros seres queridos difuntos como envueltos por su luz; dejemos resonar en nosotros la promesa de vida eterna que el Señor nos dirige. Él eliminará la muerte para siempre. Él la ha vencido para siempre abriendo un paso de vida eterna —es decir, haciendo Pascua— en el túnel de la muerte, para que, unidos a Él, también nosotros podamos entrar en él y atravesarlo.

Él nos espera y, cuando lo encontremos, al final de esta vida terrena, nos regocijaremos con Él y con nuestros seres queridos que nos han precedido. Que esta promesa nos sostenga, enjugue nuestras lágrimas, dirija nuestra mirada hacia adelante, hacia la esperanza futura que no declina. (Papa León XIV, 02-11-2025)

COMPRENDER EL TEXTO

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 14, 1-6

Jesús tranquiliza a sus discípulos en el discurso de despedida, después de la Última Cena, ante la inminencia de su vuelta al Padre: es necesario tener confianza en la bondad y en el poder de Dios, más fuertes que la muerte, y en él como a su revelador más completo. Jesús ve la muerte no como una destrucción, sino como un retorno al hogar paterno, que es también su casa. La entrada en esta comunión con Dios-Padre no está reservada sólo para él, sino también para los discípulos. “Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo”. La vida, pues, no es una autopista que acaba en el vacío, sino que tiene un camino que conduce a la plenitud: después de haber vivido tanto con Jesús los discípulos deberían saber que él es el camino que conduce al Padre.

Tomás, sin embargo, no comprende las palabras de Jesús: en el evangelio de Juan este discípulo reconoce a Jesús como Mesías, hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida por él (Jn 11,16), pero le cuesta comprender la dimensión divina, duda de verlo resucitado (Jn 20,25). En este momento Jesús manifiesta claramente “Yo soy el camino y la verdad y la vida”. Que es “camino” supone que hay una meta en la vida; y la “verdad”, un contenido, que no es una teoría, sino “la vida” (Jn 1,4). Jesús es “la vida” porque es el único que posee el secreto del sentido de la existencia, sin él no habría esperanza posible, sólo él tiene “palabras de vida eterna” (Jn 6,68); todo aquel que ama desinteresadamente, lo sepa o no, sigue el camino de Jesús que lleva a la vida plena y a la casa del Padre.

EL MISTERIO DE LA MUERTE

La muerte es un gran misterio. Todas las culturas de todos los tiempos se han preguntado por su sentido. También el pueblo de Israel tenía sus interrogantes sobre la muerte. Con la muerte no acaba nuestra existencia, sólo nuestra vida terrenal.

CRISTO HA VENCIDO A LA MUERTE

Los cristianos damos un paso adelante sobre la fe del Antiguo Testamento porque la vida de los hombres ha sido transformada por la resurrección de Cristo. Que Jesús ha muerto y ha resucitado está en el centro de nuestra fe. Y que nos haya hecho partícipes de su victoria sobre la muerte es una pieza clave. Las lecturas de difuntos, de un modo u otro, recogen esta idea: «Escucha con bondad, Señor, nuestras súplicas para que, al confesar nuestra fe en tu Hijo resucitado de entre los muertos, se afiance también nuestra esperanza en la futura resurrección de tus siervos» (oración colecta).

EL CAMINO PARA LA RESURRECCIÓN: CREER EN JESÚS

Para recibir el premio prometido sólo se nos pide la fe: «creed en Dios y creed también en mí» (evangelio). Creer en Jesús es fundamental ya que se nos presenta como el único medio para alcanzar la vida eterna: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí». Jesús mismo nos ha prometido que ha ido por delante para prepararnos sitio, así nos lo dice en el evangelio: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar». 

Esta fe no es algo etéreo, que se queda en el aire y no se pueda demostrar. La fe se manifiesta en un modo concreto de vivir: el estilo de vida que nos marcó Jesús en el evangelio. La vida terrenal y la vida celestial están estrechamente unidas. En palabras del apóstol san Pablo: «Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Romanos 14, 8-9). Participar o no de la resurrección de Jesucristo está sujeto a nuestra existencia terrenal. Las oraciones de la misa piden insistentemente a Dios que borre los pecados que los difuntos cometieron por fragilidad humana y los admita en la asamblea de los santos y elegidos.

ACTUALIZAMOS

  1. “Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo”.

¿Asumo la limitación y caducidad de la vida terrena?

¿Creo de verdad en la vida junto a Dios?

  1. En tu vida,

¿Cómo te implica esta celebración a vivir la vida de una forma concreta?